Ciento treinta y dos hectáreas a orillas del Támesis, en el suroeste de Londres, con unas 27.000 clases distintas de plantas vivas, siete millones de pliegos de herbario y el mayor fungario del planeta. Esos números explican por qué el Real Jardín Botánico de Kew no se visita igual que un parque bonito: es a la vez una colección viva, un laboratorio y un archivo, y quien va sabiendo qué mira sale con muchas más ideas que quien se limita a pasear entre invernaderos.

La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 2003, y no por el paisaje sino por el conjunto: el trazado del siglo XVIII, los edificios victorianos de hierro y cristal, y dos siglos y medio de trabajo botánico acumulado. Va a continuación lo que conviene saber antes de entrar y, sobre todo, qué se puede aprovechar de ahí para un jardín peninsular, que no es todo.

Del jardín de una princesa a institución nacional

El origen está en 1759, cuando la princesa Augusta, madre de Jorge III, encargó un jardín botánico de unas cuatro hectáreas en la finca real de Kew. William Aiton fue el primer jardinero al mando y en 1789 publicó el Hortus Kewensis, el catálogo de lo que allí se cultivaba: un documento que todavía se consulta para fechar la introducción de muchas especies en Europa.

El salto lo dio Joseph Banks, que había navegado con Cook y que convirtió Kew en el centro que recibía y redistribuía plantas de medio mundo. Tras un periodo de abandono, en 1841 el jardín pasó al Estado y William Hooker fue nombrado primer director oficial. Bajo él y bajo su hijo Joseph Dalton Hooker se construyeron los invernaderos grandes, el arboreto y el herbario, y Kew se transformó en la pieza botánica de un imperio que movía plantas de cultivo entre continentes.

Conviene decirlo sin adornos: buena parte de aquel esplendor se sostuvo sobre el traslado de cultivos coloniales —caucho, quina, café— de sus países de origen a plantaciones controladas por Gran Bretaña. Kew lo reconoce hoy en su propia programación, y esa historia forma parte de lo que se visita.

Los invernaderos, que son la razón principal para ir

Invernaderos victorianos de hierro y cristal en Kew Gardens

La Palm House (1844-1848) es el edificio icónico: diseño de Decimus Burton y estructura de hierro forjado resuelta por el ingeniero Richard Turner, con una técnica tomada de la construcción naval. Dentro hay una selva húmeda en miniatura y, en su interior, la planta en maceta más antigua del mundo: un Encephalartos altensteinii traído de Sudáfrica por Francis Masson en 1775. Sigue vivo.

La Temperate House es el doble de grande y el mayor invernadero victoriano que se conserva. Se empezó en 1859 y no se terminó hasta 1899; tras cinco años de obra reabrió en 2018 con unos 15.000 vidrios nuevos. Aquí es donde un jardinero español encuentra material aplicable: flora de clima templado y mediterráneo, incluidos endemismos de Canarias, Sudáfrica, Chile y Australia que en el interior peninsular pueden funcionar al aire libre.

La Princess of Wales Conservatory, abierta en 1987, está resuelta al revés que las anteriores: enterrada en parte para ganar inercia térmica, con diez zonas climáticas gestionadas por ordenador bajo un mismo techo, del desierto al manglar. Al lado, la Waterlily House (1852) es un edificio pequeño y muy húmedo pensado para el Victoria amazonica, y solo abre en la temporada cálida.

El que más me interesa técnicamente es el Davies Alpine House (2006): un arco de cristal de diez metros que no lleva aire acondicionado. Se refrigera por efecto chimenea, con aire que entra por la base, se calienta, sube y sale por arriba, más un sistema de sombreo automático. Es una lección aplicable a escala doméstica: en un invernadero pequeño, la ventilación cruzada bien planteada resuelve más que cualquier aparato.

El arboreto y las Old Lions

Dos tercios del recinto son arboreto, y ahí están los ejemplares que justifican una visita en otoño. Se conocen como Old Lions cinco árboles plantados hacia 1762 que siguen en pie: Ginkgo biloba, Robinia pseudoacacia, Platanus orientalis, Styphnolobium japonicum y Zelkova carpinifolia. Ver un ginkgo de más de 260 años cambia la idea que uno tiene de esa especie cuando la compra en maceta de tres litros.

Por encima del arboreto discurre la Treetop Walkway, una pasarela de 200 metros a 18 de altura entre castaños de Indias, robles y tilos. No es solo una atracción: desde ahí se entiende la estructura de la copa madura y la competencia por la luz mucho mejor que desde el suelo.

El Great Broad Walk Borders, inaugurado en 2016, son 320 metros de doble arriate herbáceo con unas 30.000 plantas, el más largo del Reino Unido. Es espectacular y es, a la vez, la parte menos copiable en España; luego vuelvo sobre eso.

La Pagoda, la puerta japonesa y las estatuas

Gran Pagoda del Real Jardín Botánico de Kew

La Gran Pagoda la levantó William Chambers en 1762 para la princesa Augusta: diez pisos octogonales y casi 50 metros de altura, en pleno furor europeo por la chinoiserie. Llevaba ochenta dragones en los aleros que desaparecieron en el siglo XVIII y que se repusieron en la restauración de 2018, la mayoría fabricados por impresión 3D. Durante la Segunda Guerra Mundial se le abrieron huecos en los forjados de cada planta para dejar caer maquetas de bombas y estudiar su trayectoria.

El Chokushi-Mon o Puerta de la Mensajería Imperial es una réplica a cuatro quintos de la puerta del templo Nishi Hongan-ji de Kioto, construida para la exposición japonesa-británica de 1910 y rodeada después de un jardín japonés con su zona de grava rastrillada. Cerca queda la Casa de la Reina Carlota y, en el extremo norte, el Palacio de Kew, una casa de ladrillo de 1631 que fue residencia de Jorge III.

Frente a la Palm House están las diez Queen's Beasts, las bestias heráldicas de piedra talladas por James Woodford, copias de las que se hicieron para la coronación de 1953. Repartidas por el jardín hay más esculturas, entre ellas La colmena, una estructura de aluminio de 17 metros cuyas luces y zumbido responden en tiempo real a la actividad de una colmena real instalada en el recinto.

Las galerías y la ilustración botánica

La Marianne North Gallery, abierta en 1882, expone 832 pinturas que la propia North realizó viajando sola por América, Asia, África y Oceanía, y que ella misma costeó y colocó. Están montadas cubriendo las paredes de pared a pared, ordenadas geográficamente. Para quien dibuja plantas, es una clase completa sobre cómo pintar una especie en su contexto y no aislada sobre fondo blanco.

La Shirley Sherwood Gallery of Botanical Art, contigua y de 2008, rota exposiciones de ilustración botánica contemporánea. Y el Museo Nº 1, frente al estanque de la Palm House, guarda una parte de la colección de botánica económica: unos 100.000 objetos hechos con plantas, de fibras a maderas y medicinas.

Lo que no se ve pero sostiene el jardín

El herbario de Kew reúne alrededor de siete millones de pliegos, y el fungario, cerca de 1,25 millones de especímenes de hongos: es el mayor del mundo. En Wakehurst, la sede que Kew tiene en Sussex, funciona el Millennium Seed Bank, con semillas de unas 40.000 especies conservadas a -20 °C tras un secado riguroso, la mayor colección de semillas silvestres que existe.

De ahí sale algo que cualquiera puede usar desde casa y gratis: Plants of the World Online, la base de datos de Kew que dice cuál es el nombre aceptado de una especie, cuáles son sinónimos y cuál es su distribución nativa. Antes de discutir si una planta se llama Sedum o Hylotelephium, o de creerse la etiqueta de un vivero, se consulta ahí. También publican la base de datos de semillas con datos de germinación y peso de mil semillas, que es oro para quien siembra especies poco comunes.

Cómo llegar y cuándo merece la pena

Kew está en Richmond upon Thames, al suroeste de Londres, a media hora escasa del centro. La estación de metro Kew Gardens (línea District, y también línea de cercanías) queda a cinco minutos andando de la Victoria Gate. Hay cuatro accesos: Victoria, Elizabeth, Brentford y Lion Gate. La entrada se compra más barata por internet con antelación y el recinto abre todos los días del año salvo el 24 y el 25 de diciembre.

Sobre la época: abril y mayo dan la floración de cerezos, magnolios y el manto de Hyacinthoides non-scripta en la zona arbolada; octubre y noviembre dan el arboreto en color; enero y febrero, con casi todo dormido fuera, son curiosamente buenos porque los invernaderos se disfrutan vacíos y la estructura del jardín se lee mejor sin hojas. Calcula un día entero: en cuatro horas no se ve, se recorre.

Qué sirve de aquí para un jardín en España

Aquí es donde conviene frenar el entusiasmo. Londres tiene inviernos suaves y veranos frescos y húmedos, con máximas que rara vez pasan de los 30 °C y lluvia repartida durante todo el año. El arriate herbáceo inglés funciona porque hay humedad ambiental en julio. Trasladar esa paleta —Delphinium, Astilbe, Hosta, Meconopsis— a un jardín de Madrid, Zaragoza o Sevilla termina en plantas quemadas en junio y en una factura de riego indefendible. No es cuestión de hacerlo mejor: es que el clima no da.

Lo que sí se puede traer es el método. Primero, la organización: Kew agrupa por familias y por hábitats, y eso convierte el jardín en algo legible; en una parcela pequeña, agrupar por necesidades de riego (que es lo que en jardinería mediterránea llamamos hidrozonas) hace exactamente el mismo trabajo. Segundo, el etiquetado: cada planta con su nombre y su procedencia, algo que en un jardín particular ahorra discusiones y errores de poda. Tercero, la ventilación pasiva del Alpine House, aplicable a cualquier invernadero doméstico. Y cuarto, la parte del jardín mediterráneo de Kew, donde crecen bajo cristal o con protección jaras, lavandas, olivos y cistáceas que en la Península salen solas: recorrerla es un recordatorio útil de que tenemos como plantas de cuneta lo que allí se cuida como colección.

En resumen

El Real Jardín Botánico de Kew nació en 1759 como capricho de una princesa, pasó a manos del Estado en 1841 y hoy es un centro de investigación con 132 hectáreas de colección viva, siete millones de pliegos de herbario, el mayor fungario del mundo y un banco de semillas en Wakehurst con 40.000 especies. Lo imprescindible: la Palm House y su cícada de 1775, la Temperate House restaurada, el Alpine House por su ingeniería, los cinco árboles supervivientes de 1762, la Pagoda de Chambers y la galería de Marianne North. Se llega en metro hasta la estación Kew Gardens y hace falta un día completo. Y para el jardín de uno, más que las plantas conviene llevarse el método —agrupar por necesidades, etiquetar, ventilar bien— porque el arriate inglés no sobrevive a un verano peninsular.


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