El 17 de agosto de 1661, Nicolas Fouquet, superintendente de finanzas de Luis XIV, inauguró su finca de Vaux-le-Vicomte con una fiesta descomunal para el rey. Tres semanas después estaba detenido, y el equipo que le había construido el jardín —el arquitecto Louis Le Vau, el pintor Charles Le Brun y el jardinero André Le Nôtre— trabajaba para la Corona en Versalles. De aquel episodio nace la forma de jardín más reconocible de Europa: el jardín francés clásico, o jardin à la française.

De Italia a Francia: el punto de partida

La geometría no la inventaron los franceses. Carlos VIII regresó en 1495 de su campaña en Nápoles impresionado por los jardines del Renacimiento italiano y se llevó consigo a jardineros como Pacello da Mercogliano, que trabajó en Amboise y en Blois. Lo que llegó al Loira fueron los recursos italianos: cuadros regulares, galerías, glorietas, fuentes. Pero el terreno era distinto. Los jardines italianos se organizaban en terrazas escalonadas sobre laderas; el norte de Francia es plano, húmedo y de horizontes largos, y esa diferencia de topografía terminó produciendo un jardín distinto: en vez de subir, se extiende.

Jardines del castillo de Amboise, en el valle del Loira

El siglo XVII fija las reglas. Claude Mollet desarrolla el parterre de broderie, el dibujo de bordura recortada que imita un bordado; su hijo André Mollet publica en 1651 Le Jardin de plaisir, y Jacques Boyceau deja escrito en su tratado, publicado en 1638, el principio que resume todo el estilo: el arte ordena lo que la naturaleza produce. Le Nôtre, hijo y nieto de jardineros reales de las Tullerías, hereda ese repertorio y lo lleva a una escala que nadie había intentado.

Vaux-le-Vicomte y Versalles

Vaux-le-Vicomte es la primera obra donde el sistema funciona completo: un eje único que sale del palacio, atraviesa parterres, cruza un canal transversal y termina en una estatua sobre una loma, a más de un kilómetro. Ahí aparece el truco que define a Le Nôtre: la corrección óptica. Las partes lejanas se ensanchan y se alargan para compensar el escorzo, de modo que desde la terraza del palacio todo parece de proporciones regulares. Y hay elementos que solo se descubren caminando, como el gran canal, invisible desde la casa hasta que se está casi encima.

Versalles amplió la fórmula hasta el límite físico. El Gran Canal mide unos 1.670 metros de longitud y su brazo transversal más de un kilómetro; el Tapis Vert, el eje de césped que baja desde el parterre de agua hasta la fuente de Apolo, ordena todo el conjunto. El problema real allí no fue el diseño, sino el agua: la meseta de Versalles carecía de caudal suficiente y las fuentes nunca pudieron funcionar todas a la vez. Los fontaneros se avisaban con silbatos para abrir los surtidores por delante del paseo del rey y cerrarlos en cuanto pasaba. La machine de Marly, construida entre 1681 y 1684 para elevar agua del Sena, fue uno de los mayores esfuerzos de ingeniería de su siglo y aun así se quedó corta. Conviene tenerlo presente cuando se idealiza este estilo: era caro de construir y carísimo de mantener.

Desde mediados del siglo XVIII la moda cambia. El jardin anglais, con su paisaje irregular y su naturaleza aparentemente espontánea, encaja con la sensibilidad ilustrada y romántica —Rousseau de por medio— y desplaza al jardín geométrico, al que se acusa de tiranizar a las plantas. Muchos parterres bordados se sustituyen por praderas onduladas; en el propio Versalles, María Antonieta manda construir en 1783 su aldea rústica junto al Petit Trianon. El estilo formal no desaparece, pero pierde el centro y solo se recupera parcialmente a finales del XIX, ya como ejercicio historicista.

Los principios que lo definen

Simetría axial y jerarquía. Todo el jardín se organiza a partir de un eje principal que nace en el edificio y se prolonga hacia el horizonte. Los ejes secundarios lo cruzan en ángulo recto o parten en abanico desde una rotonda, la llamada patte d'oie o pata de oca. No es un patrón decorativo: es una estructura de recorridos que dice al visitante por dónde debe mirar.

La casa manda. El palacio, o la vivienda, es el punto de origen y también el mejor mirador. Por eso el jardín francés se piensa desde la ventana del primer piso, no desde el nivel del suelo. Un parterre de bordado solo se lee entero visto desde arriba; a ras de tierra es un conjunto de setos bajos sin sentido aparente.

La terraza intermedia. Entre el edificio y el jardín hay casi siempre una plataforma elevada con balaustrada. Cumple dos funciones: proporciona ese punto de vista dominante y separa la arquitectura del jardín con una línea limpia.

Los parterres. Es la pieza más característica y también la peor entendida. El parterre de broderie se hacía con boj recortado a diez o quince centímetros formando volutas, y los huecos se rellenaban con materiales inertes de color: arena blanca, ladrillo triturado, pizarra molida, carbón, escoria. No eran macizos de flores. El parterre à l'anglaise sustituía el dibujo por planchas de césped recortado; el parterre d'eau, por láminas de agua quieta que duplican el cielo y la fachada.

Bosquetes y animación. A los lados de los grandes ejes, el jardín se cierra en bosquets: masas de arbolado cortadas por calles rectas y salas verdes, donde se escondían fuentes, teatros, juegos de agua y sorpresas. El agua, la escultura, las celosías y los juegos de perspectiva son lo que impide que el conjunto resulte una cuadrícula muerta. Sin ese contrapunto, la geometría sola es aburrida.

Setos de boj recortados formando un parterre geométrico

Las plantas: pocas especies, muy repetidas

La paleta vegetal es deliberadamente corta. La forma importa más que la variedad, y por eso se repiten unas pocas especies capaces de aguantar el recorte constante y de mantener una silueta densa.

Para borduras y dibujo, el boj (Buxus sempervirens, y su variedad enana 'Suffruticosa'). Para setos altos, pantallas y topiaria, el tejo (Taxus baccata), que rebrota incluso de madera vieja, algo excepcional entre las coníferas. Para las charmilles —esas paredes vegetales caducas de aspecto arquitectónico— el carpe (Carpinus betulus) y el haya (Fagus sylvatica). Para las avenidas, tilos (Tilia), plátanos de sombra (Platanus x hispanica), castaños de Indias (Aesculus hippocastanum) y olmos, hoy prácticamente descartados por la grafiosis. Y en cajones de madera repartidos por las terrazas, naranjos amargos (Citrus x aurantium) y granados, que pasaban el invierno resguardados en la orangerie a temperaturas de entre 5 y 10 ºC.

Sobre el tejo hay que decir una cosa con claridad: es una planta tóxica. Sus hojas, corteza y semillas contienen taxinas, alcaloides cardiotóxicos, y solo el arilo rojo carnoso que envuelve la semilla está libre de ellas. Los restos de poda son especialmente peligrosos para el ganado y para los caballos, porque siguen siendo tóxicos secos. En un jardín particular no hay razón para renunciar a él, pero sí para retirar los recortes y no dejarlos al alcance de animales.

Adaptarlo a España

El estilo llegó aquí de la mano de los Borbones. La Granja de San Ildefonso, iniciada por Felipe V con proyecto de René Carlier y ejecución de los Boutelou, es el ejemplo más completo, y sus fuentes siguen funcionando por gravedad desde el embalse de El Mar, sin bombas. El Parterre de Aranjuez y el del Retiro madrileño son otras muestras del mismo lenguaje.

Trasladar el modelo a un clima peninsular exige sustituciones. El carpe y el haya sufren en cuanto se sale del norte húmedo: pasan los veranos de Castilla o del valle del Ebro con el borde de la hoja quemado y una demanda de riego que los hace insostenibles. Funcionan mucho mejor como setos formales el ciprés (Cupressus sempervirens, en clones estrechos como 'Stricta'), el laurel (Laurus nobilis), el mirto (Myrtus communis), el aligustre (Ligustrum japonicum), la encina recortada (Quercus ilex) y el durillo (Viburnum tinus). El tejo aguanta bien en el norte y en zonas de montaña, pero pide sombra parcial y suelo fresco en el interior seco.

Con el boj hay un problema serio y actual que conviene conocer antes de plantar cien metros lineales. Desde 2014 la oruga del boj (Cydalima perspectalis), una polilla de origen asiático, está establecida en la península y defolia un seto adulto en cuestión de semanas. A eso se suma el hongo Calonectria pseudonaviculata, causante del tizón del boj, que provoca manchas foliares, defoliación y lesiones negras en los tallos, y que se favorece precisamente con los recortes frecuentes y el riego por aspersión. Existen sustitutos convincentes: Ilex crenata en suelos ácidos o neutros y clima fresco, Euonymus japonicus 'Microphyllus', Lonicera nitida, Teucrium x lucidrys y, para el sur, Myrtus communis subsp. tarentina, que se recorta muy fino y resiste la sequía bastante mejor que el boj.

En cuanto a las flores, el jardín formal español admite lo mismo que el francés: plantación de temporada dentro de compartimentos delimitados, con floraciones de un solo color por cuadro. Bulbos en primavera, y después petunias, tagetes, salvias o vinca, sustituidos dos veces al año. Es un mantenimiento intenso, y quien no quiera asumirlo hará mejor rellenando los compartimentos con grava de color, lavanda o santolina recortada, que es una solución históricamente coherente y bastante más sensata en clima seco.

El mantenimiento, que es lo que decide

La belleza de este estilo depende por completo del rigor del recorte; un jardín francés descuidado no parece silvestre, parece abandonado. Los setos de hoja pequeña piden dos pasadas al año en clima peninsular: una a finales de mayo o junio, cuando ya no hay riesgo de heladas tardías sobre el brote nuevo, y otra a finales de agosto o principios de septiembre, dejando tiempo para que el rebrote endurezca antes del frío. Conviene no recortar bajo sol fuerte ni en plena ola de calor, porque las hojas expuestas de golpe se queman.

Dos detalles técnicos que se descuidan a menudo. Primero, el seto debe recortarse con la base algo más ancha que la coronación, en perfil ligeramente trapezoidal; si se deja recto o más ancho arriba, la parte baja se queda sin luz, se desnuda y ya no recupera. Segundo, la herramienta: hojas afiladas y desinfectadas entre plantas, sobre todo si hay sospecha de tizón, porque la tijera es el principal vector de contagio.

El otro material que exige atención es el suelo de las calles: grava compactada o zahorra con una bordura firme —acero corten, granito, ladrillo a sardinel—, porque una línea recta que se desdibuja arruina el efecto más deprisa que un seto irregular.

La versión doméstica, en parcela pequeña

Sí, y suele salir mejor que a media escala. El jardín francés no necesita hectáreas: necesita un eje, una simetría y un punto focal al final. En una parcela de doscientos metros cuadrados basta con alinear el recorrido principal con la puerta de la casa, dividir en cuadros iguales delimitados por bordura recortada, dejar la grava clara como pavimento y cerrar el eje con algo que merezca la mirada: una fuente sencilla, un ánfora, un banco, un ciprés aislado. Lo que no funciona es un fragmento a medias, con la geometría empezada y sin remate: el estilo vive de la disciplina, y en cuanto se relaja pierde su razón de ser.

En resumen

El jardín francés nace de la geometría italiana adaptada a las llanuras del norte de Francia, se formula en el siglo XVII con Le Nôtre y alcanza su expresión máxima en Vaux-le-Vicomte y Versalles antes de ceder ante el paisajismo inglés. Sus reglas son pocas y claras: eje dominante desde la vivienda, simetría, terraza mirador, parterres leídos desde arriba, bosquetes laterales y agua y escultura como contrapunto. En España conviene sustituir carpe y haya por ciprés, laurel, mirto o encina, y pensarse dos veces el boj por la oruga Cydalima perspectalis y el tizón. Y antes de empezar, un cálculo sincero de los metros lineales de seto que habrá que recortar dos veces al año: en este estilo, el mantenimiento no es una consecuencia del diseño, es parte del diseño.


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