Llegamos a la fase que todo el mundo espera desde el principio: plantar. Con el levantamiento del terreno hecho, las zonas definidas, los recorridos trazados y las obras de albañilería y riego terminadas, toca poner las plantas en el suelo.

Conviene decir algo antes de empezar, porque explica muchos jardines fallidos: la plantación no es el momento de decidir qué se planta. Es el momento de ejecutar una decisión ya tomada. Ir al vivero con la furgoneta vacía y comprar lo que resulte bonito ese sábado es el camino más corto a un jardín que en cinco años es una colección incoherente de plantas que se molestan entre sí.

Antes de plantar: la búsqueda de material vegetal

El plano de plantación indica especie, número de ejemplares, tamaño de suministro y posición. Con esa lista en la mano empieza una fase que se subestima siempre: encontrar realmente las plantas.

Rara vez un solo vivero tiene todo lo del listado en el tamaño y la calidad que quieres. Merece la pena visitar varios, incluidos viveros de producción y no solo garden centers, donde encontrarás mejores precios y ejemplares mejor formados en tamaños grandes. Para especies poco comunes hay que reservar con meses de antelación.

Cómo se juzga la calidad de una planta en el vivero:

Mira el cepellón antes que la copa. Saca la planta de la maceta si te dejan. Las raíces deben verse blancas o claras en los extremos y repartidas por todo el volumen. Si forman una espiral apretada contra la pared del contenedor, o salen en masa por los agujeros de drenaje, la planta está enmacetada: lleva demasiado tiempo ahí. Ese cepellón, plantado tal cual, sigue creciendo en círculo, la planta nunca ancla bien y a los cinco o diez años se cae con el primer temporal. Las raíces enrolladas de un árbol pueden llegar a estrangular su propio cuello.

Desconfía del ejemplar más grande y más barato. Suele ser el que lleva dos años sin vender.

Prefiere árboles con ramificación baja y tronco cónico, aunque parezcan menos elegantes que los de tronco recto y limpio criados con tutor. Los primeros desarrollan un tronco más resistente y necesitan menos entutorado.

Revisa el cuello. Debe verse el ensanchamiento donde el tronco pasa a raíz. Si la planta viene ya enterrada de más en la maceta, tendrás que corregirlo al plantar.

Comprueba plagas: envés de las hojas, axilas, base del tronco. Y descarta plantas con heridas mal cicatrizadas o con cortes de poda grandes.

La época: cuándo plantar en España

La regla general para nuestro clima es otoño, de octubre a diciembre, y esta es la razón: el suelo todavía conserva el calor del verano, lo que permite que las raíces sigan creciendo, mientras la parte aérea está parada y no exige agua. La planta se pasa el invierno enraizando y llega a su primer verano con un sistema radicular ya funcional. En la mitad sur y en el litoral, además, las lluvias de otoño hacen buena parte del trabajo de riego.

Excepciones que sí importan:

Especies subtropicales y sensibles al frío (cítricos, palmeras, buganvillas, Dypsis, muchas suculentas): mejor en primavera, de marzo a mayo, para que dispongan de toda la temporada cálida antes del primer invierno.

Raíz desnuda (rosales, frutales de hoja caduca, setos de caducas): solo en pleno reposo vegetativo, de noviembre a febrero, y plantando el mismo día que se recibe el material.

Zonas de montaña e interior con heladas duras: mejor a finales de invierno o principios de primavera, para evitar que una planta recién puesta y sin enraizar pase una helada fuerte.

Lo que hay que evitar en cualquier caso es plantar de junio a agosto. Es posible con riego intensivo y planta de contenedor, pero el índice de fracaso se dispara y el consumo de agua es enorme.

Replanteo: marcar antes de cavar

Con las plantas ya en el jardín, todavía en sus macetas, el paso previo es el replanteo: trasladar el plano al terreno.

Se marcan las posiciones con cal, arena o spray de obra, dibujando no un punto, sino el diámetro que la planta tendrá de adulta. Este detalle cambia la percepción por completo. Cuando dibujas en el suelo el círculo de cuatro metros que ocupará un Arbutus unedo maduro, entiendes de golpe por qué el plano decía tres ejemplares y no doce.

A continuación se colocan todas las plantas, todavía en maceta, sobre sus marcas, y se mira el conjunto desde los puntos de vista principales: desde la puerta de la casa, desde el salón, desde la zona de estar, desde la entrada. Este es el momento de mover cosas, y es gratis. Una vez plantado, ya no.

Tres criterios de composición que conviene aplicar aquí:

Grupos impares. Tres, cinco o siete ejemplares de la misma especie leen como una masa; dos o cuatro tienden a leerse como una simetría fallida. Salvo que busques deliberadamente una composición formal, agrupa en impares.

Masas antes que ejemplares sueltos. Un jardín con veinte especies distintas, una de cada, parece un muestrario. Repetir la misma planta en varios puntos del jardín crea ritmo y unidad.

Capas. Piensa en niveles: árboles, arbustos estructurales de tres a cuatro metros, arbustos medios, vivaces y gramíneas, tapizantes y bulbos. Un jardín solo de arbustos redondos a un metro de altura es plano y aburrido.

Distribuir por zonas: cada sitio tiene su planta

Aquí es donde se decide si el jardín funcionará o habrá que reponerlo cada dos años. El principio rector es la hidrozonificación: agrupar plantas con la misma necesidad de agua, de luz y de suelo en el mismo sector de riego. Meter una hortensia y una lavanda en el mismo macizo condena a una de las dos, porque el programador solo puede regar de una manera.

Zona de acceso

Es la primera impresión del jardín y la que más restricciones tiene, porque aquí compiten estética y funcionalidad.

Visibilidad. Si hay salida de vehículos, mantén despejado el triángulo de visión hacia la calle. Las plantaciones junto a la puerta del garaje no deben superar los 70-80 cm de altura en un radio razonable, o pasarás a depender del retrovisor y del optimismo.

Nada de espinas junto al paso. Rosales, agaves, Berberis, pyracantha y cactáceas fuera de los bordes de sendas y accesos, sobre todo si hay niños. Una Agave americana junto a un camino es un accidente esperando su turno.

Cuidado con lo que mancha. Frutos carnosos y muy pigmentados sobre pavimento son una mala idea: moras, higos, Ligustrum, Melia azedarach, algunas Prunus ornamentales. Manchan, resbalan y atraen avispas.

Y con lo que levanta el pavimento. Nunca plantes junto a solados, muros o arquetas especies de raíz superficial y agresiva: Populus, Ficus, Ulmus, Robinia, Salix, Melia. Como orientación mínima, deja 3 metros entre el tronco previsto y cualquier pavimento, y más si el árbol es de porte grande.

Lo que sí funciona en un acceso: plantación baja y repetida que acompañe el recorrido, algún ejemplar destacado que señale la entrada, aromáticas junto al paso —lavanda, romero, Teucrium, santolina— que se rocen y suelten olor, y setos bajos de Buxus, Myrtus o Teucrium si se quiere un aire más formal.

Zona de acceso al jardín ya plantada

Zona pegada a la obra

La franja junto a la fachada tiene un microclima propio y bastante duro, y hay que plantarla en consecuencia. Dos situaciones opuestas según la orientación:

Fachada sur y oeste. El muro acumula calor durante el día y lo irradia por la noche; el pie de la pared queda protegido de la lluvia por el alero y el suelo suele estar lleno de restos de obra, cal y escombro, con un pH más alto de lo normal. Es, en la práctica, el punto más seco y caluroso del jardín. Ahí van plantas mediterráneas de secano y tolerantes a la caliza: Rosmarinus officinalis, Lavandula, Salvia, Teucrium fruticans, Westringia fruticosa, Cistus, Perovskia, Nerium oleander, Agave, Aloe y gramíneas como Stipa tenacissima. Aprovechando esa protección extra pueden ubicarse aquí las especies algo más frioleras del proyecto.

Fachada norte. Sombra permanente o casi, humedad más estable, sin sol directo. Aquí van las plantas de sotobosque: Aucuba japonica, Fatsia japonica, Hydrangea, Camellia si el suelo es ácido, Aspidistra, helechos como Dryopteris o Polystichum, Vinca, Liriope, Ophiopogon, Sarcococca. Un error clásico es llenar el lado norte de aromáticas mediterráneas y no entender por qué se ahílan y se mueren.

Bajo las ventanas. Regla sencilla: nada que crezca por encima del antepecho, o taparás la luz y la vista. Aquí van vivaces bajas, tapizantes o arbustos que se mantengan por debajo de 80-100 cm sin necesidad de poda continua. Y evita colocar justo bajo la ventana plantas muy visitadas por abejas si esa ventana se abre a menudo.

Distancia al muro. Deja al menos 60-80 cm entre el muro y el eje de un arbusto, y bastante más para un árbol. Pegar la plantación a la pared impide el mantenimiento, retiene humedad contra el paramento y compromete la cimentación cuando la planta crece.

Plantación en la franja junto al muro de la vivienda

Zona pegada al garaje

Suele ser la zona más ingrata del jardín y la que peor se resuelve. Reúne varios problemas a la vez: suelo compactado por el paso de maquinaria durante la obra, restos de escombro enterrados, poco espesor de tierra útil, y a menudo sombra permanente o, al contrario, reverberación fuerte del pavimento.

Antes de plantar aquí hay que comprobar el suelo. Cava un hoyo de prueba de 50 cm y llénalo de agua: si tarda más de 12 o 24 horas en drenar, hay un problema de compactación o una capa impermeable, y plantar sin resolverlo es tirar el dinero. La solución pasa por descompactar en profundidad, retirar escombro y aportar tierra vegetal.

Como criterio, en esta zona conviene plantar poco y resistente, y usarla para funciones prácticas: ocultar el propio muro del garaje con trepadoras sobre cable —Trachelospermum jasminoides, Parthenocissus, Ficus pumila— y disponer una plantación baja de mantenimiento mínimo al pie: Rosmarinus rastrero, Lonicera nitida, Liriope muscari, Ophiopogon japonicus, Lantana tapizante, o directamente un acolchado de grava con algún ejemplar puntual.

Y una advertencia: no plantes árboles junto al garaje pensando en la sombra. La raíz levanta el pavimento, las hojas obstruyen los sumideros y la resina o los frutos caen sobre el coche.

La técnica de plantación

Da igual lo bueno que sea el diseño si la planta se pone mal. Los pasos:

1. Hidrata el cepellón. Sumerge la maceta en agua hasta que dejen de salir burbujas. Un cepellón seco de turba es hidrófobo: plantado así, el agua de riego lo rodea sin penetrar y la planta se seca aunque el suelo alrededor esté húmedo.

2. Abre el hoyo ancho, no profundo. De dos a tres veces el diámetro del cepellón y de la misma profundidad. Las raíces se extienden lateralmente, no bajan en vertical, así que lo útil es la anchura. Si el suelo es arcilloso, escarifica las paredes del hoyo con la azada: un hoyo hecho con pala en arcilla húmeda deja unas paredes bruñidas e impermeables que actúan como una maceta enterrada, y la raíz gira dentro sin salir jamás.

3. Trata el cepellón. Si las raíces están enrolladas, ábrelas con los dedos o haz tres o cuatro cortes verticales con un cuchillo limpio en el exterior del cepellón. Parece brutal y es imprescindible: sin ello, la raíz nunca sale de su forma de maceta.

4. Coloca a la altura correcta. Este es el error más frecuente y más letal. El cuello de la planta, donde el tronco ensancha antes de convertirse en raíz, debe quedar a nivel del suelo o un par de centímetros por encima, nunca enterrado. Enterrar el cuello provoca podredumbres, asfixia y raíces adventicias circulares, y mata árboles y arbustos años después, cuando ya nadie relaciona la causa con el efecto. Apoya un listón atravesado sobre el hoyo para comprobar el nivel antes de rellenar. Ten en cuenta además que el suelo suelto se asienta: deja el cepellón dos o tres centímetros alto.

5. Rellena con la propia tierra. Otra idea muy extendida y contraproducente es llenar el hoyo de sustrato comercial o de estiércol. En suelos pesados eso crea una isla de tierra esponjosa dentro de una matriz arcillosa, que acumula el agua como una bañera y desincentiva a la raíz a explorar fuera. Rellena con la tierra excavada, como mucho mejorada con un 20-30 % de compost bien hecho, y mezclada de forma homogénea. Nada de estiércol fresco en el fondo del hoyo tocando las raíces.

6. Forma alcorque y riega de asentamiento. Levanta un caballón de tierra alrededor para retener el agua y da un riego abundante inmediato: unos 15-20 litros para un arbusto, 40-60 para un árbol. Su función no es solo hidratar, sino eliminar las bolsas de aire y poner la tierra en contacto con las raíces. Este riego no se salta ni aunque esté lloviendo.

7. Acolcha. Una capa de 5-8 cm de corteza, astilla, paja o grava reduce la evaporación entre un 30 y un 50 %, frena las malas hierbas, amortigua la temperatura del suelo y mejora la estructura al descomponerse. Con una condición: deja un anillo libre de 10-15 cm alrededor del tronco. El acolchado apilado contra el tronco mantiene la corteza húmeda y provoca podredumbre del cuello.

8. Entutora solo si hace falta. Un árbol se entutora si es alto y con poco cepellón o si el sitio es muy ventoso; en el resto de casos, mejor sin tutor, porque el movimiento del tronco es lo que estimula el engrosamiento y el anclaje. Si lo pones: tutor bajo, atado a un tercio de la altura, ataduras anchas y flexibles que permitan cierto movimiento y retirada a los dos años como máximo. Los tutores olvidados y los alambres que se clavan en la corteza matan más árboles jóvenes que cualquier plaga.

Los primeros meses

Riego. El primer verano es crítico. Riega abundante y espaciado, no poco y a diario: el riego profundo obliga a la raíz a bajar, el riego superficial la mantiene en los cinco centímetros de arriba y crea una planta dependiente para siempre. Con goteo, más vale aumentar el tiempo de riego que la frecuencia. A partir del segundo o tercer año se puede reducir progresivamente hasta el régimen definitivo.

Abonado. Nada de abonos minerales rápidos en los primeros meses. La planta debe centrarse en enraizar, no en producir hojas. Compost y materia orgánica sí; nitrógeno de acción rápida, en primavera del año siguiente.

Poda. Solo lo estrictamente necesario: madera seca, rota o mal orientada. La poda de formación empieza al segundo año.

Y paciencia. Hay una regla anglosajona que resume bien lo que pasa con una plantación nueva: sleep, creep, leap. El primer año la planta parece dormida porque está invirtiendo todo bajo tierra; el segundo empieza a moverse; el tercero se dispara. La mayoría de los jardines que se rehacen a los dos años se rehacen justo antes de que hubieran empezado a funcionar.

En resumen

La plantación es la ejecución de un plano, no un momento de improvisación. Antes hay que buscar el material vegetal en varios viveros, revisando cepellones y descartando plantas enmacetadas, y elegir la época correcta: otoño para la mayoría, primavera para lo subtropical, invierno para raíz desnuda, nunca en verano.

En el terreno se replantea marcando el diámetro adulto de cada planta, se coloca todo en maceta y se mira desde los puntos de vista reales antes de cavar nada. La distribución se hace por zonas homogéneas de riego y exposición: el acceso pide visibilidad, ausencia de espinas y raíces no invasivas; la franja junto a la vivienda se resuelve según orientación, con mediterráneas al sur y plantas de sombra al norte; y la zona del garaje exige descompactar el suelo y conformarse con plantación baja y trepadoras sobre el muro.

De la técnica, quédate con tres cosas: hoyo ancho y no profundo, cuello a nivel del suelo y jamás enterrado y relleno con la propia tierra. Después, riego de asentamiento abundante, acolchado sin tocar el tronco y riegos profundos y espaciados durante los dos primeros veranos.


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