El agua de riego es el insumo que más veces aplicamos a nuestras plantas y al que menos atención prestamos. Abrimos el grifo, llenamos la regadera y damos por hecho que da igual. En muchos casos da igual; en otros, la calidad del agua explica por qué una hortensia se pone amarilla año tras año, por qué un carnívora languidece o por qué la superficie de las macetas acaba cubierta de una costra blanca.

Lo que decide si un agua sirve o no son básicamente tres parámetros: la dureza, es decir, la cantidad de calcio y magnesio disueltos; el pH, muy relacionado con lo anterior; y la salinidad total, que se mide como conductividad eléctrica. El cloro, que es lo que más preocupa a la gente, es en realidad el problema menor.

Agua del grifo: casi siempre vale, con matices

El agua de red española es potable y, para la gran mayoría de plantas de jardín y huerto, perfectamente utilizable. El asunto es que su composición varía muchísimo de una zona a otra. En Galicia, Asturias, Cantabria o buena parte del Pirineo el agua es blanda, con durezas por debajo de 10 grados franceses y pH ligeramente ácido o neutro. En el arco mediterráneo, el valle del Ebro, Madrid en algunos sectores, la Mancha o el interior andaluz el agua puede superar los 30 o 40 grados franceses, con pH de 7,8 a 8,3.

Esa agua dura no mata a nada de forma directa. Lo que hace es subir el pH del sustrato riego tras riego. Y por encima de pH 7,5 el hierro, el manganeso y el zinc precipitan en formas que la raíz no puede absorber, aunque estén ahí. El síntoma es la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios todavía verdes, un dibujo muy reconocible. Le pasa a las plantas acidófilas: hortensias (Hydrangea macrophylla), azaleas y rododendros (Rhododendron spp.), camelias (Camellia japonica), gardenias, arándanos (Vaccinium corymbosum), brezos y también a los cítricos, que sin ser acidófilos estrictos son muy sensibles.

Un dato práctico: puedes consultar la dureza y el pH del agua de tu municipio en la web de tu empresa suministradora, que está obligada a publicar los análisis. Es más fiable que cualquier estimación.

En cuanto al cloro, la concentración residual en red ronda 0,2 a 1 mg/l. A esas dosis no daña a las plantas, y buena parte se evapora si dejas la regadera reposando unas horas destapada. Lo que sí conviene es evitar el agua descalcificada de los descalcificadores domésticos de intercambio iónico: no eliminan sales, sustituyen calcio y magnesio por sodio, que sí es fitotóxico y deteriora la estructura del suelo. Esa agua es peor para regar que la original.

Regadera metálica en el jardín

Agua de lluvia: la mejor opción, y gratis

El agua de lluvia es agua destilada por evaporación natural. Tiene una conductividad muy baja, pH ligeramente ácido —en torno a 5,5 o 6 por el CO₂ atmosférico disuelto— y no aporta carbonatos. Es la referencia contra la que se comparan las demás.

Recogerla es sencillo: un bidón conectado a la bajante del tejado con una malla que filtre hojas. Dos recomendaciones. Primera, descarta los primeros litros de cada episodio de lluvia, que arrastran el polvo y los restos acumulados en el tejado. Segunda, tapa el depósito: el agua estancada al sol cría algas y es criadero de mosquito tigre (Aedes albopictus), que en el Mediterráneo es un problema real. Un depósito cerrado y oscuro conserva el agua meses en buen estado.

No recojas agua de tejados de fibrocemento antiguos ni de cubiertas tratadas con productos bituminosos si vas a regar huerto.

Agua destilada y de ósmosis: para casos concretos

El agua destilada y la de ósmosis inversa tienen prácticamente cero sales. Son la única opción para plantas carnívorasDionaea muscipula, Sarracenia, Drosera, Nepenthes—, que están adaptadas a turberas pobres y mueren con conductividades por encima de unos 50 microsiemens por centímetro. También son útiles para orquídeas delicadas, para plantas de terrario y para bonsáis en akadama.

Ahora bien, aquí hay una idea equivocada bastante extendida: el agua destilada no es «mejor» para todas las plantas. Al no llevar nada disuelto, tampoco aporta calcio ni magnesio, que son nutrientes secundarios necesarios. Si riegas de forma exclusiva con ósmosis durante meses sin abonar, acabarás induciendo carencias, sobre todo de magnesio, que se manifiestan como amarilleo entre los nervios de las hojas viejas. Si usas ósmosis de manera continuada, abona con un fertilizante que incluya calcio y magnesio.

Para el resto de plantas, comprar agua destilada en garrafas es un gasto injustificado. Comprar una unidad de ósmosis doméstica solo tiene sentido si además la usas para beber.

Trucos que funcionan y trucos que no

Si tu agua es dura y quieres cultivar acidófilas, hay una forma barata y eficaz de corregirla: acidificar. El método más fino es añadir unas gotas de vinagre o de zumo de limón por litro y medir con tiras reactivas o con un medidor de pH hasta dejarla en torno a 6 o 6,5. Como orientación, medio mililitro de vinagre de vino por litro suele bastar en aguas de dureza media, pero depende tanto de la alcalinidad concreta que sin medir vas a ciegas. También existen correctores de pH específicos para riego, más estables que el vinagre.

Alternativa igual de válida: mezclar el agua del grifo con agua de lluvia al 50 %, o regar con lluvia las acidófilas y con grifo el resto.

Lo que no funciona es hervir el agua para «quitarle la cal». Hervir precipita parte de los bicarbonatos, sí, pero el efecto es limitado y el resto de sales se concentran al evaporarse agua. Tampoco funciona meter un clavo oxidado en la maceta para aportar hierro: el hierro metálico no es asimilable. Si hay clorosis, lo que resuelve es un quelato de hierro EDDHA, el único que se mantiene estable a pH alcalino, aplicado en riego a finales de invierno y de nuevo a inicios de verano.

Un apunte más sobre el agua de pozo: puede ser excelente o pésima, y no hay forma de saberlo sin un análisis. En zonas costeras con sobreexplotación de acuíferos, la intrusión salina eleva el sodio y los cloruros hasta niveles que queman las hojas. Si riegas de pozo y ves necrosis en las puntas de las hojas, analiza.

Temperatura y momento del riego

Riega con agua a temperatura ambiente. El agua muy fría sobre plantas tropicales de interior provoca manchas necróticas en las hojas de algunas especies —las violetas africanas son el ejemplo clásico— y frena la absorción radicular. Deja la regadera llena en el mismo cuarto la noche antes.

En cuanto a la hora, en verano riega a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca al mediodía. En invierno, al revés: por la mañana, para que el sustrato no pase la noche empapado y frío.

En resumen

Para la mayoría de las plantas, el agua del grifo a temperatura ambiente es suficiente. El agua de lluvia es mejor, sale gratis y merece la pena recogerla si tienes sitio. El agua destilada o de ósmosis solo es imprescindible para carnívoras y casos especiales, y usada en solitario obliga a abonar con calcio y magnesio. Si tu agua es dura y cultivas hortensias, camelias, azaleas, arándanos o cítricos, acidifícala hasta pH 6-6,5 o mézclala con agua de lluvia, y ten a mano un quelato de hierro EDDHA. Y evita siempre el agua del descalcificador doméstico.


Contenidos relacionados