El ejemplar más fotografiado de Elche es una datilera que hace justo lo que las datileras no suelen hacer: ramificarse. La Palmera Imperial tiene siete brazos saliendo del tronco principal, ocho contando el eje central, y lleva así desde el siglo XIX. Está en el Huerto del Cura, poco más de una hectárea de jardín en pleno casco urbano ilicitano, declarada Jardín Artístico Nacional en 1943 y encajada dentro del Palmeral de Elche, que la Unesco inscribió como Patrimonio de la Humanidad en el año 2000.
Merece la pena entender qué se está viendo. El Huerto del Cura no es un jardín botánico moderno ni un parque temático de palmeras: es un huerto de labranza que en algún momento dejó de producir y pasó a exhibirse. Buena parte de lo que resulta interesante allí tiene explicación agronómica, no ornamental.
De parcela de cultivo a jardín visitable
El nombre viene de un cura de verdad: el capellán José Castaño Sánchez, propietario del huerto en la segunda mitad del siglo XIX, que fue quien cuidó y dio a conocer la palmera de los brazos. En 1894, con motivo del paso por Elche de la emperatriz Isabel de Austria —la Sissi de las postales—, el ejemplar quedó dedicado a ella y desde entonces se le llama Imperial.
Ya en el siglo XX la finca pasó a manos de Juan Orts Román, erudito local que la reorganizó como jardín de visita, añadió colecciones de otras especies y le dio la forma que aún conserva: paseos de albero entre parterres, estanques, rocalla y palmeras dedicadas a personajes que visitaron la ciudad. Esa costumbre de "apadrinar" palmeras con una placa sigue viva y es, en la práctica, un archivo de visitas ilustres a Elche.
El dato que suele sorprender es que el huerto conserva su geometría agrícola original. Las palmeras no están repartidas al azar: forman hileras que delimitan el perímetro y los cuadros interiores, exactamente como en cualquier otro huerto del palmeral. Esa disposición no se inventó para que quedara bonita.
Por qué la Palmera Imperial es una rareza
Una palmera no es un árbol. No tiene cámbium, no engrosa el tronco año tras año y no produce ramas laterales: crece por un único meristemo apical, el cogollo o palmito, situado en el centro de la corona. Si ese punto de crecimiento muere, la palmera muere entera, por muy verdes que sigan las hojas durante meses.
De ahí que la Imperial sea una anomalía. Lo que hizo su meristemo fue dividirse —una dicotomía, probablemente tras una lesión del cogollo cuando el ejemplar era joven— y cada mitad siguió creciendo por su cuenta hasta formar el candelabro que hoy se ve. Phoenix dactylifera emite con normalidad hijuelos por la base del tronco, y de hecho así es como se propagan los cultivares buenos, en clon; lo que casi no ocurre es que se bifurque en altura.
Conviene decirlo claro porque circula lo contrario: esa ramificación no se consigue podando. Nadie puede fabricar una palmera de varios brazos cortándole el cogollo, entre otras cosas porque el resultado normal de tocar el cogollo es una palmera muerta. La edad estimada del ejemplar ronda el siglo y medio largo, y su mantenimiento incluye apuntalar y aligerar brazos, porque un tronco que sostiene siete coronas soporta un peso y un empuje de viento para los que la especie no está diseñada.
Palmeras dedicadas, frutales y rocalla
Además de la Imperial, el recorrido pasa por decenas de datileras con placa y por un fondo de plantas que aprovechan la sombra ligera que dan las palmeras. Es el mismo esquema del palmeral tradicional: arriba, las Phoenix; debajo, cultivo.
Entre las especies que se reconocen fácilmente están el granado (Punica granatum), naranjos y limoneros, el algarrobo (Ceratonia siliqua), higueras, buganvillas trepando por los muros, ficus de gran porte y un ejemplar bien visible de Cycas revoluta. Esta última se vende siempre como "palmera de sagú" y no es una palmera ni de lejos: es una cícada, un grupo de gimnospermas mucho más antiguo, emparentado más de cerca con los pinos que con las palmeras. También está representado el palmito (Chamaerops humilis), la única palmera silvestre de la España peninsular, que en el sureste crece sola en el monte.
La rocalla de cactus y crasas —opuntias, agaves, áloes, euforbias, algún Echinocactus grusonii— funciona porque el drenaje del sustrato arenoso de la zona y el clima de Elche, con unos 300 milímetros de lluvia al año y heladas prácticamente ausentes, se parecen bastante a lo que estas plantas piden. En el interior peninsular, la misma rocalla se pierde en dos inviernos húmedos.
En uno de los estanques hay una reproducción del busto de la Dama de Elche. El original apareció en 1897 en el yacimiento de La Alcudia, a las afueras de la ciudad, y se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid.
La lógica agrícola del palmeral
El palmeral de Elche no se plantó como paisaje. Se plantó como infraestructura de cultivo, y su forma actual responde al sistema de riego heredado de época andalusí, que reparte por acequias el agua del Vinalopó, un agua notablemente salobre.
Ahí está la clave: la palmera datilera es uno de los frutales más tolerantes a la salinidad que existen. Aguanta conductividades de agua y de suelo que arruinarían a un melocotonero o a un peral en una sola campaña. Plantada en hileras, cumple tres funciones a la vez: rompe el viento de levante, da sombra parcial —filtrada, no densa— a los frutales y hortalizas del interior del cuadro, y reduce la evaporación del suelo. Un naranjo a pleno sol en Elche sufre; bajo palmeras espaciadas, no.
Otra particularidad: Phoenix dactylifera es dioica, con pies macho y pies hembra separados. Solo fructifican las hembras, y la polinización se ha hecho aquí de forma manual desde siempre, subiendo a la palmera para colocar entre las flores femeninas ramillas de la inflorescencia masculina. Sin esa intervención, la cosecha de dátiles es testimonial.
Y el producto más característico no es el dátil, sino la palma blanca del Domingo de Ramos. Se obtiene "encaperuzando" la palmera: en verano se atan las hojas centrales, todavía tiernas, para que crezcan sin luz y salgan etioladas, de un amarillo pálido. Después se cortan, se secan y se trenzan. Es un oficio con sus propios trepadores —los palmerers, que suben con soga— y explica por qué muchas palmeras del palmeral aparecen encapuchadas durante meses.
El picudo rojo y por qué hay controles
El Rhynchophorus ferrugineus, el picudo rojo, se detectó en España en 1994, en la costa de Granada, llegado con palmeras importadas. Sus larvas se alimentan en el interior del cogollo, y para cuando la corona se desmorona el daño ya es irreversible. Ataca sobre todo a Phoenix canariensis, pero la datilera también entra en su dieta.
Por eso el palmeral ilicitano está sometido a vigilancia, trampeo con feromonas y tratamientos preventivos. Si vas a plantar una palmera en la costa mediterránea, lo sensato es comprarla con pasaporte fitosanitario, revisar la corona cada pocas semanas y desconfiar de cualquier hoja central que se doble o de un cogollo que ceda al empujarlo. La poda en primavera y verano, con heridas frescas y olor a savia, es lo que más atrae al adulto: si hay que podar, mejor en los meses fríos.
Cómo organizar la visita
El Huerto del Cura está en la calle Porta de la Morera, a pocos minutos a pie del centro de Elche y de la basílica de Santa María. La entrada es de pago, con tarifa reducida para menores, jubilados y grupos, y el horario se amplía en verano y se recorta en invierno; conviene confirmar precio y horas en la web oficial antes de ir, porque cambian con la temporada.
Un par de recomendaciones prácticas. En julio y agosto, ve a primera hora de la mañana o al final de la tarde: el jardín se recorre despacio y a mediodía el sol del sureste castiga incluso con la sombra de las palmeras. La visita en sí es corta —una hora larga da de sobra— y se combina bien con el Museo Arqueológico y con el propio palmeral, que se puede pasear libre y gratis por el parque municipal. El terreno es llano y de albero compactado, transitable sin dificultad.
En resumen
El Huerto del Cura es un huerto de palmeral conservado como jardín: poco más de una hectárea en el centro de Elche, Jardín Artístico Nacional desde 1943 y parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad en 2000. Su ejemplar emblemático, la Palmera Imperial, debe sus siete brazos a una división accidental del meristemo apical, algo excepcional en una especie que crece por un único punto y que no se puede reproducir mediante poda.
Alrededor de esa palmera hay lo que siempre hubo en un huerto ilicitano: datileras en hilera dando sombra y cortando el viento, frutales debajo aprovechándola, riego salobre que solo la datilera tolera bien, polinización manual y el trabajo de la palma blanca. La rocalla de cactus, los ficus y las cícadas son añadidos del siglo XX, y funcionan gracias a un clima con apenas 300 milímetros de lluvia y casi sin heladas. Visítalo temprano, confirma horarios antes de salir de casa y, si te llevas una palmera a tu jardín, llévate también la costumbre de mirarle el cogollo cada pocas semanas.