Una planta que suelta hojas en pleno agosto no siempre está pidiendo más agua. Esa es la conclusión automática y en bastantes casos es la equivocada: la asfixia radicular, el golpe de calor, la acumulación de sales y una plaga de araña roja producen exactamente el mismo cuadro —hoja amarilla o parda que termina en el suelo— y tres de esas cuatro causas empeoran si la respuesta es coger la regadera. Diagnosticar antes de actuar es, en verano, la diferencia entre recuperar la planta en septiembre o quedarse con un esqueleto.

La caída de hoja es una respuesta activa, no un accidente. La planta forma en la base del pecíolo una zona de abscisión, corta el suministro y deja caer la hoja de forma controlada. Lo hace cuando le sale a cuenta: cuando esa hoja consume más agua de la que puede producir, cuando está dañada sin remedio o cuando hay que reducir la superficie de evaporación a toda prisa. Interpretar el motivo es cuestión de mirar qué hojas caen, en qué orden y en qué estado.

Árbol perdiendo hojas durante el verano

Antes de nada: hay caídas de hoja que son normales

No toda defoliación estival es un problema. Conviene descartar primero lo previsible.

Los perennes mediterráneos renuevan hoja en primavera y principios de verano. El olivo (Olea europaea) mantiene cada hoja dos o tres años y suelta las viejas en mayo y junio; los cítricos, el laurel, el ciprés y el Ficus de interior hacen algo parecido. Son hojas del interior de la copa, viejas, amarillas de forma uniforme, y la planta a la vez está sacando brotación nueva. Si el follaje que cae es interior y viejo mientras las puntas crecen verdes, no hay nada que corregir.

Existe además la defoliación estival de verdad, una estrategia de supervivencia. La higuera, el almendro, la morera y el chopo pueden desprenderse de buena parte de la hoja en agosto durante una sequía intensa y rebrotar en otoño o en la primavera siguiente sin secuelas. Muchas plantas bulbosas mediterráneas —narcisos, agapantos, ciclamen de otoño— desaparecen directamente bajo tierra: su parada vegetativa es el verano, no el invierno, y regarlas en ese momento las pudre.

Estrés hídrico: la causa más frecuente y la más fácil de comprobar

Cuando la raíz no encuentra agua suficiente, emite una señal hormonal, el ácido abscísico, que cierra los estomas y acaba desencadenando la caída de las hojas más antiguas. La planta sacrifica lo viejo para salvar la yema terminal.

El patrón es reconocible: amarillea y cae de abajo hacia arriba, empezando por las hojas basales; el resto del follaje se marchita a mediodía y recupera algo por la noche; el sustrato está seco y en maceta se ha despegado de las paredes. En jardín, un suelo compacto y sin acolchado se seca hasta los diez centímetros en tres días de julio.

El error habitual aquí no es no regar, sino regar poco y a menudo. Medio litro diario en una maceta grande solo moja la superficie; las raíces se quedan en los primeros centímetros, la capa que más se calienta y antes se seca, y la planta vive en sequía crónica pese al riego diario. Hay que regar hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, o hasta empapar veinte o treinta centímetros de suelo, y volver a hacerlo cuando el sustrato lo pida.

Un caso concreto: si el cepellón de una maceta se ha secado del todo y el agua se escurre por los laterales sin mojar nada, el riego normal no lo rehidrata. Hay que sumergir la maceta entera en un barreño hasta que dejen de salir burbujas, unos veinte minutos, y luego dejarla escurrir.

Insolación y golpe de calor

El daño por calor no lo causa la luz, sino la temperatura del tejido. Una hoja bien abastecida de agua se refrigera transpirando y se mantiene por debajo de la temperatura del aire; cuando cierra los estomas porque no hay agua, deja de refrigerarse y puede superar los 45 °C con el aire a 38 °C. A partir de ahí se desnaturalizan proteínas y el tejido muere.

Se distingue del estrés hídrico puro por el reparto del daño: aparece en las hojas más expuestas —cara sur y oeste, parte alta de la planta—, en forma de manchas pardas o blanquecinas, secas y quebradizas, con frecuencia entre nervios o en el borde, mientras las hojas de sombra siguen sanas. En frutos hay un equivalente inconfundible: el golpe de sol del tomate y del pimiento, una zona blanquecina y hundida en la cara que da al sol, muy típica cuando se despunta o se poda demasiado a destiempo y el fruto se queda sin cobertura foliar.

En terraza hay un factor que se pasa por alto: la temperatura del sustrato. Una maceta de plástico negro al sol sobre suelo de baldosa puede alcanzar internamente 45 o 50 °C, temperatura a la que las raíces finas mueren. La planta pierde hoja aunque el riego sea correcto. Las soluciones son de sentido común y funcionan: agrupar las macetas para que se den sombra, colocar la maceta dentro de otra más grande, usar barro o colores claros, elevarla del suelo unos centímetros y poner una malla de sombreo del 40 o 50 % en las horas centrales.

Un apunte importante: en pleno verano no se poda ni se trasplanta salvo urgencia. Retirar hojas deja al descubierto ramas y frutos que nunca han recibido sol directo, y esas se queman en una tarde. Y no se abona en plena ola de calor, porque se añade sal a un suelo que ya está concentrando la que tiene.

Exceso de riego: el mismo síntoma por el motivo contrario

Las raíces necesitan oxígeno para funcionar. Un sustrato saturado de agua desplaza el aire de los poros, la raíz deja de absorber y la planta se marchita y pierde hojas con el sustrato empapado. Es la trampa clásica del verano: se ve la planta mustia, se riega más, y se acelera el desenlace.

El calor agrava el problema porque los hongos del suelo del género Phytophthora y Pythium se multiplican en suelo cálido y húmedo, y sus esporas móviles necesitan precisamente agua libre para nadar hasta las raíces. Es la causa de muerte de muchos cipreses, coníferas de jardín, aguacates y arbustos de rocalla plantados en suelos pesados con riego generoso.

La comprobación es inmediata: dedo en el sustrato hasta el segundo nudillo, o un palo de madera clavado un rato. Si sale húmedo y la planta está lacia, la causa no es la sed. Otras señales: olor agrio a ciénaga, hojas blandas y translúcidas en lugar de crujientes, y raíces pardas que se deshacen al tirar en lugar de blancas y firmes. Un plato con agua permanente bajo la maceta produce esto mismo; se vacía a los quince minutos de regar.

Sales acumuladas y agua dura

En verano se riega mucho y se evapora mucho, y cada riego deja atrás las sales que traía el agua. En buena parte de España el agua del grifo es dura, y en macetas la sal se concentra hasta niveles que dañan la raíz. El síntoma es característico: puntas y bordes de hoja secos y pardos, con una franja amarilla de transición, mientras el centro de la hoja sigue verde; a veces hay una costra blanquecina en la superficie del sustrato o en el borde de la maceta.

Se corrige lavando el cepellón: regar con abundante agua, tres o cuatro veces el volumen de la maceta, dejando drenar libremente. Y espaciando o suspendiendo el abono durante los meses más calurosos.

Relacionada con esto está la clorosis férrica de las plantas acidófilas —hortensias, camelias, gardenias, azaleas, arándanos, cítricos en suelo calizo—: hoja amarilla con los nervios marcados en verde, y caída si se agrava. No es falta de riego ni de hierro en el suelo, sino un pH demasiado alto que impide absorberlo. Se trata con quelato de hierro y, a medio plazo, con agua de lluvia y sustrato ácido.

Hoja seca caída de la planta en verano

Plagas de verano que provocan defoliación

El calor seco es el escenario ideal para varios chupadores, y sus daños se confunden con los del sol.

Araña roja (Tetranychus urticae). La sospecha número uno de julio y agosto. Prospera con temperaturas de 27 a 30 °C y humedad baja, y en esas condiciones completa su ciclo en poco más de una semana, de modo que las poblaciones explotan. Produce un punteado fino y amarillento en el haz, la hoja adquiere un aspecto plateado o bronceado, y en ataques avanzados aparecen telarañas muy finas en el envés y en las axilas. Se ve mirando el envés con una lupa o sacudiendo la hoja sobre un papel blanco. Afecta a judías, tomates, frutales, rosales, hiedra, palmeras y prácticamente cualquier planta de interior en un piso con aire acondicionado. Pulverizar con agua el envés, subir la humedad y tratar con jabón potásico o aceite de neem repetido cada cinco o siete días controla los focos iniciales; el azufre funciona pero no se aplica por encima de 30 °C ni junto a aceites.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci). Nubes de insectos diminutos que salen al mover la planta. Debilitan, ensucian con melaza y sobre esa melaza crece negrilla, un hongo negro que tapa la hoja y le impide fotosintetizar. La hoja amarillea y cae.

Trips. Dejan un plateado brillante con puntitos negros de excremento, sobre todo en gladiolos, cebollas, aguacates y plantas ornamentales.

Cochinillas y pulgón. Igual que la mosca blanca, producen melaza y negrilla. La cochinilla algodonosa se ceba con cítricos y suculentas en verano.

Minadores y orugas completan el cuadro en cítricos y crucíferas. En todos los casos, la revisión del envés una vez por semana ahorra tratamientos: un foco pequeño se resuelve con jabón potásico, uno consolidado, no.

Enfermedades y otros desencadenantes

El verano seco del interior peninsular reduce los hongos foliares, pero en la costa, con noches húmedas y riego por aspersión, siguen apareciendo. Oídio, en polvo blanco sobre el haz, es la excepción que prospera con calor y humedad ambiental sin necesidad de mojar la hoja: calabacines, rosales, vid y calabazas lo sufren cada agosto. Mildiu y manchas foliares de Alternaria o Septoria defolian de abajo hacia arriba y necesitan hoja mojada; se evitan regando al pie y por la mañana. Las royas dejan pústulas anaranjadas en el envés.

Aparte, hay dos vasculares que en verano se manifiestan de golpe: la verticilosis (Verticillium dahliae), que en olivo, tomate y arce provoca el marchitamiento súbito de una rama entera con la hoja seca colgando sin caer, y el chancro o la sequía de ramas en árboles ya debilitados. En ambos casos el problema no es la hoja sino el sistema conductor.

Por último, la defoliación por cambio: un Ficus benjamina movido de sitio, una planta comprada en vivero y llevada al balcón, o cualquier ejemplar de interior colocado bajo una corriente directa de aire acondicionado tiran hojas en pocos días. Es una reacción al cambio de luz y humedad, no una enfermedad; se estabiliza sola si se deja la planta quieta y con riego regular.

Cómo diagnosticar en cinco minutos

Una secuencia rápida que resuelve la mayor parte de los casos:

1. Toca el sustrato. Seco y planta lacia, es sed. Húmedo y planta lacia, es asfixia o pudrición de raíz.

2. Mira qué hojas caen. Las viejas de abajo, uniformemente amarillas, apuntan a sequía, exceso de agua o falta de nitrógeno. Las expuestas al sol, con manchas secas, apuntan a insolación. Las nuevas, deformadas o descoloridas, apuntan a plaga o carencia.

3. Dale la vuelta a una hoja. Punteado, telaraña fina, insectos o melaza pegajosa cambian el diagnóstico por completo.

4. Comprueba el borde y la punta. Secos y pardos con la lámina verde: sales o agua dura.

5. Recuerda qué hiciste hace una o dos semanas. Un abonado, un trasplante, una poda, un cambio de sitio o un fin de semana sin riego suelen estar detrás.

Qué hacer y qué no hacer en pleno verano

Acolcha el suelo. Cinco centímetros de corteza, paja o restos de siega secos reducen la evaporación y evitan que el suelo se recaliente. Es la medida con mejor relación entre esfuerzo y resultado.

Riega a primera hora de la mañana, al pie y en profundidad. La planta llega hidratada al momento de mayor demanda y la hoja no pasa la noche mojada.

Sombrea lo que esté sufriendo con malla del 40-50 %, sobre todo en macetas y en huerto de terraza. No hace falta que sea todo el día: basta de doce a cinco.

No podes, no trasplantes y no abones durante una ola de calor. Todo eso se hace en septiembre, cuando bajan las temperaturas.

No retires las hojas secas de golpe si aún dan sombra a ramas o frutos. Espera al final del verano.

No confundas recuperación con muerte. Una planta defoliada por calor o sequía suele conservar las yemas vivas. Rasca un poco de corteza de una rama fina con la uña: si debajo hay verde, la rama vive, y con riego regular y sombra rebrotará en otoño. Se poda en primavera, cuando ya se ve con seguridad qué madera ha salido adelante.

En resumen

Las hojas caen en verano porque la planta corta el suministro a aquellas que le cuestan más de lo que le aportan. Detrás de esa decisión puede haber sed, raíces asfixiadas por exceso de riego, temperaturas de tejido por encima de lo tolerable, sales acumuladas en el sustrato, una plaga de chupadores como la araña roja, un hongo, o simplemente la renovación natural de hoja vieja de un perenne mediterráneo.

Como varias de esas causas producen el mismo aspecto y algunas empeoran con más agua, el orden correcto es comprobar la humedad del sustrato, observar qué hojas caen y en qué estado, revisar el envés y repasar qué se hizo las semanas anteriores. Después, actuar: riego profundo y espaciado, acolchado, sombreo en las horas centrales, nada de podas ni abonados hasta septiembre, y paciencia antes de dar por perdida una planta que todavía tiene madera verde bajo la corteza.


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