Las plantas llevan colonizando la tierra firme unos 470 millones de años, mucho antes de que existiera nada parecido a un animal terrestre. En ese tiempo han resuelto problemas de ingeniería que a nosotros todavía nos cuesta imitar: subir agua treinta pisos sin bomba, almacenar toneladas de líquido en un tejido esponjoso, vivir tres milenios o estrangular a un vecino sin moverse del sitio.
Lo que sigue no es una lista de curiosidades sueltas. Cada récord ilustra un mecanismo biológico concreto, y entenderlo cambia bastante la forma en la que uno mira su propio jardín. Algunos de estos gigantes, además, se cultivan en España.
El eucalipto y el mito del árbol que más rápido crece
El eucalipto se lleva casi siempre el título de árbol de crecimiento más rápido, y la fama tiene fundamento. Eucalyptus globulus, el eucalipto blanco que tapiza buena parte de Galicia, Asturias y la cornisa cantábrica, puede pasar de plántula a más de diez metros en cinco o seis años en suelos profundos y con lluvia abundante. En turnos de corta de doce a quince años se aprovecha para pasta de papel. Otras especies del género, como Eucalyptus grandis, crecen aún más deprisa en clima subtropical.
Ahora la parte que casi nunca se cuenta. Ese crecimiento no sale de la nada: se paga con agua y nutrientes. Un eucalipto adulto transpira una cantidad enorme de agua al día, y esa es exactamente la razón por la que se plantó en zonas encharcadas para desecarlas. En un jardín particular, plantar un eucalipto a menos de quince o veinte metros de la casa es buscarse un problema: raíces agresivas, competencia brutal con cualquier planta cercana y una hojarasca rica en compuestos fenólicos que inhibe la germinación de otras especies. Es un árbol magnífico para una finca grande y una idea pésima para una parcela de 400 metros.
Conviene también deshacer otro malentendido frecuente: el eucalipto no es una conífera ni un árbol resinoso. Es una mirtácea, pariente del mirto y del arrayán, y sus aceites esenciales son los que hacen que arda con esa violencia que todos hemos visto en los incendios del noroeste peninsular.
Secuoyas: las más altas, las más voluminosas y las más longevas no son la misma
Aquí se mezclan tres récords distintos y tres árboles distintos, y la confusión es casi universal.
La secuoya roja o secuoya de California, Sequoia sempervirens, es el árbol más alto del mundo. Los ejemplares mayores superan los 110 metros. Vive en una franja costera estrecha del norte de California y el sur de Oregón, donde la niebla del Pacífico le aporta humedad foliar durante el verano seco.
La secuoya gigante, Sequoiadendron giganteum, es más baja pero muchísimo más gruesa: es el ser vivo de mayor volumen del planeta. El famoso General Sherman ronda los 1.480 metros cúbicos de madera y unos 2.000 o 2.500 años de edad. Crece en la vertiente occidental de Sierra Nevada, en California, y su corteza fibrosa de medio metro de espesor la hace prácticamente ignífuga: los incendios de superficie, lejos de matarla, le limpian la competencia y abren sus piñas.
La longevidad máxima, en cambio, no la tiene ninguna de las dos. Corresponde al pino longevo, Pinus longaeva, un arbolillo retorcido de las montañas de Nevada, Utah y California que supera los 4.800 años. Nada espectacular a la vista, pero vivo desde antes de las pirámides.
Curiosamente, la secuoya gigante se adapta bien al norte de España. Hay ejemplares centenarios notables en Cantabria, el País Vasco y Navarra, y el conocido monte de secuoyas de Cabezón de la Sal se plantó en 1940. Necesita suelo profundo, fresco y sin cal, y no aguanta bien el verano seco del interior peninsular.
El saguaro: un depósito de agua con espinas
El saguaro, Carnegiea gigantea, es el cactus columnar emblemático del desierto de Sonora. Un ejemplar adulto de diez o doce metros puede pesar varias toneladas, y en torno al 85 o 90 % de ese peso es agua. El tejido parenquimático del interior funciona como una esponja, y el tallo está acostillado precisamente para poder hincharse y contraerse como un acordeón según llueva o no.
Lo verdaderamente asombroso es su ritmo. El saguaro crece con una lentitud extrema: a los diez años puede medir apenas unos centímetros, y no suele empezar a producir los brazos característicos hasta los 50 o 75 años de edad. Los ejemplares con muchos brazos son ancianos de más de siglo y medio. Por eso su recolección está estrictamente prohibida en Arizona: un saguaro arrancado es un siglo perdido.
Aquí conviene otra corrección habitual. Mucha gente compra en el garden un cactus columnar creyendo que es un saguaro; en el comercio europeo lo que se vende casi siempre son Pachycereus, Cereus o Neobuxbaumia, que crecen bastante más rápido. El saguaro auténtico es rarísimo en cultivo y, además, mal cliente para el clima peninsular: quiere lluvia de verano y sequía invernal, justo lo contrario de nuestro régimen mediterráneo.
Los helechos, veteranos con una biología distinta
Los helechos aparecieron hace unos 380 millones de años y dominaron los bosques del Carbonífero, mucho antes de que existiera la primera flor. Buena parte del carbón que quemamos durante dos siglos procede de aquellas selvas de helechos arborescentes y licopodios.
Su gran particularidad es que no tienen flores ni semillas: se reproducen por esporas, esos puntitos marrones que aparecen en el envés de las frondes y que tanta gente confunde con una plaga de cochinilla. Antes de la planta que conocemos hay una fase intermedia, el protalo, una laminilla verde de pocos milímetros que produce los gametos y necesita una película de agua líquida para que el espermatozoide alcance al óvulo. Ese requisito explica por qué los helechos siguen atados a los ambientes húmedos y sombríos.
En España tenemos ejemplos notables. El helecho real, Osmunda regalis, alcanza dos metros en las riberas del norte. Y en la laurisilva canaria y algunos barrancos del noroeste sobreviven helechos de linaje macaronésico como Woodwardia radicans, reliquias del clima subtropical que cubrió el sur de Europa en el Terciario.
Higueras estranguladoras: cuando la planta es el depredador
Varias especies del género Ficus practican una estrategia que parece sacada de un guion. Un ave deposita la semilla en la horquilla de una rama, a varios metros del suelo. La plántula germina allí arriba como epífita, sin tocar tierra, y empieza a emitir raíces aéreas que descienden por el tronco del árbol soporte. Cuando esas raíces llegan al suelo engordan, se fusionan entre sí y forman una malla que impide el crecimiento en grosor del hospedador mientras la copa del ficus le roba la luz. El árbol original muere y se descompone, y queda un cilindro hueco de raíces entrelazadas.
El Ficus benghalensis, el baniano indio, va un paso más allá: emite raíces columnares desde las ramas horizontales que, al enraizar, se convierten en troncos nuevos. Un solo individuo puede acabar cubriendo más de una hectárea y parecer un bosque entero. El Great Banyan del jardín botánico de Calcuta tiene miles de raíces columnares y una circunferencia de copa de cientos de metros.
No hace falta irse a Asia para ver el fenómeno en escala reducida. En la Costa del Sol, Canarias o Valencia es habitual ver Ficus microcarpa o Ficus elastica emitiendo raíces aéreas desde las ramas. Y por eso mismo ninguna higuera de este grupo debe plantarse cerca de muros, acerados o alcantarillado: el sistema radicular que estrangula árboles también levanta pavimentos.
Otros récords que merecen figurar
La flor individual más grande es la de Rafflesia arnoldii, de Sumatra y Borneo: cerca de un metro de diámetro, sin hojas, sin tallo y sin clorofila, porque es un parásito estricto de lianas del género Tetrastigma. Huele a carne descompuesta para atraer moscas.
La mayor inflorescencia no ramificada corresponde a Amorphophallus titanum, el aro titán, que levanta una estructura de hasta tres metros. Es inflorescencia, no flor: dentro hay cientos de flores diminutas.
La semilla más grande es la del coco de mar, Lodoicea maldivica, endémica de dos islas de Seychelles, con ejemplares que rozan los veinte kilos.
La planta más pequeña con flor es Wolffia, una lenteja de agua del tamaño de un grano de sal que flota en balsas y acequias, también en España.
El crecimiento más rápido del mundo vegetal no es de un árbol sino de algunos bambúes, que en condiciones óptimas superan medio metro en 24 horas. Y aquí llega otra corrección: el bambú no es un árbol, es una gramínea, la misma familia que el trigo o el césped. Lo que sube tan rápido es un tallo que ya trae prefabricados todos sus entrenudos y solo tiene que estirarlos.
Añado uno que suele pasar desapercibido y que es, quizá, el más importante de todos: las plantas terrestres y el fitoplancton marino son responsables de prácticamente todo el oxígeno atmosférico. Y de ese total, algo más de la mitad lo producen las algas microscópicas del océano, no los bosques. La frase de que la Amazonia es el pulmón del planeta es, en rigor, inexacta: un bosque maduro consume por respiración casi tanto oxígeno como fija. Su valor real está en el carbono almacenado y en el ciclo del agua, que no es poco.
Qué nos enseña todo esto sobre nuestro jardín
Los récords no son solo anécdota. Detrás de cada uno hay una lección práctica.
El eucalipto recuerda que el crecimiento rápido siempre tiene un coste en agua, nutrientes y madera frágil. Los árboles que crecen deprisa suelen tener madera blanda, vida corta y ramas que rompen con el viento. Si busca sombra duradera junto a la casa, un almez, un roble o un plátano le servirán mejor que la especie de moda que promete diez metros en tres años.
El saguaro ilustra el error más común con las suculentas: se riegan como si fueran plantas de interior cuando su estrategia consiste precisamente en almacenar y esperar. Un cactus en maceta en clima peninsular sobrevive perfectamente con riegos muy espaciados de abril a septiembre y prácticamente ninguno en invierno.
Las secuoyas enseñan que el suelo manda: profundidad, frescor y ausencia de caliza. Y las higueras estranguladoras, que el sistema radicular de un árbol ocupa un volumen comparable al de su copa y no entiende de linderos ni de tuberías.
En resumen
El eucalipto crece a una velocidad extraordinaria, pero a costa de un consumo de agua que lo hace inadecuado para jardines pequeños. Las secuoyas reparten los récords: Sequoia sempervirens es la más alta, Sequoiadendron giganteum la de mayor volumen y el pino longevo Pinus longaeva el más viejo, con casi cinco milenios.
El saguaro es agua en un 85 o 90 % de su peso y tarda medio siglo en sacar el primer brazo. Los helechos precedieron a las flores en más de cien millones de años y siguen dependiendo del agua líquida para reproducirse. Y las higueras estranguladoras demuestran que una planta puede ser depredadora sin moverse.
La conclusión útil es sencilla: cada récord es la solución extrema a un problema concreto de agua, luz o espacio. Cuando elija una planta para su jardín, pregúntese qué problema resolvió esa especie en su hábitat original. La respuesta le dirá casi todo sobre cómo debe cuidarla.