Siete millones de bulbos se plantan a mano cada otoño en un recinto de 32 hectáreas de Lisse, al suroeste de Ámsterdam, y en cuanto termina la floración se arrancan casi todos. Ese gesto, que a cualquier jardinero le parecerá un despilfarro, es la clave para entender qué es en realidad el Keukenhof: no un jardín botánico ni un parque histórico, sino el escaparate comercial de la industria bulbícola holandesa, montado y desmontado entero cada temporada.
Se le llama con frecuencia el jardín más bonito de Europa, y visitarlo en abril justifica la etiqueta. Pero conviene saber cómo funciona antes de ir, y sobre todo antes de intentar copiar en casa lo que allí se ve.
De huerto de un castillo a feria permanente de bulbos
El nombre significa literalmente jardín de la cocina. En el siglo XV la finca pertenecía al castillo de Teylingen y de ella salían las hierbas, hortalizas y frutas que abastecían la mesa de Jacoba de Baviera. De aquel huerto no queda nada visible, pero el topónimo se quedó.
La estructura que hoy se pisa es muy posterior. En 1857 los paisajistas Jan David Zocher y su hijo Louis Paul Zocher rediseñaron la finca en estilo paisajista inglés: senderos curvos, masas de arbolado, láminas de agua irregulares y perspectivas que se abren de golpe. Son los mismos autores del Vondelpark de Ámsterdam, y por eso el Keukenhof no se parece a un vivero sino a un parque romántico. Ese esqueleto de árboles maduros, hayas, robles y castaños, es lo que sostiene visualmente la explosión de color: sin él, las manchas de tulipanes serían simples parterres.
El uso actual arranca en 1949, cuando un grupo de exportadores de bulbos y el alcalde de Lisse decidieron usar el parque como exposición al aire libre para enseñar sus variedades a los compradores extranjeros. La primera apertura al público general fue en 1950. Setenta y tantos años después la lógica sigue siendo esa: cada empresa participante aporta sus bulbos y planta sus cuadros, y el visitante camina, sin saberlo, por un catálogo comercial a tamaño real.
Cómo se consigue que todo florezca a la vez (y por qué no ocurre)
La pregunta técnica interesante del Keukenhof no es cuántas flores hay, sino cómo se escalona una floración que en la naturaleza dura tres semanas mal contadas.
La respuesta tiene tres partes. La primera es la plantación por capas, conocida en holandés como lasagne: en un mismo hoyo se colocan tres pisos de bulbos, los tulipanes tardíos abajo, a unos 20 cm; los narcisos y jacintos en la capa intermedia; y los bulbos menudos, muscaris, crocus, Scilla, justo bajo la superficie. Al brotar, cada capa atraviesa la anterior y el mismo metro cuadrado da flor tres veces seguidas entre finales de marzo y mediados de mayo.
La segunda es la elección de variedades por época. Dentro del género Tulipa hay grupos que florecen con casi un mes de diferencia: los Tulipa kaufmanniana y los tulipanes simples tempranos abren primero, los Triunfo van a mediados de temporada y los Simples Tardíos, los Papagayo y los Doble Tardíos cierran en mayo. Combinando grupos se estira la temporada sin tocar una sola planta.
La tercera, la menos romántica, es la reposición constante. Los pabellones cubiertos, donde se exhiben tulipanes forzados, liliums, orquídeas Phalaenopsis, claveles y crisantemos, se renuevan cada pocos días con material cultivado en invernadero. Lo que se ve dentro no ha crecido allí.
De ahí que la fecha importe tanto. El parque abre unas ocho semanas, aproximadamente de la tercera semana de marzo a mediados de mayo, y el pico de tulipanes en campo suele caer en la segunda quincena de abril, con variaciones de una semana arriba o abajo según lo frío que haya sido el invierno. Ir el día de la apertura significa ver narcisos y crocus con los tulipanes todavía en hoja; ir la última semana significa encontrar cuadros ya segados.
El error de creer que los bulbos vuelven solos
Aquí está la confusión más extendida sobre el Keukenhof y, por extensión, sobre los tulipanes en general. En el parque los bulbos no se dejan para el año siguiente: se arrancan tras la floración y el terreno se prepara de nuevo en otoño con material fresco. No es capricho, es que el tulipán moderno, muy seleccionado, agota reservas al florecer y en el segundo año da una flor claramente más pequeña o directamente no da ninguna si no ha tenido condiciones perfectas de suelo y frío.
Que se llame "bulbo perenne" a lo que en la práctica funciona como flor de temporada es un malentendido que cuesta bastantes decepciones. Los que sí se naturalizan bien, y ahí conviene apostar, son los narcisos (Narcissus), los muscaris (Muscari armeniacum), las Scilla y los Camassia. Los tulipanes que repiten con cierta fiabilidad son las especies botánicas, no los híbridos de jardinería: Tulipa sylvestris, Tulipa clusiana o Tulipa saxatilis aguantan años en un talud seco y soleado.
Otro dato que suele sorprender: el tulipán no es holandés. El género procede de las montañas de Asia Central, Irán y Anatolia, y llegó a los Países Bajos vía Imperio Otomano a finales del siglo XVI. Fue Carolus Clusius, desde el jardín botánico de Leiden, quien empezó a estudiarlo y difundirlo en 1593. El suelo arenoso y bien drenado de la franja costera entre Leiden y Haarlem, más un clima fresco y húmedo, hizo el resto. La tulipomanía de 1636-1637, con bulbos cotizando al precio de una casa antes de desplomarse, es el episodio más citado de aquella historia.
Cómo se visita sin arruinar el viaje
El parque está en Lisse, provincia de Holanda Meridional, entre Ámsterdam, Haarlem y Leiden. Desde el aeropuerto de Schiphol hay autobuses directos en algo menos de media hora; desde la estación de Leiden o de Haarlem, líneas regulares que combinan billete de transporte y entrada. Interesa comprar entrada con fecha y hora por internet: el aforo se regula y en fin de semana de abril el acceso se satura.
Tres recomendaciones prácticas que no salen en los folletos:
Entrar a primera hora o después de las cuatro de la tarde. La luz rasante de la mañana y la de la tarde saca el color de los tulipanes mucho mejor que el sol de mediodía, que los aplana y quema los rojos en la fotografía.
Los campos de bulbos no están dentro. Las famosas franjas de color hasta el horizonte pertenecen a explotaciones comerciales de los alrededores, en la comarca del Bollenstreek. Se ven bien alquilando una bicicleta en la propia puerta del parque y recorriendo los caminos vecinales. Y hay una regla que se incumple mucho: no se entra a los campos. Además de ser propiedad privada, se pisan bulbos y se pueden transmitir virus y hongos entre parcelas.
Reservar tiempo para los pabellones. Con lluvia, que en abril holandés es más que probable, salvan la visita. En ellos suele haber exposiciones monográficas de orquídeas, liliums y bulbosas forzadas que técnicamente son lo más interesante del recinto.
Llevarse la idea a un jardín español
Copiar el Keukenhof en la Península exige un ajuste importante: aquí falta frío invernal en buena parte del territorio, y el bulbo de tulipán necesita un periodo de temperaturas bajas para desarrollar el tallo floral.
En la mitad norte y en el interior (Castilla y León, Aragón, La Rioja, zonas de montaña) los tulipanes funcionan plantándolos en noviembre o diciembre, más tarde que en Holanda, para que no broten con el calor residual del otoño. Profundidad: dos o tres veces la altura del bulbo, de 12 a 15 cm en tierra suelta, con la punta hacia arriba y sobre un lecho de arena si el suelo es pesado. El encharcamiento los pudre antes que ninguna otra cosa.
En el litoral mediterráneo, el sur y las islas, lo sensato es tratarlos como flor de temporada y comprar bulbos ya preenfriados, o darles entre seis y ocho semanas de nevera a 4-5 °C dentro de una bolsa de papel. Y una precaución concreta: nunca en el mismo cajón que la fruta. El etileno que desprenden manzanas y peras destruye el primordio floral y el bulbo brota solo hojas.
Para conseguir el efecto de masa, la regla es agrupar. Doce bulbos en un corro cerrado impactan más que cincuenta repartidos en fila. Y la plantación por capas en maceta funciona muy bien en un patio o una terraza: una jardinera honda de 30 cm con tulipanes abajo, narcisos en medio y muscaris arriba da color continuo de febrero a abril en clima mediterráneo.
En resumen
El Keukenhof es un parque paisajista de 1857 reconvertido en 1950 en exposición comercial de la industria de bulbos holandesa, abierto solo unas ocho semanas al año, entre finales de marzo y mediados de mayo, con el pico de tulipanes hacia la segunda quincena de abril. Su espectáculo se construye replantando siete millones de bulbos cada otoño, escalonando variedades tempranas y tardías y superponiendo capas de bulbos en el mismo hoyo, no dejando que las plantas se perpetúen.
Para el jardín propio, la lección útil es doble: agrupar en masas en lugar de repartir, y elegir bien la especie según el clima. Narcisos, muscaris y tulipanes botánicos se quedan y se multiplican; los tulipanes híbridos de catálogo dan una temporada excelente y poco más, sobre todo en el sur peninsular, donde conviene plantarlos tarde, con bulbo preenfriado y en suelo que drene de verdad.