El bambú tiene fama de planta difícil y de planta peligrosa a la vez, y en realidad no es ninguna de las dos cosas: es una gramínea leñosa con unas necesidades muy concretas y un comportamiento subterráneo que hay que conocer antes de plantar, no después. La mayoría de los disgustos con el bambú no vienen de haberlo cuidado mal, sino de haber elegido la especie equivocada para el sitio equivocado.
Los bambúes pertenecen a la subfamilia Bambusoideae, dentro de las gramíneas, igual que el trigo o el césped. Eso explica muchas cosas de su cultivo: son plantas ávidas de nitrógeno, de crecimiento explosivo en un momento muy corto del año, y con un sistema de rizomas que es el verdadero cuerpo de la planta. Lo que vemos en superficie —las cañas o culmos— son solo las estructuras que ese rizoma emite.
Antes de nada: qué bambú tienes entre manos
Esta es la decisión que condiciona todo lo demás. Los bambúes se dividen en dos grandes grupos según cómo se comporta su rizoma:
Bambúes corredores (rizoma leptomorfo). El rizoma es fino, largo y horizontal, y avanza metros por temporada emitiendo brotes lejos de la mata madre. Aquí entran Phyllostachys (el bambú negro, Phyllostachys nigra, o el dorado, Phyllostachys aurea), Pleioblastus y Sasa. Son los que se cuentan como invasores, y con razón: sin contención pueden aparecer en el césped del vecino o levantar el pavimento de un paseo.
Bambúes cespitosos o "en mata" (rizoma paquimorfo). El rizoma es corto y grueso, y la planta se ensancha despacio formando una mata compacta. Aquí están Fargesia y Bambusa. No necesitan barrera y son los adecuados para un jardín pequeño.
En clima español, Fargesia (por ejemplo Fargesia murielae o Fargesia rufa) es la opción más razonable en el norte, la cornisa cantábrica y zonas de interior con veranos no extremos: aguanta bien el frío y prefiere la media sombra. En el Levante, el sur y las zonas de verano seco y muy caluroso, Fargesia lo pasa mal —se le quema la hoja con el aire seco— y funcionan mejor las Bambusa de porte medio, siempre que no haya heladas fuertes. Las Phyllostachys aguantan casi cualquier sitio de la Península, pero exigen barrera antirrizoma.
Dos plantas que se venden como bambú y no lo son
Conviene aclararlo porque es fuente constante de errores de cultivo. El llamado "bambú de la suerte", esos tallos verdes en un jarrón con agua y piedras, es Dracaena sanderiana: una drácena, no un bambú. Vive en agua porque es una drácena tolerante, no porque los bambúes vivan en agua. De hecho, un bambú de verdad en un jarrón de agua se pudre.
El "bambú sagrado" o nandina es Nandina domestica, un arbusto de la familia de las berberidáceas. Se le parece por el tallo fino y la hoja dividida, pero se cuida como un arbusto ornamental corriente.
Suelo, plantación y la barrera antirrizoma
El bambú quiere un suelo profundo, fértil y con buen drenaje, ligeramente ácido a neutro. Tolera mal dos extremos: el encharcamiento permanente y los suelos muy calizos y compactados, donde suele mostrar clorosis (hoja amarilla con nervios verdes). Si tu suelo es arcilloso y pesado, planta en caballón o enmienda generosamente con materia orgánica y arena gruesa.
La mejor época para plantar en la Península es el otoño, de octubre a noviembre, para que enraíce con las lluvias antes del empuje de primavera. La segunda opción es marzo. Evita plantar en pleno verano: el bambú recién plantado tiene poca raíz y mucha hoja transpirando.
Si plantas un corredor, la barrera no es opcional. Se instala en el momento de plantar, no cuando ya se ha escapado. Se usa lámina de polietileno de alta densidad (HDPE) de al menos 2 mm de grosor, enterrada a 60-70 cm de profundidad y dejando 5-10 cm asomando sobre el suelo. Ese borde visible es imprescindible: los rizomas que topan con la barrera tienden a subir buscando salida, y si la lámina queda enterrada la saltan por arriba sin que te enteres. Conviene colocarla ligeramente inclinada, con la parte superior separada de la mata, para que el rizoma se dirija hacia la superficie y sea fácil de cortar. Una vez al año, en verano, se revisa el perímetro y se corta con una pala cualquier rizoma que asome.
Una alternativa a la barrera es la zanja de inspección: un surco de 30 cm de ancho y 40-50 cm de hondo alrededor de la plantación, que se revisa dos veces al año cortando los rizomas que la cruzan. Funciona, pero exige constancia.
Riego: constante, no excesivo
El bambú es una planta de riego regular. No es una especie de secano y, salvo excepciones, no sobrevive un verano español de interior sin aporte de agua. La buena noticia es que la planta te avisa: cuando le falta agua, las hojas se enrollan longitudinalmente sobre sí mismas, formando canutillos, para reducir la superficie de transpiración. Es un síntoma reversible si riegas ese mismo día.
En jardín, riego profundo y espaciado: mejor un buen remojo dos o tres veces por semana en julio y agosto que un riego superficial diario, que solo humedece los 3 cm de arriba y deja el rizoma seco. En maceta, la frecuencia es mucho mayor, porque el cepellón se llena de raíces y seca en un día de calor.
El acolchado o mulching es especialmente útil aquí. Una capa de 5-8 cm de corteza, restos de poda triturados o incluso las propias hojas caídas del bambú mantiene la humedad, modera la temperatura del rizoma y devuelve sílice al suelo. Un error frecuente es barrer meticulosamente la hojarasca del bambú: esa hoja es el mejor abono que puede recibir la planta.
Abonado: pide nitrógeno
Como gramínea que es, el bambú responde muy bien a los abonos ricos en nitrógeno. De hecho, un abono de césped de liberación lenta le va perfectamente. Dos aplicaciones bastan: una en marzo, antes de la salida de los turiones, y otra a finales de junio, cuando la caña ya está formada y la planta trabaja en rizoma.
Evita abonar en otoño avanzado: fomentarías brotación tierna que se estropea con las primeras heladas. En maceta, mejor abono líquido cada 15 días de abril a septiembre, a dosis normal, o abono de liberación controlada en primavera.
El ciclo de crecimiento: entender los turiones
Este punto explica casi todos los malentendidos con el bambú. Los brotes nuevos o turiones salen del suelo en primavera (de abril a junio en la mayor parte de España, según especie y altitud) y crecen a una velocidad espectacular durante unas pocas semanas. Y aquí está la clave: una caña de bambú alcanza su altura y su grosor definitivos en esa única temporada de crecimiento y ya no vuelve a engordar ni a alargarse nunca más. Después solo ramifica y produce hoja.
De esto se derivan dos consecuencias prácticas. La primera: una mata joven da cañas finas los primeros años y cañas cada vez más gruesas conforme el rizoma se desarrolla; hay que darle tres o cuatro temporadas antes de juzgar el resultado. La segunda: si despuntas una caña, esa caña se queda para siempre a la altura a la que la cortaste. No rebrota desde el corte hacia arriba.
Poda y mantenimiento
La poda del bambú se hace a finales de invierno o muy a principios de primavera, antes de que salgan los turiones, y consiste sobre todo en aclarar:
Retirar cañas viejas. Una caña vive entre 7 y 10 años. Las viejas se reconocen porque pierden brillo, se manchan de líquenes y dan poca hoja. Cortarlas a ras de suelo airea la mata y deja luz para las nuevas.
Aclarar densidad. Si el seto está tan cerrado que no se ve el interior, quita una de cada cuatro o cinco cañas. Un bambusal ventilado tiene menos problemas de cochinilla y araña roja.
Limitar altura. Se corta justo por encima de un nudo, y la caña ramifica lateralmente por debajo, engordando el seto. Es la técnica habitual para mantener una pantalla vegetal a una altura fija.
Herramienta limpia y afilada, y corte por encima del nudo siempre: si cortas por el entrenudo, el canuto queda abierto y acumula agua de lluvia, lo que pudre la caña y cría mosquitos.
Bambú en maceta
Es perfectamente viable, sobre todo con especies cespitosas o con Phyllostachys de porte medio, pero hay que asumir que la maceta es un cultivo intensivo. Recomendaciones concretas:
Recipiente grande y ancho más que hondo, de 50 litros como mínimo para un ejemplar de dos metros, y a poder ser de un material que no se caliente en exceso al sol: el rizoma sufre mucho con las paredes de plástico negro recalentadas en agosto. Sustrato de calidad con un tercio de compost y buen drenaje. Riego frecuente, sin dejar que el cepellón se seque del todo. Y división cada dos o tres años: llega un momento en que el rizoma llena el tiesto y la planta se estanca y amarillea aunque la riegues. Se saca, se parte con un serrucho o una pala de corte, y se replanta una porción con sustrato nuevo.
En invierno, la maceta es el punto débil: el rizoma queda expuesto al frío por todas las caras. En zonas de heladas fuertes, arrima la maceta a una pared, protégela con plástico de burbujas o arropa la base con paja.
Problemas frecuentes y cómo leerlos
Hojas enrolladas. Sed. Riega hoy.
Hojas amarillas con los nervios verdes. Clorosis férrica, típica de suelos calizos y aguas duras. Se corrige con quelato de hierro y acidificando el suelo con materia orgánica.
Amarilleo generalizado y caída de hoja en primavera. A menudo es normal: el bambú es perenne pero renueva hoja, y hay una caída marcada al arrancar la temporada.
Puntos amarillos finos, telilla y hoja mate por el envés. Araña roja (Tetranychus urticae), muy habitual en veranos secos y en plantas resguardadas de la lluvia. Aumentar humedad ambiental y ventilar suele bastar; en casos serios, acaricida específico.
Bultos algodonosos o escudos en el tallo. Cochinilla. Aclarar la mata, mejorar la ventilación y tratar con aceite de parafina o jabón potásico.
La mata florece. Es un fenómeno raro y desconcertante: muchos bambúes tienen floración gregaria, es decir, todos los ejemplares del mismo clon florecen a la vez en el mundo entero tras décadas, y después la planta se agota y suele morir. No hay nada que hacer salvo intentar recoger semilla o dividir y esperar rebrote. Le pasó de forma masiva a Fargesia murielae en los años noventa.
Cómo eliminar un bambú que se ha ido de las manos
Merece un apartado propio porque es una consulta constante. Cortar las cañas no sirve de nada: el rizoma sigue vivo y rebrota con más fuerza. El método que funciona es agotar la reserva del rizoma: cortar a ras todas las cañas y, a partir de ahí, segar sistemáticamente cada brote nuevo en cuanto asome, cada una o dos semanas durante toda la temporada de crecimiento. Sin hoja no hay fotosíntesis, y el rizoma acaba consumiendo sus reservas. Puede llevar dos temporadas completas. En paralelo, conviene excavar el perímetro y cortar las conexiones de rizoma con la zona que quieras salvar.
En resumen
El cuidado del bambú se reduce a cuatro decisiones bien tomadas: elegir la especie según su tipo de rizoma y el clima de tu zona, instalar barrera desde el primer día si es corredor, mantener un riego regular con acolchado, y abonar con nitrógeno en marzo y junio. La poda se limita a aclarar cañas viejas al final del invierno, recordando que cada caña alcanza su tamaño definitivo en una sola primavera. Si el jardín es pequeño, tira de Fargesia o de bambú en maceta grande con división cada dos o tres años, y te ahorrarás el único problema serio que da esta planta: no el cuidado, sino la expansión.