El conjunto de mesa y sillas suele comprarse antes de decidir dónde va a ir. Ese orden invertido explica buena parte de los jardines en los que el mueble acaba arrinconado, torcido sobre el césped o cubierto por una funda que no se quita en todo el verano. Amueblar el exterior con Ikea funciona muy bien y sale barato, pero el catálogo no distingue entre una terraza de Vigo y un patio de Córdoba, y esa diferencia se paga en dos o tres temporadas.

Lo que sigue está escrito desde el jardín, no desde el escaparate: dónde poner cada cosa, qué material aguanta en cada clima, qué plantas conviven bien con los muebles y cuáles los destrozan.

Primero el sitio, después el mueble

Antes de mirar medidas hay que pasar un día observando el jardín. Tres cosas condicionan todo lo demás.

El sol y la hora de uso. A la latitud de la Península, el 21 de junio el sol está a más de 70° sobre el horizonte al mediodía solar, casi vertical: una sombrilla da sombra útil justo debajo. A las siete de la tarde, que es cuando de verdad se usa el jardín en julio, el sol entra bajo y prácticamente horizontal, y esa misma sombrilla no tapa nada. Si se come al mediodía basta con un parasol; si se cena, hace falta sombra lateral: un seto, una celosía con trepadora, un toldo vertical o una orientación que aproveche la sombra de la casa.

Lo que hay encima. Aquí se cometen los errores más caros. Un tilo, una morera o un ciruelo con pulgón sueltan melaza durante semanas: el azúcar cae sobre la mesa, se le pega la negrilla y ningún tejido lo perdona. Un pino deja resina, que en un cojín es definitiva. Una higuera o un cerezo atraen pájaros y todo lo que ello implica. La sombra de un árbol es la mejor que existe, pero conviene saber de qué árbol se trata antes de poner el sofá debajo.

El viento. En zonas de viento habitual (valle del Ebro, mesetas, litoral atlántico) los muebles ligeros de aluminio y las sombrillas son proyectiles. O se ancla, o se elige peso, o se recoge.

Conjunto de mesa y sillas de madera en una terraza de jardín

Qué material elegir según dónde vivas

Ikea trabaja básicamente con cuatro materiales de exterior, y cada uno tiene un clima que le va bien.

Acacia (las gamas tipo ÄPPLARÖ, NÄMMARÖ o ASKHOLMEN). Madera moderadamente durable, agradable y cálida. Sin tratar, se vuelve gris plata en un par de veranos; ese grisáceo es superficial y no afecta a la resistencia, así que si gusta el tono envejecido no hay nada que hacer. Si se quiere conservar el color, hay que aplicar aceite para maderas de exterior dos veces al año, en primavera y a finales de verano, sobre madera seca y limpia. Lo que el aceite no arregla nunca es el contacto con el suelo: en tierra o sobre césped húmedo, la pata absorbe agua por el testero, se pudre desde abajo y además queda expuesta a las termitas subterráneas (Reticulitermes), presentes en gran parte del país. La madera va siempre sobre pavimento, losetas o tacos de apoyo.

Aluminio (SJÄLLAND, la estructura de SOLLERÖN). Es la opción correcta a menos de un par de kilómetros del mar: no se oxida con el salitre. Su contrapartida es el peso ligero, que en zonas ventosas obliga a recoger o lastrar, y que al sol de agosto se calienta bastante.

Acero galvanizado o lacado (BONDHOLMEN, mesas auxiliares y estanterías tipo HYLLIS). Barato y muy resistente en interior peninsular. En ambiente marino aguanta bastante menos, y en el acero lacado cualquier golpe que salte la pintura abre un punto de óxido que se extiende por debajo. Merece la pena repasar los desconchones con un retoque antioxidante en cuanto aparecen.

Ratán sintético y plásticos. Aguantan bien la lluvia y mal el ultravioleta. En Andalucía, Murcia o Canarias, a pleno sol todo el día, las fibras de peor calidad se vuelven quebradizas y empiezan a partirse al cabo de varios veranos. Bajo un porche o una pérgola duran mucho más.

Sobre los textiles, un detalle que se pasa por alto en la tienda: los tejidos de acrílico teñido en masa resisten el sol muchísimo mejor que el poliéster, que en dos temporadas de sol del sur pierde el color. Compensa la diferencia de precio en cojines y en la lona del parasol.

El suelo: baldosas, césped y el problema de debajo

Las baldosas de suelo tipo RUNNEN, que se encajan unas con otras sobre un pavimento existente, transforman una terraza fea en cinco minutos. Tienen dos servidumbres que conviene conocer antes. La primera es que debajo se acumula humedad, tierra y hojas, y ese espacio oscuro y húmedo se convierte en refugio de babosas, caracoles, hormigas y cochinillas de la humedad; hay que levantarlas y barrer al menos una o dos veces al año. La segunda es que una terraza suele tener una pendiente mínima para evacuar el agua, y una superficie de baldosas mal colocada puede embalsarla contra la pared. No son para poner sobre tierra ni sobre césped.

Y el césped: un mueble fijo sobre pradera mata la hierba en pocas semanas por falta de luz, y en cuanto llueve la pata se hunde y el conjunto queda descuadrado. Si no hay pavimento, la solución sencilla son cuatro losas de hormigón o piedra asentadas sobre una capa de gravilla compactada, con las patas encima. Cuesta una tarde y evita el 90 % de los problemas de la madera.

La zona de comer

Dos medidas que evitan un mueble incómodo para siempre: calcula 60 cm de borde de mesa por comensal (70 si quieres holgura) y deja 90 cm libres por detrás de cada silla para poder retirarla y levantarse. Una mesa de 140 cm para seis personas existe en el catálogo, pero se come con los codos pegados.

Para terrazas pequeñas, los conjuntos plegables tipo TÄRNÖ o ASKHOLMEN tienen una ventaja que no es solo de espacio: se guardan en invierno, y un mueble guardado dura el triple. Las mesas extensibles de acacia son la opción razonable cuando el uso oscila entre dos personas a diario y diez en agosto.

Un consejo de conservación poco habitual: la mesa no debe quedar bajo el goteo de un alero ni bajo el chorro del riego por aspersión. El agua de aspersor lleva cal y en superficies oscuras deja manchas blancas que no salen con jabón.

Cocina y barbacoa al aire libre

El módulo de cocina exterior con encimera y armario resuelve mucho, pero su ubicación se decide por criterios de seguridad, no de estética. La barbacoa debe estar lejos de setos resinosos: los cipreses (Cupressus sempervirens), la leylandii y las tuyas arden con una violencia que sorprende a quien no lo ha visto. Tres metros de separación es un mínimo prudente, y aun así el calor radiante chamusca el follaje del lado expuesto.

Tampoco conviene poner la parrilla justo debajo de una pérgola con trepadora: el humo y la grasa se depositan en las hojas, que dejan de transpirar bien y acaban ennegrecidas. Si hay pérgola vegetal, la barbacoa va fuera de su vertical.

En cambio, sí merece la pena tener al lado una jardinera larga con las aromáticas de uso diario: romero, tomillo, salvia, orégano y laurel comparten exactamente las mismas necesidades (sol pleno, sustrato drenante, poco riego) y en una jardinera de 60 cm de profundidad viven años. La albahaca y el perejil no encajan ahí, porque piden más agua; van en maceta aparte.

Cenador con estructura y textiles en el jardín

Rincón de relax y sombra vegetal

Los sofás modulares de exterior permiten montar un rincón en L o en U adaptado al hueco real. Aquí el mueble importa menos que los cojines, que son la parte frágil: la espuma absorbe agua, tarda días en secar y desarrolla moho con olor persistente. La regla es sencilla, los cojines entran en casa o en un baúl siempre que no se usen, aunque parezca que no va a llover.

Y una advertencia sobre las fundas protectoras: poner una funda sobre un mueble mojado es peor que no ponerla. Se sella la humedad dentro, sin ventilación, y en dos semanas de calor aparece moho en la madera y en la tela. La funda se coloca sobre el mueble seco y, mejor todavía, se usa como almacenaje invernal, no como techo permanente de verano.

Para dar sombra a este rincón, el cenador o la pérgola con planta trepadora es superior a cualquier tejido. Las opciones buenas para el clima peninsular:

La parra (Vitis vinifera) es la mejor de todas: hoja grande en verano, se cae en invierno y deja pasar el sol cuando hace falta, y encima da uva. El jazmín de estrella (Trachelospermum jasminoides) es perenne, de crecimiento contenido y con floración muy perfumada en mayo y junio; ideal para estructuras ligeras. La madreselva (Lonicera) y la vid virgen (Parthenocissus) cubren rápido.

Con la glicinia (Wisteria sinensis) hay que ser tajante: es preciosa y es una máquina de romper cosas. Sus tallos engordan hasta convertirse en troncos leñosos que se enroscan y deforman o revientan estructuras ligeras. Necesita una pérgola de obra o de madera de sección seria, nunca un cenador de aluminio ni una celosía fina. Algo parecido pasa con la Campsis radicans, que además rebrota de raíz por todo el jardín.

Y los parasoles no son estructuras: se cierran siempre al terminar. Un golpe de viento con la sombrilla abierta parte el mástil, y con la base mal lastrada la tumba entera.

Almacenaje y calendario de mantenimiento

El almacenaje exterior es lo que decide si el jardín se ve ordenado. Un baúl de exterior junto a la zona de estar guarda cojines, mantas y la manguera; una estantería galvanizada en el lateral o en la caseta ordena macetas, sustrato y herramienta pequeña. Un detalle práctico: los sacos de sustrato abiertos no se guardan al sol, porque se recalientan y se secan; mejor dentro del baúl o a la sombra.

El mantenimiento anual cabe en cuatro citas. En marzo, sacar los muebles, lavarlos con agua y jabón neutro (nunca hidrolimpiadora sobre la madera, que levanta la fibra) y dar la primera mano de aceite. En junio, revisar los tornillos de las sillas, que se aflojan con la dilatación, y repasar desconchones de pintura. En septiembre, segunda mano de aceite. En noviembre, plegar y guardar lo que se pueda, cojines dentro, fundas sobre mueble seco y sombrilla desmontada y bajada.

Errores frecuentes

Comprar el conjunto más grande que cabe: un jardín amueblado al milímetro se usa peor que uno con espacio para circular. Elegir madera y dejarla sobre tierra. Confiar en la funda como techo permanente. Poner el sofá bajo un árbol con pulgón. Anclar una glicinia a un cenador ligero. Y montar el rincón de estar en el punto que tiene mejores vistas desde dentro de casa en lugar de en el que tiene sombra a la hora en que se usa.

En resumen

Amueblar el jardín con Ikea funciona si se decide primero el sitio —sombra a la hora real de uso, nada problemático encima, viento controlado—, se elige el material según el clima (aluminio junto al mar, acacia aceitada dos veces al año en el interior, plásticos y ratán sintético a resguardo del sol duro del sur) y se resuelve el apoyo con pavimento o losas en lugar de tierra o césped. A partir de ahí, cojines guardados, fundas solo sobre mueble seco, la barbacoa lejos de setos resinosos y la sombra confiada a una parra o a un jazmín antes que a un tejido. Con esos cuidados, un conjunto de gama media dura muchos años más de lo que cabría esperar por su precio.


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