El azul ultramar que cubre los muros, las macetas y las pérgolas de este jardín de Marrakech no es un color tradicional marroquí ni un guiño a Yves Saint Laurent: lo eligió un pintor francés en los años treinta porque necesitaba un fondo contra el que el verde de las plantas se leyera con fuerza. Ese es el hallazgo del Jardín Majorelle y la razón de que se estudie todavía hoy en escuelas de paisajismo. Todo lo demás, la colección de cactus, los estanques, la fama, vino después o alrededor.
Un pintor, una parcela y cuarenta años de trabajo
Jacques Majorelle (1886-1962) era hijo de Louis Majorelle, ebanista de referencia del Art Nouveau en Nancy. Llegó a Marruecos en 1917 por motivos de salud y se instaló en Marrakech, entonces bajo protectorado francés. En 1923 compró una parcela junto al palmeral, en el borde norte de la ciudad nueva, y empezó a plantar.
En 1931 el arquitecto Paul Sinoir levantó allí el edificio que hoy alberga el museo: un volumen cúbico de líneas Art Déco con detalles moriscos que Majorelle usaba como taller. Y en 1937 el pintor registró el tono de azul cobalto intenso con el que pintó la villa, que desde entonces se conoce como bleu Majorelle.
El jardín se abrió al público de pago en 1947, cuando su autor ya andaba corto de dinero. Un accidente de coche, un divorcio y la venta de parte de la finca lo dejaron sin recursos, y tras su muerte en 1962 el conjunto entró en dos décadas de abandono; llegó a haber un proyecto hotelero sobre el terreno.
Lo salvaron en 1980 Yves Saint Laurent y Pierre Bergé, que lo compraron, restauraron la vegetación, reconstruyeron el sistema de riego y ampliaron las colecciones. Conviene tener clara la cronología, porque se atribuye el jardín al modisto con demasiada facilidad: Majorelle lo diseñó y lo cultivó durante casi cuarenta años, y Saint Laurent lo rescató y lo mantuvo otros veintiocho. Sus cenizas se esparcieron allí en 2008 y hay un memorial en el recinto. La villa alberga desde 2011 el Museo Bereber, y en 2017 se inauguró al lado el Museo Yves Saint Laurent, que es una entrada distinta.
Qué se planta en menos de una hectárea
Sorprende la superficie: en torno a 9.000 metros cuadrados, menos de una hectárea. La sensación de recorrido largo la producen los senderos estrechos y quebrados, las pantallas de bambú que cortan la vista cada pocos metros y los cambios bruscos de luz entre las zonas de sombra densa y los claros abiertos. Es un manual de cómo agrandar visualmente un jardín pequeño.
La colección ronda las trescientas especies traídas de cinco continentes. Los grupos que dominan el conjunto son estos:
Cactáceas y suculentas. Es la parte más fotografiada: grandes Opuntia, columnares del tipo Cereus y Pachycereus, ejemplares veteranos de Echinocactus grusonii, agaves y aloes. Muchos alcanzan tamaños que en España solo se ven en Canarias o en el sureste de Almería y Murcia.
Euforbias. Las candelabriformes africanas, del grupo de Euphorbia ingens y Euphorbia tirucalli, aportan la silueta más escultórica del jardín. Aquí toca una advertencia real y poco conocida: el látex blanco de las euforbias es cáustico, irrita la piel y en los ojos puede provocar lesiones corneales graves. Si se cultiva una en casa, se poda con guantes y gafas, nunca con niños alrededor, y jamás se frota uno los ojos después de manipularla.
Palmeras y bambúes. Washingtonia robusta, Phoenix dactylifera, Chamaerops humilis y macizos densos de Phyllostachys que forman corredores sombreados y funcionan como aire acondicionado natural en una ciudad donde el verano supera con holgura los 40 °C.
Plantas de agua. Los estanques y las acequias azules llevan nenúfares (Nymphaea) y papiro (Cyperus papyrus), además de peces y tortugas.
Color puntual. Buganvillas (Bougainvillea glabra y Bougainvillea spectabilis) trepando sobre el azul, jacarandas (Jacaranda mimosifolia) y platanera ornamental. El contraste magenta contra cobalto es la firma visual del sitio.
El malentendido del jardín seco
Se cita el Majorelle como ejemplo de jardín de bajo consumo de agua porque hay cactus por todas partes. Es justo lo contrario. Un jardín con bambú, papiro, nenúfares, plataneras y láminas de agua abiertas en pleno clima árido de Marrakech consume muchísimo. El sistema de riego que Majorelle montó y que Bergé reconstruyó es una infraestructura considerable, y las acequias visibles son parte de él, no decoración.
Lo que sí es transferible es el método de zonificación: cada especie está donde le corresponde por exposición y por necesidad de agua. Las suculentas ocupan los claros más soleados y drenados, los bambúes y las plantas de agua se concentran alrededor de los estanques, y las palmeras crean la sombra intermedia. Ese principio, agrupar por hidrozonas en lugar de mezclar todo con el mismo riego, es la lección práctica seria del jardín, y funciona igual en un chalé de Alicante que en Marrakech.
Cómo aplicar la paleta Majorelle en España
La climatología ayuda: el clima de Marrakech, semiárido con inviernos suaves pero con noches que pueden rozar los 0 °C, se parece bastante al del interior de Andalucía y del sureste peninsular. Buena parte del catálogo funciona sin protección en Levante, Andalucía, Baleares y Canarias; en el interior y en el norte, no.
Referencias de resistencia al frío que conviene manejar antes de comprar nada:
Chamaerops humilis, el palmito, aguanta hasta unos -10 °C y es la palmera más fiable de la Península. Washingtonia robusta soporta heladas cortas de -5 °C. La buganvilla se defiende hasta -2 o -3 °C, aunque pierde hoja y rebrota desde la base. Cyperus papyrus no tolera la helada, ni siquiera ligera. Echinocactus grusonii resiste frío siempre que esté seco: lo que lo mata en España no es la temperatura, sino la combinación de frío y humedad invernal, así que en zonas de lluvia otoñal necesita cubierta o al menos un sustrato mineral que no retenga nada.
Y dos plagas que hay que tener en el radar antes de plantar la versión doméstica de este jardín. La cochinilla del carmín (Dactylopius opuntiae) ha arrasado plantaciones de Opuntia ficus-indica en Andalucía, Murcia y Comunidad Valenciana, y también en Marruecos; plantar chumberas hoy en el litoral mediterráneo es asumir que tarde o temprano habrá que tratarlas o retirarlas. El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) sigue matando Phoenix canariensis en toda la costa, mientras que Washingtonia y Chamaerops le resultan mucho menos apetecibles.
Sobre el color: el azul intenso funciona como fondo porque es el complementario aproximado del naranja y contrasta al máximo con el verde amarillento de las suculentas y con el magenta de la buganvilla. Si se copia, hay que copiarlo entero o no copiarlo: una pared azul aislada en medio de un jardín verde de aspecto atlántico queda como un error. El azul de Majorelle pide tierra clara, luz dura y hojas de textura gruesa alrededor.
Datos prácticos de la visita
El jardín está en la rue Yves Saint Laurent, en el barrio de Guéliz, al norte del centro moderno de Marrakech. Se llega andando desde la plaza Jemaa el-Fna en unos treinta o cuarenta minutos, o en taxi en menos de diez; conviene acordar el precio del taxi antes de subir, porque el taxímetro rara vez se usa.
Abre todos los días del año salvo el 1 de mayo, con horario continuado de mañana a última hora de la tarde, algo más corto en invierno y con jornada reducida durante el Ramadán. Las entradas del jardín, del Museo Bereber y del Museo Yves Saint Laurent se venden por separado o combinadas, y en temporada alta se agotan las franjas horarias con días de antelación; hay que comprarlas por la web oficial y elegir hora. Precios y horarios se revisan cada temporada, así que la referencia buena es siempre la web del propio jardín.
Lo único que de verdad marca la diferencia en la experiencia es la hora. El recinto es pequeño y a media mañana está lleno. Entrar en el primer turno del día, o en el último de la tarde, cambia por completo la visita: se ve el jardín en lugar de ver gente fotografiándose delante de una pared azul. Y la luz baja, además, es la que mejor saca ese cobalto.
En resumen
El Jardín Majorelle es la obra de casi cuarenta años de Jacques Majorelle, iniciada en 1923 y abierta al público en 1947, rescatada del abandono en 1980 por Yves Saint Laurent y Pierre Bergé. En menos de una hectárea reúne unas trescientas especies, con las cactáceas, las euforbias, las palmeras y los bambúes como columna vertebral, y usa el azul cobalto registrado por su autor como telón de fondo para el verde.
No es un jardín de bajo riego, pese a los cactus: consume mucha agua y su mérito técnico está en agrupar las plantas por necesidades hídricas y por exposición, un criterio perfectamente aplicable a cualquier jardín mediterráneo español. Si se copia la paleta, hay que ajustarla a la resistencia real al frío de cada especie, vigilar la cochinilla del carmín en las chumberas y el picudo rojo en las palmeras, y manipular las euforbias con guantes y protección ocular por lo corrosivo de su látex.