Podar es la intervención más agresiva que se hace en una planta y, paradójicamente, la que más gente practica sin haber leído nada. Cada corte es una herida abierta y una pérdida de tejido fotosintético; la planta no sale beneficiada del corte en sí, sino de cómo reorganiza su crecimiento después. Esa distinción es la que separa una poda útil de un destrozo.

Antes de coger la tijera conviene hacerse una pregunta muy simple: ¿qué quiero conseguir con este corte? Si no hay respuesta, no hay corte. La poda por costumbre, la de "toca podar porque es febrero", es responsable de más plantas arruinadas que cualquier plaga.

Por qué se poda: la dominancia apical

Para entender la poda hay que entender un mecanismo hormonal. La yema terminal de un brote produce auxinas que descienden por el tallo e inhiben el desarrollo de las yemas laterales. Es la dominancia apical: mientras la punta esté ahí, la planta crece en altura y las yemas de abajo permanecen dormidas.

Cuando cortas esa punta, eliminas la fuente de auxinas y las yemas laterales se liberan. La planta ramifica. Ese es, en esencia, todo el fundamento de la poda de formación: cortando se ramifica, no cortando se alarga. Un pinzado de dos centímetros en el momento adecuado consigue lo que después no arreglan tijeretazos de un metro.

De ahí se deriva la segunda idea importante: la respuesta de la planta es proporcional a la severidad. Una poda fuerte no debilita, estimula. Corta un rosal a la mitad y responderá con brotes vigorosos; corta un manzano de forma drástica y sacará chupones verticales por todas partes. Si lo que quieres es contener el crecimiento de un árbol demasiado grande, podar mucho es exactamente lo contrario de lo que conviene.

Poda de un arbusto con tijera de mano

Razones legítimas para podar

Sanidad. Es la única poda que se hace en cualquier época del año y sin discusión: retirar madera muerta, ramas rotas, chancros y partes afectadas por enfermedad. Se corta siempre por debajo de la zona dañada, en madera sana, y se desinfecta la herramienta entre corte y corte.

Seguridad. Ramas que amenazan una cubierta, un tendido eléctrico, un paso peatonal o que hacen ángulos de inserción muy cerrados y con corteza incluida, propensos a desgajar con el viento.

Aireación e iluminación. Un interior de copa denso y sin ventilación es donde prosperan oídio, moteado y cochinilla. Aclarar ramas cruzadas, las que van hacia dentro y las que se rozan entre sí reduce la presión de hongos más que cualquier fungicida.

Formación. En los primeros años se decide la estructura definitiva del árbol o arbusto: la altura de cruz, el número de ramas principales, su reparto en el espacio. Lo que se hace bien aquí ahorra veinte años de correcciones.

Producción. En frutales, equilibrar la relación entre madera vegetativa y madera fructífera, y aclarar para que la luz llegue a la fruta y esta alcance calibre y color. Un frutal sin podar produce mucha fruta pequeña y alterna años buenos con años en blanco.

Rejuvenecimiento. Arbustos viejos y desnudos por abajo se renuevan eliminando cada año un tercio de las ramas más viejas a ras de suelo. Funciona muy bien en forsitia, weigela, lilo, cornejo o filadelfo.

Prolongar la floración. Retirar las flores marchitas antes de que cuajen semillas evita que la planta invierta energía en fruto y la empuja a repetir floración. Es lo que mantiene un rosal reflorenciente en flor de mayo a noviembre.

Cuándo podar

La época correcta depende de dos cosas: si la planta es caduca o perenne, y en qué madera florece.

Árboles y arbustos de hoja caduca no floríferos. Se podan en parada vegetativa, de finales de otoño a finales de invierno, cuando no hay hoja y la estructura se ve con claridad. En la Península, de diciembre a febrero es la ventana habitual; en zonas frías conviene esperar a que hayan pasado las heladas más intensas y podar al final del invierno, porque una herida fresca con -8 °C se deseca y no cicatriza.

Arbustos que florecen en madera del año anterior. Forsitia, lilo, weigela, filadelfo, kerria, magnolia caduca, glicinia, muchos rosales trepadores antiguos. Estos forman los botones florales en verano y los llevan puestos todo el invierno. Si los podas en enero, cortas la floración entera. Se podan justo después de florecer, en primavera o principios de verano. Este es, con diferencia, el error de poda más común en jardinería doméstica: "podé la forsitia en invierno y este año no ha florecido" tiene siempre esta explicación.

Arbustos que florecen en madera del año en curso. Rosales modernos, buddleia, hibisco de Siria, Caryopteris, Perovskia, hortensia paniculata. Se podan a finales de invierno, y admiten poda severa porque florecerán en los brotes nuevos de esa misma primavera.

Poda de rosales en invierno

Hortensia macrophylla. Caso aparte y muy maltratado. Florece en madera del año anterior, así que solo se retiran las inflorescencias secas por encima del primer par de yemas gordas, en febrero o marzo, y se aclaran ramas viejas. Cortarla entera a un palmo garantiza un año sin flores.

Frutales de hueso. Cerezo, ciruelo, melocotonero, almendro y albaricoquero no deben podarse en pleno invierno. Son muy sensibles a chancros y gomosis, y las heridas invernales tardan mucho en cerrar. Se podan en verde, después de la cosecha, entre finales de verano y principios de otoño, con tiempo seco.

Frutales de pepita. Manzano, peral y membrillero se podan en invierno sin problema, de diciembre a febrero.

Olivo, cítricos y perennes mediterráneos. Después del riesgo de heladas y antes del arranque fuerte, entre marzo y abril. Los cítricos no piden mucha poda: básicamente quitar chupones, ramas secas y faldón bajo.

Coníferas. Aquí hay una regla que no admite excepciones útiles: la mayoría de coníferas, incluidos cipreses, tuyas, enebros y píceas, no rebrotan de madera vieja. Si cortas más allá de la zona verde, esa parte queda pelada para siempre. Se recortan solo sobre brotación verde, en primavera o a finales de verano. El tejo (Taxus baccata) es la excepción notable: rebrota bien incluso de tronco.

Setos. Dos recortes al año, en junio y en septiembre, respetando siempre el periodo de nidificación de aves. Recorta la sección ligeramente más ancha por abajo que por arriba, en forma de trapecio, para que la luz llegue a la base y no se desnude.

Aromáticas leñosas. Lavanda, romero, santolina, tomillo. Recorte ligero después de la floración, sin bajar nunca a la madera vieja sin hojas: no rebrota. Una lavanda a la que se ha entrado en el leño no se recupera.

Cómo cortar bien

Herramienta afilada y limpia. Un corte limpio cicatriza; uno desgarrado es una puerta abierta a hongos. Tijera de bypass, con dos hojas que se cruzan, para madera viva; la de yunque aplasta y se reserva para madera seca. Desinfecta con alcohol de 70° entre plantas, sobre todo si hay sospecha de enfermedad.

Dónde cortar. En ramas jóvenes, a un centímetro por encima de una yema orientada hacia el exterior, con corte ligeramente inclinado en sentido contrario a la yema para que el agua escurra. Dejar un tocón largo por encima de la yema es dejar madera muerta que se pudrirá hacia dentro.

El cuello de la rama. Para retirar una rama entera, nunca cortes a ras del tronco. En la base de toda rama hay un engrosamiento, el cuello, que contiene el tejido capaz de compartimentar la herida y cerrarla. Corta justo por fuera del cuello, respetándolo. Un corte a ras deja una herida que el árbol no puede sellar y que acaba en pudrición del tronco.

Corte en tres tiempos. En ramas de cierto peso: primero un corte por debajo a unos 30 cm del tronco, después uno por encima algo más lejos para que la rama caiga sin desgarrar corteza, y por último el corte definitivo junto al cuello.

Sobre los cicatrizantes. Las masillas selladoras que se venden para pintar los cortes están hoy desaconsejadas en casi todos los manuales: retienen humedad, favorecen la pudrición bajo la capa y no aceleran el cierre. El árbol compartimenta la herida por sí solo si el corte está bien hecho. Solo tienen algún sentido puntual en frutales de hueso podados en época de riesgo de chancro.

Lo que no hay que hacer nunca

El desmoche. Cortar el tronco o las ramas principales por un punto arbitrario, dejando muñones. Es la práctica más dañina que existe y sigue siendo habitual en calles y jardines. Provoca una explosión de chupones débiles, mal insertados y peligrosos, deja heridas enormes que el árbol no puede compartimentar y abre la puerta a pudriciones que acaban matando el ejemplar. Un árbol demasiado grande para su sitio no se desmocha: se aclara con criterio o se sustituye.

Quitar más de un cuarto o un tercio de la copa en una sola intervención. La planta pierde capacidad fotosintética y responde con brotación desordenada.

Podar con heladas o con calor extremo. Las heridas se desecan o se queman.

Podar en plena savia primaveral. Árboles como el abedul, el arce, el nogal y la parra sangran de forma abundante si se podan en marzo. Adelanta la poda al invierno profundo o retrásala al verano.

En resumen

Poda solo cuando tengas un motivo concreto: sanidad, seguridad, aireación, formación, producción, rejuvenecimiento o prolongar la floración. Los caducos se podan en parada invernal; los arbustos que florecen sobre madera del año anterior, justo después de florecer, nunca en invierno; los frutales de hueso, en verde tras la cosecha; y las coníferas, solo sobre brote verde porque no rebrotan de madera vieja. Corta con herramienta afilada y limpia, por encima de una yema exterior, respetando el cuello de la rama y sin pasar de un tercio de la copa. Y no desmoches jamás: no es una poda, es el principio del fin del árbol.


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