A finales de noviembre, los setos y las orlas de bosque del norte peninsular amanecen cubiertos de una pelusa blanca y sedosa que parece escarcha vista de lejos. No lo es: son los frutos de la Clematis vitalba, cada uno rematado por un estilo plumoso de tres o cuatro centímetros, agrupados en pompones que aguantan sobre la planta hasta bien entrado el invierno. De ahí vienen sus nombres populares, barba de viejo y cabellera, y de ahí viene también su capacidad para colonizar medio valle en pocos años.

Rama de Clematis vitalba con los frutos plumosos característicos

Antes de nada: la savia irrita

Conviene saberlo antes de tocarla. La Clematis vitalba pertenece a las ranunculáceas y, como buena parte de la familia, contiene ranunculina. Cuando se rompe un tejido —al podar, al arrancar una guía, al machacar una hoja— esa sustancia se transforma en protoanemonina, un compuesto vesicante que produce enrojecimiento, escozor y, con exposiciones prolongadas, ampollas reales en la piel. En contacto con los ojos causa una conjuntivitis dolorosa.

La planta no debe ingerirse. Por vía oral provoca irritación de la boca, la garganta y el tubo digestivo, con salivación, vómitos y dolor abdominal. Esto vale igual para las personas y para el ganado o los animales domésticos, aunque el sabor acre hace que rara vez coman cantidades importantes. Su nombre popular más elocuente, hierba de los pordioseros, procede de que antiguamente se empleaba para provocarse llagas visibles y mover a la compasión; es un dato histórico, no una sugerencia.

En la práctica el manejo es sencillo: guantes y manga larga siempre que se pode, no frotarse los ojos durante el trabajo y lavarse las manos al terminar. La protoanemonina es inestable y se degrada al secarse la planta, así que los restos ya secos son mucho menos problemáticos que la savia fresca. Nunca quemes los restos verdes en un espacio cerrado.

Cómo reconocerla

Es una liana leñosa de hoja caduca, no un arbusto. En condiciones favorables supera los 15 metros de longitud y los tallos viejos engrosan hasta parecer cuerdas retorcidas de varios centímetros de diámetro, con la corteza fibrosa y desprendida en tiras longitudinales.

Hojas opuestas, imparipinnadas, normalmente con cinco folíolos ovado-lanceolados de borde entero o con algún diente grueso. Ese número de folíolos es una pista buena: la mayor parte de las clemátides de jardín tienen tres.

Flores de julio a septiembre, reunidas en panículas laxas. Son pequeñas, de dos a tres centímetros, de color blanco verdoso, y aquí hay un detalle botánico que conviene tener claro: no tienen pétalos. Lo que parecen cuatro pétalos son en realidad cuatro sépalos, algo tomentosos por fuera, y el centro lo ocupa un penacho de estambres numerosos. Desprenden un aroma dulzón, entre almendra y vainilla, que atrae abejas y sírfidos en pleno agosto, cuando escasea el néctar.

Frutos: aquenios secos coronados por el estilo persistente, alargado y cubierto de pelos plumosos. Ese apéndice es un mecanismo de dispersión por viento de una eficacia notable, y explica que la especie aparezca donde nadie la plantó.

Dónde crece en España

Es una especie autóctona, no una introducida. Abunda en la mitad norte peninsular —cornisa cantábrica, Pirineo y prepirineo, Sistema Ibérico, Cataluña— y desciende por los sistemas montañosos hacia el centro y el sur, siempre buscando frescor y humedad edáfica. Es escasa o falta en el sureste árido y en las zonas de estío muy prolongado.

Su hábitat típico: setos, bordes de camino, sotos fluviales, orlas de robledal y encinar húmedo, ruinas y taludes. Prefiere suelos profundos, frescos y con tendencia básica; le van muy bien los sustratos calizos, aunque tolera un rango amplio de pH. Aguanta el frío sin problemas —resiste holgadamente por debajo de los −15 °C— y prospera igual a pleno sol que a media sombra, siempre que la base no se seque.

Cómo trepa, y por qué importa

Las clemátides no tienen zarcillos, ni ventosas, ni raíces adventicias. Trepan enrollando el pecíolo de la hoja alrededor de cualquier soporte fino que encuentren. Esta particularidad tiene una consecuencia muy práctica en el jardín: necesitan un apoyo delgado, de menos de un centímetro y medio de grosor, porque un pecíolo no puede abrazar un poste ni un muro liso.

Alambre, malla de gallinero, cañas, cuerda tensada o las ramas de un arbusto le sirven; un pilar de obra, no. Cuando la ves subir por un muro, casi siempre está usando una hiedra o una grieta con vegetación como escalera intermedia.

El segundo efecto de este sistema es el que interesa a quien tiene la planta cerca: la clemátide silvestre tapiza la copa del árbol de soporte y le roba la luz. No es parásita, no chupa savia, pero puede llegar a formar un manto continuo que asfixia setos, ciruelos silvestres, saúcos y arbolado joven. El peso añadido de esa masa, sumado a la nieve o al viento, es una causa habitual de rotura de ramas.

¿Vale como planta de jardín?

Aquí hay que corregir una idea que circula bastante. La Clematis vitalba se describe a veces como una trepadora ornamental cómoda y agradecida, y lo cierto es que en un jardín normal da más problemas de los que resuelve. Su floración es discreta —flores blanquecinas y pequeñas, sin comparación con los híbridos de flor grande—, su crecimiento supera fácilmente los tres metros por temporada y se resiembra sola por todo el vecindario. En Nueva Zelanda está declarada planta invasora prohibida, y en algunas regiones del oeste de Estados Unidos figura como maleza nociva.

Tiene, en cambio, un lugar propio bien definido. Es una elección razonable en jardines naturalistas, setos vivos rurales, cierres de fincas grandes y proyectos de restauración, donde se le tolere ocupar espacio. Es excelente para fauna: flor tardía cargada de néctar, refugio de nidificación en la maraña de tallos y cobijo invernal para invertebrados. Y no tiene coste de mantenimiento porque no lo necesita.

Si lo que buscas es una trepadora florida para una pérgola o una fachada, mejor mira otras opciones. Clematis viticella y sus variedades son las que mejor se comportan en el clima peninsular: soportan el calor estival, son mucho menos sensibles a la marchitez y florecen de junio a septiembre. Clematis flammula, autóctona mediterránea, ofrece la misma nube blanca y perfumada que vitalba con la mitad de vigor. Clematis armandii, de hoja perenne, floreo en marzo y buena en zonas suaves de la costa. Clematis montana es espectacular en primavera, pero se pasa de rosca en los mismos sitios donde vitalba lo hace.

Flores blancas de cuatro sépalos de Clematis vitalba

Cultivo, si decides plantarla

Época. Otoño, de octubre a noviembre, o final de invierno. La plantación otoñal permite que enraíce antes del primer verano, y en el interior peninsular eso marca la diferencia.

Profundidad. Entierra el cuello unos cinco a ocho centímetros por debajo del nivel del suelo, dejando el primer par de yemas soterrado. Es la norma general de todas las clemátides y sirve para que, si la parte aérea se pierde, la planta rebrote desde abajo.

Ubicación. Vale el consejo clásico: la cabeza al sol y los pies a la sombra. Coloca una losa plana, un buen acolchado o unas vivaces bajas sobre la zona radicular. Las raíces de clemátide no soportan bien el recalentamiento del suelo, y en un verano de meseta ese detalle decide si la planta llega a septiembre presentable.

Suelo. Profundo, con materia orgánica, bien drenado y sin encharcamiento invernal. Tolera la caliza sin clorosis.

Riego. Abundante y espaciado durante los dos primeros años, sobre todo en verano. Después se defiende sola en el norte; en el interior y el sur seguirá agradeciendo un riego profundo cada diez o quince días en época seca.

Maceta. Es posible, pero desaconsejable con esta especie concreta: el sistema radicular es potente y una liana de quince metros en un contenedor acaba en una planta permanentemente estresada. Para maceta, cualquier híbrido compacto del grupo viticella funciona mucho mejor.

La poda: en qué grupo entra

El punto donde se equivocan más jardineros con las clemátides es el calendario de poda, y saber en qué madera florece cada una lo resuelve. Clematis vitalba florece sobre los brotes del año en curso, así que pertenece al grupo 3 de poda, el más sencillo.

Eso significa que en febrero o principios de marzo, antes de que arranque la brotación, puedes cortar toda la estructura a treinta o cincuenta centímetros del suelo, por encima de un par de yemas sanas. La planta rebrota con fuerza y florece igual ese mismo verano. Si la dejas sin podar varios años, la base se desnuda y toda la masa verde y la floración se van a las alturas, fuera de la vista.

Aquí está la trampa que arruina la floración de tantas clemátides de jardín: aplicar este mismo corte drástico a un híbrido de flor grande de los grupos 1 o 2, que florece sobre madera del año anterior. Poda en febrero un Clematis montana o un 'Nelly Moser' y te quedas sin flores toda la temporada. Antes de coger la tijera, identifica la especie.

Cuando se te va de las manos

Controlar una vitalba asilvestrada es un trabajo de varios años, no de una tarde. La estrategia que funciona:

Corta los tallos gruesos a la altura del pecho y otra vez cerca del suelo, retirando el trozo intermedio. Con eso matas por desecación toda la maraña que está arriba, en la copa, sin necesidad de trepar. No tires de las guías secas hasta el año siguiente: se desprenden solas y arrastrar una liana viva desde el suelo rompe ramas del árbol.

Vuelve a los rebrotes. El tocón rebrotará con fuerza. Corta los rebrotes dos o tres veces al año durante dos o tres temporadas hasta agotar las reservas de la cepa. Arrancar la raíz entera de un ejemplar viejo rara vez es viable.

Corta antes de que fructifique. Intervenir en agosto, con la flor abierta y el fruto aún verde, evita que se dispersen miles de aquenios plumosos por el viento. Una planta adulta produce una cantidad enorme de semilla viable.

Vigila las plántulas. Salen entre las herbáceas y son fáciles de arrancar a mano el primer año; al tercero ya hay que sacar la azada.

No compostes los tallos con fruto maduro en una pila que no alcance temperatura. La semilla sobrevive y la reintroduces con el compost.

Problemas y enemigos

La especie silvestre es notablemente resistente. La enfermedad que sí preocupa en el género, la marchitez de la clemátide causada por el hongo Calophoma clematidina —un tallo entero que se colapsa de un día para otro en plena floración—, afecta sobre todo a los híbridos de flor grande. C. vitalba, C. viticella, C. flammula y sus derivados son mucho menos susceptibles. Esa es una de las razones de peso para elegir el grupo viticella en jardines donde ya hubo problemas.

De plagas, poca cosa: pulgón en los brotes tiernos de primavera, algún ataque de oídio en verano si el aire no circula, y babosas y caracoles que pueden segar los brotes jóvenes recién plantados a ras de suelo. Proteger la base durante el primer año suele bastar.

En resumen

Clematis vitalba es una liana leñosa autóctona de la mitad norte peninsular, de hojas pinnadas con cinco folíolos, flores blanco verdosas sin pétalos de julio a septiembre y frutos plumosos que forman la característica barba de viejo invernal. Trepa enrollando los pecíolos, así que solo agarra soportes finos, y crece con tal vigor que puede ahogar setos y arbolado joven. Su savia contiene protoanemonina: irrita la piel y las mucosas, no debe ingerirse y se poda siempre con guantes. Como ornamental de jardín pequeño no compensa —hay clemátides mucho más floríferas y contenidas, empezando por el grupo viticella y por la mediterránea C. flammula—, pero es valiosa en setos rurales y jardines naturalistas por su néctar tardío y su papel como refugio de fauna. Si la cultivas, plántala con el cuello enterrado, mantén las raíces frescas y podala a ras en febrero, porque florece sobre madera del año; ese mismo corte aplicado a un híbrido de flor grande te deja sin floración.


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