Un jardín en el que solo hay plantas es un jardín a medias. Sin polinizadores no hay fruto en el almendro ni en la calabaza; sin sírfidos, crisopas y mariquitas, el pulgón no encuentra freno y acabas fumigando; sin pájaros ni murciélagos, las orugas y los mosquitos se multiplican sin control. Atraer fauna no es un capricho estético: es delegar el mantenimiento del jardín en quien lo hace mejor y gratis.

La buena noticia es que casi todo consiste en dejar de hacer cosas: dejar de fumigar, dejar de segar tan a menudo, dejar de retirar cada hoja y cada tallo seco. Y lo poco que hay que añadir —agua, flores escalonadas, refugio— es barato y cabe hasta en una terraza.

Empieza por el agua: es lo que más rápido funciona

De todas las medidas que puedes tomar, un bebedero es la que da resultados en menos tiempo. En el verano peninsular, con dos meses sin lluvia y 35 °C, el agua es el recurso más escaso y lo que atrae de forma casi inmediata a aves, abejas, avispas, mariposas y lagartijas.

No hace falta un estanque. Un plato de maceta ancho y poco profundo, de 2 o 3 cm de agua, con piedras o canicas que sobresalgan para que los insectos se posen sin ahogarse, cumple perfectamente. Colócalo cerca de vegetación donde el pájaro pueda refugiarse pero con visibilidad alrededor, y a cierta altura si hay gatos en la zona.

La condición innegociable: renueva el agua cada dos o tres días. El mosquito tigre (Aedes albopictus), extendido ya por buena parte del litoral mediterráneo y avanzando hacia el interior, completa su ciclo larvario en poco más de una semana en cualquier recipiente con agua estancada. Un bebedero mal mantenido es un criadero. Vaciar, frotar y rellenar lleva un minuto.

Si tienes espacio para una charca, aunque sea un barreño enterrado de 50 litros, con una orilla en rampa y alguna planta acuática, multiplicarás la fauna: libélulas, ranas y sapos comunes (Bufo spinosus) aparecerán solos. Y los renacuajos y las larvas de libélula devoran larvas de mosquito, así que el balance neto es a favor.

No utilices productos químicos tóxicos

De nada sirve plantar lavanda si luego pulverizas insecticida. Un tratamiento de amplio espectro no distingue: mata al pulgón y también a la mariquita, a la crisopa y a la avispa parasitoide que llevaban semanas trabajando para ti. El resultado típico es que la plaga rebrota a las tres semanas, ahora sin enemigos naturales, y quedas atrapado en el ciclo de fumigar cada mes.

Los neonicotinoides merecen mención aparte: son sistémicos, la planta los reparte por todos sus tejidos y acaban en el polen y el néctar durante semanas. Varias sustancias de este grupo están prohibidas en la Unión Europea en usos al aire libre precisamente por su efecto sobre polinizadores. Revisa la etiqueta de lo que tengas guardado en el trastero.

Y aquí una precisión que casi nunca se hace: que un producto sea ecológico no significa que sea inofensivo para la fauna. Las piretrinas naturales son un insecticida de amplio espectro y matan abejas con la misma eficacia que un sintético. El jabón potásico ahoga a cualquier insecto de cuerpo blando que moje, incluidas las larvas de sírfido que estaban comiéndose el pulgón. El Bacillus thuringiensis var. kurstaki mata orugas, y no solo las de la plaga: también las de las mariposas que quieres atraer.

Si tienes que tratar, hazlo bien: aplica al atardecer, cuando los polinizadores ya no vuelan; trata solo la planta afectada y no el jardín entero; nunca pulverices sobre plantas en flor; y da tiempo a que los depredadores lleguen antes de intervenir, porque suelen tardar entre una y tres semanas en responder a un foco de pulgón.

Lo mismo vale para los herbicidas y para el veneno de caracoles a base de metaldehído, que envenena erizos, aves y mascotas. El fosfato férrico es una alternativa razonablemente más segura, y las trampas de cerveza o la recogida manual tras la lluvia funcionan en jardines pequeños.

Plantas y flores: néctar todo el año, no solo en mayo

El error más común al plantar «para las abejas» es concentrarlo todo en la primavera. En mayo hay comida por todas partes; los momentos críticos son el final del invierno, cuando las reinas de abejorro salen de hibernar sin reservas, y el final del verano, cuando en el clima mediterráneo el campo está agostado y no queda una flor. Un jardín que cubra esos dos huecos vale más que uno con cien especies floreciendo a la vez en primavera.

Abeja polinizando una margarita

Una sucesión que funciona en casi toda la península:

Invierno y comienzo de primavera: almendro (Prunus dulcis), que florece en enero-febrero y es una de las primeras fuentes de néctar del año; romero (Salvia rosmarinus), que en el sur florece prácticamente de octubre a abril; madroño (Arbutus unedo), brezos (Erica spp.) y aromo (Acacia dealbata) en zonas templadas.

Primavera: jaras (Cistus spp.), viborera (Echium vulgare, Echium plantagineum), borraja (Borago officinalis), facelia (Phacelia tanacetifolia) y todos los frutales.

Verano: lavandas (Lavandula angustifolia, L. stoechas), tomillo (Thymus vulgaris), orégano (Origanum vulgare), salvias, milenrama (Achillea millefolium), equinácea, girasol y las umbelíferas —hinojo, eneldo, zanahoria en flor—, que son las favoritas de sírfidos y avispas parasitoides porque tienen el néctar muy accesible.

Otoño: hiedra (Hedera helix). Merece un párrafo propio. Florece de septiembre a noviembre, cuando ya no queda nada más, y su néctar sostiene a un enorme número de abejas, avispas y moscas en la recta final del año; además sus frutos alimentan a mirlos y currucas en pleno invierno. Se la poda por costumbre justo cuando va a florecer, que es exactamente lo peor que se puede hacer. Añade también sedums de otoño, asteres y madroño otra vez, que florece y fructifica a la vez.

Tres criterios más al elegir:

Flores simples, no dobles. Las variedades de flor doble —rosas de muchos pétalos, dalias pompón, caléndulas rizadas— se han seleccionado convirtiendo los estambres en pétalos. Son bonitas y son un desierto: apenas producen polen y el néctar queda inaccesible. Una margarita sencilla alimenta más que veinte peonías dobles.

Prioriza especies mediterráneas. Las labiadas aromáticas locales están adaptadas a la sequía, no necesitan riego una vez arraigadas y son las que la fauna autóctona reconoce. Y agrupa cada especie en manchas de al menos medio metro cuadrado: los polinizadores rentabilizan mucho mejor una mancha que flores sueltas repartidas.

Deja crecer las «malas hierbas» útiles. Trébol, diente de león, ortiga y cardos son de las plantas más visitadas. La ortiga (Urtica dioica) es la planta nutricia de las orugas de varias de nuestras mariposas más vistosas, como la vanesa de los cardos y la ortiguera. Sin planta nutricia no hay mariposas, por muchas flores de néctar que pongas.

Pon un hotel para insectos (pero hazlo bien)

Los hoteles de insectos se han puesto de moda y la mayoría de los que se venden funcionan mal. Están hechos con materiales decorativos —piñas, lana, virutas, corteza— que ningún insecto usa, con cañas de bambú demasiado gruesas y cortadas de forma que quedan astilladas, y son tan grandes que concentran población y con ella parásitos y hongos.

Hotel de insectos instalado en el jardín

Lo que sí ocupan las abejas solitarias, que son las destinatarias reales:

Orificios de 3 a 10 mm de diámetro, que es el rango de tamaño de nuestras Osmia y Megachile. Varios diámetros distintos, mejor que uno solo.

Túneles de 12 a 15 cm de profundidad y cerrados al fondo. Si el orificio atraviesa de lado a lado, no lo usan. Cañas de bambú cortadas justo por detrás de un nudo, o taladros en un bloque de madera maciza sin barnizar (nunca en aglomerado ni en madera tratada).

Cortes limpios. Una caña astillada daña las alas y la rechazan. Lija la boca de los orificios.

Varios hoteles pequeños repartidos en lugar de uno grande. Es la diferencia entre un barrio y un hacinamiento.

La instalación importa tanto como el diseño: orientación sur o sureste para que reciba el sol de la mañana, a entre 1 y 1,5 m del suelo, bien fijado para que no oscile con el viento, con un alero o tejadillo que lo proteja de la lluvia y con la boca de los tubos ligeramente inclinada hacia abajo para que no entre agua. Y delante, flores: una abeja solitaria forrajea en un radio corto, de unos pocos cientos de metros.

Por último, hay que mantenerlo. Los tubos usados acumulan ácaros, hongos y avispas parasitoides. Renueva las cañas cada dos o tres años, o usa tubos de cartón recambiables. Un hotel que lleva ocho años sin tocarse hace más mal que bien.

Y conviene saber esto: alrededor del 70 % de las abejas silvestres no anida en cañas, sino en el suelo. Excavan galerías en tierra desnuda, compactada y soleada. Si acolchas cada centímetro del jardín o lo cubres todo de grava, les cierras la puerta. Reserva una zona pequeña de suelo desnudo en solana, en talud si es posible, y no la pises ni la riegues.

Refugio: el jardín demasiado limpio está vacío

La fauna necesita dónde esconderse, invernar y criar. Y lo que damos por «orden» suele ser justo lo que lo impide.

No hagas la gran limpieza de otoño. Los tallos secos de las herbáceas albergan huevos y larvas que pasan el invierno dentro; la hojarasca acumulada bajo los arbustos es donde hibernan crisopas, mariquitas y erizos. Deja los tallos en pie y las hojas en los parterres hasta finales de febrero o marzo, y córtalo todo entonces, cuando las temperaturas ya superan de forma estable los 10-12 °C y los insectos han emergido.

Un montón de leña o de ramas de poda en un rincón sombreado es uno de los refugios más productivos y más baratos que existen: escarabajos saproxílicos, ciempiés, escolopendras, lagartijas y, si hay hueco a ras de suelo, erizos (Erinaceus europaeus). Un montón de piedras al sol cumple lo mismo para reptiles.

Seto mixto en lugar de valla. Un seto de especies variadas —durillo, aladierno, majuelo, madreselva, endrino— da flor, fruto, nidificación y corredor de paso. Un seto monoespecífico de cupresáceas recortado no da nada de eso.

Cajas nido. Funcionan muy bien y el detalle está en el diámetro de la entrada: 28 mm para herrerillo común (Cyanistes caeruleus), 32 mm para carbonero común (Parus major). En España conviene orientarlas al norte o noreste, al contrario que en el norte de Europa, para evitar el sol de tarde que cocinaría a los pollos en junio. Cuélgalas a 3-4 m de altura, sin percha delante (solo facilita el trabajo a los depredadores) y límpialas una vez al año, en otoño. Una caja para murciélagos, con la entrada por abajo, colocada a 4-5 m y a pleno sol, atrae a especies como Pipistrellus pipistrellus, capaces de capturar centenares de insectos nocturnos por noche.

Deja de segar tanto. Subir la cuchilla de la cortadora a 7-8 cm y espaciar la siega permite que florezcan el trébol y las margaritas, y con ellos aparecen abejorros y mariposas. Si te atreves, deja una franja sin segar del todo entre abril y julio. Es la medida de mayor impacto por unidad de esfuerzo, porque el esfuerzo es negativo.

Dos detalles que suelen pasarse por alto

La luz nocturna. Los focos del jardín encendidos toda la noche desorientan a las polillas, que son polinizadores nocturnos de primer orden, y las agotan girando alrededor de la lámpara hasta morir. Usa luz cálida por debajo de 3.000 K, apunta hacia abajo, pon detector de presencia o temporizador y deja zonas del jardín completamente a oscuras.

El gato doméstico. Es el principal depredador de aves de jardín, con diferencia. Si tienes gato y quieres pájaros, un collar con cascabel, mantenerlo dentro al amanecer y al atardecer y colocar los comederos y cajas nido fuera de su alcance marcan una diferencia real.

Y una idea que conviene revisar: poner una colmena no es «salvar a las abejas». La abeja de la miel (Apis mellifera) es un animal doméstico y no está amenazada. En España hay más de mil especies de abejas silvestres, y son estas —solitarias, sin colmena, sin miel— las que están en declive y las que polinizan buena parte de la flora silvestre. Instalar colmenas en un jardín urbano añade competencia por un néctar ya escaso. Si quieres ayudar a las abejas, planta flores y deja suelo desnudo, que es lo que de verdad falta.

En resumen

Atraer fauna al jardín se sostiene sobre cuatro cosas: agua limpia y renovada cada dos o tres días, flores simples escalonadas de enero a noviembre —con especial atención al final del invierno y al final del verano—, refugio en forma de tallos secos, hojarasca, montones de leña y piedras, y la renuncia a los tratamientos de amplio espectro, incluidos los que se venden como ecológicos.

Si además pones un hotel de insectos, hazlo con cañas de 3 a 10 mm cerradas al fondo, orientado al sureste, protegido de la lluvia y renovado cada pocos años; y no olvides dejar un trozo de suelo desnudo y soleado, porque ahí anida la mayoría de las abejas silvestres.

Es un cambio que tarda una temporada o dos en notarse del todo, y a partir de ahí el jardín se autorregula: menos pulgón, menos mosquitos, más fruto y bastante menos trabajo.


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