El calendario no planta: lo hace la temperatura del suelo. Dos jardines separados por doscientos kilómetros pueden estar a la misma fecha y en momentos agronómicos completamente distintos, porque en uno el suelo lleva diez días por encima de 12 °C y en el otro todavía hiela de madrugada. Por eso una respuesta útil a cuándo plantar no es un mes, sino una condición: qué temperatura tiene la tierra, cuánta agua queda en ella y cuántas semanas faltan para la próxima helada o para el primer golpe de calor.

Dicho esto, en la España peninsular hay ventanas bastante claras para cada tipo de planta, y una regla general que conviene tener presente desde el principio: para casi todo lo leñoso, el otoño es mejor momento que la primavera.

Por qué el otoño gana a la primavera

Una planta recién plantada tiene un cepellón pequeño y un problema grande: hasta que emite raíces nuevas fuera de ese cepellón, depende de un volumen de tierra ridículo para abastecer toda su parte aérea. Lo que decide si sobrevive es cuánto tiempo tiene para colonizar el terreno antes de que llegue la demanda de agua del verano.

Si plantas un arbusto en octubre o noviembre, el suelo todavía conserva calor —suele estar entre 14 y 18 °C en gran parte del país— mientras la parte aérea ya casi no transpira. Esa combinación es ideal: la raíz crece, la hoja no pide. Cuando llega abril, el arbusto tiene ya cinco o seis meses de enraizamiento y afronta el verano con reservas. El mismo arbusto plantado en abril llega a julio con la raíz aún dentro del cepellón, y entonces solo lo salva el riego diario.

Hay excepciones razonables. En la meseta norte y zonas de montaña, plantar en noviembre expone el cepellón a heladas fuertes antes de que la raíz agarre; allí el margen se estrecha a septiembre y principios de octubre, o se pasa a finales de febrero. Y las especies sensibles al frío —cítricos, Bougainvillea, Plumeria, muchas palmeras— se plantan mejor en primavera, cuando el suelo ya se ha templado, incluso en el litoral.

Plantación de un pino joven con el cepellón en el hoyo

Raíz desnuda: la ventana más estrecha del año

Los frutales de hoja caduca, los rosales y los setos de Ligustrum, Carpinus o Fagus se venden a raíz desnuda entre noviembre y finales de febrero, y solo se pueden plantar en ese periodo. Fuera de él la planta ya ha movido yema y una raíz sin tierra no puede alimentarla.

Es la forma de plantar más barata y, hecha en su momento, la que da mejor arraigo, porque la raíz se extiende en su posición natural en lugar de quedar enrollada dentro de un cepellón. Dos condiciones para que salga bien: que la raíz no llegue a secarse ni una hora al aire —se transporta envuelta y húmeda, y si hay que esperar días se entierra provisionalmente en una zanja, lo que en vivero se llama poner en «vivero» o entalegar— y que el punto de injerto de los frutales y rosales quede por encima del nivel del suelo.

La contenedorización ha hecho creer que se puede plantar cualquier cosa cualquier día del año. Técnicamente sí, un cepellón de vivero aguanta un trasplante en junio. Lo que ocurre después es que esa planta pasa a depender de que alguien la riegue tres veces por semana hasta septiembre, y un fin de semana fuera de casa en pleno agosto se lleva por delante el arbusto entero.

Bulbos: dos calendarios opuestos

Los bulbos se dividen en dos grupos que no comparten nada:

Bulbos de floración primaveral —narciso (Narcissus), tulipán (Tulipa), jacinto (Hyacinthus orientalis), crocus, muscari—. Se plantan en otoño porque necesitan pasar frío para florecer. El narciso admite plantación temprana, desde septiembre. El tulipán y el jacinto piden esperar a que el suelo baje de unos 15 °C, lo que en el centro peninsular ocurre a partir de la segunda quincena de octubre; plantados antes, con la tierra todavía caliente, se pudren con facilidad. En el sur y en el litoral mediterráneo el frío invernal a veces no basta y conviene comprar bulbos ya prerrefrigerados o pasarlos entre seis y ocho semanas en el cajón de verduras del frigorífico, lejos de la fruta madura.

Bulbos y tubérculos de floración estival —dalia, gladiolo, begonia tuberosa, canna—. Estos no toleran la helada. Se plantan cuando ha pasado el riesgo, entre marzo en el sur y mayo en zonas frías, y en otoño se arrancan o se protegen según la comarca.

Jacinto rosa en flor

El huerto se rige por grados, no por fechas

Aquí la temperatura del suelo deja de ser un matiz y pasa a ser el dato central. Una semilla sembrada por debajo de su umbral no muere: se queda quieta en la tierra, y cada día que pasa quieta es un día expuesto a hongos del suelo. Sembrar judía tres semanas antes de tiempo suele acabar en un semillero vacío y en la conclusión equivocada de que la semilla era mala.

Umbrales orientativos, medidos a 10 cm de profundidad y a primera hora de la mañana, que es cuando el suelo está más frío:

Guisante y haba germinan desde 5-8 °C: se siembran en otoño en casi toda la península. Zanahoria, rábano, espinaca y lechuga, a partir de 8-10 °C. Maíz necesita 12 °C sostenidos. Judía, 14-15 °C. Calabacín, pepino y melón, 16-18 °C. Tomate y pimiento germinan bien entre 20 y 25 °C, motivo por el cual se hacen en semillero protegido en febrero-marzo y se trasplantan al aire libre después.

La lechuga tiene el problema inverso y poco conocido: por encima de unos 25-28 °C entra en termoinhibición y la semilla no germina aunque esté húmeda. Las siembras de lechuga de julio y agosto fallan por exceso de calor, no por falta de riego. Solución: sembrar en bandeja a la sombra, regar por la tarde para bajar la temperatura del sustrato, o sembrar de madrugada y tapar con malla de sombreo.

Heladas: el dato que cambia todo el calendario

La fecha de la última helada de primavera marca el arranque del huerto de verano y de los bulbos estivales, y varía enormemente dentro de España. En el litoral mediterráneo y en Canarias puede no helar ningún año. En el valle del Guadalquivir la última helada suele quedar en febrero. En Madrid y buena parte de la submeseta sur, en abril. En Soria, Burgos, León o Teruel es normal helar a mediados de mayo, y en años concretos a primeros de junio.

El refranero fijó esas fechas en los llamados santos de hielo, del 11 al 13 de mayo. No es una fecha astronómica ni una garantía, pero en zonas de interior resume bien lo que la estadística dice: plantar tomates el 1 de mayo en Ávila es una apuesta, no una decisión agronómica. Antes de fiarte de un mes, mira los registros de tu estación meteorológica más cercana y réstale un margen de una o dos semanas.

El otro extremo del calendario también cuenta. Si la primera helada de otoño llega en octubre, no tiene sentido sembrar en julio una variedad de tomate que necesita 120 días hasta cosecha.

El estado del suelo manda sobre la fecha

Hay un día concreto en que no se planta aunque toque: cuando la tierra está encharcada. Trabajar un suelo saturado —sobre todo si es arcilloso— destruye su estructura, compacta las paredes del hoyo y deja un cuenco impermeable donde la raíz se asfixia. El hoyo se convierte en una maceta de barro sin drenaje.

La prueba es de treinta segundos: coge un puñado de tierra a la profundidad de plantación y apriétalo. Si se deshace en migas al abrir la mano, se puede plantar. Si queda una bola brillante que se te pega a los dedos, espera dos o tres días. Si sale polvo suelto, riega la zona el día anterior y planta al siguiente.

La hora del día importa menos de lo que se dice, pero en verano plantar a última hora de la tarde da a la planta toda la noche para rehidratarse antes del primer sol. Y da igual la fecha si el riego de asentamiento no se hace bien: el primer riego debe ser abundante, encharcando el hoyo, y su función no es alimentar sino eliminar las bolsas de aire entre el cepellón y la tierra circundante. Sin ese riego, hay raíces que quedan al aire dentro del hoyo y se secan.

Césped y siembras de temporada

Las gramíneas de clima frío que forman casi todos los céspedes españoles —Festuca arundinacea, Lolium perenne, Poa pratensis— se siembran en septiembre y octubre, con el suelo todavía entre 15 y 20 °C y con el otoño por delante para instalarse. La siembra de abril funciona, pero obliga a mantener el suelo húmedo en superficie durante todo mayo y llega al verano con raíz corta.

Las de clima cálido, como Cynodon dactylon o Zoysia, van justo al revés: se implantan de mayo a julio, cuando el suelo pasa de 18-20 °C, y en invierno se ponen amarillas sin que eso signifique que estén muertas.

Sobre la luna

Los calendarios lunares reparten los días entre siembras de raíz, de hoja y de fruto. No hay evidencia experimental que sostenga esas asignaciones: los ensayos controlados no encuentran diferencias de germinación ni de producción atribuibles a la fase lunar. Si te resulta cómodo usar el calendario lunar como agenda, no hace daño. Lo que sí hace daño es retrasar una siembra hasta que la luna «toque» mientras el suelo pierde la humedad que tenía.

En resumen

Árboles, arbustos, setos y trepadoras: de octubre a marzo, con el otoño como mejor opción en casi toda España y el final del invierno como alternativa en zonas frías. Raíz desnuda, solo de noviembre a febrero. Bulbos de primavera, en otoño, esperando a que el suelo baje de 15 °C para tulipán y jacinto; bulbos de verano, en primavera pasada la helada. Huerto, según umbrales de temperatura del suelo y no según el mes: 5 °C para el haba, 15 °C para la judía, 18 °C para el melón. Especies frioleras, siempre en primavera.

Y por encima de cualquier calendario, tres comprobaciones: que la tierra no esté encharcada, que queden semanas suficientes de clima suave para enraizar antes del calor o del hielo, y que puedas garantizar el riego durante el primer verano. Una planta bien plantada en el mes correcto necesita atención un año; la misma planta metida en el hoyo en el mes equivocado la necesita para siempre, si es que llega.


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