Antes de comprar una sola planta, siéntate en el trozo de tierra que quieres ajardinar y anota a qué hora le da el sol en agosto y a qué hora en enero. Ese cuaderno de dos columnas evita más disgustos que cualquier catálogo de vivero. Un jardín que funciona no es una colección de plantas bonitas puestas juntas: es un conjunto de especies que toleran el clima, el suelo y el riego que ese sitio concreto puede darles, ordenadas de manera que tengan sentido a la vista durante los doce meses del año.

Lo que sigue es el orden de trabajo que evita rehacerlo todo a los dos años.

Empieza por leer el terreno, no por dibujarlo

Hay cuatro datos que condicionan todo lo demás y que se pueden averiguar sin gastar dinero.

Las horas de sol y la orientación. Una fachada sur en Sevilla y una fachada norte en Oviedo no admiten ni de lejos las mismas plantas. Anota qué zonas reciben sol directo más de seis horas (pleno sol), entre tres y seis (media sombra) y menos de tres (sombra). Y hazlo pensando en verano y en invierno, porque el sol de enero entra mucho más bajo y un muro que en agosto no da sombra, en diciembre la da entera.

La textura del suelo. Coge un puñado de tierra húmeda y apriétala. Si se deshace al abrir la mano, es arenosa: drena rápido y retiene poco. Si forma un churro que se puede doblar sin romperse, es arcillosa: retiene agua y se compacta. Si forma bola pero se agrieta al doblarla, es franca, que es lo ideal.

El drenaje. Cava un hoyo de 40 cm de profundidad, llénalo de agua, deja que se vacíe y vuelve a llenarlo. Si la segunda carga tarda más de doce horas en irse, tienes un problema de drenaje y ahí no vas a poder plantar casi nada que no sea de ribera. La solución pasa por drenaje enterrado o por plantar en montículos y bancales elevados, no por meter más plantas y esperar.

El pH y la cal. Un kit de análisis de farmacia o de vivero cuesta poco. Es información decisiva: en los suelos calizos de buena parte de España, con pH por encima de 7,5, las hortensias, las camelias, los rododendros, las azaleas o los arces japoneses viven amarilleando en clorosis férrica el resto de su vida. No es falta de hierro en el suelo, es que a ese pH el hierro no está disponible para la planta. Echar quelato cada primavera es tratar el síntoma para siempre; lo sensato es no plantarlas o ponerlas en maceta con sustrato ácido.

El borrador: papel cuadriculado antes que vivero

Con esos datos ya se puede dibujar. No hace falta ser delineante: papel cuadriculado, una escala sencilla (un cuadro = 50 cm) y las medidas reales tomadas con cinta métrica.

Borrador a mano del diseño de un jardín

En el plano tienen que aparecer, antes que las plantas, las cosas que no se mueven: la casa y sus ventanas, el pozo o la toma de agua, la arqueta de riego, el trazado de las tuberías y del saneamiento, la fosa séptica si la hay, el tendido eléctrico aéreo, los muros medianeros y los árboles del vecino que dan sombra sobre tu parcela.

Después, los usos: por dónde se pasa, dónde se come, dónde se tiende, dónde juegan los niños o el perro, dónde va la barbacoa, dónde acaba el aparcamiento. Los caminos principales necesitan 1,10-1,20 m de ancho para que pasen dos personas o una carretilla con holgura; los secundarios se apañan con 60-70 cm. Un camino más estrecho de lo debido se nota todos los días.

Y solo entonces, las masas de vegetación, dibujadas como manchas con el diámetro que tendrán a los diez años, no el que traen del vivero. Este es el error que más jardines destroza: un Ficus microcarpa de maceta de 30 cm plantado a dos metros de la casa acaba levantando la solera y buscando las tuberías; un chopo (Populus) o un sauce cerca de un muro hace lo mismo en menos años. Delante de una fachada, los árboles grandes van a partir de seis u ocho metros de distancia. Si el espacio es poco, hay porte pequeño de sobra: Cercis siliquastrum, Lagerstroemia indica, Arbutus unedo, Prunus cerasifera 'Pissardii' o un olivo formado.

Elegir plantas para tu clima, no para la foto

España no tiene un clima, tiene varios, y las plantas que triunfan en uno se arrastran en otro.

En el litoral mediterráneo y el sur, con veranos secos de 35-40 °C e inviernos suaves, la paleta lógica es la mediterránea y la subtropical resistente: Lavandula dentata y angustifolia, romero (Salvia rosmarinus), Teucrium fruticans, jaras (Cistus), lentisco (Pistacia lentiscus), Westringia fruticosa, Phlomis fruticosa, adelfa (Nerium oleander), Salvia greggii, Gaura, Stipa tenuissima, buganvilla y Plumbago auriculata.

En el interior peninsular hay que sumar el frío: heladas de -6 a -10 °C, y bastante más en zonas de Castilla y León, Teruel o Soria. Ahí funcionan almeces (Celtis australis), fresnos (Fraxinus angustifolia), encinas, Prunus ornamentales, lilos, Spiraea, Viburnum tinus, Perovskia, Salvia nemorosa, peonías y bulbosas de primavera. La lavanda de hoja estrecha (Lavandula angustifolia) aguanta el frío; la de hoja dentada, no tanto.

En la cornisa cantábrica y Galicia, con lluvia repartida, suelos ácidos y veranos frescos, es donde de verdad lucen hortensias, camelias, rododendros, magnolias, helechos y arces japoneses. Allí el problema no es el agua sino el exceso de humedad y los hongos.

Dos criterios más al elegir. Primero, agrupa por necesidades de riego: no mezcles en el mismo parterre una hortensia con una jara, porque el riego que salva a una mata a la otra. Segundo, deja que un tercio largo de la plantación sea de hoja perenne. Es lo que sostiene la imagen del jardín en enero, cuando lo caduco está desnudo y las vivaces han desaparecido bajo tierra.

Preparar el terreno: aquí se gana o se pierde

Preparación del terreno de un jardín antes de plantar

La preparación se hace una sola vez y condiciona veinte años de jardín. Merece la pena hacerla despacio.

Empieza por limpiar de vegetación indeseada, y con las perennes de rizoma —grama, correhuela, juncia— no vale con desbrozar: hay que sacar el rizoma o dejar el terreno cubierto y en barbecho unos meses. Si no, rebrotan a través de todo lo que plantes después.

Descompacta a 30-40 cm de profundidad, que es donde va a estar la mayor parte de la raíz activa. Con motoazada en superficies grandes, con horca de doble mango si el terreno es pequeño. Después incorpora materia orgánica bien madura: entre 5 y 10 litros de compost o estiércol compostado por metro cuadrado, mezclados con los primeros 20 cm. El estiércol fresco no: quema raíces y trae semillas de malas hierbas.

Y dos creencias muy extendidas que conviene desmontar:

Echar arena a un suelo arcilloso para "aligerarlo". En las dosis que se usan normalmente, el resultado es el contrario: arena fina más arcilla da una mezcla parecida al mortero, más compacta todavía. Lo que sí mejora una arcilla es la materia orgánica, y en cantidad, año tras año.

Poner una capa de grava en el fondo del hoyo de plantación. No mejora el drenaje. Al cambiar bruscamente de textura, el agua queda retenida en el suelo fino por encima de la grava —el fenómeno de la capa colgada— y la raíz acaba justo en la zona más encharcada. Si drena mal, la solución es plantar elevado o poner un drenaje que evacue de verdad el agua a otro sitio.

Al plantar, el hoyo se hace del doble o el triple de ancho que el cepellón, pero de la misma profundidad. Ancho para que la raíz se extienda por tierra mullida; no más hondo, porque la tierra removida del fondo se asienta, el árbol baja y el cuello queda enterrado. El cuello enterrado pudre y mata árboles a los tres o cuatro años, y casi nunca se relaciona la muerte con la plantación. Afloja las raíces si vienen enrolladas en espiral, riega abundantemente el primer día para asentar la tierra y tutora solo si hace falta, con el tutor bajo y flojo: un árbol que se mueve con el viento engorda más el tronco.

La mejor época para plantar árboles y arbustos en España es el otoño, de octubre a diciembre. El suelo aún está templado, llueve, y la planta echa raíz durante todo el invierno, así que llega al verano siguiente con capacidad para buscar agua. Plantar en abril o mayo obliga a regar el doble y da resultados peores.

El riego: menos veces y más agua

La instalación de riego se planifica con el plano en la mano y antes de plantar, no después de abrir zanjas entre las plantas ya puestas. Divide en sectores por necesidad hídrica: uno para el césped si lo hay, otro para los arbustos, otro para las macetas y jardineras, que se secan mucho antes.

Goteo para arbustos, vivaces y frutales; difusores solo para césped y tapizantes. Y una regla que vale para casi cualquier jardín mediterráneo: riegos espaciados y profundos antes que riegos diarios y cortos. Mojar cinco minutos cada día crea un tapete de raíces superficiales que depende del riego y se muere en el primer apagón del programador. Un riego largo cada tres o cuatro días empuja la raíz hacia abajo, donde el suelo se seca despacio.

Riega de madrugada o a primera hora, nunca a mediodía en verano ni al anochecer si el follaje se moja: la hoja húmeda toda la noche es una invitación al oídio y al mildiu.

Y acolcha. Cinco a ocho centímetros de corteza de pino, astilla o grava sobre el suelo desnudo reducen mucho la evaporación, mantienen la temperatura de la raíz estable y ahogan la germinación de malas hierbas. Un solo cuidado: deja libre un cerco de cuatro o cinco dedos alrededor del tronco, porque el acolchado pegado al cuello lo mantiene húmedo y lo pudre.

El césped: decidirlo, no heredarlo

El césped es la pieza más cara del jardín en agua, en tiempo y en dinero. En el interior peninsular, una pradera de gramíneas de estación fría puede necesitar del orden de 600 a 900 litros por metro cuadrado y año de riego, además de siegas semanales de abril a octubre, escarificados, resiembras y abonados.

Eso no significa renunciar a él, sino dimensionarlo: reservar césped para la zona donde de verdad se pisa, se juega o se tumba uno, y resolver el resto con plantación arbustiva, tapizantes o gravas. Si el uso es sobre todo estético, hay alternativas mucho más baratas de mantener: Zoysia o grama fina (Cynodon dactylon), que en verano gastan bastante menos aunque se agosten en invierno; o tapizantes como Dymondia margaretae, Lippia nodiflora (Phyla), tomillo rastrero o Rosmarinus postrado.

Si te decides por césped, la siembra va en septiembre-octubre en casi toda España; la primavera es la segunda mejor opción y obliga a un verano de riego intensivo para un césped todavía sin arraigar.

Composición: lo que separa un jardín de un muestrario

Con las plantas adecuadas se puede hacer igualmente un jardín feo. Hay unos pocos principios que arreglan casi todo.

Planta en grupos impares y repite. Tres, cinco o siete ejemplares de la misma especie juntos leen como una mancha; uno de cada especie lee como un muestrario de vivero. Repetir esa mancha dos o tres veces a lo largo del jardín es lo que da unidad.

Trabaja por capas. Árbol arriba, arbustos de porte medio detrás o al fondo, vivaces delante, tapizantes al borde. Escalonar alturas da profundidad incluso en parcelas pequeñas.

Limita la paleta de color. Dos o tres colores dominantes más el verde funcionan mejor que quince. Los blancos y los amarillos claros iluminan las zonas de sombra; los azules y violetas dan sensación de distancia y refrescan.

Escalona las floraciones. Elige de forma consciente qué florece en cada temporada: bulbosas y frutales en febrero-abril, rosales y vivaces en mayo-junio, Lagerstroemia, adelfa y Perovskia en pleno verano, Sedum, ásteres y follaje de caducos en otoño, Viburnum tinus, camelias de invierno y Chimonanthus en los meses fríos.

Curva los bordes y deja vacíos. Un contorno de parterre con curvas amplias se ve más natural que una línea recta y agranda la sensación de espacio. Y el vacío —un trozo de pradera, una zona de grava, un banco despejado— es tan parte del diseño como la planta: llenar cada palmo cansa la vista.

Elementos que rematan el conjunto

Caminos y suelos. Un sendero de piedra irregular, de traviesas o de gravilla compactada estructura el recorrido y evita pisar el parterre. En zonas de sombra húmeda, la piedra lisa se cubre de algas y resbala: mejor superficies rugosas.

Agua. Un estanque, aunque sea pequeño, cambia el jardín entero: atrae aves, libélulas y anfibios. Necesita un mínimo de 60-80 cm de profundidad en algún punto para que el agua no se caliente en exceso en verano, y movimiento o vida acuática para que no críe mosquitos. Un estanque estancado y sin fauna en Andalucía en julio es un criadero.

Rocas y jardineras de piedra. Funcionan bien con plantas de secano, crasas y aromáticas. La clave para que no parezcan puestas ayer es enterrar la piedra un tercio de su volumen y orientar las vetas en el mismo sentido.

Iluminación. Poca, cálida (2700 K) y baja. Balizas a lo largo de los caminos y un par de focos rasantes iluminando la copa de un árbol o un muro dan mucho más que una batería de proyectores. La luz blanca fría y potente convierte el jardín en un aparcamiento, y además desorienta a la fauna nocturna.

Sombra. En la mitad sur, una pérgola con parra, jazmín o glicina es una inversión más rentable que cualquier otro elemento decorativo: da sombra en verano, deja pasar el sol en invierno al perder la hoja, y hace utilizable el jardín de junio a septiembre.

Mantenimiento: el jardín se sostiene o se degrada

Ningún jardín es de "cero mantenimiento", pero sí se puede diseñar para que pida poco. Un calendario básico en clima mediterráneo:

Invierno. Poda de árboles y arbustos de floración estival y de frutales caducos, tratamiento de invierno con aceite de parafina si hay cochinilla, plantación de árboles a raíz desnuda, aporte de compost.

Primavera. Abonado de fondo, revisión completa del riego antes del calor, plantación de vivaces y anuales, siembra o resiembra del césped, vigilancia de pulgón en los brotes tiernos.

Verano. Riego, acolchado, siega alta —el césped cortado a 5-6 cm resiste el calor mucho mejor que rapado— y retirada de flores marchitas para prolongar la floración. Nada de podas fuertes con calor.

Otoño. La mejor época para plantar, para dividir vivaces, para plantar bulbos de primavera y para escarificar y resembrar el césped. Las hojas caídas, al compostador o directamente al pie de los arbustos como acolchado.

Una última cosa, poco intuitiva: un jardín con algo de desorden controlado —una zona sin segar, un montón de leña, plantas melíferas, un punto de agua— tiene depredadores naturales suficientes para que el pulgón, la mosca blanca o la oruga no se conviertan en plaga. El jardín en el que se fumiga todo a la primera señal es el que necesita fumigar sin parar, porque las mariquitas, los sírfidos y los quilópodos desaparecen antes que la plaga.

En resumen

Un buen jardín se hace en este orden: primero se estudia el sitio —sol, suelo, drenaje, pH—, luego se dibuja en papel con los usos y con el tamaño adulto de cada planta, después se elige la vegetación en función del clima real de la zona y agrupada por necesidades de riego, y por último se prepara el terreno a fondo, se instala el riego y se planta, preferiblemente en otoño. Los fallos que más caros salen son plantar árboles grandes demasiado cerca de la casa, enterrar el cuello al plantar, regar poco y a diario en lugar de mucho y espaciado, y meter arena o grava para "arreglar" un suelo que solo mejora con materia orgánica. Con esa base, el mantenimiento se vuelve razonable y el jardín tiene algo que mirar en los doce meses del año, no solo en mayo.


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