Un jardín exuberante no es un jardín con muchas plantas. Es un jardín donde el suelo está vivo, donde hay varios pisos de vegetación superpuestos y donde apenas se ve tierra desnuda entre una mata y la siguiente. Esa sensación de abundancia se consigue con criterio agronómico, no comprando más macetas en el vivero cada primavera.

La confusión más habitual es pensar que la exuberancia depende del riego. En el clima peninsular, regar mucho sobre un suelo pobre y compactado produce plantas hinchadas, blandas y llenas de pulgón, no un jardín frondoso. El volumen vegetal sale del suelo, de la elección de especies adaptadas y de la densidad de plantación. El agua es solo uno de los factores, y no el primero.

Empieza por el suelo, no por las plantas

Un macizo denso pide un suelo con estructura, capaz de retener humedad sin encharcarse y con vida microbiana activa. Antes de plantar nada, comprueba dos cosas: la profundidad útil y el drenaje. Cava un hoyo de 40 cm; si a los 20 cm aparece una capa dura de zahorra o de tierra compactada por la maquinaria de obra, ninguna planta grande va a prosperar ahí por mucho que la riegues.

La prueba de drenaje es sencilla: llena ese hoyo de agua y déjalo vaciarse; vuelve a llenarlo y cronometra. Si tarda más de 4-5 horas en bajar 30 cm, tienes un problema de drenaje que hay que resolver con enmiendas, con drenaje ciego o plantando en caballones elevados. Si se vacía en menos de media hora, el suelo es demasiado arenoso y necesita materia orgánica para retener agua.

La enmienda que más rendimiento da es el compost o el estiércol bien fermentado, incorporado a razón de 5-10 litros por metro cuadrado en los primeros 15-20 cm, en otoño o a finales de invierno. No hace falta voltear el suelo entero cada año: una vez hecha la plantación, la materia orgánica se aporta en superficie y ya la incorporan las lombrices.

Conviene conocer el pH. En buena parte de la mitad este peninsular y en zonas calizas del interior, el agua de riego y el suelo son básicos (pH 7,5-8,5), y ahí las hortensias, los arces japoneses, las azaleas o los rododendros amarillean por clorosis férrica por mucho hierro que les eches. En el norte atlántico y en el suroeste, con suelos ácidos, esas mismas plantas van solas. Es la decisión que más disgustos ahorra.

Árbol de sombra en un jardín frondoso

Decide qué tipo de jardín quieres y dibújalo

Antes de comprar plantas, define el registro: un jardín mediterráneo seco de gravas y aromáticas, un jardín de bordura mixta de estilo inglés, un jardín subtropical de hoja grande, un jardín de sombra bajo arbolado. Cada uno se compone de forma distinta y mezclarlos sin criterio produce el efecto contrario a la exuberancia, que es el desorden.

Un borrador a escala ahorra dinero. Basta papel cuadriculado donde cada cuadro sean 50 cm. Dibuja primero lo que no se mueve: la casa, los muros, los árboles existentes, las bajantes, la arqueta del contador, el paso obligado hacia el tendedero. Marca después dónde da el sol a mediodía en verano y dónde en invierno, porque no es el mismo sitio: en diciembre el sol en la Península alcanza unos 25-30° de altura y una tapia de dos metros proyecta sombra durante buena parte del día en zonas que en julio están al sol pleno.

Sobre ese plano, reserva la masa vegetal antes que los ejemplares sueltos. Un jardín exuberante se lee como grupos, no como una colección de individuos separados. La regla práctica es plantar en números impares y en grupos de tres, cinco o siete unidades de la misma especie, repitiendo esos grupos a lo largo del macizo para dar ritmo.

Borrador dibujado a mano del diseño de un jardín

Trabaja en capas: la clave de la frondosidad

Lo que distingue un jardín denso de uno raquítico es el número de estratos. Un macizo bien construido tiene cuatro:

El arbolado. Da estructura, sombra y escala. En parcelas pequeñas, árboles de porte contenido: Cercis siliquastrum, Lagerstroemia indica, Koelreuteria paniculata, Arbutus unedo, Prunus cerasifera. Evita chopos, sauces llorones y moreras junto a la casa: sistema radicular agresivo y raíces que buscan las conducciones.

Los arbustos. Forman el cuerpo. Combina perennes que aguanten el volumen todo el año (Viburnum tinus, Pittosporum tobira, Photinia, Teucrium fruticans, Nerium oleander) con caducos que aporten floración estacional (Philadelphus, Syringa vulgaris, Hibiscus syriacus, Spiraea).

Las vivaces y gramíneas. Es el estrato que más sensación de abundancia genera y el que suele faltar. Salvia nemorosa, Perovskia atriplicifolia, Achillea millefolium, Gaura lindheimeri, Echinacea purpurea, Gaillardia, junto a gramíneas como Stipa tenuissima, Pennisetum o Miscanthus, que aportan movimiento y siguen dando volumen en seco durante el invierno.

El tapizante. Cubre el suelo, reduce evaporación e impide que germinen las malas hierbas. Vinca minor y Ajuga reptans en sombra; Lonicera nitida, Rosmarinus officinalis 'Prostratus', Lampranthus o Cerastium tomentosum a pleno sol.

Con las trepadoras se gana el quinto estrato, el vertical, que es el que más metros cuadrados de verde añade sin ocupar suelo. Un muro de 3 x 8 m cubierto de Trachelospermum jasminoides o de Parthenocissus tricuspidata aporta 24 m² de vegetación en una franja de 30 cm de ancho.

La adaptación se decide con tres datos de tu localidad: la temperatura mínima media del mes más frío, la precipitación anual y su reparto, y si hay o no heladas tardías. En el litoral mediterráneo, con mínimas que rara vez bajan de -2 °C, entran buganvillas, plumbagos, estrelitzias o mandevillas. En la meseta, con mínimas de -8 °C o -10 °C y veranos de 38 °C, esas mismas plantas mueren el primer invierno; ahí funcionan lilos, ligustros, agracejos, viburnos y vivaces de estepa.

El error frecuente es confiar solo en la resistencia al frío que figura en la etiqueta. En el interior peninsular lo que mata no suele ser el mínimo absoluto sino la combinación de frío con suelo húmedo: muchas mediterráneas de secano (lavandas, jaras, santolinas) resisten -10 °C en suelo drenado y se pudren a -2 °C en suelo encharcado.

Agrupa siempre las plantas por necesidades hídricas. Un macizo con lavandas junto a hortensias es un macizo condenado: cualquier régimen de riego perjudica a una de las dos. Esa zonificación por consumo de agua, lo que en xerojardinería se llama hidrozonificación, es lo que permite regar bien sin desperdiciar.

Planta bien: el 80 % de los fallos ocurre aquí

Las épocas buenas son el otoño (de octubre a diciembre) para casi todo, y el final del invierno para las especies sensibles al frío. El otoño gana porque el suelo conserva calor, las lluvias ayudan y la planta echa raíz durante meses antes de que llegue el primer verano. Plantar en mayo o junio obliga a regar el triple y suele salir mal.

Reglas de plantación que marcan la diferencia:

Abre un hoyo del doble o triple de ancho que el cepellón, pero de la misma profundidad. Ancho para que la raíz se extienda lateralmente, que es como crece; no más hondo, porque la tierra removida bajo el cepellón se asienta y la planta acaba enterrada.

El cuello de la planta debe quedar a ras de suelo o un dedo por encima. Enterrar el cuello es la causa más común de muerte lenta en arbustos y árboles jóvenes, sobre todo en injertados, donde además favorece el desarrollo de raíces del clon injertado por encima del punto de injerto.

Si el cepellón viene con raíces enrolladas en espiral por haber estado mucho tiempo en el contenedor, ábrelas con las manos o corta cuatro incisiones verticales con un cuchillo. Si no, seguirán girando sobre sí mismas y el ejemplar se estrangulará en pocos años.

Riega abundantemente en la plantación, aunque llueva, para asentar la tierra y eliminar bolsas de aire alrededor de la raíz. Ese primer riego copioso vale más que diez riegos ligeros después.

Sobre las distancias: si plantas respetando el porte adulto, el jardín tarda cinco años en cerrarse y hasta entonces se ve pelado. Una alternativa razonable es plantar algo más denso de lo teórico y aclarar a los tres o cuatro años, o rellenar los huecos con anuales y vivaces de crecimiento rápido mientras los arbustos crecen. Lo que no funciona es plantar arbustos de 3 m de diámetro adulto a 80 cm entre sí y no tocarlos nunca.

El acolchado, el atajo más rentable

Cubrir el suelo de los macizos con una capa de 5-8 cm de corteza de pino, astilla, paja o grava reduce la evaporación entre un 25 y un 50 %, mantiene la temperatura del suelo estable, impide la germinación de la mayoría de las hierbas anuales y evita que la costra superficial repela el agua.

Dos precauciones: deja libres unos centímetros alrededor del tronco o del cuello de cada planta, porque el acolchado en contacto directo con la corteza mantiene humedad permanente y pudre; y ten en cuenta que los acolchados leñosos frescos consumen nitrógeno al descomponerse, así que conviene usar material ya curado o compensar con un aporte de nitrógeno.

Crea rincones, no solo macizos

La exuberancia también es espacial. Un jardín donde se ve todo de un vistazo se percibe más pequeño y más vacío que uno del mismo tamaño dividido en dos o tres ámbitos con transiciones entre ellos.

Funcionan bien: una pérgola cubierta de parra o de glicina que dé sombra fresca en verano y deje pasar el sol en invierno al perder la hoja; un banco orientado al este para usarlo por la mañana en verano y otro al sur para el invierno; un seto informal o unas gramíneas altas que oculten parcialmente el fondo del jardín y obliguen a recorrerlo; una lámina de agua, aunque sea un simple recipiente de 80 litros con nenúfar enano, que además atrae libélulas y anfibios.

Un camino que no vaya en línea recta al fondo alarga el recorrido y multiplica la sensación de superficie. Los senderos sinuosos entre plantación alta son el recurso más eficaz para que un jardín de 200 m² parezca el doble.

La fachada cuenta como jardín

La fachada es lo primero que se ve y suele estar desaprovechada. Trepadoras sobre el muro, macetas grandes flanqueando la entrada y jardineras en las ventanas cambian la percepción de la casa entera.

Para muro con orientación sur o poniente en zona cálida: Bougainvillea glabra, Campsis radicans, Podranea ricasoliana. Para orientación norte o este: Hydrangea petiolaris, Hedera helix, Parthenocissus. Para clima frío del interior: glicina (Wisteria sinensis), rosales trepadores, Clematis montana.

Ojo con las autoadherentes de raicillas o ventosas (hiedra, parthenocissus, higuera trepadora) sobre muros con revoco antiguo, fisuras o canalones: pueden dañar la fábrica y colarse bajo el alero. Sobre un muro sano de hormigón o ladrillo macizo no dan problema; sobre uno agrietado, agravan las grietas. La alternativa segura es un enrejado separado 5 cm de la pared con trepadoras de zarcillos o de tallo voluble.

En jardineras de ventana, sustrato de calidad con perlita, riego frecuente en verano (una jardinera de 60 cm al sol puede necesitar agua a diario en julio) y abono líquido cada 15 días. Geranios (Pelargonium peltatum), petunias colgantes, verbenas y Dipladenia aguantan bien el calor español.

Mantenimiento: poco, pero en el momento justo

Un jardín exuberante no es un jardín que dé mucho trabajo, pero sí uno donde el trabajo se hace en las fechas correctas.

Poda los arbustos de floración primaveral (lilo, forsythia, Philadelphus, Spiraea de primavera) justo después de florecer, porque florecen sobre madera del año anterior; si los podas en invierno te quedas sin flores. Los de floración estival (Hibiscus syriacus, Buddleja, rosales de arbusto, Lagerstroemia) se podan a finales de invierno, en febrero, porque florecen sobre brotes del año.

Abona una vez al año con materia orgánica en superficie, a finales de invierno, y refuerza en primavera con un abono equilibrado si el jardín es muy denso. El exceso de nitrógeno produce mucha hoja blanda, poca flor y una invitación abierta al pulgón.

Riega poco frecuente y en profundidad en lugar de a diario y superficialmente. Un riego que moja 30 cm de perfil cada cuatro o cinco días fuerza a la raíz a bajar y hace la planta mucho más resistente que un riego diario de cinco minutos, que mantiene todo el sistema radicular en los tres primeros centímetros.

En resumen

La frondosidad se construye de abajo arriba: primero un suelo profundo, drenado y con materia orgánica; luego una elección de especies honesta con el clima y el pH que tienes; después una plantación por capas y en grupos, hecha en otoño y con el cuello a ras de suelo; y por último acolchado, riego profundo y poda en su época.

Si tuvieras que quedarte con tres cosas: planta en otoño, cubre el suelo con acolchado y añade el estrato de vivaces y tapizantes que casi todos los jardines olvidan. Con eso, en dos temporadas se nota la diferencia; en cuatro o cinco, el jardín se cierra solo.


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