El olor llega antes que el hongo. Quien se topa por primera vez con un Clathrus crispus suele buscar primero un animal muerto entre el mantillo, y solo después descubre la causa real: una esfera calada de color rojo o anaranjado, del tamaño de una pelota de golf grande, embadurnada de una sustancia oscura y viscosa que apesta a carroña. No es un accidente ni una enfermedad del jardín. Es exactamente el aspecto y el olor que este hongo necesita tener para reproducirse.

Ejemplar de Clathrus crispus con el receptáculo reticulado abierto

Qué es en realidad este hongo

Clathrus crispus pertenece a la familia Clathraceae, dentro del orden Phallales, el mismo grupo al que pertenecen los falos hediondos (Phallus impudicus) y los dedos del diablo (Clathrus archeri). Todos ellos comparten un rasgo poco habitual entre las setas: no dispersan sus esporas por el aire, sino que las envuelven en una masa mucilaginosa maloliente y dejan que sean los insectos quienes las repartan.

La estructura que vemos se llama receptáculo, y en el caso de C. crispus forma una celosía hueca, cerrada, con mallas poligonales grandes. Lo que lo separa de sus parientes es el detalle que le da el nombre: los brazos que forman la retícula tienen los bordes engrosados y crespos, plegados hacia dentro como un volante, en lugar de ser lisos o de sección redondeada. El color va del rojo intenso al anaranjado, a veces con la base más pálida, casi blanquecina.

Es un hongo saprótrofo: se alimenta de materia vegetal muerta. No parasita raíces, no infecta troncos vivos y no compite con las plantas del jardín. Su presencia indica que hay materia orgánica en descomposición activa y humedad suficiente, poco más.

Dónde crece de verdad

Su área de distribución es americana y tropical o subtropical: el Caribe (fue descrito originalmente en las Antillas), México, Centroamérica, el norte de Sudamérica y el sureste de Estados Unidos, donde alcanza Florida y la costa del Golfo. También se ha citado en algunas islas atlánticas y en enclaves cálidos donde ha llegado con sustratos importados.

Aquí conviene ser claro para no perder el tiempo buscándolo: no forma parte de la micobiota ibérica. Si alguien encuentra una celosía roja en un parque de Sevilla, en un arriate de Valencia o entre las cortezas de un jardín gallego, lo más probable con diferencia es que se trate de Clathrus ruber, la especie mediterránea, y no de C. crispus. Las fotografías circulan mucho más que los ejemplares reales, y eso alimenta identificaciones equivocadas en redes y grupos de aficionados.

Cómo distinguirlo del Clathrus ruber

Clathrus ruber es un hongo común en toda la franja mediterránea peninsular, en Baleares y en buena parte de la mitad sur; aparece en jardines, parterres, acolchados de corteza y bordes de camino, sobre todo en otoño y tras lluvias templadas. Su celosía también es roja y hueca, así que la confusión es comprensible. Las diferencias útiles sobre el terreno son estas:

Sección de los brazos. En C. ruber los brazos son de sección más o menos redondeada o algo aplanada, con la superficie rugosa pero sin volantes. En C. crispus, el borde de cada malla está claramente engrosado y ondulado, y el conjunto parece esculpido en relieve.

Tamaño de las mallas. C. ruber tiene una retícula de malla más fina y numerosa; C. crispus presenta menos aberturas y de mayor tamaño.

Geografía. Es el criterio más decisivo de todos. En la Península Ibérica, la especie roja reticulada que se encuentra en la práctica es C. ruber. Existen además Clathrus archeri, con brazos libres en forma de estrella, y Lysurus y Mutinus, con formas alargadas, pero ninguno se parece a una jaula cerrada de bordes crespos.

Del huevo a la celosía

El ciclo visible es breve y merece la pena conocerlo, porque explica por qué tanta gente ve el hongo "aparecer de la nada".

Primero se forma bajo el mantillo un huevo blanquecino o crema, blando, del tamaño de una nuez, sujeto al sustrato por un cordón micelial (el rizomorfo). Ese huevo puede permanecer semanas, y es fácil confundirlo con la punta de una raíz o con un caracol enterrado. Dentro, plegado como un paracaídas, ya está formado el receptáculo entero.

Cuando la humedad y la temperatura acompañan, el volumen se expande por absorción de agua y el hongo rompe la envoltura en cuestión de una o dos horas. La celosía se despliega, alcanza su forma final y queda cubierta de gleba, la masa verde oliva o parduzca cargada de esporas. Los restos del huevo quedan en la base como una volva blanca.

A partir de ahí dura muy poco: uno o dos días. Las moscas retiran la gleba, el color se apaga y la estructura se colapsa en una masa reblandecida que desaparece con la primera lluvia. Que se marchite rápido no significa que se haya estropeado; ese es el plan.

Detalle de la retícula de bordes crespos del hongo Clathrus crispus

Por qué huele así

El olor no es un defecto, es el mecanismo de dispersión. La gleba contiene compuestos volátiles azufrados y aminas —los mismos tipos de moléculas que se liberan en la descomposición animal— y esa señal atrae con enorme eficacia a moscas de la carne, califóridos y escarabajos carroñeros. Los insectos se posan, se alimentan del mucílago azucarado, se manchan de esporas y las trasladan a otros puntos.

Es la misma estrategia que utilizan plantas como Stapelia o Amorphophallus: imitar carroña para comprar transporte. Frente al sistema clásico de soltar esporas al viento, tiene una ventaja clara en ambientes cerrados y húmedos, donde apenas hay corrientes de aire que se lleven nada.

Toxicidad y precauciones

Conviene dejarlo dicho sin rodeos: Clathrus crispus no es comestible, ni él ni ninguno de los Clathrus europeos. No hay ninguna preparación culinaria que lo haga aprovechable y no debe probarse. Se han descrito casos de trastornos gastrointestinales —vómitos, dolor abdominal— tras la ingestión de hongos de este grupo, incluidos los huevos inmaduros que a veces se venden en otros continentes como curiosidad.

Dicho esto, tampoco hay que alarmarse. Tocarlo no es peligroso: no libera toxinas por contacto ni por el aire. Basta con lavarse las manos después, como con cualquier otro hongo silvestre.

El riesgo real en un jardín doméstico es otro y tiene cuatro patas. Los perros se sienten atraídos precisamente por el olor a carroña y a veces se los comen; el resultado habitual es una gastroenteritis con vómitos que se resuelve sola, pero que en animales pequeños o cachorros justifica una consulta veterinaria. Si el perro tiene la costumbre de hozar en el acolchado, retira los ejemplares en cuanto los veas y, sobre todo, busca los huevos enterrados, que son los que él encontrará antes que tú.

Si aparece en un parterre

Los hongos de este grupo salen casi siempre en el mismo sitio: acolchados de corteza de pino, virutas de madera, restos de compost poco maduro y sustratos importados. Un mantillo recién extendido es un banquete para ellos, y no es raro que fructifiquen durante el primer o segundo otoño tras aplicarlo.

La reacción instintiva —tratar con fungicida— es tirar el dinero. El fungicida actúa sobre el cuerpo fructífero, que es la parte efímera; el micelio sigue extendido por todo el acolchado y volverá a fructificar en cuanto llueva. Además, ese micelio está haciendo un trabajo útil: descomponer la lignina y la celulosa y devolver nutrientes al suelo.

Lo que sí funciona:

Retirar los ejemplares en cuanto asomen, con guantes o una paleta, y sacarlos del jardín. Cortas la producción de esporas y, de paso, el olor.

Buscar y eliminar los huevos escarbando un poco donde ya salieron otros. Suelen ir en grupo.

Airear y reducir el espesor del acolchado si el problema se repite. Diez centímetros de corteza permanentemente húmeda dan mucho más juego a estos hongos que cinco centímetros que se secan en superficie.

Tener paciencia. A medida que el mantillo se degrada y pierde madera fresca, la fructificación se espacia y acaba por cesar sin que hagas nada.

En resumen

Clathrus crispus es un hongo saprótrofo americano, propio de zonas tropicales y subtropicales, que forma una celosía roja o anaranjada de mallas amplias y bordes engrosados y crespos, cubierta de una gleba oscura que huele a carne descompuesta para atraer moscas y que ellas dispersen las esporas. Vive uno o dos días tras salir del huevo subterráneo. No crece de forma natural en la Península Ibérica: la especie que aquí se encuentra en parterres y acolchados es Clathrus ruber, de retícula más fina y brazos sin volantes. No es comestible y conviene vigilar a los perros, que lo buscan por el olor y pueden sufrir una gastroenteritis. En un jardín no es una plaga ni un signo de enfermedad, sino la señal de que hay materia orgánica descomponiéndose: retirar los cuerpos fructíferos y los huevos a mano resuelve las molestias mucho mejor que cualquier fungicida.


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