Dos macizos plantados con exactamente las mismas especies pueden verse impecables uno y desordenados el otro, sin más diferencia que el orden en que están colocados los colores. El color es lo primero que percibe el ojo cuando entra en un jardín, antes que la forma de las hojas o la textura del suelo, y es también lo que más se decide por impulso: en el vivero, delante de una mesa de plantas en flor, cada una de un tono distinto. De ahí salen los jardines que no acaban de funcionar aunque las plantas estén sanas.

Combinar colores en un jardín no es lo mismo que combinarlos en una habitación. Aquí la luz cambia cada hora, el fondo es verde y se mueve, los tonos aparecen y desaparecen con las estaciones y ninguna mancha de color tiene un contorno limpio. Con esas reglas de juego se puede trabajar perfectamente, pero hay que conocerlas.

La luz de aquí manda sobre la teoría del color

La rueda de color de los manuales de diseño se escribió en países de cielo cubierto. Bajo la luz difusa y grisácea del norte de Europa, un rosa pálido o un malva lavado tienen cuerpo. Bajo el sol de julio en Ciudad Real, a las tres de la tarde, ese mismo rosa se lava hasta parecer blanco sucio y el macizo entero se ve descolorido. La luz intensa satura el ambiente y desatura la percepción de los tonos suaves: cuanto más fuerte pega el sol, más saturado tiene que ser el color para sostenerse.

Por eso los amarillos rotundos, los naranjas, los magentas y los azules profundos funcionan tan bien en el interior peninsular y en el Mediterráneo, y por eso la buganvilla (Bougainvillea glabra), el geranio rojo o el amarillo del Phlomis fruticosa se ven naturales en un patio andaluz y estridentes en un jardín de la cornisa cantábrica. En Galicia, Asturias o el País Vasco pasa lo contrario: con cielo blanco la mayor parte del año, las hortensias (Hydrangea macrophylla), las camelias y los verdes profundos tienen una densidad que en Murcia sería imposible mantener.

Hay un segundo efecto de la luz que apenas se tiene en cuenta al plantar, y es de los que más rendimiento dan. Al anochecer, cuando la vista pasa de la visión diurna a la crepuscular, la sensibilidad del ojo se desplaza hacia las longitudes de onda cortas: los azules y los blancos parecen encenderse y los rojos se apagan hasta volverse casi negros. Es el efecto Purkinje. Si el jardín se disfruta sobre todo después de cenar, que es lo habitual en un verano español, plantar rojo oscuro es tirar el dinero y plantar blanco, azul claro y plateado es multiplicarlo.

Jardín con macizos de flores de distintos colores

Tres esquemas que aguantan bien y por qué

No hace falta manejar la rueda cromática entera. Con tres esquemas se resuelve prácticamente cualquier jardín particular, y lo importante es elegir uno y no mezclarlos en el mismo golpe de vista.

Gama de un solo color (monocromo con matices). Se elige un tono y se juega con sus variaciones de claro a oscuro. Un macizo de azules y violetas con Lavandula angustifolia, Salvia nemorosa 'Caradonna', Nepeta x faassenii, Perovskia (hoy Salvia yangii) y Agapanthus praecox nunca falla, entre otras cosas porque son plantas que quieren lo mismo: sol, drenaje y poca agua. Es el esquema más fácil de acertar y el más aburrido si el macizo es pequeño: necesita variedad de formas para compensar la falta de variedad de color. Espigas verticales, cúpulas y masas laxas en el mismo grupo.

Colores vecinos (análogos). Tonos contiguos en la rueda: amarillo, naranja y rojo; o azul, violeta y rosa frío. Da más movimiento que el monocromo sin perder la sensación de conjunto. Un ejemplo de otoño que funciona bien en el centro peninsular: Rudbeckia fulgida, Helenium, Achillea 'Terracotta' y las inflorescencias trigueñas de Stipa tenuissima.

Colores opuestos (complementarios). Azul con naranja, amarillo con violeta, rojo con verde. Es el esquema de más impacto y el más fácil de estropear, porque a partes iguales los dos colores compiten y el ojo no sabe dónde posarse. La proporción correcta no es mitad y mitad: es alrededor de un 80 % del color dominante y un 20 % del contrario. Una masa amplia de lavanda con unas pocas manchas de Achillea filipendulina amarilla funciona; media parcela de cada cosa, no.

El verde es un color, no un fondo

El error de fondo en un jardín mal resuelto es tratar el verde como si fuera papel en blanco. No lo es: es el color que ocupa más superficie y el que está presente los doce meses del año, mientras que la floración de una vivaz dura tres o cuatro semanas. Si el conjunto de verdes está mal resuelto, el jardín se ve mal 48 semanas al año aunque las flores sean espectaculares las otras cuatro.

Hay verdes azulados (Festuca glauca, Eucalyptus, muchos Cupressus), verdes amarillentos (Choisya ternata 'Sundance', muchas gramíneas), verdes grises (olivo, Teucrium fruticans, Santolina), verdes oscuros casi negros (Buxus sempervirens, Taxus baccata, Laurus nobilis) y verdes brillantes (Prunus laurocerasus, Viburnum tinus). Un seto de tejo o de Prunus oscuro detrás de un macizo hace que los colores salten hacia adelante, igual que un fondo negro en una fotografía; el mismo macizo delante de una tapia blanca pierde la mitad de su fuerza porque compite con un fondo más luminoso que las propias flores.

La otra cara de la moneda: las hojas de color oscuro o purpúreo cuentan como flor y duran toda la temporada. Un Cotinus coggygria 'Royal Purple', un Berberis thunbergii 'Atropurpurea' o un Loropetalum chinense rubrum dan más meses de color que casi cualquier planta de flor, y anclan un esquema de rosas y violetas mucho mejor que añadir más flor.

Blanco, plata y verde: los que apagan el ruido

Se repite mucho que el blanco combina con todo. Es media verdad y conviene matizarla, porque bajo sol fuerte el blanco puro es el color de mayor contraste que existe en un jardín: contra follaje oscuro y a pleno mediodía deslumbra y fragmenta la vista en puntos brillantes. Si lo que se busca es calmar un conjunto, funcionan mejor los blancos rotos, los cremas y los marfiles, o el blanco a la sombra y al atardecer, donde sí actúa como pausa.

El auténtico gran conciliador en clima seco es el gris plateado. Santolina chamaecyparissus, Artemisia 'Powis Castle', Stachys byzantina, Convolvulus cneorum, Teucrium fruticans o el propio olivo separan colores que juntos chirriarían: un rojo y un magenta pegados uno al otro se pelean, con una mancha de plata en medio conviven. Además son plantas de bajo consumo de agua, con lo que la solución estética coincide con la solución agronómica, algo que no pasa tantas veces.

Masas, repetición y el efecto confeti

La combinación de colores no depende solo de qué tonos se eligen, sino de en qué cantidad y con qué ritmo aparecen. El fallo más habitual en un jardín particular es plantar un ejemplar de cada cosa: quince plantas distintas de quince colores distintos producen una mezcla que a un metro parece confeti y a diez metros parece gris.

Dos reglas prácticas que resuelven esto:

Planta en grupos impares y suficientemente grandes. Tres, cinco o siete unidades de la misma variedad juntas forman una mancha de color legible desde lejos. En vivaces pequeñas (nepeta, salvias, gauras), grupos de cinco a siete por metro cuadrado; en arbustos medianos, de tres.

Repite la misma mancha a lo largo del macizo. Que el mismo azul reaparezca tres veces separadas es lo que da unidad al conjunto y hace que el ojo lo recorra en lugar de saltar. Esta repetición es, más que la elección de tonos, lo que distingue un jardín diseñado de una colección de plantas.

Un tercer matiz de percepción que se usa poco: los colores cálidos avanzan y los fríos retroceden. Un macizo naranja al fondo de una parcela larga acorta visualmente el jardín; azules y violetas en la misma posición lo alargan. En jardines pequeños, dejar los cálidos cerca de la casa y los fríos al fondo gana metros aparentes sin mover un solo muro.

Macizo de jardín con distintas gamas de color y fondo de arbustos

El color tiene calendario

Un esquema de color no se juzga en una foto, se juzga a lo largo de doce meses. La trampa clásica del vivero es comprar en abril y mayo, cuando está todo florecido, y acabar con un jardín que estalla en primavera y no tiene nada que ofrecer de julio a marzo. Conviene repartir:

Invierno. Corteza, bayas y flor temprana. Viburnum tinus, Chimonanthus praecox, Camellia japonica en zonas de suelo ácido y clima húmedo, hamamelis en el norte. Los tonos de invierno son pocos y por eso cada uno vale por diez.

Primavera. Bulbos (Narcissus, Tulipa, Muscari), Iris germanica, Cistus, cítricos en flor, la primera oleada de rosales. Es la estación en que sobra color, así que aquí el trabajo consiste en contener y no en añadir.

Verano. Es donde se decide todo en España, porque es cuando más se usa el jardín y cuando más plantas fallan. Vivaces y arbustos de flor larga y aguante: Lantana camara, Plumbago auriculata, Gaura lindheimeri (hoy Oenothera lindheimeri), Perovskia, Hemerocallis, Verbena bonariensis, rosales de floración continua.

Otoño. Gramíneas espigadas a contraluz, Sedum 'Herbstfreude', Aster, y el color de hoja de Acer palmatum, Liquidambar, Parthenocissus o la propia parra. Es la estación peor aprovechada en los jardines españoles y una de las más agradecidas.

Una manera sencilla de comprobar si el reparto está bien: hacer una tabla de doce columnas y anotar, planta por planta, en qué meses aporta color. Los huecos saltan a la vista de inmediato y suelen concentrarse en agosto y en enero.

El color que ya está puesto y no se puede quitar

Antes de elegir una sola planta hay que mirar lo que ya tiene color en el jardín y no se va a mover: la fachada de la casa, el tono del suelo, el pavimento, la valla, el mobiliario, incluso la tierra desnuda entre plantas. Una tapia encalada, un muro de ladrillo visto naranja y un cerramiento de acero corten no piden lo mismo ni de lejos.

Sobre el ladrillo rojo o el corten, los rojos y naranjas se pierden por falta de contraste y los azules, violetas y blancos crema destacan. Sobre encalado blanco, los tonos oscuros y saturados funcionan y los pasteles desaparecen. Y sobre albero o grava clara, muy común en jardines del sur, los amarillos suaves se disuelven mientras los azules profundos y los verdes grises se ven perfectamente. También cuenta el acolchado: una corteza de pino oscura hace de fondo neutro y unifica; una grava blanca de mármol reflecta luz hacia arriba y aclara todo lo que tiene encima.

Errores frecuentes

Comprar por la flor y no por la planta. La flor dura semanas; el porte, la hoja y la exigencia de riego duran años. Y una planta mal adaptada acaba amarilleando, que también es un color y no el que se buscaba.

Mezclar rosas azulados con rosas anaranjados. Es la combinación que más rechina y la más fácil de cometer, porque en la etiqueta ambos ponen "rosa". Un magenta frío junto a un salmón cálido produce una vibración incómoda; hay que decidir si la gama va hacia el azul o hacia el amarillo, y ser consecuente en todo el macizo.

Un color por planta y ninguno repetido. Ya comentado: sin repetición no hay composición, solo colección.

Olvidar la distancia de visión. Los tonos suaves y las combinaciones sutiles solo se aprecian a menos de tres o cuatro metros, junto a un banco o una entrada. Un fondo de parcela que se ve desde la terraza a treinta metros necesita masas grandes y contrastes claros o no se leerá nada.

Plantar el macizo sin ir a mirarlo desde donde se mira de verdad. Muchos jardines se componen agachado, con la planta en la mano, y luego se contemplan de pie desde la ventana del salón. Merece la pena poner las plantas todavía en su maceta, ir hasta ese punto de vista y decidir desde allí.

En resumen

Combinar color en el jardín consiste en tomar unas pocas decisiones y sostenerlas. Elegir un esquema (una gama, tonos vecinos o dos opuestos en proporción 80-20), respetar la luz que se tiene, tratar los verdes como colores de pleno derecho, plantar en masas impares y repetirlas, usar el plateado y los blancos rotos para separar lo que chirría, y repartir la floración a lo largo del año en vez de concentrarla en mayo.

Todo lo demás es afinar. Si algo no acaba de funcionar, casi siempre el problema no es que sobre un color sino que faltan cantidad y repetición: antes de arrancar nada, prueba a multiplicar por tres el grupo que ya tienes.


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