Un jardín se lee de lejos antes que de cerca. Desde la ventana del salón o desde la puerta de la parcela no se aprecia el detalle de una flor: se ve una silueta, unas masas de verde de distinta altura y algún punto de color. Esa lectura a distancia es la que decide si un jardín parece compuesto o parece una colección de plantas metidas en el mismo trozo de tierra. Y depende casi por completo de una cosa: haber repartido papeles antes de comprar.

La forma más práctica de elegir plantas no es ir al vivero con una lista de nombres, sino con una lista de funciones. Cuántas piezas grandes necesito para dar estructura, cuántos arbustos medios para sostener el conjunto, cuánta vivaz para tapar suelo y cuánto capricho de temporada me puedo permitir. Con ese reparto hecho, el vivero deja de ser una tentación y pasa a ser una gestoría.

Jardín con plantas de distintos portes combinadas en capas

Primero el sitio, después la lista

Ninguna elección de plantas es buena o mala en abstracto: lo es respecto a un suelo, una exposición y un régimen de agua concretos. Antes de escribir un solo nombre conviene tener contestadas cuatro preguntas.

Cómo es el suelo. Basta una prueba casera: se cava un hoyo de unos 40 cm, se llena de agua, se deja escurrir y se vuelve a llenar. Si la segunda carga tarda más de cuatro o cinco horas en desaparecer, hay problema de drenaje y la lista de mediterráneas de secano —lavanda, romero, santolina, salvia— se complica muchísimo. En arcillas pesadas esas plantas no mueren de frío: mueren de asfixia radicular en invierno. La solución realista no es "echar arena" (con arcilla se obtiene algo parecido al cemento), sino plantar sobre caballón o en arriate elevado de 25-30 cm y aportar materia orgánica año tras año.

Qué pH tengo. Un medidor barato o un análisis de laboratorio ahorran disgustos. En buena parte de la mitad este y sur peninsular el agua y el suelo son calizos, y ahí hortensias, camelias, azaleas, rododendros o arces japoneses viven amarilleando de clorosis férrica por mucho quelato que se les eche. Esas plantas son cómodas en Galicia, la cornisa cantábrica o zonas de suelo ácido; fuera de ellas, o van en maceta con sustrato para acidófilas y agua de lluvia, o no van.

Cuántas horas de sol reales. Conviene medirlo, no estimarlo, y hacerlo en verano y en invierno, porque un muro al sur puede pasar de dos horas de sol en diciembre a ocho en julio. "Sombra" en Asturias y "sombra" en Sevilla tampoco significan lo mismo: en el interior sur, una exposición a mediodía en agosto quema hojas que en el norte estarían perfectas a pleno sol.

Qué agua voy a poder dar. Este es el punto que más jardines arruina. No se trata solo de cuánta, sino de si habrá o no un sistema automático. Un jardín que depende de que alguien riegue a mano todos los días de julio es un jardín que se muere la primera vez que la familia se va dos semanas.

Plantas protagonistas: las que se ven desde la calle

Son las piezas grandes, y su función no es florecer, es ordenar el espacio: dar altura, proyectar sombra, tapar lo que sobra, enmarcar una vista. Árboles pequeños y medianos, arbustos de gran porte, alguna palmera o algún ejemplar de porte muy marcado. En un jardín de tamaño medio no hacen falta muchas: entre una y tres bien colocadas hacen más que quince repartidas al azar.

El criterio número uno es el tamaño adulto, no el del ejemplar que hay en el contenedor. Ahí se cometen los errores más caros del jardín, porque un árbol mal situado no se corrige podando: se corrige talando diez años después. Como regla, un árbol que vaya a alcanzar 8 metros de copa quiere al menos 4 metros de separación a la fachada, y bastante más si hay saneamiento antiguo o solera cerca. Y ojo con lo que se planta junto a la piscina: cualquier especie de hoja pequeña y caduca convertirá el skimmer en un trabajo diario cada otoño.

Especies que funcionan bien como protagonistas en clima peninsular:

Para dar sombra en verano y sol en invierno (caducas de copa ancha y raíz razonablemente educada): el árbol del amor o ciclamor, Cercis siliquastrum, que florece en marzo sobre madera desnuda y tolera bien la caliza; el almez, Celtis australis, magnífico pero solo para parcelas grandes; el árbol de Júpiter, Lagerstroemia indica, que florece de julio a septiembre justo cuando el jardín está apagado, aguanta calor y sequía y no se pasa de tamaño.

Para estructura permanente: el madroño, Arbutus unedo, autóctono, perenne, con flor y fruto a la vez en otoño; el olivo, Olea europaea, que exige drenaje pero luego pide muy poco; la encina, Quercus ilex, lenta pero definitiva en parcelas grandes de interior; el laurel, Laurus nobilis, que sirve tanto de árbol pequeño como de seto alto.

Evita como protagonistas de jardín pequeño los chopos y sauces (raíz agresiva y vida corta), la mimosa Acacia dealbata en zonas donde es invasora, y las coníferas de gran porte tipo cedro o secuoya, que en veinte años dejan el jardín en sombra permanente y no admiten reducción sin quedar deformes.

Plantas soporte: el volumen intermedio

Entre el árbol y el suelo hay un estrato de metro y medio a dos metros y medio que es el que realmente da sensación de jardín lleno. Son arbustos de porte medio, perennes en su mayor parte, que trabajan doce meses al año aunque no llamen la atención: hacen de fondo para las flores, ocultan el muro del vecino, marcan el borde de un camino y sostienen la composición en enero, cuando las vivaces han desaparecido.

Aquí interesa la repetición por encima de la variedad. Tres o cuatro especies repetidas en grupos a lo largo del jardín leen como diseño; doce especies distintas leen como desorden. Si dudas, quita nombres de la lista y multiplica unidades.

Buenas piezas de soporte para el clima de aquí: el durillo, Viburnum tinus, tolerante a media sombra, con floración blanca invernal y baya azul; el pitosporo enano, Pittosporum tobira 'Nanum', compacto sin necesidad de tijera; el olivillo, Teucrium fruticans, de hoja gris y comportamiento excelente en secano; el mirto, Myrtus communis, autóctono y podable; el romero, hoy Salvia rosmarinus, en su forma erecta; las salvias arbustivas del grupo Salvia microphylla y Salvia greggii, que florecen de abril a las primeras heladas y se rejuvenecen con un recorte fuerte a finales de invierno; y, en jardines de suelo fresco y ácido, las hortensias, Hydrangea macrophylla.

Merece la pena deshacer aquí una idea muy repetida: la hortensia no es una planta de sombra, es una planta de humedad constante. En el norte vive perfectamente con sol de mañana y florece mucho mejor así; lo que no soporta es el sol de las cuatro de la tarde de un agosto manchego con el sustrato seco. Cuando alguien la mete debajo de un árbol denso "porque es de sombra", suele acabar con una planta verde y sin flor, compitiendo por agua con las raíces del árbol.

Plantas de relleno: vivaces y gramíneas

El relleno es el estrato de 30 a 100 cm que cubre el suelo, aporta la mayor parte de la floración y hace que el jardín no parezca un conjunto de arbustos aislados sobre corteza de pino. Son sobre todo vivaces herbáceas y gramíneas ornamentales: plantas que rebrotan cada año, se pueden dividir a los tres o cuatro años y salen baratas porque se multiplican solas.

La clave de este estrato es plantar en masas, no en unidades. Un ejemplar suelto de Salvia nemorosa no se ve; nueve juntos son una mancha morada visible desde el otro extremo del jardín. Grupos de números impares (3, 5, 7, 9) y densidades reales: de 5 a 9 plantas por metro cuadrado en vivaces de porte medio, de 3 a 5 en las de porte grande.

Selección fiable para secano o riego moderado: Salvia nemorosa y Salvia × sylvestris, que si se cortan tras la primera floración de mayo repiten en agosto; Perovskia, hoy Salvia yangii, con su nube azul de julio a septiembre; Gaura lindheimeri, correctamente Oenothera lindheimeri, floración larguísima y aspecto ligero; Achillea millefolium en sus variedades de color; Nepeta × faassenii, imbatible como borde bajo; Hylotelephium spectabile, el antiguo Sedum de otoño, que además alimenta abejas en septiembre; y Euphorbia characias subsp. wulfenii para volumen perenne y flor verde en marzo.

En gramíneas, Stipa tenuissima (nombre actual Nassella tenuissima) mueve el jardín con cualquier brisa y se resiembra sola —a veces demasiado—; Miscanthus sinensis aporta pantalla de tres metros en verano y espigas secas todo el invierno; Pennisetum y Festuca glauca resuelven los primeros planos. Las gramíneas cálidas se cortan a un palmo del suelo a finales de febrero, nunca en otoño: sus matas secas son el mejor ornamento invernal que hay y protegen la corona del frío.

Plantas decorativas: el color de temporada

Son las que se cambian, las que dan el acento. Bulbos, anuales, plantas de maceta junto a la puerta. Ocupan poca superficie y consumen mucho trabajo, así que es sensato concentrarlas donde de verdad se miran: entrada, terraza, borde del camino, ventana de la cocina.

Los bulbos son la forma más barata de tener flor en febrero y marzo. Narcisos (Narcissus) y muscari se naturalizan bien en buena parte de España y vuelven año tras año sin hacer nada, siempre que se deje secar la hoja antes de segar. Los tulipanes son otra historia: en el interior y el sur peninsular casi nunca repiten bien porque necesitan un invierno frío largo, así que lo honesto es tratarlos como anuales, o comprar bulbos prerrefrigerados y asumir que el segundo año dará flores más pequeñas. Se plantan de octubre a diciembre, a una profundidad de dos a tres veces su altura.

Para verano en zonas cálidas, los bulbos de calor son mejor inversión: Zantedeschia en zonas frescas, Agapanthus, Crinum, Amaryllis belladonna y Nerine, que florecen en septiembre cuando ya no queda nada. Y entre las anuales de temporada cálida, Zinnia, Cosmos, Tagetes y Gaura aguantan el calor mucho mejor que las petunias de vivero, que en el interior se derriten en cuanto pasan de 35 ºC.

Macizo con plantas vivaces agrupadas en masas de color

Cómo repartir las proporciones

Un reparto que funciona en jardines residenciales, medido en superficie plantada y no en número de especies:

10-15 % protagonistas, 30-35 % soporte, 40-50 % relleno y 5-10 % decorativas. Si el porcentaje de decorativas se dispara, el jardín será caro de mantener y estará vacío medio año. Si el de soporte se queda corto, en invierno la parcela parecerá abandonada.

Dos reglas más que ahorran rehacer arriates:

Agrupa por necesidad de agua. Un aspersor no distingue entre una lavanda y una hortensia. Si conviven en el mismo sector de riego, una de las dos siempre estará mal. Definir dos o tres zonas —seca, media y fresca— y respetarlas es lo que separa un jardín sostenible de una lista de bajas anuales.

Reserva al menos un 60 % de follaje perenne. El jardín se ve todos los días del año, no solo en mayo. Estructuras verdes, hojas grises, hojas grandes frente a hojas finas: el contraste de textura sostiene el conjunto cuando no hay una sola flor abierta.

Que haya algo pasando cada mes

Al hacer la lista, marca al lado de cada planta su mes o meses de interés. Es sorprendente lo fácil que resulta comprar veinte plantas que florecen todas entre abril y junio.

Un esqueleto anual razonable para clima peninsular: enero-febrero, Viburnum tinus, Helleborus, mimosa donde sea admisible, bulbos tempranos; marzo-abril, Cercis, narcisos, Euphorbia, frutales ornamentales; mayo-junio, rosales, salvias, Nepeta, jazmines; julio-agosto, Lagerstroemia, Perovskia, Agapanthus, adelfa donde el frío lo permita; septiembre-octubre, Hylotelephium, gramíneas en espiga, Nerine, frutos de madroño; noviembre-diciembre, hoja perenne, cortezas, bayas de Nandina y Pyracantha, y las matas secas de las gramíneas.

Errores frecuentes al elegir

Comprar por la flor abierta. Lo que está florecido en el vivero en abril es lo que florece en abril. Si todas las compras se hacen en primavera, el jardín tendrá un pico brutal en mayo y once meses sosos.

Confundir rústico con inmortal. Lavanda, romero u olivo se venden como plantas que "no necesitan riego", y es cierto una vez establecidas. Establecerse les lleva entre uno y dos años, con riegos espaciados pero abundantes durante los dos primeros veranos. Sin ese periodo, la planta rústica se seca igual que cualquier otra.

Plantar demasiado junto por impaciencia. Un macizo que parece perfecto el primer año suele estar sobreplantado. En arbustos, respeta el diámetro adulto; si necesitas efecto inmediato, rellena los huecos con vivaces o anuales que retirarás en tres años, no con más arbustos.

Enterrar el cuello de la planta. El cepellón se planta al mismo nivel del suelo o un par de centímetros por encima, nunca hundido. Es la causa silenciosa de muchísimas muertes al segundo año, sobre todo en injertos de rosal y en árboles.

Ignorar plagas locales previsibles. Plantar boj, Buxus sempervirens, sin contar con la oruga Cydalima perspectalis, hoy extendida por casi toda la Península, o palmeras sin valorar el picudo rojo, es comprometerse a un tratamiento perpetuo. Existen alternativas: Ilex crenata, Lonicera nitida o Teucrium × lucidrys hacen setos bajos igual de limpios.

Olvidar el mantillo. No es una elección de planta, pero condiciona todas las demás: una capa de 5-7 cm de acolchado orgánico o gravilla reduce el riego de forma notable, frena la hierba y estabiliza la temperatura del suelo. Sin acolchar, la lista de plantas de bajo consumo deja de serlo.

Un método para cerrar la lista

Dibuja la planta del jardín a escala, aunque sea a mano. Marca primero dónde quieres sombra, dónde necesitas tapar una vista y por dónde se pasa: eso te da las posiciones de los protagonistas. Traza después las masas de soporte como manchas, sin nombres todavía, y calcula su superficie. Rellena el resto con manchas de vivaces y anota los metros cuadrados de cada una.

Solo entonces asigna nombres, filtrando por exposición, suelo y sector de riego, y multiplica la superficie por la densidad para saber cuántas unidades comprar. Llegarás al vivero con un pedido cerrado, y ese es justo el momento en el que dejas de comprar plantas y empiezas a hacer un jardín.

En resumen

Elegir plantas es repartir papeles antes que elegir nombres. Comprueba primero suelo, pH, horas de sol y agua disponible; después decide cuántas piezas grandes dan estructura, cuántos arbustos medios sostienen el conjunto durante el invierno, qué vivaces y gramíneas cubren el suelo en masas y qué pequeña parte reservas al color de temporada. Reparte en torno a un 10 % de protagonistas, un tercio de soporte, casi la mitad de relleno y poco más de un puñado de decorativas; agrupa por necesidad de agua, repite pocas especies muchas veces, comprueba que cada mes haya algo pasando y acolcha. Con eso, un jardín se ve compuesto desde el primer año y sigue siéndolo al décimo.


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