Bajo las palmeras del Palmetum de Tenerife hay enterradas varias décadas de basura. El jardín ocupa las doce hectáreas del antiguo vertedero municipal de Santa Cruz, una montaña de residuos clausurada en los años ochenta que quedó como una cicatriz en pleno frente marítimo de la ciudad, junto a lo que hoy son el Auditorio y el Parque Marítimo. Convertir aquello en una colección botánica fue una obra de ingeniería tanto como de jardinería, y explica buena parte de lo que se ve al recorrerlo.

Vista general del Palmetum de Tenerife con su colección de palmeras

De vertedero a colección botánica

La idea nació a mediados de los años noventa en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, con dirección técnica del botánico Carlo Morici y el respaldo científico de la Universidad de La Laguna. El planteamiento era doble: sellar y estabilizar un vertedero problemático y, de paso, dotar a la isla de una colección de palmeras de nivel internacional aprovechando el clima subtropical del sur de Tenerife.

El proceso fue largo y accidentado. Las obras se pararon durante años por problemas de financiación, y el jardín no abrió al público hasta enero de 2014, casi veinte años después de las primeras plantaciones. Ese retraso tuvo un efecto colateral favorable: cuando se abrieron las puertas, muchas palmeras llevaban más de una década en el suelo y el visitante no se encontró con un jardín recién plantado, sino con ejemplares ya formados.

Los problemas técnicos que hubo que resolver son los de cualquier vertedero sellado. La materia orgánica enterrada sigue fermentando durante décadas y genera lixiviados —líquidos cargados de sales y metales— y biogás, sobre todo metano. Ambos matan raíces. La solución pasó por impermeabilizar, drenar y, sobre todo, plantar sobre capas de tierra aportada y picón volcánico que aíslan el sistema radicular del sustrato contaminado. A eso se suma la exposición: el jardín está a pie de mar, con viento constante y aerosol salino, condiciones que muy pocas palmeras tropicales toleran sin protección. De ahí que la primera fase consistiera en levantar cortavientos con especies rústicas y de crecimiento rápido, bajo cuya sombra se instalaron después las colecciones delicadas.

Qué hace especial a esta colección

El Palmetum reúne más de cuatrocientas especies de palmeras cultivadas al aire libre, además de un fondo amplio de otras plantas tropicales: cícadas, aráceas, bromelias, árboles de las familias Malvaceae y Fabaceae, y una zona de plantas acuáticas. Esa cifra lo sitúa como la colección de palmeras más completa de Europa, y buena parte del mérito no está en el número sino en la procedencia: hay especies insulares con áreas de distribución diminutas y poblaciones silvestres muy reducidas, que en un jardín europeo continental sencillamente no sobrevivirían al invierno.

Ahí está la clave botánica del sitio. Las palmeras son una familia enorme, unas 2.600 especies, y su distribución es abrumadoramente tropical. Cultivarlas al aire libre exige temperaturas mínimas que rara vez bajen de los 10-12 °C, y eso en Europa solo se da en un puñado de enclaves. El sur de Tenerife, con inviernos suaves y sin heladas, permite mantener géneros como Bismarckia, Borassus, Hyophorbe, Pritchardia, Ravenea o Dypsis plantados en suelo, algo imposible en Madrid, Barcelona o Valencia.

El jardín funciona además como colección de conservación ex situ. Varias de las especies representadas están amenazadas en origen por deforestación o por explotación directa, en particular las de Madagascar y las de algunas islas del Pacífico y del Índico. Un ejemplar cultivado no sustituye a una población silvestre, pero mantiene material vivo, permite estudiarlo y sirve de fuente de semilla para otros jardines.

Cómo está organizado el recorrido

La colección se ordena por criterio biogeográfico, no por familias ni por vistosidad. Cada ladera de la colina artificial —que se eleva unos 40 metros sobre el nivel del mar— corresponde a una región del planeta: Madagascar, el Caribe y las Antillas, América continental, África, Asia, Australia, Nueva Guinea, Melanesia y Polinesia, más un área dedicada a la Macaronesia y a Canarias.

Esa organización es lo que convierte el paseo en algo más que una sucesión de palmeras bonitas. Recorriendo las secciones se ve de golpe un fenómeno de manual: la convergencia evolutiva insular. Palmeras sin parentesco cercano, separadas por medio planeta, acaban desarrollando troncos hinchados, penachos compactos o pecíolos armados de espinas porque responden a las mismas presiones —viento, sequía estacional, suelos pobres, herbívoros—. También se aprecia lo contrario: cuánta diversidad puede caber en una sola isla. Madagascar, por ejemplo, concentra más de doscientas especies de palmeras, casi todas exclusivas de allí.

El itinerario incluye un jardín acuático con nenúfares y papiros, cascadas y estanques, un mirador en la parte alta con vista sobre la bahía de Santa Cruz y el Auditorio, y el llamado Octógono: un invernadero de sombra con estructura abierta donde se cultivan las especies de sotobosque tropical, las que no soportan ni el sol directo ni el viento salino. El recinto está equipado con senderos accesibles en su mayor parte, zonas de descanso, cafetería y aseos; el desnivel es real pero el trazado es suave.

Palmeras de distintas procedencias en las secciones biogeográficas del Palmetum

Lo que un jardinero peninsular puede llevarse de aquí

Conviene salir del Palmetum con una idea clara: casi nada de lo que hay allí plantado se puede reproducir en un jardín peninsular. Es un error frecuente volver de Canarias con la intención de plantar una Dypsis lutescens o una Bismarckia nobilis en Toledo o en Zaragoza. Esas palmeras se paran por debajo de 10 °C y mueren con la primera helada seria.

Las que sí funcionan en clima peninsular son otras, y merece la pena tenerlas fichadas:

Chamaerops humilis, el palmito, es la única palmera nativa de la España continental. Aguanta bien por debajo de -8 °C, resiste sequía y suelos calizos, y es la elección más sensata para jardines de bajo consumo de agua en todo el Mediterráneo.

Trachycarpus fortunei es la palmera de mayor rusticidad al frío en cultivo: soporta -12 °C y prospera en el norte húmedo, en Galicia o Cantabria, donde otras palmeras se pudren.

Butia odorata y Jubaea chilensis toleran en torno a -10 °C una vez adultas y admiten inviernos continentales moderados, aunque la segunda crece con una lentitud desesperante.

Brahea armata pide sol, drenaje impecable y poca agua; en suelos pesados y húmedos no dura.

Y la advertencia importante: la Phoenix canariensis, la palmera canaria que se ve en el propio jardín y en media España, es el hospedador preferido del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), un curculiónido cuyas larvas destruyen el meristemo apical y matan el ejemplar sin apenas síntomas previos. Existen además restricciones fitosanitarias al movimiento de palmeras entre comunidades autónomas y desde Canarias, así que ni se plantee traer plantas o semillas en la maleta sin informarse antes. La otra plaga a vigilar es Paysandisia archon, un lepidóptero barrenador que ataca sobre todo a palmitos y a Trachycarpus.

Visita: horarios, precios y cuándo ir

El Palmetum está en la avenida de la Constitución de Santa Cruz de Tenerife, a un paseo del Auditorio y muy bien comunicado con el centro. Abre a diario, mañana y tarde, con el último acceso aproximadamente una hora antes del cierre; el horario varía entre temporada de invierno y de verano. La entrada general es de precio moderado y existe una tarifa reducida para residentes en Canarias, además de bonificaciones para menores, mayores y grupos. Como tarifas y horarios se actualizan cada cierto tiempo, lo prudente es confirmarlos en la web municipal del jardín antes de ir.

Recomendaciones prácticas: reserve entre hora y media y dos horas para el recorrido completo; vaya a primera hora de la mañana o a última de la tarde, porque el sol de mediodía en Santa Cruz es duro y buena parte del trazado está expuesta; y suba primero al mirador para orientarse con el mapa de las secciones antes de bajar por ellas. Se puede visitar en cualquier mes del año: al no haber invierno marcado, la colección se ve igual de bien en enero que en agosto, aunque las floraciones y fructificaciones más llamativas se concentran entre finales de invierno y primavera.

En resumen

El Palmetum de Tenerife es la recuperación de un vertedero convertida en la colección de palmeras al aire libre más completa de Europa: doce hectáreas, más de cuatrocientas especies y una organización por regiones del mundo que permite leer la evolución de la familia mientras se pasea. Su valor no es solo ornamental: conserva especies insulares amenazadas que no se pueden mantener en ningún jardín europeo continental. Para el jardinero, la lección es doble: comprobar hasta dónde llega la diversidad de las palmeras y aceptar que, en la Península, la lista de las que aguantan el invierno es corta y empieza por el palmito y el Trachycarpus.


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