Del agua que absorben las raíces, más del 90 % no se queda dentro de la planta: sale por las hojas convertida en vapor a las pocas horas. Solo una fracción mínima, muy por debajo del 1 %, acaba formando parte de los azúcares que la planta fabrica. Ese dato desconcierta al principio, porque parece que regamos para llenar un depósito que se vacía sin más. Y en cierto modo así es: regar no consiste en dar de beber a la planta, sino en mantener en marcha una corriente continua de agua que sube desde el suelo hasta la hoja y se evapora. Cuando esa corriente se interrumpe, se paran con ella la fotosíntesis, el transporte de nutrientes y la refrigeración del follaje.

Entender para qué sirve realmente el agua dentro de una planta cambia por completo la forma de regar. Explica por qué un riego corto y diario hace más daño que bien, por qué una planta puede marchitarse con el sustrato empapado y por qué el mismo geranio necesita cinco veces más agua en julio que en marzo.

Riego de plantas con manguera en el jardín

Qué hace el agua dentro de una planta

Los tejidos herbáceos de una planta viva contienen entre un 80 y un 95 % de agua. No es un relleno pasivo: cumple cuatro funciones distintas, y cada una falla en un momento diferente cuando el riego se queda corto.

Sostiene la planta. Las células vegetales se mantienen rígidas porque están llenas de agua a presión, empujando contra su pared celular. Eso se llama turgencia, y es lo que hace que un tallo tierno de albahaca se sostenga de pie sin tener madera. En cuanto la presión baja, la planta se dobla. La marchitez de media tarde de un calabacín no es una enfermedad: es hidráulica pura.

Es la materia prima de la fotosíntesis. La planta rompe moléculas de agua para obtener los electrones con los que fija el dióxido de carbono del aire. El oxígeno que respiramos procede de ahí. Es la función que menos agua consume en términos absolutos, pero sin ella no hay crecimiento posible.

Transporta los nutrientes. Las raíces no absorben abono sólido: absorben iones disueltos. El nitrato, el potasio, el calcio o el hierro viajan desde el suelo hasta las hojas empujados por la corriente de agua que sube por el xilema. Un suelo seco es, a efectos prácticos, un suelo sin nutrientes disponibles, por muy bien abonado que esté. Por eso abonar una planta sedienta no la mejora, la quema: se concentra la sal alrededor de unas raíces que no tienen agua con la que diluirla.

Refrigera el follaje. Al evaporarse por los estomas, el agua se lleva calor consigo. Una hoja bien abastecida puede mantenerse varios grados por debajo de la temperatura del aire; una hoja que ha cerrado los estomas por falta de agua se calienta hasta niveles en los que sus propias proteínas se estropean. Este es el mecanismo que conecta la sequía con las quemaduras foliares de agosto: no quema el sol directamente, quema la falta de transpiración.

Cómo llega el agua desde el suelo hasta la hoja

No hay ninguna bomba. La planta no gasta energía en subir el agua hasta la copa de un árbol de veinte metros. El motor está arriba, en las hojas: cuando el vapor sale por los estomas, tira de la columna de agua que llena los vasos del xilema, y esa columna se mantiene unida por la cohesión entre las propias moléculas, igual que una cuerda. El tirón se transmite hasta los pelos absorbentes de la raíz, que toman más agua del suelo.

De ahí se deducen dos cosas prácticas. La primera es que la absorción ocurre en los pelos radiculares, en la punta de las raíces finas, no en el tronco ni en la base del tallo. Regar pegado al tronco de un árbol adulto es regar donde no hay raíces absorbentes: hay que mojar toda la proyección de la copa y algo más allá.

La segunda es que las raíces necesitan oxígeno para absorber agua. La entrada de nutrientes es un proceso activo que consume energía, y esa energía sale de respirar. Un suelo encharcado desplaza el aire de los poros, la raíz se asfixia y deja de absorber. El resultado es una planta marchita sobre un sustrato mojado: la escena más frecuente y peor interpretada de la jardinería doméstica. Quien la ve, riega más, y remata a la planta.

Qué ocurre exactamente cuando no regamos

La respuesta a la sequía es escalonada, y merece la pena conocer el orden porque los primeros avisos son reversibles y los últimos no.

Primero se para el crecimiento. Antes de que se vea ningún síntoma, las células dejan de expandirse. Una planta sometida a sequía leve repetida se queda pequeña y con entrenudos cortos aunque nunca la veamos mustia.

Después se cierran los estomas. La raíz manda una señal química, el ácido abscísico, que ordena cerrar los poros de la hoja para no perder más agua. Con los estomas cerrados no entra dióxido de carbono, así que la fotosíntesis se detiene. La planta sigue viva pero no produce nada. En julio, en el interior peninsular, muchos tomates cierran estomas a mediodía aunque estén bien regados, simplemente porque la demanda del aire supera lo que la raíz puede suministrar.

Luego llega la marchitez. Al principio es reversible y se recupera de noche. Si el suelo se seca por debajo del llamado punto de marchitez permanente, la planta ya no recupera la turgencia ni con la humedad relativa nocturna, y el daño es definitivo en las hojas afectadas.

Y por último, la abscisión. La planta amarillea y suelta hojas viejas para reducir la superficie por la que pierde agua. Es una defensa inteligente, no una enfermedad, pero indica que ha llegado tarde el riego.

Hay además daños que no matan pero arruinan la cosecha, y casi todos vienen de riegos irregulares más que de riego escaso. La podredumbre apical del tomate y del pimiento, esa mancha negra hundida en la base del fruto, no es un hongo: es calcio que no ha llegado al fruto porque la corriente de agua se interrumpió mientras engordaba. El agrietado de tomates, cerezas e higos aparece cuando un riego abundante llega después de varios días de sequía y el interior del fruto crece más deprisa que la piel. Y el amargor y el espigado de lechugas y rúculas se disparan en cuanto pasan sed.

El exceso de riego mata más plantas que la falta

En jardinería de interior y de terraza, esta es la causa principal de muerte, y conviene decirlo sin rodeos. Un sustrato permanentemente húmedo hace tres cosas a la vez: elimina el oxígeno, favorece a los hongos del suelo del género Phytophthora y Pythium, que necesitan agua libre para desplazarse y atacar la raíz, e impide que el sistema radicular explore en profundidad, porque no tiene ningún motivo para hacerlo.

Los síntomas engañan porque se parecen a los de la sequía: hojas mustias, amarilleo, caída. La diferencia se comprueba en dos segundos metiendo un dedo en el sustrato hasta el segundo nudillo, o clavando un palo de madera y mirando si sale manchado de humedad. Si está mojado y la planta está lacia, el problema es la raíz, y regar más es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer.

Un plato lleno de agua permanente bajo la maceta produce el mismo efecto. Se riega hasta que drena por los agujeros, se espera un cuarto de hora y se vacía el plato.

Jardinero regando las plantas del jardín

Cuánto y cuándo: la regla que sí funciona

La consigna general es regar en abundancia y espaciar, no poco y todos los días. Un riego que solo moja los tres primeros centímetros del suelo obliga a la planta a mantener sus raíces arriba, justo en la capa que primero se seca y más se calienta. Un riego que empapa hasta veinte o treinta centímetros invita a la raíz a bajar, y una raíz profunda aguanta una ola de calor sin ayuda.

Las cantidades dependen del clima y la especie, pero sirven algunas referencias reales. Un césped en julio en el interior peninsular consume del orden de cinco litros por metro cuadrado y día; aportarlos en dos o tres riegos semanales largos funciona mucho mejor que un riego diario corto. Un arbusto recién plantado necesita entre diez y veinte litros por aplicación durante su primer verano, aunque sea "resistente a la sequía": la resistencia llega con el sistema radicular, y ese tarda dos o tres temporadas en formarse. Las macetas, en cambio, no admiten cálculo: en un balcón orientado al sur y con más de 35 °C, una maceta de barro de veinte centímetros puede quedarse seca en un solo día.

Respecto a la hora, lo mejor es el amanecer. La planta llega hidratada al momento de máxima demanda y las hojas se secan pronto, lo que reduce el riesgo de hongos foliares. El riego de última hora de la tarde es la segunda opción, aceptable en huerto por goteo y peor si se moja el follaje, porque deja la hoja húmeda toda la noche.

Aquí conviene desmontar una creencia muy repetida: las gotas de agua sobre las hojas no actúan como lupas ni provocan quemaduras en condiciones normales de jardín. El problema real de regar a mediodía es otro y es suficiente: se evapora una parte importante del agua antes de que se infiltre, y el agua fría sobre un sustrato recalentado supone un choque térmico para unas raíces que ya están sufriendo.

Qué agua usar

El agua de lluvia es la mejor para casi todo: blanda, sin cloro y ligeramente ácida. Recogerla en un depósito compensa incluso en un balcón pequeño.

El agua del grifo sirve sin problema para la mayor parte del jardín. Sus dos inconvenientes son el cloro, que se disipa dejando la regadera reposar unas horas, y sobre todo la cal. En buena parte de España el agua es dura, y con el tiempo va subiendo el pH del sustrato. Eso pasa desapercibido en un romero o una adelfa, pero arruina a las plantas acidófilas: Camellia japonica, azaleas y rododendros, Gardenia jasminoides, arándanos y hortensias azules manifiestan clorosis férrica, con la hoja amarilla y los nervios verdes, aunque el suelo tenga hierro de sobra. Si el agua disponible es dura, esas especies necesitan agua de lluvia, sustrato específico y quelato de hierro de vez en cuando.

No conviene regar con agua ablandada por descalcificador doméstico de intercambio iónico: sustituye el calcio por sodio, y el sodio es bastante peor para el suelo y para la planta que la propia cal.

Errores frecuentes

Regar por calendario. El mismo riego que en mayo era correcto, en agosto se queda corto y en noviembre ahoga. Se riega según cómo esté el sustrato y qué tiempo haga, no según el día de la semana.

Pulverizar las hojas creyendo que se riega. Mojar el follaje no aporta agua a la raíz. Sube la humedad ambiente durante quince minutos y poco más, y en exterior favorece hongos.

Interpretar toda hoja amarilla como sed. El amarilleo es un síntoma inespecífico: aparece por exceso de agua, por falta de nitrógeno, por cal, por plaga radicular o simplemente por edad de la hoja. Antes de reaccionar, hay que tocar el sustrato.

Dejar el suelo desnudo. Una capa de cinco centímetros de acolchado —corteza, paja, restos de siega secos— reduce mucho la evaporación y mantiene la temperatura del suelo estable. Es la medida que más agua ahorra por el esfuerzo que cuesta.

Regar el jardín entero por igual. Un olivo, una lavanda y una hortensia en el mismo circuito de riego garantizan que una de las tres esté mal. Agrupar plantas por necesidades hídricas es lo que permite regar bien sin gastar de más.

En resumen

Regamos porque el agua sostiene la estructura de la planta, aporta la materia prima de la fotosíntesis, transporta los nutrientes desde el suelo hasta las hojas y refrigera el follaje mediante la transpiración. La planta consume una parte mínima y devuelve el resto a la atmósfera, así que el riego no llena un depósito: alimenta un flujo que debe mantenerse.

Cuando ese flujo se corta, la planta deja de crecer, cierra los estomas, se marchita y termina soltando hojas. Cuando hay agua de sobra y sin oxígeno, la raíz se asfixia y aparecen los mismos síntomas, lo que confunde a quien riega. La forma segura de acertar es sencilla: comprobar la humedad del sustrato antes de cada riego, regar en profundidad y espaciar, hacerlo a primera hora de la mañana, acolchar el suelo y agrupar las plantas según lo que cada una pida.


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