Entre pH 6 y pH 7 un suelo entrega a las raíces prácticamente todo lo que contiene. A pH 8, ese mismo suelo puede seguir teniendo hierro, manganeso y fósforo de sobra, y la planta amarillear igualmente porque no consigue absorberlos. Ese es el asunto: el pH no aporta nada a la planta, pero decide qué parte de lo que hay a su alrededor está disponible y qué parte queda bloqueada.
Es también el dato que más se ignora cuando algo va mal en el jardín. Se abona más, se riega más, se cambia de marca de fertilizante, y el problema sigue ahí porque el nutriente que falta ya estaba en el suelo desde el principio.
¿Qué es exactamente el pH?
El pH mide la concentración de iones de hidrógeno (H+) libres en una disolución. La escala va de 0 a 14: por debajo de 7 hablamos de medio ácido, en 7 de neutro y por encima de 7 de alcalino o básico.
El detalle que casi nunca se explica, y que cambia por completo la forma de interpretar una medición, es que la escala es logarítmica. Cada unidad supone multiplicar o dividir por diez la acidez. Un suelo de pH 5 es diez veces más ácido que uno de pH 6, y cien veces más ácido que uno de pH 7. Por eso pasar de 8,2 a 7,2 en un suelo calizo no es "bajar un poquito": es un cambio químico enorme, y explica por qué corregir el pH del terreno cuesta tanto trabajo y tan a menudo fracasa.
En jardinería el pH aparece en tres sitios distintos que conviene no mezclar: el pH del suelo o del sustrato, el pH del agua de riego y el pH de la disolución nutritiva si cultivas en hidroponía o en maceta con fertirriego. Se miden igual, pero no significan lo mismo ni se corrigen igual.
Cómo se mide
Medir el pH del agua es trivial: metes el electrodo en el vaso y lees. Medir el del suelo requiere un poco más de método, porque el suelo no es un líquido y lo que mides en realidad es la disolución del suelo.
El procedimiento estándar, el que puedes reproducir en casa con resultados fiables, es la suspensión 1:2,5:
Toma muestra de la zona de raíces, no de la superficie: retira los primeros 2-3 cm y recoge tierra entre los 5 y los 25 cm de profundidad. Coge cuatro o cinco tomas repartidas por la zona y mézclalas, porque un jardín puede tener medio punto de diferencia entre dos esquinas. Deja secar la muestra al aire, desmenuza y retira piedras y raíces. Mezcla una parte de tierra con dos partes y media de agua destilada (por ejemplo 20 g de tierra y 50 ml de agua), agita, y deja reposar media hora removiendo de vez en cuando. Mide entonces el sobrenadante.
El agua tiene que ser destilada o desionizada. Si usas agua del grifo, en buena parte de España estás midiendo el pH del agua de la red, no el de tu tierra.
En cuanto a instrumentos:
Peachímetro digital de electrodo. Es la opción seria. Da décimas y sirve tanto para agua como para suspensiones de suelo. Exige dos cosas que mucha gente se salta: calibrarlo con las soluciones patrón de pH 4,01 y 7,01 cada pocas semanas, y conservar el electrodo húmedo en su solución de almacenamiento, nunca en agua destilada y nunca en seco. Un electrodo que se ha secado ya no mide, aunque siga encendiéndose.
Kits colorimétricos. Un reactivo que cambia de color y una carta de comparación. Con menos precisión que el electrónico, pero para el jardín es más que suficiente: saber si estás en 5,5, en 6,5 o en 8 ya te dice todo lo que necesitas.
Tiras reactivas. Rápidas y baratas, valen para el agua de riego. En suelo son poco fiables porque las partículas tiñen la tira.
Las varillas de clavar en la tierra que se venden con tres escalas (humedad, luz y pH) merecen mención aparte: la lectura de pH de esos aparatos no tiene prácticamente ningún valor. Funcionan por conductividad entre dos metales y responden más a la humedad del suelo que a su acidez. Si has tomado decisiones basándote en una de esas varillas, vuelve a medir con otro método.
Hay además una prueba de campo que no da un número pero resuelve la duda más importante en España: echa unas gotas de salfumán rebajado o de vinagre fuerte sobre una cucharada de tierra seca. Si burbujea con efervescencia clara, hay carbonato cálcico libre. Eso significa que el suelo es calizo, que su pH está con seguridad por encima de 7,5 y —esto es lo determinante— que tiene capacidad para volver a subir el pH cada vez que intentes bajarlo.
Por qué le importa tanto a las plantas
Los nutrientes minerales solo se absorben disueltos y en una forma iónica concreta. El pH gobierna en qué forma están y, por tanto, si la raíz puede o no puede tomarlos.
En términos generales:
Por encima de pH 7,5 se bloquean el hierro, el manganeso, el zinc y el cobre, que precipitan como hidróxidos insolubles. El fósforo también se pierde en gran medida, porque forma fosfatos cálcicos que la planta no puede aprovechar. Es el escenario típico del levante, del valle del Ebro, de gran parte de Andalucía y de las dos Castillas, con suelos calizos de pH 8 a 8,5.
Por debajo de pH 5,5 ocurre lo contrario: aluminio y manganeso se solubilizan hasta niveles tóxicos para la raíz, escasean calcio y magnesio, y las bacterias nitrificantes (Nitrosomonas y Nitrobacter) trabajan mal, con lo que el nitrógeno orgánico se mineraliza despacio. Es el caso de suelos graníticos y pizarrosos de Galicia, la cornisa cantábrica, Extremadura y buena parte del Sistema Central.
Entre 6 y 7 coinciden a la vez la máxima disponibilidad de casi todos los elementos y la mayor actividad de la vida microbiana del suelo. Por eso es el intervalo que recomienda casi cualquier ficha de cultivo.
El síntoma que más se ve en España es la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios marcados en verde, mientras las hojas viejas siguen normales. Ese contraste es diagnóstico. Como el hierro es poco móvil dentro de la planta, la carencia se manifiesta en el crecimiento nuevo, no en el antiguo; si lo que amarillea son las hojas viejas y de forma uniforme, sospecha antes de nitrógeno.
La padecen sobre suelo calizo los cítricos, el melocotonero, la hortensia, la camelia, la azalea, el arándano, la gardenia, el rododendro, el arce japonés y también rosales y vides en según qué parcelas. No es una enfermedad: es el suelo diciéndote que su pH no encaja con esa planta.
Cómo se corrige (y cuándo no merece la pena)
Aquí conviene ser honesto, porque circula mucha receta inútil.
Para bajar el pH del suelo lo único que funciona a escala de jardín es el azufre elemental en polvo o micronizado. No acidifica por sí mismo: lo oxidan bacterias del género Acidithiobacillus hasta ácido sulfúrico, y para eso necesitan suelo húmedo, aireado y templado. En invierno el proceso se para. Aplicado en otoño o a comienzos de primavera, el efecto tarda de tres a seis meses en notarse. Como orden de magnitud, bajar una unidad de pH en el horizonte superficial pide del orden de 100-150 g/m² en suelo arenoso y bastante más en suelo arcilloso. Reparte la dosis en varias aplicaciones y vuelve a medir antes de repetir.
Y ahora la parte incómoda: si tu suelo hizo efervescencia con el vinagre, olvídate de bajarle el pH de forma duradera. La caliza libre tampona el terreno; puedes gastar sacos de azufre y a los pocos meses el pH ha vuelto a su sitio. En ese caso las salidas realistas son otras: cultivar las acidófilas en maceta o en bancal elevado con sustrato ácido y aislamiento del terreno natural, corregir el hierro por vía foliar y radicular, o —lo más sensato— plantar especies que vivan a gusto en caliza: adelfa, romero, lavanda, laurentino, granado, olivo, almendro, celinda, lila, madreselva, salvia, teucrio, cistus en su versión calcícola.
Para subir el pH en suelos ácidos se usa caliza molida o dolomita, que además aporta magnesio. Actúa despacio, así que se aplica en otoño e invierno. Nada de cal viva ni cal apagada en jardines establecidos: son agresivas y fáciles de sobrepasar.
Para el hierro bloqueado, el detalle decisivo es elegir bien el quelato, porque no todos aguantan la alcalinidad. El Fe-EDTA se desmorona por encima de pH 6,5 y en suelo calizo no sirve de nada. El Fe-DTPA aguanta hasta pH 7 o 7,5. Solo el Fe-EDDHA (el que viene en microgránulos rojizos) mantiene el hierro soluble por encima de pH 8, que es justo donde hace falta. Se aplica disuelto en el riego a comienzos de primavera, en el suelo y no sobre la hoja, y mancha todo lo que toca.
El agua de riego es un frente aparte y a menudo el verdadero culpable en cultivo en maceta. Un agua con muchos bicarbonatos, como la de gran parte de la mitad sur y del levante, va subiendo el pH del sustrato riego tras riego, aunque hayas plantado en turba ácida. Para fertirriego se busca dejar el agua entre 5,5 y 6,5; se corrige con ácido nítrico o fosfórico en dosis muy pequeñas —extremando la precaución al manipularlos— o, en volúmenes de aficionado, con ácido cítrico. Y no confundas pH con dureza: son cosas distintas aunque suelan ir juntas.
Cuatro creencias que conviene desmontar
"El poso de café acidifica la tierra." El poso usado tiene un pH cercano al neutro, entre 6,5 y 6,8. Como aporte de materia orgánica está bien; como acidificante no hace prácticamente nada.
"Riego con vinagre o con limón para bajar el pH." Baja el pH del agua durante unos minutos y luego el suelo lo tampona y todo vuelve al punto de partida. En cultivo en maceta y con dosis altas puedes además dañar la microbiota. No es una corrección, es un espejismo.
"Le echo cáscaras de huevo por el calcio." La cáscara es carbonato cálcico: es decir, sube el pH, justo lo contrario de lo que suele hacer falta en España. Y se descompone tan despacio que su efecto nutritivo es casi nulo a corto plazo.
"Mis hortensias son rosas, les falta abono." Le falta acidez. La hortensia (Hydrangea macrophylla) vira a azul cuando el pH baja de 5,5 y el aluminio del suelo se vuelve disponible; por encima de 6,5 sale rosa por mucho que abones. Se corrige con sulfato de aluminio y sustrato ácido, no con fertilizante.
Cada cuánto medir
En un jardín asentado, una medición al año basta, mejor a finales de invierno y antes de planificar plantaciones y abonados. En maceta y en huerto con fertirriego, el sustrato deriva mucho más rápido y conviene comprobarlo cada dos o tres meses, sobre todo si el agua es dura. Y siempre, siempre, mide antes de plantar acidófilas: te ahorra el ciclo entero de plantar una camelia, verla amarillear durante dos años y acabar arrancándola.
En resumen
El pH indica la acidez del suelo o del agua en una escala logarítmica de 0 a 14, y su importancia no está en lo que aporta sino en lo que permite absorber: entre 6 y 7 casi todos los nutrientes están disponibles, por encima de 7,5 se bloquean hierro, manganeso, zinc y fósforo, y por debajo de 5,5 aparecen toxicidad por aluminio y carencias de calcio y magnesio. Se mide con peachímetro calibrado o kit colorimétrico, en suspensión 1:2,5 con agua destilada, nunca con las varillas de clavar. En España el problema dominante es la alcalinidad de los suelos calizos, y la clorosis férrica —hojas nuevas amarillas con nervios verdes— es su firma. Se corrige con azufre elemental cuando el suelo lo admite y con quelato de hierro Fe-EDDHA cuando no; pero si el terreno hace efervescencia con el vinagre, sale mucho más a cuenta elegir plantas que vivan a gusto en caliza que empeñarse en cambiarle el pH a la tierra.