El jardín inglés es probablemente el estilo de jardinería más imitado del mundo y también el peor entendido. Se confunde habitualmente con "un jardín con muchas flores" o con "un jardín descuidado a propósito", y no es ni una cosa ni la otra. Es un estilo con reglas muy concretas, nacido de una reacción deliberada contra el jardín formal francés, y con una lógica interna que se puede aprender y aplicar.
La mala noticia para quien jardinee en España es que el jardín inglés se diseñó para un clima que aquí no tenemos. La buena es que sus principios de composición sí son trasladables, a condición de cambiar la paleta de plantas. Vamos a ver de dónde viene, cuáles son sus reglas reales y cómo adaptarlo sin que se convierta en un desastre en agosto.
Los orígenes: una rebelión contra la simetría
Durante el siglo XVII, el modelo dominante en Europa era el jardín formal francés, cuya obra maestra es Versalles: ejes rectilíneos, simetría absoluta, parterres de bordura recortada, agua canalizada en geometrías perfectas y árboles podados en formas arquitectónicas. Era un jardín que expresaba el dominio de la razón y del poder sobre la naturaleza.
A comienzos del siglo XVIII, en Inglaterra, se produce un giro completo. William Kent es el primero en romper con la simetría de forma sistemática, y Lancelot "Capability" Brown lleva el nuevo estilo a su expresión más radical entre 1750 y 1780: elimina los parterres formales, extiende praderas de césped hasta las mismas paredes de la casa, modela el terreno en colinas suaves, crea lagos de contorno irregular represando arroyos y planta bosquetes de árboles agrupados. El resultado es un paisaje que parece natural, aunque cada colina y cada masa de árboles esté puesta a mano.
Las razones de este cambio son más interesantes de lo que parece:
La pintura. Los paisajistas influyentes de la época, sobre todo Claudio de Lorena y Nicolas Poussin, pintaban campiñas idealizadas con ruinas clásicas, arboledas y agua en calma. El jardín inglés intenta construir esos cuadros en tres dimensiones. De ahí las ruinas falsas, los templetes y los puentes decorativos.
La política. No es casual que el estilo naciera en Inglaterra. La geometría de Versalles se asociaba al absolutismo francés; el paisaje libre e irregular se leía como una expresión de la libertad whig y del gobierno parlamentario. El jardín era una declaración ideológica.
El clima. Un césped verde todo el año, sin riego, solo es viable en un clima oceánico con lluvia repartida durante todos los meses. El estilo inglés es en buena medida un producto de la meteorología de las islas británicas.
Un matiz importante: lo que hoy la mayoría de la gente llama "jardín inglés" no es el paisajismo de Capability Brown, sino algo posterior. A finales del siglo XIX, William Robinson y sobre todo Gertrude Jekyll reaccionaron contra la moda victoriana de los macizos de flores exóticas plantados en dibujos geométricos, y propusieron un jardín de herbaceous borders: grandes bandas de plantas vivaces mezcladas, compuestas por color y textura como si fueran pintura. Jekyll, que se formó como pintora y perdió vista de cerca, aplicaba la teoría del color a las borduras con una precisión notable. Ese es el jardín inglés del imaginario popular: la casa de campo con borduras desbordantes de delfinios, rosas y lupinos.
Las reglas de oro del diseño
Aunque el estilo parezca informal, obedece a principios muy definidos. Estos son los que de verdad importan.
1. Nada de líneas rectas ni de simetría. Los caminos serpentean, los bordes de las praderas ondulan, los estanques tienen contornos irregulares. Pero atención al matiz que separa a un buen jardín inglés de uno malo: las curvas deben tener una razón. Un camino curvo que serpentea sobre un terreno plano y despejado se ve artificial y ridículo. La curva debe rodear algo: un árbol, un macizo, un cambio de nivel, una roca. En el buen diseño paisajista, el camino se desvía porque hay un obstáculo, real o creado a propósito.
2. Ocultar para revelar. Es el principio más característico y el más olvidado. El jardín no se enseña de golpe: se descubre a medida que se recorre. Un seto, un grupo de arbustos o un cambio de rasante impide ver lo que hay más allá, y al doblar la curva aparece una escena nueva. Los ingleses lo llaman mystery and surprise. Un jardín pequeño gana enormemente con esto, porque parece mayor de lo que es.
3. Vistas enmarcadas y puntos focales. Aunque la composición sea irregular, hay escenas compuestas deliberadamente. Se enmarca una vista lejana entre dos masas de arbolado, se sitúa un banco, una escultura, un árbol singular o un templete al final de una perspectiva. Cada uno de esos elementos tira del visitante hacia adelante.
4. La transición gradual: alto, medio y bajo. Las plantaciones se estructuran en tres estratos que se funden entre sí: arbolado de fondo, arbustos y vivaces altas en el medio, y tapizantes y vivaces bajas delante. Nada de bloques con bordes definidos: los grupos se solapan y se entremezclan en las juntas.
5. Plantar en masas impares y en derivas alargadas. Esta es la regla técnica que más diferencia visual produce. En lugar de plantar ejemplares sueltos repartidos, se plantan grupos de 3, 5, 7 o más individuos de la misma especie, y esos grupos no son redondos sino alargados y en diagonal respecto a la línea de visión, lo que Jekyll llamaba drifts. El resultado, según se recorre la bordura, es que cada especie aparece y desaparece progresivamente en lugar de presentarse como una mancha aislada. Un jardín con un ejemplar de cada cosa siempre se ve confuso.
6. Repetir para dar unidad. La contrapartida de la variedad. Se repite una misma planta, un mismo color o un mismo tipo de follaje a intervalos a lo largo del jardín. Esa repetición es lo que impide que la mezcla se convierta en caos y lo que hace que el conjunto se lea como una composición y no como una colección.
7. Sucesión de floración. Una bordura bien diseñada tiene interés desde marzo hasta noviembre, porque las especies se relevan: bulbos de primavera, vivaces de principios de verano, floración estival, y en otoño estructuras secas y gramíneas. Diseñar solo para el momento de máxima floración es el error del principiante.
8. El césped como espacio, no como relleno. En el jardín inglés clásico la pradera es un elemento de composición: es el vacío que da respiro, refleja la luz y sirve de contrapunto a la densidad de las borduras. No es lo que queda cuando no sabes qué poner.
Los elementos característicos
La bordura mixta (mixed border). El elemento estrella. Una franja de plantación de al menos 2-3 metros de fondo (menos de eso no permite los tres estratos), apoyada contra un seto, un muro de ladrillo o una valla que hace de telón de fondo. Ese fondo es imprescindible: sin él, las plantas no destacan.
El ha-ha. Una invención inglesa deliciosa: una zanja con muro de contención en su cara interna, situada en el límite de la finca. Desde la casa no se ve, así que la vista se prolonga sin interrupción hacia la campiña, pero impide que el ganado entre en el jardín. Es la solución perfecta al problema de cercar sin cercar visualmente.
Los rosales. Sobre todo trepadores sobre arcos, pérgolas y muros, y arbustivos de flor antigua. Es difícil imaginar un jardín inglés sin ellos.
El agua en calma. Estanques de contorno irregular, con vegetación en las orillas que difumina el borde. Nunca fuentes con chorros geométricos.
Materiales naturales y envejecidos. Ladrillo, piedra local, madera, grava. El estilo inglés valora la pátina: el musgo en la piedra y el liquen en un banco de madera son parte del efecto buscado, no un defecto.
Setos como estructura. Es la aparente contradicción del estilo: dentro de un jardín informal, los setos recortados de tejo, boj o carpe aportan la geometría que sostiene el conjunto. En invierno, cuando las vivaces han desaparecido, esos setos son lo único que mantiene el jardín en pie visualmente.
Cómo adaptarlo al clima español
Aquí está el punto crítico. Copiar literalmente un jardín inglés en Madrid, Sevilla o Murcia produce un desastre: un consumo de agua insostenible, plantas que se achicharran en julio y una decepción cara. Los delfinios, los lupinos, las hostas y las astilbes son plantas de clima fresco y húmedo, y en el interior peninsular no tienen nada que hacer.
Lo que sí se traslada perfectamente son los principios de composición: la asimetría, las derivas alargadas, la repetición, los tres estratos, ocultar y revelar, los puntos focales. Todo eso funciona con cualquier paleta vegetal.
La adaptación consiste en sustituir las plantas manteniendo el papel que cumplían:
En lugar de los delfinios y digitales (verticalidad): Salvia nemorosa y otras salvias arbustivas, Verbascum, Perovskia atriplicifolia, gauras, Verbena bonariensis.
En lugar de las hostas y astilbes (follaje en sombra): Acanthus mollis, que es autóctono y espectacular, helechos como Asplenium y Polystichum en los rincones frescos, Bergenia.
Para la masa arbustiva: lavandas, romeros, Teucrium fruticans, Phlomis, Cistus, Nepeta, santolinas. La lavanda es especialmente útil porque hace exactamente el mismo papel de masa gris-azulada repetida que en Inglaterra cumplen otras plantas, y aquí no necesita riego.
Para los setos estructurales: el boj sufre mucho con el taladro del boj y con el calor seco. Mejor Viburnum tinus (durillo), mirto (Myrtus communis), Pittosporum tobira o incluso Teucrium. Todos se recortan bien y aguantan el verano.
Para el arbolado de fondo: almez, encina, olivo, Quercus faginea, granados, en lugar de robles y hayas.
Gramíneas: Stipa tenuissima, Miscanthus, Pennisetum. Aportan movimiento y suavizan las masas, que es la función que en el jardín inglés tienen muchas vivaces de floración larga.
Y sobre todo, el césped. Es el elemento menos trasladable. Una pradera de ray-grass en Sevilla puede consumir 1.000 litros por metro cuadrado y año. Las alternativas razonables: reducir drásticamente su superficie y dejarlo solo donde de verdad se pise, usar especies adaptadas como la grama (Cynodon dactylon) o Zoysia, que amarillean en invierno pero consumen mucho menos, o sustituirlo por grava, tapizantes o praderas rústicas segadas.
Errores frecuentes
Confundir informal con descuidado. Un jardín inglés bien llevado exige más mantenimiento que uno formal, no menos: despuntado de flores marchitas, tutorado, división de vivaces cada tres o cuatro años, recorte de setos dos veces al año. La naturalidad es un efecto trabajado.
Bordura demasiado estrecha. Con un metro de fondo no caben tres estratos. Si no tienes espacio para 2-3 metros, mejor plantea un esquema distinto que hacer una versión aplastada.
Plantar de uno en uno. El error más visible. Comprar un ejemplar de cada especie que gusta produce un jardín ruidoso y sin composición. Es preferible tener 8 especies en grupos de 5 que 40 especies sueltas.
Olvidar el invierno. Sin estructura permanente (setos, arbustos perennes, árboles, elementos construidos), de noviembre a marzo el jardín es un solar. La estructura es lo que se diseña primero, no lo último.
Curvas sin motivo. Ya se ha dicho, pero se repite constantemente: caminos ondulantes sobre una parcela plana y vacía, que parecen dibujados con un compás.
En resumen
El jardín inglés nació en el siglo XVIII como reacción a la geometría del jardín formal francés, inspirado en la pintura paisajista, y se transformó a finales del XIX en el estilo de borduras de vivaces que hoy asociamos con él gracias a William Robinson y Gertrude Jekyll.
Sus reglas reales son asimetría con curvas justificadas, ocultar para revelar, tres estratos de plantación, masas impares en derivas alargadas, repetición para dar unidad y sucesión de floración. Nada de eso depende del clima.
Lo que sí depende del clima es la paleta vegetal. En España, mantén los principios de composición y cambia las plantas por especies mediterráneas: salvias, lavandas, Perovskia, gramíneas, mirto y durillo en lugar de delfinios, hostas y boj. Y sé especialmente crítico con el césped, que es la parte del modelo británico que peor viaja al sur. Un jardín inglés adaptado con cabeza puede ser precioso aquí; uno copiado literalmente es una factura de agua y una decepción.