El abono verde es probablemente la técnica de fertilización más antigua que existe y, paradójicamente, una de las peor entendidas. No se trata de un producto que se compra en un saco, ni de compost, ni de estiércol: es un cultivo que se siembra con la intención de no cosecharlo, sino de enterrarlo o segarlo cuando alcanza cierto punto de desarrollo, para que su descomposición mejore el suelo.
La diferencia con el compost es importante. El compost aporta materia orgánica ya estabilizada, es decir, humus casi terminado. El abono verde aporta materia orgánica fresca, rica en agua y en azúcares, que se descompone deprisa y alimenta a la vida del suelo antes de convertirse en humus. Son dos cosas complementarias, no intercambiables.
Qué hace realmente un abono verde
Se suele resumir en «aporta nitrógeno», y eso es solo una parte, y ni siquiera la principal en todos los casos. Un abono verde bien llevado actúa en cuatro frentes a la vez:
Estructura el suelo. Las raíces atraviesan el terreno, crean galerías y, al morir, dejan canales por los que circulan el aire y el agua. Una raíz pivotante de nabo forrajero o de rábano puede bajar 60-80 cm y romper una suela de labor que ningún motocultor alcanza. Esto en suelos arcillosos compactados de media España vale más que cualquier aporte de nutrientes.
Cubre y protege. Un suelo desnudo en invierno es un suelo que se erosiona con cada tormenta y del que se lavan los nitratos hacia capas profundas. La cubierta vegetal intercepta la lluvia, reduce la escorrentía y retiene esos nitratos dentro de sus tejidos, devolviéndolos cuando se incorpora.
Alimenta la vida del suelo. Bacterias, hongos, colémbolos y lombrices se multiplican cuando hay materia fresca disponible. Esa actividad biológica es la que libera nutrientes que ya estaban en el suelo pero bloqueados.
Aporta nitrógeno, si es leguminosa. Solo las leguminosas fijan nitrógeno atmosférico gracias a la simbiosis con bacterias del género Rhizobium alojadas en los nódulos de sus raíces. Una gramínea o una crucífera no fijan nada: reciclan el nitrógeno que ya había, que también es útil, pero no es lo mismo.
Las tres familias que se usan y para qué sirve cada una
Elegir la especie según el problema que se quiere resolver es lo que separa un abono verde eficaz de una siembra decorativa.
Leguminosas: cuando el suelo está pobre en nitrógeno
Son las que fijan nitrógeno. Las más prácticas en clima peninsular:
- Veza común (Vicia sativa). La opción de invierno por excelencia. Se siembra de octubre a noviembre, aguanta bien el frío y produce mucha masa verde. Dosis aproximada de 15-18 g/m².
- Trébol violeta (Trifolium pratense) y trébol blanco (Trifolium repens). El blanco es rastrero y perenne, ideal como cubierta permanente entre frutales; el violeta produce más masa pero dura menos. Unos 2-3 g/m².
- Habas (Vicia faba). Muy agradecidas en huerto pequeño porque además se pueden cosechar parcialmente antes de segar el resto.
- Altramuz (Lupinus albus). Excelente en suelos ácidos y arenosos, donde otras leguminosas fallan. Tiene raíz potente y moviliza fósforo poco disponible.
Un detalle que casi nadie menciona: en un terreno donde nunca se ha cultivado esa leguminosa, las bacterias Rhizobium compatibles pueden no estar presentes y la fijación de nitrógeno será mínima. Se comprueba fácil: se arranca una planta a los dos meses y se miran las raíces. Si hay nódulos rosados por dentro, el sistema funciona. Si no hay nódulos, o son blancos y vacíos, no se está fijando nada.
Gramíneas: cuando el suelo se lava o se compacta
Su fuerte es el sistema radicular fasciculado, muy denso, que envuelve las partículas de suelo y forma agregados estables. También son las mejores capturando nitratos residuales antes de que se pierdan con las lluvias de otoño.
- Avena (Avena sativa). Rápida, rústica, tolera suelos mediocres y se descompone con facilidad. Siembra de otoño a razón de 12-15 g/m².
- Centeno (Secale cereale). El más resistente al frío y a la sequía; útil en la meseta y en zonas de invierno duro. Ojo: si se deja espigar produce sustancias que inhiben la germinación de semillas pequeñas durante algunas semanas.
- Cebada (Hordeum vulgare). Buena en suelos calizos y algo salinos.
Crucíferas: cuando hay problemas de sanidad o compactación
Crecen muy rápido y contienen glucosinolatos, compuestos que al descomponerse liberan isotiocianatos con efecto depresor sobre nematodos y algunos hongos del suelo. Es lo que se conoce como biofumigación.
- Mostaza blanca (Sinapis alba). Cubre el suelo en 4-6 semanas. Muy útil como abono verde corto entre dos cultivos de verano y otoño.
- Rábano forrajero (Raphanus sativus var. oleiformis). Su raíz gruesa perfora las capas compactadas. En invierno frío se hiela y se descompone sola, dejando el suelo agujereado.
- Nabo forrajero (Brassica rapa). Similar en función.
Advertencia importante: las crucíferas son de la misma familia que coles, brócoli, rábanos y rúcula. Si se tiene o se sospecha Plasmodiophora brassicae (hernia de la col) en la parcela, sembrar mostaza es multiplicar el problema, no combatirlo. En ese caso hay que ir a gramíneas o leguminosas.
Las mezclas funcionan mejor que las especies solas
En la práctica, lo más rentable es combinar. La mezcla clásica de invierno es veza más avena, en proporción aproximada de 60 % veza y 40 % avena en peso. La avena crece deprisa, sujeta a la veza que es trepadora y evita que se tumbe, y la veza aporta el nitrógeno que la avena necesita. Cada una compensa la carencia de la otra.
Otra combinación útil para otoño corto es mostaza más facelia (Phacelia tanacetifolia). La facelia no pertenece a ninguna de las tres familias hortícolas habituales, lo que la hace ideal para rotaciones apretadas, y además atrae abejas y sírfidos si se deja florecer unos días.
Cómo se hace, paso a paso
1. Elegir el momento. En el clima peninsular hay dos ventanas claras. La de otoño, de finales de septiembre a principios de noviembre, es la principal: se siembra tras retirar los cultivos de verano y la cubierta pasa el invierno. La de primavera, en marzo, sirve para parcelas que van a quedar libres hasta el verano. Una tercera opción es el abono verde corto de agosto, con mostaza o alforfón, entre dos cultivos.
2. Preparar la cama de siembra. No hace falta labor profunda. Basta con retirar los restos del cultivo anterior, pasar un rastrillo para deshacer los terrones grandes y dejar la superficie razonablemente fina. Cuanto mejor el contacto entre semilla y tierra, mejor la nascencia.
3. Sembrar a voleo. Se esparce la semilla a mano lo más uniformemente posible. Para no dejar calvas conviene dividir la dosis en dos mitades y pasar en dos direcciones perpendiculares. Después se rastrilla ligeramente para enterrar la semilla 1-2 cm, o se pisa la superficie con una tabla. Semilla que queda al aire es semilla que se comen los pájaros.
4. Regar solo al principio. Un riego suave tras la siembra asegura la germinación si no hay lluvia prevista. A partir de ahí, la cubierta de otoño debería mantenerse sola con las lluvias. Si se riega un abono verde durante todo su ciclo se está gastando agua en una biomasa que se puede conseguir gratis esperando.
5. Segar en el momento justo. Este es el punto crítico y donde más se falla. El abono verde se corta cuando empieza la floración, antes de que se formen las semillas. Hay dos razones. Primera: en ese estadio la relación carbono/nitrógeno de los tejidos es baja (en torno a 15-20:1), la planta está tierna y se descompone en semanas. Si se deja espigar, esa relación sube a 40-60:1, el tallo se lignifica y los microorganismos que lo descomponen consumen el nitrógeno del suelo para hacerlo, dejando temporalmente el terreno más pobre que antes: es el llamado hambre de nitrógeno. Segunda razón, más prosaica: si deja semilla, el abono verde se convierte en la mala hierba de la temporada siguiente.
6. Incorporar o dejar en superficie. Hay dos escuelas y ambas son válidas. La incorporación consiste en enterrar la masa segada en los primeros 10-15 cm con azada o motocultor. Es más rápida, pero remueve el suelo. La alternativa es segar y dejar el material tendido como acolchado, o incluso tumbar la cubierta con un rodillo sin cortarla; se descompone más despacio, protege la superficie y no altera la estructura. En suelos frágiles o arenosos yo prefiero la segunda.
7. Esperar antes de plantar. Tras incorporar hay que dejar pasar entre 2 y 4 semanas antes de instalar el cultivo siguiente. Durante la descomposición inicial se liberan compuestos que pueden inhibir la germinación de semillas pequeñas y se produce una punta de actividad microbiana que compite por el nitrógeno. Con plántula trasplantada se puede reducir un poco esa espera; sembrando directamente zanahoria o lechuga, no.
Errores frecuentes
Sembrar demasiado tarde en otoño. Si la siembra se hace en diciembre, la planta apenas tendrá tiempo de desarrollarse antes de que las temperaturas bajen y el crecimiento se detenga. Como referencia, la avena y la veza necesitan que la temperatura media supere los 5-6 °C para crecer de forma apreciable.
Sembrar demasiado ralo. Un abono verde poco denso deja hueco a las malas hierbas y produce poca biomasa. Es mejor pasarse ligeramente de dosis que quedarse corto.
Esperar resultados en una temporada. El efecto sobre la materia orgánica del suelo es acumulativo. Un solo año de abono verde aporta poco; tres o cuatro años seguidos cambian visiblemente la estructura y el color del terreno.
Enterrar demasiado profundo. Si la masa verde se entierra a 30 cm, se descompone en anaerobiosis, huele mal y produce compuestos tóxicos para las raíces. La descomposición útil ocurre en los primeros centímetros, donde hay oxígeno.
Usar abono verde en una parcela minúscula. Aquí conviene ser honesto: en un huerto de 4 m² dedicar toda la superficie a un cultivo que no se come durante seis meses rara vez compensa. En ese caso tiene más sentido el compost o el acolchado. El abono verde brilla a partir de superficies donde uno puede permitirse rotar y dejar bancales en descanso.
En resumen
El abono verde es sembrar para enterrar. Las leguminosas aportan nitrógeno, las gramíneas estructura y captura de nitratos, las crucíferas descompactación y efecto sanitario; mezclarlas suele dar mejor resultado que usarlas por separado. La ventana principal en España es el otoño, la siembra se hace a voleo con rastrillado ligero, y el corte tiene que llegar al inicio de la floración, nunca después de que grane. Tras incorporar, dos a cuatro semanas de espera antes de plantar. Es una inversión a varios años, no un truco de una temporada: el suelo cambia despacio, pero cambia de verdad.