Fumigar, en sentido estricto, es tratar un espacio cerrado con un gas; lo que se hace en un jardín o una terraza es pulverizar. La distinción no es una manía de vocabulario: los verdaderos fumigantes son productos de uso exclusivamente profesional, con equipos y autorizaciones específicas, y ningún particular debe manejarlos. Lo que sí puede hacer un aficionado es aplicar un fitosanitario autorizado para uso doméstico con un pulverizador de mano o de mochila, y hacerlo bien exige entender antes qué se combate, con qué y en qué condiciones.

En España, todo producto fitosanitario que se venda legalmente lleva en la etiqueta un número de registro del Ministerio de Agricultura. Sin ese número, el producto no está autorizado, y usarlo es una infracción además de un riesgo. Para un particular, la restricción es más estrecha aún: solo puede comprar y aplicar los productos etiquetados como «uso reservado a aficionados» o para jardinería exterior doméstica (JED). Todo lo demás, incluidos los formatos grandes que se ven en cooperativas y almacenes agrícolas, requiere carné de manipulador de productos fitosanitarios y está fuera del alcance doméstico.

Ese carné, en sus niveles básico y cualificado, se obtiene con cursos homologados por las comunidades autónomas y es obligatorio para quien trate profesionalmente, incluidos los que cultivan para venta y muchos jardineros por cuenta ajena. No es un trámite decorativo: se exige en inspección y su ausencia conlleva sanción.

Dos advertencias más que conviene tener claras antes de seguir. Los remedios caseros a base de lejía, gasoil, tabaco macerado o disolventes no son alternativas ecológicas: son fitotóxicos, contaminan suelo y agua, y su aplicación está fuera de la ley. Y los productos retirados hace años del mercado europeo —el clorpirifos, entre otros— siguen apareciendo en garajes y trasteros; si aparece un bidón antiguo, no se usa: se lleva a un punto limpio.

Jardinero aplicando un tratamiento fitosanitario con equipo de protección

Identificar antes de comprar nada

Un insecticida no cura un hongo. Parece obvio escrito así, y sin embargo se pulveriza un insecticida sobre un oídio o un mildiu, no ocurre nada, y mientras tanto se pierden los días en que el fungicida sí habría cortado el avance.

Merece la pena dedicar cinco minutos a mirar la planta de cerca, con lupa si hace falta, y sobre todo por el envés de las hojas, que es donde vive casi todo:

Pulgón (Aphis spp., Myzus persicae): colonias verdes, negras o rosadas en brotes tiernos y capullos, hojas pegajosas por la melaza y hormigas subiendo por el tallo. La presencia de hormigas es un indicador fiable.

Araña roja (Tetranychus urticae): punteado amarillento fino en el haz, finísimas telarañas en las axilas, ácaros diminutos en el envés. Aparece con calor y aire seco, típicamente de junio a septiembre y en interiores con calefacción.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci): nube de insectos blancos al mover la planta, ninfas fijas en el envés, melaza y negrilla.

Cochinilla: algodonosa (Planococcus citri), en forma de motas blancas y cerosas en axilas; o de escudo (Saissetia oleae, Aonidiella aurantii), pegadas como caparazones marrones a tallos y hojas.

Trips (Frankliniella occidentalis): decoloraciones plateadas con puntos negros de excrementos, flores deformadas.

Orugas: mordeduras en el limbo, excrementos verdes o negros bajo la planta. En boj, la oruga de Cydalima perspectalis defolia un ejemplar en pocos días.

Y lo que no es plaga de insecto: manchas circulares con halo (hongo), polvo blanco harinoso en el haz (oídio), manchas aceitosas y pelusa gris en el envés (mildiu), hojas amarillas con nervios verdes (clorosis férrica, un problema de suelo), puntas secas y marrones (sales o falta de agua). Ninguna de ellas mejora con un insecticida.

No se trata por rutina

Cuatro pulgones en un rosal no justifican un tratamiento. La presencia de un fitófago no equivale a un daño relevante, y tratar preventivamente cada quince días "por si acaso" tiene tres consecuencias caras: elimina la fauna auxiliar que estaba controlando el problema gratis, selecciona poblaciones resistentes y deja residuos innecesarios.

El orden sensato es este. Primero, medidas físicas: un chorro de agua a presión sobre el envés arrastra pulgón y araña roja con notable eficacia; podar y retirar el brote infestado resuelve focos localizados; las trampas cromáticas amarillas capturan mosca blanca y minadores, las azules trips, y sirven además para saber si la población sube o baja. Después, productos de bajo impacto: jabón potásico contra insectos de cuerpo blando, aceite de parafina (aceite de verano) contra cochinillas y huevos invernantes, azufre mojable contra oídio y ácaros, Bacillus thuringiensis var. kurstaki contra orugas, específico y sin efecto sobre otros grupos. Y solo si el daño avanza pese a todo, un insecticida convencional autorizado.

Sobre el jabón potásico conviene precisar algo, porque se vende como inocuo y no lo es del todo: actúa por contacto disolviendo la cutícula, de modo que mata igual a un pulgón que a una mariquita si le cae encima, y a pleno sol quema el follaje de plantas de hoja tierna. Se aplica al atardecer y se moja bien el envés, que es donde está el objetivo.

La hora del día importa, y mucho

El mejor momento para pulverizar es el atardecer, o las primeras horas de la mañana. Las razones son concretas:

Fitotoxicidad. Una gota sobre una hoja al sol actúa como lente y, con el producto concentrándose al evaporarse el agua, produce quemaduras. Con azufre la regla es especialmente estricta: por encima de 30-32 °C quema el follaje, y en algunas especies sensibles —cucurbitáceas, ciertas variedades de vid y de manzano— el daño aparece antes.

Persistencia. La radiación ultravioleta degrada las materias activas. Un tratamiento aplicado a mediodía en julio puede haber perdido buena parte de su eficacia antes de la noche; aplicado al anochecer, actúa durante horas sin degradarse.

Polinizadores. Abejas y abejorros trabajan de día. Tratar en floración con un producto peligroso para abejas está expresamente prohibido en las etiquetas que lo indican, y hacerlo al atardecer, cuando la actividad ha cesado y el caldo ha secado antes del amanecer, reduce el riesgo cuando el tratamiento es inevitable. Si se puede, lo mejor es no tratar en floración en absoluto: se espera a que caiga el pétalo.

Viento y lluvia. Con viento apreciable —a partir de unos 10-15 km/h— la deriva lleva el producto al vecino, al estanque o a la cara del aplicador. Y si se espera lluvia en las seis u ocho horas siguientes, el tratamiento se lava y hay que repetirlo, con el gasto y la exposición duplicados.

Preparar el caldo correctamente

La dosis de la etiqueta no se mejora. Aumentarla no mata más rápido: provoca quemaduras en la planta, deja residuos por encima de lo permitido y acelera la aparición de resistencias. Se mide con jeringuilla o vaso graduado, no a ojo ni con el tapón "más o menos lleno".

Se prepara solo lo que se va a gastar. El caldo sobrante no se guarda para la semana que viene —muchas materias activas se hidrolizan en horas— y no se tira por el desagüe ni en un alcorque. Calcular el volumen antes evita el problema: una mochila de 5 litros bien aplicada cubre bastante más superficie de la que se supone.

El agua influye. Las aguas duras y alcalinas, frecuentes en gran parte de España, degradan por hidrólisis alcalina algunas materias activas en cuestión de minutos. Si el agua pasa de pH 8, un corrector acidificante para caldos ajusta a 6-6,5 y mantiene la eficacia. Es un detalle que explica bastantes tratamientos "que no hicieron nada".

No se mezclan productos por iniciativa propia. Combinar un fungicida con un insecticida o con un abono foliar puede precipitar la mezcla, inactivar ambos o multiplicar la fitotoxicidad. Solo se mezcla lo que la etiqueta autoriza expresamente.

Se rota el modo de acción. Aplicar la misma materia activa una y otra vez es la receta para que en dos temporadas deje de funcionar. La araña roja y la mosca blanca desarrollan resistencia con rapidez notable. Alternar productos de grupos químicos distintos —los códigos IRAC de la etiqueta indican el modo de acción— conserva la herramienta.

Pulverizadores de mano y de mochila para tratamientos de jardín

Cómo pulverizar para que sirva de algo

Un producto de contacto solo mata lo que moja. De ahí que la técnica pese tanto como la elección del producto.

Hay que mojar el envés. Araña roja, mosca blanca, trips y buena parte de los pulgones viven debajo de la hoja; una pasada por encima del seto los deja intactos. Eso implica agacharse, levantar ramas y pulverizar de abajo hacia arriba.

La gota debe ser fina y uniforme, hasta que el follaje quede cubierto de un rocío brillante pero antes de que empiece a gotear. El punto de escurrimiento no es señal de tratamiento completo, es producto cayendo al suelo.

Se avanza de espaldas al viento y sin caminar sobre la zona ya tratada. Con árboles, se empieza por la parte alta y se baja.

La boquilla obturada no se sopla nunca con la boca. Se desmonta y se limpia con agua y un cepillo o un alambre blando. Esa costumbre ha causado intoxicaciones agudas evitables.

Y el equipo se lava al terminar, tres enjuagues con agua limpia por dentro y por fuera, incluidas mangueras y lanza. Un resto de herbicida en un pulverizador reutilizado para insecticida arrasa un arriate entero, y el daño no se manifiesta hasta días después.

Protección personal

La vía de entrada principal de estos productos en el cuerpo no es la respiratoria, es la piel, y en particular manos y antebrazos durante la preparación del caldo, cuando se maneja el producto concentrado. Ese es el momento de mayor exposición de toda la operación.

El equipo mínimo para un tratamiento doméstico: guantes de nitrilo largos —los de látex de cocina no resisten disolventes—, gafas de protección cerradas, mascarilla con filtro A1 o A2 para vapores orgánicos si el producto lo indica (una quirúrgica no filtra nada de esto), ropa de manga larga y pantalón largo, y calzado cerrado. Nada de sandalias ni de camiseta de tirantes porque hacía calor.

Durante la aplicación no se come, no se bebe y no se fuma. Un cigarrillo encendido con las manos contaminadas introduce el producto directamente por la boca y por vía respiratoria, y además hay formulados inflamables. Tampoco se manipula el móvil.

Al terminar: quitarse los guantes sin tocar el exterior, lavarse manos, cara y brazos con abundante agua y jabón, y ducharse. La ropa de trabajo se lava aparte del resto de la colada, y no se vuelve a poner sin lavar.

El envase se guarda bajo llave, en un lugar fresco, ventilado, fuera del alcance de niños y animales, y siempre en su recipiente original con su etiqueta. Trasvasar un fitosanitario a una botella de agua o de refresco acaba en un niño bebiendo de ella, y esa llamada la reciben los servicios de toxicología todos los veranos. En caso de ingestión o de síntomas tras una aplicación, se llama al Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20, con la etiqueta del producto en la mano, y no se provoca el vómito salvo indicación expresa.

Después del tratamiento

Dos plazos figuran en la etiqueta y los dos se respetan.

El plazo de reentrada es el tiempo que debe pasar antes de volver a pisar la zona tratada; hasta que el caldo ha secado, mínimo, y con frecuencia más. Vale también para perros y gatos, que caminan sobre la hierba y luego se lamen las patas.

El plazo de seguridad es el que debe transcurrir entre la aplicación y la recolección de una hortaliza o una fruta. Va de tres a veintiún días según producto y cultivo, es de cumplimiento obligado y no se acorta lavando la pieza; en tratamientos sistémicos, el producto está dentro del tejido. En el huerto conviene anotar qué se aplicó y cuándo, porque a las tres semanas nadie lo recuerda con precisión.

Los envases vacíos se someten a triple enjuagado —se llena un tercio del envase con agua, se agita, se vierte en el depósito del pulverizador, tres veces— y luego se depositan en un punto limpio o en el sistema de recogida de envases agrícolas. No van a la basura orgánica ni al contenedor amarillo.

Y los cebos de caracoles y babosas merecen una nota aparte: los de metaldehído son muy tóxicos para perros, que además los encuentran apetecibles, y una ingestión de pocos gramos es una urgencia veterinaria. En jardines con animales o niños, el fosfato férrico es una alternativa de eficacia comparable y muy inferior riesgo.

En resumen

Un tratamiento bien hecho empieza mucho antes de abrir el bote: identificar la plaga concreta, comprobar que el daño justifica intervenir, probar antes agua a presión, poda o jabón potásico, y reservar el insecticida para cuando haga falta de verdad. Si se llega a ese punto, se usa un producto autorizado para uso doméstico, a la dosis exacta de la etiqueta, preparando solo el caldo necesario, y se aplica al atardecer, sin viento, sin lluvia a la vista, mojando el envés de las hojas y evitando la floración. Con guantes de nitrilo, gafas, mascarilla y manga larga; sin comer, beber ni fumar mientras se trabaja; con ducha y ropa a lavar al terminar. Después, respetar los plazos de reentrada y de seguridad, guardar el producto en su envase original bajo llave y llevar el envase vacío al punto limpio. Rotar materias activas mantiene el tratamiento eficaz en el tiempo; repetir siempre el mismo lo inutiliza en un par de temporadas.


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