En invierno mueren más plantas ahogadas que de sed. Suena contradictorio, porque es la estación en la que menos calor hace y en la que más despreocupado está uno, pero ahí está justamente el problema: la planta ha reducido drásticamente su consumo de agua y nosotros seguimos regando con la costumbre del verano. Saber cuándo regar en invierno consiste, sobre todo, en aprender a no regar.
Por qué la planta necesita mucha menos agua
Una planta consume agua fundamentalmente para transpirar, y la transpiración depende de la temperatura, de la radiación solar, de la humedad del aire y del viento. En invierno los cuatro factores juegan en contra: las temperaturas bajan, hay menos horas de luz y con menor ángulo de incidencia, y la humedad relativa sube. La evapotranspiración de un día de enero en la Península puede ser cinco o seis veces menor que la de un día de julio.
A eso se suma que muchas especies entran en parada vegetativa o en latencia: los caducifolios pierden la hoja y con ella casi toda su superficie de transpiración, y las perennes ralentizan enormemente su metabolismo. Una planta parada no crece, y si no crece, no necesita agua para construir tejido.
Consecuencia directa: si en verano regabas cada dos días, en invierno esa misma planta puede necesitar agua cada diez, quince o veinte. Regar por calendario es lo que arruina la mayoría de plantas de interior entre noviembre y marzo.
Comprueba la humedad del sustrato antes de cada riego
No hay ninguna pauta fija que valga para todas las plantas, todos los tiestos y todas las casas. Lo único que funciona es comprobar. Estas son las formas de hacerlo, de más fiable a menos:
El peso de la maceta. Es el mejor indicador y casi nadie lo usa. Levanta la maceta justo después de un riego a fondo y memoriza el peso; levántala de nuevo cuando el sustrato esté seco. La diferencia es enorme y se aprende en dos intentos. A partir de ahí, sopesarla antes de regar te da la respuesta en un segundo.
El dedo. Introduce el índice en el sustrato hasta unos 3 o 4 cm, aproximadamente hasta el primer nudillo. Si notas humedad, no riegues. Como regla general de invierno, riega solo cuando los primeros 3 a 5 cm estén secos, y en crasas y cactus cuando lo esté todo el cepellón.
Un palillo de madera o una varilla de bambú. Muy útil en macetas hondas donde el dedo no llega. Se introduce hasta el fondo, se deja un minuto y se saca: si sale con tierra adherida y oscurecida por la humedad, todavía hay agua abajo.
El aspecto del sustrato. La turba seca se aclara notablemente y, cuando está muy seca, se contrae y se separa de las paredes de la maceta. Ojo con esta señal, porque es también una trampa: si el cepellón está tan seco que se ha despegado, el agua de riego resbala por ese hueco y sale por el drenaje sin mojar nada. En ese caso hay que rehidratar por inmersión, metiendo la maceta en un barreño con agua hasta que dejen de salir burbujas.
Los medidores de humedad de aguja son cómodos pero poco fiables: miden conductividad eléctrica y les afectan las sales del sustrato. Sirven como orientación, no como criterio.
A qué hora regar en invierno
Aquí la norma se invierte respecto al verano. En verano se riega a primera hora de la mañana o al atardecer para evitar la evaporación; en invierno hay que regar a media mañana o al mediodía, entre las 10 y las 14 horas, aprovechando las horas más cálidas del día.
El motivo es doble. Primero, que el sustrato tenga tiempo de escurrir el exceso y de templarse antes de que llegue la noche, en lugar de pasar diez horas de frío empapado. Y segundo, que las hojas y el cuello de la planta se sequen antes del anochecer, porque la humedad nocturna prolongada con temperaturas bajas es la condición perfecta para Botrytis y otras podredumbres.
Regar al atardecer en pleno invierno es un error frecuente y evitable.
Estate atento a las previsiones meteorológicas
El invierno tiene la ventaja de que el agua muchas veces la pone el cielo, y la desventaja de que las heladas cambian las reglas.
Si va a llover, no riegues. Parece obvio, pero conviene mirar la previsión a 48 horas antes de coger la regadera. Y una precisión importante: comprueba que la lluvia haya calado de verdad. Un chubasco de 2 mm no moja el cepellón de una maceta, solo la superficie.
Cuidado con las plantas que no reciben la lluvia. Este es el descuido más habitual del invierno. Las macetas y las plantas en tierra situadas bajo un alero, un porche, un balcón superior, una marquesina o la copa de un árbol perenne pueden pasar meses sin recibir una gota aunque llueva a diario. Y como llueve, uno da por hecho que están regadas. Revísalas específicamente.
Ante una helada anunciada. Aquí hay un matiz que merece explicarse bien, porque la creencia popular de "no regar nunca antes de una helada" es solo medio cierta.
En plantas en tierra, un suelo con humedad adecuada protege mejor que un suelo reseco: el agua tiene mayor inercia térmica y mayor conductividad, absorbe calor durante el día y lo cede lentamente de noche, y al congelarse libera calor latente. De hecho, en fruticultura es una práctica conocida regar el suelo el día anterior a una helada radiativa, a mediodía, precisamente por eso. Lo que sí hay que evitar es mojar la parte aérea y dejar la planta empapada al anochecer.
En macetas, la situación es la contraria. El cepellón es un volumen pequeño y aislado del suelo, expuesto por los cuatro costados, y si está saturado se congela en bloque, rompe las raíces por dentro y las asfixia. Antes de una helada, una maceta debe estar ligeramente húmeda, nunca empapada, y conviene agruparlas, arrimarlas a un muro y proteger el tiesto con arpillera o plástico de burbujas.
La temperatura del agua importa
No riegues plantas de interior, y menos aún tropicales, con agua muy fría recién salida del grifo o de un pozo. Un choque térmico en la raíz provoca caída de hojas y manchas necróticas en especies sensibles como los Ficus, las calateas, las orquídeas o las violetas africanas. Basta con llenar la regadera y dejarla reposar unas horas en la misma habitación hasta que el agua alcance la temperatura ambiente. Tampoco al revés: nada de agua templada del calentador, que puede llevar sales y llegar demasiado caliente.
Aprovecha además que el invierno es la estación de la lluvia para recoger agua de lluvia, que es blanda y sin cal. Es especialmente valiosa para acidófilas, carnívoras y helechos, y no cuesta nada.
Casos particulares
Cactus y crasas. Riego cero o casi cero de noviembre a marzo si están en un lugar fresco, por debajo de 10 o 12 ºC. Esa sequía invernal no es una privación: es lo que les permite resistir el frío (un tejido deshidratado tiene menor punto de congelación) y lo que induce la floración de primavera. Regar una crasa en enero es la forma más segura de pudrirla. Si están en el interior de casa con calefacción y a más de 15 ºC, sí necesitan un riego muy ligero cada tres o cuatro semanas.
Plantas de interior con calefacción. Aquí conviene distinguir dos cosas que se confunden. La calefacción reseca el ambiente, y la baja humedad relativa provoca puntas de hojas secas y marrones. Pero eso no es sed de raíz, es sequedad de aire, y la solución no es regar más, porque se acaba en podredumbre. La solución es aumentar la humedad ambiental: agrupar las plantas, colocar bandejas con grava y agua bajo las macetas sin que el fondo toque el agua, o usar un humidificador. Pulverizar tiene un efecto que dura minutos y no resuelve nada. Y aleja las macetas de radiadores y de corrientes de puertas.
Césped. En invierno no se riega en la mayor parte de España. Solo tiene sentido un riego de apoyo en periodos de sequía prolongada sin heladas y con temperaturas por encima de 8 o 10 ºC, y siempre a mediodía.
Plantas leñosas plantadas ese otoño. Todavía no tienen sistema radicular establecido, así que no se pueden dejar totalmente a su suerte. Riego de apoyo si pasan tres o cuatro semanas sin lluvia, comprobando la humedad a 15 o 20 cm de profundidad.
Bulbos de primavera plantados en otoño. Necesitan humedad moderada y constante para desarrollar raíces bajo tierra, pero encharcados se pudren. Con la lluvia normal del invierno peninsular suele bastar.
Cítricos en maceta. Muy sensibles al encharcamiento y con hoja perenne que sigue transpirando. Ni sequía total ni plato lleno; comprobación semanal y riego solo cuando se seque la capa superior.
El drenaje, más importante que nunca
Con evaporación baja y días cortos, cualquier exceso de agua permanece en el sustrato durante mucho más tiempo que en verano. De ahí que el invierno sea la estación en la que un mal drenaje pasa factura.
Vacía los platos a los 15 o 20 minutos del riego, sin excepción. Un plato con agua permanente en invierno es una sentencia. En exterior, lo mejor es retirar los platos directamente para que el agua de lluvia escurra libremente, y elevar las macetas sobre tacos o pies para que no queden apoyadas en el suelo encharcado.
Comprueba los orificios de drenaje. Con el tiempo se taponan con raíces, sustrato compactado o musgo. Un agujero obstruido convierte cualquier maceta en un depósito.
Y no trasplantes en invierno salvo urgencia: una planta parada no regenera raíces, así que el sustrato nuevo se queda húmedo durante semanas sin que nadie lo consuma.
Cómo distinguir sed de exceso de agua
Los síntomas se parecen tanto que mucha gente riega más a una planta que se está ahogando, y la remata. Estas pistas ayudan:
Falta de agua: hojas flácidas pero de color normal, que recuperan turgencia unas horas después de regar; sustrato claro, ligero y despegado del borde; hojas secas y crujientes que empiezan por las puntas.
Exceso de agua: hojas amarillentas que caen aún estando blandas; hojas marchitas que no se recuperan al regar; tallo blando en la base; sustrato oscuro, compacto y con olor a cerrado; a veces moho blanco o mosquitas del sustrato (Sciaridae) revoloteando, que son un indicador bastante fiable de sustrato permanentemente húmedo.
La regla mental para el invierno: ante la duda, espera unos días. Una planta con sed se recupera en horas; una planta con las raíces podridas casi nunca.
En resumen
En invierno se riega cuando el sustrato lo pide, no cuando toca por calendario. Comprueba antes de cada riego con el peso de la maceta, con el dedo a 3 o 4 cm o con un palillo, y riega solo si esa capa está seca. Hazlo a media mañana o al mediodía, con agua a temperatura ambiente, y aprovecha el agua de lluvia.
Mira la previsión: si llueve, no riegues; si hiela, que las macetas estén húmedas pero nunca empapadas, mientras que en tierra un suelo con humedad moderada protege más que uno reseco. Vigila especialmente las plantas bajo alero o balcón, que no reciben lluvia aunque llueva a diario. Cactus y crasas, sequía casi total de noviembre a marzo. Y con calefacción, el problema es la humedad del aire, no la del sustrato: se resuelve con bandejas de grava y agua, no regando más.
Vacía los platos, comprueba los drenajes y recuerda la asimetría de fondo: de la sed se vuelve, del encharcamiento invernal casi nunca.