A las tres de la tarde de un día de agosto en Sevilla, una parte considerable del agua que sale de un aspersor no llega nunca a la raíz: se evapora en el trayecto por el aire caliente y en los primeros milímetros de un suelo que puede estar a 50 °C en superficie. En riego por aspersión, con calor y algo de viento, las pérdidas medidas se sitúan con frecuencia entre el 20 y el 40 %. Ese, y no ningún otro, es el motivo real por el que regar al mediodía es mala idea.
La respuesta corta a la pregunta es de madrugada a media mañana. La respuesta larga tiene matices que cambian según la estación, el sistema de riego y si la planta está en el suelo o en una maceta.
La franja buena: entre el amanecer y las nueve
Regar en las dos o tres horas que rodean el amanecer reúne cuatro ventajas a la vez, y ninguna de ellas es estética.
La demanda evaporativa está en su mínimo diario: el aire está fresco, la humedad relativa alta y el viento en calma, así que casi todo lo que sale del gotero o del aspersor entra en el suelo. El agua tiene varias horas para repartirse por el perfil antes de que la planta empiece a transpirar en serio, de modo que llega al mediodía con el sistema radicular ya cargado y puede permitirse abrir estomas y seguir fotosintetizando en lugar de cerrarlos y parar. Si el riego moja la hoja, el sol de la mañana la seca en menos de dos horas. Y, como detalle práctico, a esa hora la red de agua tiene presión y los aspersores riegan con su distribución real, no con la mitad del alcance.
Si no puedes regar tan pronto, cualquier momento antes de las diez de la mañana sigue siendo bueno en primavera y otoño. En julio y agosto, a las once ya se pierde bastante.
El mito de la gota que quema la hoja
La explicación que circula desde hace décadas dice que las gotas actúan como lupas y provocan quemaduras. Se estudió experimentalmente y no se sostiene en hojas normales: para que una gota concentre luz suficiente tendría que estar elevada sobre la superficie, y en una hoja lisa la gota se aplana y el foco cae por debajo del tejido. Solo en hojas con pelos largos que mantienen la gota suspendida —helechos acuáticos como Salvinia, algunas plantas muy vellosas— es teóricamente posible, y aun así hace falta sol muy vertical.
Lo mismo pasa con el supuesto choque térmico: regar con agua a 20 °C un suelo a 35 °C no mata la raíz. Lo que sí ocurre, y merece cuidado, es que la manguera negra que lleva media tarde al sol contiene agua a 45-50 °C en sus primeros metros. Ese chorro sí escalda plántulas y esquejes. Deja correr el agua veinte o treinta segundos antes de apuntar a nada delicado.
Conclusión práctica: regar al mediodía no quema, pero desperdicia agua y llega tarde. Si una planta está marchita de verdad a las cuatro de la tarde, riégala en ese momento. Esperar a la madrugada por respetar la norma puede costarte la planta, y una recuperación tardía deja daño acumulado en hoja y raíz.
Antes de correr con la regadera, distingue dos marchiteces. La que aparece a mediodía y desaparece sola al caer el sol es un ajuste temporal de la planta, típica de calabacín, hortensia o Ligularia, y regar por ella lleva directo al encharcamiento. La que sigue ahí a las nueve de la noche o a primera hora del día siguiente es falta de agua real. El árbitro es el dedo: mete dos falanges en la tierra y decide con lo que notes, no con lo que veas en las hojas.
Regar de noche: el segundo mejor momento, con una condición
El atardecer y la noche comparten con la madrugada la baja evaporación, y para riego por goteo o por inundación son perfectamente válidos. El problema aparece solo cuando el agua moja el follaje.
Una hoja regada a las diez de la noche pasa ocho o nueve horas mojada, y ese periodo de humectación foliar continuada es exactamente lo que necesitan para infectar el mildiu de la patata y el tomate (Phytophthora infestans), la botritis (Botrytis cinerea), las alternariosis y las royas. La mayor parte de estos hongos exige un mínimo de horas de hoja mojada dentro de un rango de temperatura; si la hoja se seca antes, la infección no prospera. Riega de noche y le regalas ese margen todas las noches.
Ojo con un matiz que se confunde a menudo: el oídio, esa capa blanca polvorienta de rosales, calabacines y vid, se comporta al revés. Le favorece el ambiente húmedo pero le perjudica el agua líquida sobre la hoja, que llega a impedir la germinación de sus esporas. Que hayas tenido oídio no es razón para dejar de mojar la planta; que hayas tenido mildiu o botritis, sí.
Traducción operativa: de noche, riega solo al pie. Goteo, exudante, alcorque o regadera sin alcachofa apuntando a la tierra. Aspersión y manguera sobre el follaje, por la mañana.
En invierno la regla se da la vuelta
De diciembre a febrero, regar de madrugada es lo peor que puedes hacer en zonas donde hiela. El agua en superficie y el sustrato saturado a primera hora amplifican el daño por helada, y en macetas el cepellón empapado puede congelarse en bloque.
En invierno se riega entre las once de la mañana y las dos de la tarde, con el suelo ya templado y con horas de sol por delante para que el exceso drene y la superficie se oree antes de la noche. Es la única época del año en que el mediodía es la hora correcta.
También cambia la frecuencia. Con temperaturas bajas la planta transpira poquísimo y el suelo se seca despacio; mantener el ritmo de riego de septiembre en enero es la vía rápida a la asfixia radicular y a la podredumbre del cuello. En un cactus o una crasa de exterior, un riego generoso en enero pudre el cuello y la planta se desploma en febrero sin aviso previo.
Macetas, interior y suculentas
Una maceta de terracota de 20 cm al sol de agosto se seca en menos de un día. Ahí la hora importa doblemente, porque el volumen de sustrato es tan pequeño que no hay reserva que valga: riega al alba y, si a última hora de la tarde la maceta pesa como una pluma, vuelve a regar. En verano, un segundo riego al anochecer en macetas pequeñas es normal, no un exceso. Riega hasta que salga agua por el agujero de drenaje y vacía el plato a los diez minutos.
Dentro de casa la hora pierde casi toda su importancia: no hay sol directo intenso ni viento, y la evaporación es baja a cualquier hora. Sigue siendo preferible por la mañana, porque el sustrato se orea durante el día y se reduce el riesgo de mosquita del sustrato (Bradysia) y de podredumbres. Lo que sí importa dentro es no regar con agua recién salida del grifo si está muy fría: dejarla reposar unas horas en la regadera la templa y de paso permite que se evapore parte del cloro.
Las suculentas tienen su propia agenda. Los Aeonium canarios, muy vendidos aquí, hacen justo lo contrario que el resto del jardín: entran en reposo en verano, cierran la roseta y sueltan las hojas de abajo. En julio y agosto pide muy poca agua, y el riego generoso «para ayudarlas» con ese aspecto de planta seca es lo que las pudre. Su temporada de crecimiento y de riego es el otoño y el invierno suave.
Césped, goteo y programadores
Para césped, la franja óptima es estrecha y madrugadora: de las cuatro a las siete de la mañana. La aspersión moja necesariamente la hoja, el rocío ya la tiene húmeda a esa hora —así que no alargas el periodo de humectación— y el sol la seca en cuanto sale. Regar el césped a las diez de la noche prolonga la hoja mojada toda la noche y es el escenario que favorece a Pythium y a la mancha dólar.
Si el programador puede repartir el tiempo, mejor dos o tres arranques cortos separados por media hora que uno largo: en suelos arcillosos o compactados, un riego seguido de veinte minutos genera escorrentía hacia la acera desde el minuto ocho, y ese agua no cuenta.
En goteo, la hora es la más flexible de todas porque no hay hoja mojada ni evaporación en el aire. Programa de madrugada si puedes, y comprueba el resultado cavando: si el bulbo húmedo bajo el gotero solo tiene cinco centímetros de profundidad, el problema no es la hora, es el tiempo de riego.
Cuando la ordenanza decide por ti
En muchos municipios españoles, durante los periodos de sequía y de restricciones, el riego de jardines privados solo se permite en franja nocturna, típicamente entre las ocho de la tarde y las ocho de la mañana, cuando no se prohíbe directamente. Conviene comprobar la ordenanza local antes de programar nada.
Si te obligan a esa franja, elige el extremo final: programa a las seis o las siete de la mañana en lugar de a las nueve de la noche. Sigue estando dentro del horario permitido, evita las horas de hoja mojada y aprovecha mejor el riego. Y si la restricción es total, prioriza árboles y arbustos jóvenes frente a plantas de temporada: un rosal se repone de un verano duro, un ejemplar arbóreo perdido no se recupera en diez años.
La hora es la mitad de la respuesta
Ajustar el reloj sirve de poco si la cantidad está mal. Un riego somero diario mantiene húmedos los tres centímetros superiores y enseña a la raíz a quedarse ahí arriba, justo en la capa que primero se calienta y primero se seca; a la primera semana sin riego, la planta colapsa. Riegos abundantes y espaciados, que mojen 25 o 30 cm de perfil, obligan a la raíz a bajar y construyen una planta que aguanta una ausencia de diez días.
Sobre esa base, una capa de acolchado de 5 a 8 cm —corteza, paja, restos de poda triturados— reduce muchísimo la evaporación desde la superficie y baja la temperatura del suelo varios grados en verano. Es la medida que más rendimiento da por euro invertido, y hace que la hora exacta del riego importe bastante menos.
En resumen
De primavera a otoño, riega entre el amanecer y las nueve de la mañana: menos evaporación, hoja seca en dos horas y planta hidratada antes del calor. En invierno, de once a dos, y espaciando mucho los riegos. El riego nocturno es aceptable siempre que sea al pie y no moje el follaje. El mediodía se descarta por pérdidas de agua, no porque las gotas quemen: eso no ocurre en hojas normales.
Y si una planta está realmente marchita a las cuatro de la tarde, riégala a las cuatro de la tarde. El horario ideal existe para el riego rutinario; una planta en apuros no puede esperar a que llegue.