A finales de septiembre, cuando el prado ya está agotado y amarillo, brotan del suelo unas flores rosadas sin una sola hoja alrededor. Esa imagen desconcertante es la del Colchicum autumnale, el quitameriendas, y conviene decir lo primero de todo que la planta entera es gravemente tóxica: bulbo, hojas, flores y semillas contienen colchicina, un alcaloide para el que no existe antídoto específico.
Dicho esto, es una planta de jardín magnífica y fácil, que florece en el momento del año en que casi nada lo hace y que, si se planta donde le corresponde, aguanta décadas sin que nadie se ocupe de ella. Lo que hay que entender es su calendario, porque va justo al revés que el de la mayor parte del jardín.
Qué es exactamente el quitameriendas
El Colchicum autumnale es una geófita perenne de la familia Colchicaceae. Durante mucho tiempo se clasificó dentro de las liliáceas, y de ahí viene parte de la confusión que arrastra: no tiene ningún parentesco con el azafrán, que pertenece a las iridáceas.
Lo que se planta no es un bulbo verdadero sino un cormo, un tallo subterráneo engrosado, de forma ovoide y asimétrica, envuelto en túnicas pardas y con un tamaño de entre 3 y 7 cm. De él salen en otoño de una a seis flores en forma de copa, de 10 a 20 cm de altura, en tonos que van del lila pálido al rosa purpúreo. Existen formas blancas y cultivares dobles como 'Waterlily', muy espectacular pero de flores tan pesadas que se tumban a la primera lluvia.
El detalle botánico más curioso explica todo su comportamiento: el ovario de la flor no está en la flor. Se queda bajo tierra, protegido del invierno, unido al perianto por un tubo larguísimo. Solo en primavera, cuando aparecen las hojas, el fruto sube en un tallo corto y madura las semillas hacia junio. Es decir, la planta hace la floración en otoño y termina el trabajo nueve meses después.
Las hojas salen de febrero a marzo, según altitud, y son anchas, lanceoladas, de un verde brillante, de 15 a 30 cm. Se secan en junio y a partir de ahí la planta desaparece por completo del jardín hasta el otoño siguiente.
En la Península es una planta autóctona de prados de siega frescos y bordes de bosque de la mitad norte: Pirineo, Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico y montañas del Sistema Central. Ese es el hábitat que hay que copiar.
La toxicidad, con precisión y sin adornos
La colchicina es un veneno mitótico: bloquea la división celular en los tejidos que más se renuevan. La intoxicación tiene una característica que la hace especialmente peligrosa, y es que los síntomas tardan varias horas en aparecer, a veces entre seis y doce, con lo que la persona afectada cree que no ha pasado nada. Después vienen los trastornos digestivos intensos y, en casos graves, fallo multiorgánico. La dosis capaz de matar es muy pequeña y no hay tratamiento específico.
Los dos accidentes reales que se repiten en Europa son estos:
En primavera, por las hojas. Las hojas jóvenes de quitameriendas se parecen a las del ajo de oso (Allium ursinum), que sí se recolecta para cocinar. Es la causa de varias intoxicaciones mortales documentadas cada año en el centro de Europa. La diferencia práctica: el ajo de oso huele intensamente a ajo al estrujarlo y sale con peciolo, el colchico no huele a nada y sus hojas abrazan el tallo. Si hay que oler para estar seguro, mejor no recolectar.
En otoño, por la flor. Alguien ve una flor lila que sale desnuda del suelo y piensa que ha encontrado azafrán. No lo es. Crocus sativus tiene tres estambres y un estigma dividido en tres ramas rojas y aromáticas; el Colchicum tiene seis estambres amarillos y tres estilos blanquecinos, sin olor ni sabor a azafrán. Contar los estambres resuelve la duda en dos segundos y no falla.
Hay un tercer riesgo que afecta al ganado: la colchicina no se degrada al secarse, de modo que un prado con quitameriendas sigue siendo tóxico convertido en heno. Los animales suelen rechazar la planta fresca, pero en el forraje seco ya no la distinguen. Si hay caballos, vacas u ovejas cerca, no es planta para esa parcela.
En el jardín doméstico, la norma es sencilla: guantes al manipular cormos, lavarse las manos después, no plantarla al alcance de niños pequeños ni en zonas donde el perro escarbe, y no dejar nunca cormos sueltos en un cajón de la cocina o del garaje, que es donde se confunden con ajos o chalotas. La colchicina es además un principio activo con uso médico regulado y estrecho margen terapéutico: nada de lo que crece en el jardín tiene aplicación casera de ningún tipo.
Dónde plantarlo para que dure
El quitameriendas quiere sol o media sombra, suelo profundo, fresco en invierno y primavera y con buen drenaje, y no le molesta la caliza. Tolera arcillas si no se encharcan en parado y agradece la materia orgánica. En zonas de veranos muy largos y secos del interior y del sur peninsular se comporta peor: puede vivir, pero florece con menos ganas y acaba consumiéndose. En el norte húmedo y en zonas de montaña se naturaliza solo.
Resiste el frío sin problema, muy por debajo de los -15 ºC, y de hecho necesita invierno. En el litoral mediterráneo cálido conviene buscarle el punto más fresco del jardín, al pie de un caduco que le dé sombra en verano y luz en invierno.
La mejor situación es el césped alto, el pie de un seto, un ribazo o la parte delantera de un arriate donde alguna vivaz de porte bajo le sirva de sostén. Esto último importa más de lo que parece: las flores salen desnudas y, con la primera tormenta de octubre, se tumban y se manchan de barro. Plantarlas entre Geranium macrorrhizum, Vinca minor, hiedra rastrera o una hierba fina resuelve el problema y además tapa el hueco que deja la planta en verano.
Plantación de los cormos
Los cormos se venden y se plantan de julio a principios de septiembre, en pleno reposo. Cuanto antes, mejor. Es habitual comprarlos en agosto y encontrarlos ya con un brote asomando, o directamente floreciendo dentro de la bolsa: eso no es un defecto, es su ciclo, y significa que hay que enterrarlos ese mismo día.
- Profundidad: unos 10 cm hasta la parte superior del cormo, algo más en suelos ligeros y arenosos.
- Marco: 15 a 20 cm entre cormos. Quedan mucho mejor en grupos irregulares de siete, nueve u once que en fila.
- Orientación: el cormo es asimétrico, con un lado plano donde está el surco del brote. Ese lado va hacia arriba y ligeramente inclinado.
- Riego: un riego de asiento y nada más. Después, lo que llueva.
Plantados en agosto, muchos florecen ya en su primer otoño, entre tres y seis semanas después. Si se plantan en octubre, con la flor ya pasada o abortada, perderán ese año y arrancarán al siguiente.
Existe un truco muy repetido: dejar el cormo sobre un plato, sin tierra ni agua, para verlo florecer en el salón. Funciona, porque la flor sale a costa de las reservas del propio cormo, pero es un préstamo que se paga. Si se hace, hay que plantarlo en tierra en cuanto termine la floración para que pueda reponerse en primavera; repetirlo dos años seguidos lo agota hasta matarlo.
Cuidados a lo largo del año
Otoño (septiembre a noviembre). Floración. No hace falta absolutamente nada: ni riego, ni abono, ni tutores. Retirar las flores marchitas es opcional y solo por estética; el ovario está bajo tierra, así que cortar la flor seca no impide que fructifique.
Invierno. Reposo aparente. Ninguna intervención. El frío es parte del tratamiento.
Primavera (febrero a mayo). Es la única época en que la planta trabaja de verdad. Las hojas fabrican las reservas del cormo para la floración del otoño siguiente. Aquí es donde se pierde la floración del año próximo: si se siegan o se cortan esas hojas porque afean, el cormo se queda sin cargar y en otoño no habrá flores, o habrá muchas menos. En un césped naturalizado, la siega se retrasa hasta que las hojas amarilleen, hacia junio. Si eso no es asumible, la solución no es cortar antes sino haberlas plantado en otro sitio.
Verano. Reposo real. El cormo agradece secarse. No hay que regar la zona en agosto pensando que "está seca": el exceso de humedad en reposo es lo que pudre los cormos.
De abono, poco y en el momento justo: un aporte de compost maduro en superficie al final del invierno, o un fertilizante equilibrado con buena proporción de potasio cuando salen las hojas. Abonar en otoño, con la flor, no sirve de nada porque no hay follaje que lo aproveche.
Multiplicación y divisiones
El cormo se reproduce solo: cada temporada forma uno o dos cormos hijos laterales y el viejo se consume. En cuatro o cinco años una plantación se espesa y empieza a florecer menos por competencia.
La división se hace en julio, con la planta dormida y las hojas ya secas. Se levanta la mata con horca, se separan los cormos con la mano —se desprenden solos por el punto natural— y se replantan de inmediato en su nueva posición. No conviene guardarlos: se deshidratan y florecen mal.
Por semilla también funciona, pero es una prueba de paciencia: siembra en verano en cuanto la cápsula esté madura, germinación irregular a lo largo del invierno y de cuatro a seis años hasta la primera flor. Solo tiene sentido para naturalizar superficies grandes o para trabajar con especies poco comerciales.
Problemas frecuentes
No florece. Casi siempre por hojas cortadas en primavera, por sombra excesiva o por una mata demasiado apretada que pide división.
Cormos podridos. Encharcamiento en verano o plantación en suelo compacto sin drenaje. En terreno pesado, se planta sobre un lecho de arena gruesa o en caballón elevado.
Flores agujereadas de la noche a la mañana. Caracoles y babosas, que las localizan enseguida porque son de lo poco tierno que hay en octubre. Una barrera física o trampas de cerveza suelen bastar; el follaje primaveral les interesa menos.
Manchas pardas en pétalos y hojas. Botritis en otoños muy lluviosos y en plantaciones densas. Se retira el material afectado y se airea la mata dividiéndola.
Flores tumbadas. No es una enfermedad, es su forma de ser, agravada en los cultivares dobles. Se corrige con vecinas de porte bajo que hagan de colchón, no con tutores.
Otras especies y confusiones de vivero
El género Colchicum tiene más de un centenar de especies, y en el comercio se manejan varias con nombres bastante laxos. Colchicum speciosum y sus híbridos dan flores mayores y de tallo más firme que la especie tipo, y aguantan mejor los otoños ventosos. Colchicum byzantinum es de los más generosos, con quince o veinte flores por cormo. En la flora ibérica conviven además Colchicum lusitanum, en la mitad occidental, y el pequeño Colchicum montanum de los pastos de montaña, que muchos jardineros todavía conocen como Merendera.
Un aviso de etiqueta: en las cestas de bulbos de agosto es fácil encontrar bolsas rotuladas como "azafrán de otoño" o "crocus de otoño" que contienen cormos de Colchicum, no de Crocus. El comprador que lo lleve a casa creyendo que va a recolectar especias se está llevando una planta tóxica. Compruébelo en el nombre científico de la etiqueta, no en el comercial, y desconfíe de cualquier bulbo de otoño que se venda como comestible.
En resumen
El Colchicum autumnale resuelve el hueco de color de septiembre y octubre con muy poco trabajo, siempre que se plante entre julio y septiembre, a unos 10 cm de profundidad, en suelo fresco y bien drenado, y se le respeten las hojas de primavera hasta que amarilleen en junio. Es rústico, longevo, se multiplica solo y se divide en julio cada cuatro o cinco años.
Y hay una condición que no admite matices: es una planta gravemente venenosa por la colchicina que contiene en todos sus órganos, se confunde con el ajo de oso en primavera y con el azafrán en otoño, mantiene su toxicidad en el heno seco y no tiene antídoto. Cultivarla es perfectamente razonable; tratarla como una planta comestible o medicinal, en ninguna circunstancia.