En 1967 el barrio porteño de Palermo estrenó un jardín construido a toda prisa para recibir a los entonces príncipes herederos de Japón, Akihito y Michiko. Aquel gesto diplomático, pensado en principio como algo temporal, acabó convirtiéndose en el jardín japonés más visitado de Sudamérica y en una de las referencias obligadas cuando se habla de jardinería japonesa fuera de Asia.

Para quien viaja desde España tiene un interés añadido: es un jardín japonés cultivado bajo un clima subtropical húmedo, muy distinto del de Kioto, y eso obliga a soluciones de sustitución de especies que resultan instructivas para cualquiera que quiera intentar algo parecido en la Península.

De regalo diplomático a institución cultural

El jardín se levantó en terrenos del Parque Tres de Febrero, en Palermo, con la participación de la colectividad japonesa afincada en Argentina, que en aquel momento ya era numerosa y estaba muy asentada en la horticultura y la floricultura del cinturón verde bonaerense. Muchos de los viveristas que abastecían de flores a Buenos Aires eran de origen japonés u okinawense, y de ahí salieron buena parte de las plantas y de las manos que armaron el conjunto.

Lo que iba a ser una instalación efímera fue creciendo. En los años setenta pasó a ser gestionado por la Fundación Cultural Argentino Japonesa, que sigue a cargo del recinto y financia su mantenimiento con las entradas, el restaurante, el vivero y una programación cultural continua. Esa fórmula explica por qué el jardín se conserva bien: no depende de un presupuesto municipal que sube y baja, sino de una entidad que vive de que el sitio esté cuidado.

Se repite mucho que es el jardín japonés más grande fuera de Japón. Conviene tomar la etiqueta con pinzas: hay jardines japoneses de gran extensión en Estados Unidos, Brasil y Europa, y la comparación depende de qué se cuente como superficie ajardinada. Lo defendible es que está entre los mayores y, sobre todo, entre los más completos y mejor mantenidos del hemisferio sur. La calidad de la ejecución no necesita el superlativo.

Cómo está construido

La estructura responde al modelo de jardín de paseo (kaiyū-shiki), el estilo que se consolidó en el periodo Edo: un lago central y un recorrido perimetral que va descubriendo escenas sucesivas. No hay un punto único desde el que se vea todo, y eso es deliberado. El camino gira, sube y baja, y en cada curva aparece una vista distinta.

Los elementos reconocibles están todos:

El lago y las carpas koi. El estanque ocupa el corazón del jardín y está poblado por carpas koi (Cyprinus rubrofuscus var. koi) de gran tamaño, acostumbradas a que las alimenten desde las orillas y los puentes. Es la estampa que sale en nueve de cada diez fotos del jardín.

Los puentes. Un puente curvo rojo de fuerte pendiente, del tipo que en Japón se llama taiko-bashi por su perfil de tambor, y una pasarela baja en zigzag sobre el agua. El zigzag no es capricho estético: obliga a cambiar de dirección y, con ello, a cambiar de encuadre a cada paso.

Las rocas. Colocadas en grupos impares, enterradas en parte y con las vetas orientadas en el mismo sentido, como manda el oficio. Es el detalle que más suele fallar en las imitaciones caseras y aquí está bien resuelto.

Linternas de piedra y elementos de agua. Tōrō de varios tipos repartidos por el recorrido, y fuentes de abluciones donde el agua cae de forma continua.

Puente rojo curvo sobre el lago del Jardín Japonés de Buenos Aires

La vegetación: un jardín japonés en clima subtropical

Aquí está la parte que más enseña. Buenos Aires tiene un clima subtropical húmedo, con inviernos suaves donde la helada es excepcional, veranos calurosos y bochornosos, y lluvia repartida durante todo el año, en torno a los 1.100-1.200 mm anuales. Esas condiciones son buenas para muchas plantas asociadas al jardín japonés, pero pésimas para otras.

Funcionan bien las azaleas (Rhododendron del grupo de las japonesas), que agradecen la humedad ambiental y forman las masas redondeadas y podadas típicas del estilo. Funcionan las glicinas (Wisteria sinensis y W. floribunda) sobre pérgolas, y funcionan los arces japoneses (Acer palmatum) siempre que estén a media sombra.

Lo que no funciona igual son los cerezos ornamentales. Los cultivares clásicos de Prunus serrulata necesitan un número de horas de frío invernal que Buenos Aires no siempre alcanza, y eso se traduce en floraciones irregulares y menos espectaculares que las japonesas. El jardín lo compensa con selecciones más tolerantes y con otras especies de floración temprana. Si viajas buscando la floración, el momento es el final del invierno austral y el principio de la primavera, es decir, entre agosto y septiembre, justo cuando en España estamos en pleno verano. Ese desfase de estaciones pilla desprevenido a más de un viajero.

El otro ajuste llamativo es el uso de vegetación local mezclada con la japonesa: tipas (Tipuana tipu), jacarandás (Jacaranda mimosifolia), palos borrachos (Ceiba speciosa) y otros árboles del entorno rioplatense forman parte del telón de fondo. En rigor eso rompe la ortodoxia, pero responde a un principio muy japonés: el shakkei o paisaje prestado, integrar lo que hay alrededor en lugar de fingir que no existe. Un jardín japonés bien hecho en Sevilla o en Bilbao debería hacer lo mismo con las especies de cada sitio.

Qué se puede hacer allí además de pasear

El recinto funciona como centro cultural, no solo como jardín. De forma habitual ofrece:

Vivero. Venta de plantas, bonsáis y material de jardinería, con especies orientales difíciles de encontrar en el circuito comercial argentino.

Cursos y talleres. Bonsái, ikebana (arreglo floral), caligrafía, origami, cocina y artes marciales, con calendario propio.

Sala de exposiciones y actividades. Muestras temporales, festivales vinculados al calendario japonés y celebraciones de la colectividad.

Restaurante y casa de té. Cocina japonesa dentro del propio jardín, con vistas al lago.

Alimento para las carpas. Se vende en el propio recinto. Merece la pena insistir en algo que se ignora a menudo: no se debe echar pan ni comida propia al estanque. El pan se descompone rápido, dispara la carga orgánica del agua y provoca floraciones de algas que acaban costando dinero y salud a los peces.

Dónde está y cómo llegar

El jardín ocupa una manzana en Palermo, delimitada por la avenida Casares y la avenida Figueroa Alcorta, en pleno corredor de parques y museos de Buenos Aires. A pocos minutos a pie quedan el Jardín Botánico Carlos Thays, el antiguo zoológico reconvertido en ecoparque, el Rosedal del Parque Tres de Febrero y varios museos, de modo que lo lógico es encadenar la visita con alguno de ellos.

En transporte público, la estación de metro de referencia es Plaza Italia, de la línea D del Subte, a unos diez minutos andando. También llegan numerosas líneas de autobús urbano.

Sobre horarios y precios, mejor consultarlos antes de ir en la web de la fundación: cambian con cierta frecuencia y las tarifas argentinas se actualizan a menudo por efecto de la inflación. El jardín abre todos los días del año salvo excepciones puntuales, y la visita completa, sin prisa, se resuelve en una hora u hora y media. A primera hora hay bastante menos gente, y con luz rasante las estampas del lago se ven mucho mejor que al mediodía.

Composición de rocas y vegetación en el Jardín Japonés de Buenos Aires

Qué llevarse a casa

Más allá de las fotos, hay tres lecciones aprovechables para un jardín particular en España.

La primera es que el estilo japonés es una gramática, no un catálogo de plantas. Lo que hace japonés a este jardín no es que tenga cerezos, sino la asimetría, los grupos impares, la ocultación parcial de las vistas y el vacío entre elementos. Un jardín con olivos podados en nube (Olea europaea), lentiscos (Pistacia lentiscus) y pino carrasco puede ser más japonés de espíritu que otro atiborrado de arces enfermos.

La segunda es que este tipo de jardín no es de bajo mantenimiento. La grava se rastrilla, los setos se recortan varias veces al año, los pinos se despuntan y se despinzan, y el estanque exige filtración y control. Que se vea sereno no significa que se cuide solo; significa exactamente lo contrario.

La tercera afecta al agua. Un estanque con carpas koi necesita profundidad suficiente —al menos 1,2 metros en buena parte del vaso—, filtración biológica dimensionada y una superficie generosa. Y una advertencia que no es menor: la carpa común está catalogada en España como especie exótica invasora, así que ningún ejemplar de estanque doméstico debe acabar nunca en un río, un embalse o una charca natural. Si el estanque se desmonta, hay que buscarles destino en otro estanque cerrado.

En resumen

El Jardín Japonés de Buenos Aires nació en 1967 como cortesía diplomática y se quedó como una de las mejores muestras de jardinería japonesa del hemisferio sur, sostenida desde hace décadas por la Fundación Cultural Argentino Japonesa. Está en Palermo, junto al Parque Tres de Febrero, se recorre en poco más de una hora y combina lago con carpas koi, puentes, linternas y composiciones de roca con un vivero, un restaurante y una programación cultural constante.

Su mayor interés técnico es cómo resuelve el desajuste climático: azaleas, glicinas y arces prosperan en el clima húmedo bonaerense, los cerezos rinden por debajo de lo que rinden en Japón por falta de horas de frío, y el conjunto incorpora arbolado rioplatense en lugar de negarlo. Si vas buscando floración, el momento es agosto y septiembre. Y si vuelves con ganas de replicar algo en casa, copia la estructura y el criterio de poda antes que la lista de especies.


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