Julio, dos de la tarde, terraza orientada al sur: las hojas de la hortensia cuelgan como trapos y el primer impulso es correr a por la regadera. Espera. Ese marchitamiento no significa necesariamente que falte agua, y regar en ese momento es una de las peores decisiones que se pueden tomar.
El verano peninsular concentra la mayor parte de los fallos de riego del año, y no siempre por defecto. En julio y agosto mueren tantas plantas ahogadas como sedientas, porque el calor tienta a regar todos los días sin comprobar nada. Vamos por partes.
El marchitamiento del mediodía no es sed
Cuando la temperatura pasa de 32 o 33 °C y la humedad relativa cae, la planta pierde agua por transpiración más rápido de lo que las raíces pueden absorberla, aunque el sustrato esté húmedo. Entonces cierra los estomas y deja caer las hojas para reducir la superficie expuesta. Es un mecanismo de defensa, no un síntoma.
Se distingue muy fácil: a las nueve de la noche, con el sustrato húmedo, la planta se ha recuperado sola. Si sigue caída al fresco de la mañana siguiente, entonces sí hay un problema de agua —o de raíces—. Las especies de hoja grande y blanda lo hacen a diario en agosto: hortensias, hostas, calabacines, ricinos, hibiscos. Regarlas cada vez que las veas mustias a mediodía es el camino más directo a pudrir el cepellón.
Cuándo regar: la hora y la frecuencia
La mejor hora es el amanecer, entre las seis y las nueve. El sustrato está fresco, la evaporación es mínima, la planta llega hidratada al momento de máxima demanda y el follaje que se haya mojado se seca en cuanto sale el sol.
El atardecer, a partir de las nueve de la noche, es la segunda mejor opción y en la práctica la más realista para quien trabaja. Tiene un inconveniente: el follaje y la superficie del sustrato pasan la noche húmedos, lo que favorece oídio, botritis, mildiu y la actividad de caracoles y babosas. En el huerto y en los rosales, ese detalle cuenta.
Lo que no se debe hacer es regar entre las doce y las seis de la tarde. Y conviene aclarar el motivo, porque el que se repite no es cierto: las gotas de agua sobre las hojas no actúan como lupas ni queman nada. Se ha comprobado experimentalmente y, con hojas planas, la gota no llega a concentrar luz suficiente antes de evaporarse. Los motivos reales para no regar a mediodía son otros y son suficientes: se pierde una parte importante del agua por evaporación antes de que llegue a las raíces, el agua fría sobre un sustrato a 40 °C provoca un choque térmico en las raíces finas, y en tierra recalentada el agua tiende a canalizarse y salir por el drenaje sin humedecer el cepellón.
En cuanto a la frecuencia, no hay número. Depende de la especie, del tamaño y material de la maceta, del sustrato y del viento —que deshidrata más que el sol—. Como orientación en clima peninsular de interior seco, en pleno agosto: las macetas pequeñas de barro al sol pueden pedir agua a diario o incluso dos veces al día; las macetas grandes de plástico en semisombra, cada tres o cuatro días; las plantas de interior, cada cinco o siete; las mediterráneas plantadas en suelo (romero, lavanda, olivo, adelfa), cada dos o tres semanas el primer verano y prácticamente nada a partir del segundo.
La única forma fiable de decidir es comprobar. Mete el dedo hasta el segundo nudillo: si notas humedad, no riegues. Un palito de madera clavado en el cepellón y extraído sale oscuro y con tierra pegada si hay humedad, limpio y seco si no. Y el método más preciso para macetas: levantarlas. La diferencia de peso entre un cepellón empapado y uno seco es enorme y en dos semanas se aprende a juzgar por el brazo. Los medidores de humedad baratos de dos varillas, en cambio, miden conductividad eléctrica y se dejan engañar por las sales de los abonos; no te fíes de ellos.
Cómo regar: poco y a menudo es el error clásico
La regla es la contraria: riegos abundantes y espaciados. Un riego superficial diario moja los tres centímetros de arriba, que se evaporan al mediodía, y enseña a las raíces a quedarse en la capa más caliente y volátil del sustrato. Un riego a fondo cada varios días obliga a las raíces a profundizar, donde la temperatura es más estable y la humedad dura.
En maceta, riega despacio hasta que salga agua por los agujeros del fondo, espera cinco minutos y repite. Ese segundo pase es el que de verdad satura el cepellón. En suelo, un riego correcto para un arbusto establecido moja los primeros 25 o 30 centímetros del perfil; comprueba con una paletina la primera vez, porque casi siempre se riega menos de lo que se cree.
Hay una situación que da muchos disgustos: el sustrato de turba muy seco se vuelve hidrófobo. Se encoge, se separa de las paredes de la maceta y el agua baja por ese hueco perimetral y sale por el drenaje en tres segundos. La maceta pesa lo mismo que antes, pero parece regada. La solución es el riego por inmersión: meter la maceta en un barreño con agua hasta media altura y dejarla veinte o treinta minutos, hasta que la superficie del sustrato se oscurezca. Después, escurrir bien.
Riega siempre a la base de la planta, no sobre el follaje. Mojar hojas y flores multiplica las enfermedades fúngicas —oídio en calabacines, rosales y begonias; botritis en las flores; mildiu en la tomatera—, mancha de cal los pétalos y, en plantas de hoja pubescente como las violetas africanas (Saintpaulia ionantha) o las gloxinias, deja marcas permanentes. Excepción: en olas de calor viene bien pulverizar el ambiente alrededor de las plantas de interior tropicales a primera hora, nunca las hojas en pleno sol.
Los platos, con condiciones
Un plato bajo la maceta es útil en verano porque aprovecha el agua que escurre y crea un microambiente húmedo. Pero no debe quedar lleno: pasados veinte o treinta minutos, vacíalo. Un cepellón permanentemente sumergido en dos dedos de agua se queda sin oxígeno, las raíces finas se asfixian, aparece Phytophthora y en dos semanas la planta se marchita con la tierra empapada. Es el cuadro que más se confunde con falta de riego.
La alternativa buena: llenar el plato con arcilla expandida o grava y apoyar la maceta encima. El agua se evapora y sube la humedad ambiental sin que la base toque el líquido.
Solo unas pocas plantas agradecen el plato con agua de forma continuada, y son las de humedal: papiros (Cyperus), cala (Zantedeschia aethiopica), juncos ornamentales. Para todo lo demás, plato seco.
Qué agua usar
El agua de lluvia es la mejor: blanda, sin cal y con pH ligeramente ácido. Si tienes un bidón, guárdala tapada para que no críe larvas de mosquito.
El agua del grifo sirve para casi todo, con dos matices. El primero es el cloro: dejar reposar la regadera unas horas ayuda a que se disipe, aunque muchas redes usan ya cloraminas, que no se evaporan; en cualquier caso, las concentraciones del agua potable no dañan a las plantas de jardín. El segundo, más serio, es la cal. En buena parte de España el agua es dura, y regar durante meses con ella sube el pH del sustrato y bloquea la absorción de hierro y manganeso.
Eso lo pagan las acidófilas: hortensias, azaleas, camelias, rododendros, gardenias, arándanos y cítricos. La señal es inconfundible, clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios marcados en verde, empezando por las hojas jóvenes. Riégalas con agua de lluvia siempre que puedas; si no, acidifica el agua hasta un pH de 5,5 a 6,5. Un chorrito de vinagre o unas gotas de limón por litro sirven, pero mide con tiras de pH la primera vez en lugar de improvisar la dosis, porque depende por completo de la dureza de tu agua.
Un detalle que se pasa por alto: la temperatura del agua. En agosto, la manguera que ha estado al sol suelta los primeros metros a 45 o 50 °C, suficiente para escaldar raíces superficiales y césped. Deja correr el agua unos segundos antes de regar. En el extremo contrario, el agua muy fría directa del pozo sobre un cepellón caliente también frena la absorción; templada es siempre mejor.
Reducir la necesidad de regar
Regar bien también es tener que regar menos.
El acolchado es la medida con mejor relación esfuerzo-resultado: cinco centímetros de corteza de pino, paja, restos de siega secos o grava sobre la superficie reducen la evaporación de forma notable y mantienen el suelo varios grados más fresco. En el huerto es casi obligatorio en julio.
El material de la maceta cambia el ritmo: el barro sin esmaltar transpira y se seca mucho antes que el plástico o el esmaltado. Para plantas sedientas en balcón al sol, el plástico es la elección práctica; para plantas que temen el exceso de agua, como cactus y crasas, el barro es un seguro.
Agrupa las macetas juntas: transpiran unas sobre otras y elevan la humedad local. Y protege del sol de tarde con una malla de sombreo del 40 o 50 % las especies que no lo soportan, que en el interior peninsular son muchas más de las que se supone.
Casos particulares del verano
Cactus y suculentas sí se riegan en verano: están en pleno crecimiento y agradecen un riego a fondo cada diez o quince días. Solo con calor extremo sostenido, por encima de 38 °C, muchas entran en parada estival y conviene espaciar.
Tomates y pimientos necesitan regularidad más que cantidad. Las alternancias de sequía y encharcamiento son la causa de la necrosis apical —el culo negro del tomate—, que no es una enfermedad sino un problema de absorción de calcio provocado por el riego irregular, y también del agrietado de los frutos.
El césped pide riegos profundos y espaciados, dos o tres a la semana, mejor que quince minutos diarios. Y si se pone pajizo en agosto, no siempre está muerto: las gramíneas de estación fría entran en latencia y rebrotan con las lluvias de septiembre.
Los recién plantados de esta primavera, sean árboles, arbustos o setos, son los que más vigilancia necesitan: su sistema radicular todavía cabe en el cepellón original y no alcanza la humedad profunda. Ese primer verano no se les puede aplicar el criterio de una planta establecida.
En resumen
Riega al amanecer o, en su defecto, ya de noche; nunca en las horas centrales, no porque las gotas quemen —no lo hacen— sino por la evaporación, el choque térmico y la mala infiltración. Comprueba antes con el dedo, con un palito o levantando la maceta, en lugar de regar por calendario.
Cuando riegues, hazlo a fondo hasta que drene, a la base y no sobre las hojas, y espacia los riegos para que las raíces bajen. Vacía los platos a la media hora, acidifica el agua para hortensias, azaleas y cítricos si la tuya es dura, y acolcha la superficie. Y si a las tres de la tarde encuentras las hojas caídas, mira otra vez al anochecer antes de decidir nada.