En 1642, los canteros de Shah Jahan terminaron en Lahore un jardín con más de cuatrocientos surtidores que funcionaban sin una sola bomba. Doscientos setenta años después, al otro lado del planeta, la mujer de un fabricante de cemento empezó a rellenar de tierra vegetal el agujero que había dejado la cantera de caliza de su marido. Los dos jardines siguen en pie, los dos reciben visitas todos los días del año y los dos resuelven un problema de ingeniería antes que uno de decoración. Esa es la razón por la que merecen una entrada propia en esta serie: no por el catálogo de plantas, sino por lo que enseñan sobre cómo se domestica un terreno difícil.

En esta cuarta entrega toca el Shalimar, el jardín mogol por excelencia, y los Butchart Gardens de la isla de Vancouver. Al final verás qué se puede trasladar a un jardín peninsular y qué es directamente imposible por clima, por agua o por presupuesto.

Shalimar, agua que baja sola

Hay dos jardines con ese nombre y conviene no confundirlos. El primero es el Shalimar Bagh de Srinagar, en Cachemira, mandado trazar por el emperador Jahangir hacia 1619 a orillas del lago Dal y ampliado después por el gobernador Zafar Khan. El segundo es el Shalimar de Lahore, en el actual Pakistán, obra de Shah Jahan entre 1641 y 1642, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981 junto con el fuerte de Lahore. Cuando alguien dice "los jardines de Shalimar" a secas, casi siempre habla de este último.

Terrazas y canales de agua del jardín Shalimar

Ambos responden al esquema del charbagh: un rectángulo dividido en cuatro cuartos por canales de agua que se cruzan, con un estanque o un pabellón en la intersección. No es una ocurrencia estética. Es una traducción literal de la descripción coránica del paraíso, cuatro ríos incluidos, aplicada a un terreno en pendiente. El de Lahore ocupa unas dieciséis hectáreas repartidas en tres terrazas que descienden de norte a sur, cada una con su nombre y su función: la superior para el emperador y la corte, la intermedia con los estanques y los pabellones de mármol, la inferior abierta a la audiencia pública.

Lo interesante para un jardinero es la hidráulica. El agua llegaba por un canal desde el río Ravi, decenas de kilómetros más arriba, y todo el sistema de surtidores funcionaba por diferencia de cota: un depósito elevado, conducciones de sección decreciente y boquillas estrechas. La presión la daba la gravedad. Los saltos entre terrazas no caen en vertical liso, sino sobre planos de piedra labrados con relieves —los chadar— que rompen la lámina y la hacen brillar y sonar. Detrás de algunas cascadas hay hornacinas, los chini khana, donde se colocaban lámparas de noche y flores de día, de modo que el agua caía por delante de la luz.

La vegetación era secundaria respecto a la arquitectura, y aun así muy deliberada. Cipreses (Cupressus sempervirens) alineados para marcar el eje y dar sombra vertical, plátanos de sombra orientales (Platanus orientalis, el chinar de Cachemira) para las masas de sombra, y frutales —mango, granado, naranjo amargo, almendro— en los cuadros interiores. El jardín mogol nunca fue solo ornamental: producía fruta.

Conviene decir que el estado de conservación ha sido irregular. El Shalimar de Lahore estuvo en la lista de patrimonio en peligro entre 2000 y 2012, en buena parte por daños en las conducciones históricas durante unas obras urbanas. Salió de ella tras la restauración del sistema hidráulico. Es un recordatorio útil: en un jardín de agua, la instalación enterrada es el jardín.

Butchart, un jardín dentro de una cantera

Robert Pim Butchart fabricaba cemento Portland en Tod Inlet, cerca de Brentwood Bay, en la isla de Vancouver (Columbia Británica, Canadá). Hacia 1904 el yacimiento de caliza se agotó y quedó un hueco de paredes verticales, sin suelo, con el fondo encharcado. Su mujer, Jennie Butchart, decidió plantarlo. Hizo traer tierra vegetal en carros tirados por caballos desde granjas de los alrededores, la extendió sobre la roca desnuda y, en las paredes que no admitían plantación, colgó hiedra descolgándose desde el borde superior. Ese agujero es hoy el Sunken Garden, el jardín hundido, terminado hacia 1921.

Vista del jardín hundido de Butchart Gardens

El resto de la finca, bautizada Benvenuto, fue creciendo por partes y por décadas: un jardín japonés proyectado en 1906 con el paisajista Isaburō Kishida, de Yokohama; un jardín italiano de 1926 levantado sobre la antigua pista de tenis; una rosaleda de 1929 que sustituyó al huerto familiar. Hoy son unas veintidós hectáreas visitables y el conjunto está declarado Lugar Histórico Nacional de Canadá desde 2004.

La cifra que suele citarse —en torno a un millón de plantas de temporada al año, de cerca de novecientas variedades— explica el método más que el resultado. Butchart no es un jardín de colecciones botánicas; es un jardín de sustituciones programadas. Los macizos se replantan varias veces por temporada para que no haya nunca un hueco: bulbos en primavera, anuales de verano, crisantemos y follaje en otoño, luces en invierno. Tradicionalmente ni siquiera se etiquetan las plantas, por decisión expresa: la propuesta es la composición, no la identificación.

Eso solo es sostenible con un clima muy concreto. La isla de Vancouver tiene un oceánico suave, con veranos frescos que rara vez pasan de 25 °C y noches de julio de 12 o 13 °C, y con inviernos que pocas veces bajan de −5 °C. Las anuales de flor aguantan ahí de mayo a octubre sin achicharrarse. Ese es el punto que se pasa por alto cuando alguien vuelve de Butchart queriendo replicarlo en Toledo.

Qué se puede copiar aquí y qué no

De Shalimar, lo aprovechable es el principio hidráulico. Si tu parcela tiene desnivel, un canal estrecho de lámina fina con un salto de treinta o cuarenta centímetros hace más efecto —y consume menos— que una fuente con bomba. El agua en canal poco profundo y en movimiento se calienta menos y se evapora menos por unidad de superficie que un estanque ancho y quieto; en el interior peninsular esa diferencia es real en agosto. La otra lección mogola es la geometría de sombra: una alineación de cipreses o de Populus nigra 'Italica' a lo largo de un eje da sombra sobre el paseo a media mañana y a media tarde sin robarle luz a los cuadros de cultivo.

De Butchart, lo trasladable es la idea de aprovechar el hueco, no la lista de plantas. Un rebaje del terreno, una escombrera antigua, un antiguo depósito o una zona más baja que el resto crean un microclima abrigado: menos viento, más humedad relativa, paredes que acumulan calor durante el día y lo devuelven de noche. Ahora bien, un jardín hundido tiene dos trampas serias. La primera es que el aire frío se acumula en el fondo: en una hondonada del interior hiela antes y más fuerte que dos metros más arriba, de manera que no es el sitio para el limonero. La segunda es el drenaje. Si el fondo es roca o arcilla compactada, una tormenta de 40 litros lo convierte en una balsa; hay que resolver la salida del agua antes de traer un solo camión de tierra.

Y una corrección que toca hacer, porque se repite mucho: los macizos multicolores de estos jardines no son "de bajo mantenimiento por ser plantas rústicas". Son intensivos en riego, en abonado y en mano de obra. Si lo que buscas es un jardín parecido con la mitad de agua, el camino no es imitar el macizo de anuales, sino sustituirlo por vivaces mediterráneas de floración escalonada —Salvia, Perovskia, Achillea, Gaura, Nepeta, gramíneas como Stipa tenuissima— y reservar el color de temporada para dos o tres puntos concretos junto al paso.

En resumen

El Shalimar de Lahore, de 1642, es una obra de ingeniería hidráulica que se sostiene por gravedad y que organiza el terreno en tres terrazas según el esquema del charbagh; su vegetación —cipreses, plátanos orientales, frutales— acompaña a la arquitectura y produce fruta. Los Butchart Gardens, iniciados en 1904 sobre una cantera de caliza agotada, demuestran que un terreno destrozado se recupera si se le aporta suelo y se acepta que el mantenimiento será alto: alrededor de un millón de plantas de temporada al año en un clima oceánico fresco.

Para un jardín español, quédate con dos cosas. Del mogol, el agua en movimiento por desnivel y las alineaciones de sombra. Del canadiense, el partido que se le saca a una depresión del terreno, siempre que resuelvas el drenaje y sepas que el fondo de una hondonada es la zona más fría de la finca. Copiar el catálogo de flores no lleva a ninguna parte; copiar las decisiones de trazado, sí.


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