El jardín que se visita hoy junto al Paseo del Prado no es el original. El Real Jardín Botánico se fundó en 1755 por orden de Fernando VI en la Huerta de Migas Calientes, a orillas del Manzanares, y allí estuvo veintiséis años antes de que Carlos III lo trasladara en 1781 al solar que ocupa ahora, pegado a lo que sería el Museo del Prado. Ese traslado no fue un capricho urbanístico: acercó el jardín a la corte, a la universidad y a las expediciones que estaban a punto de llenarlo de plantas americanas.
Son ocho hectáreas con unas 5.000 especies vivas, y su interés para quien cultiva no está en el tamaño sino en dos cosas: es un catálogo de lo que aguanta el clima continental de Madrid, y guarda el archivo botánico más importante de España.
Sabatini, Villanueva y el porqué de las terrazas
El proyecto del nuevo emplazamiento lo firmó Francesco Sabatini y lo remató Juan de Villanueva, que levantó la Puerta Real sobre el Paseo del Prado y el pabellón que lleva su nombre en la parte alta. La solución de las tres terrazas escalonadas no es puramente estética: el terreno sube desde el Prado hacia la cuesta de Moyano, y aterrazarlo permitió nivelar los cuadros de cultivo, ordenar el riego por gravedad desde la parte alta y dar a cada nivel una exposición distinta. Cualquiera que haya intentado plantar en pendiente entiende el razonamiento.
Los primeros directores fueron Casimiro Gómez Ortega y, después, Antonio José Cavanilles. En ese jardín se estudiaron los materiales que llegaban de las grandes expediciones ilustradas: Ruiz y Pavón en Perú y Chile, José Celestino Mutis en Nueva Granada, Sessé y Mociño en Nueva España, y la expedición Malaspina. Un detalle que interesa especialmente a los jardineros: fue Cavanilles quien en 1791 describió y bautizó el género Dahlia a partir de plantas cultivadas en este jardín con semillas llegadas de México. Todas las dalias que hoy se venden en España descienden nomenclaturalmente de aquel trabajo hecho aquí.
Decadencia, ciclón y recuperación
El siglo XIX fue duro. El jardín perdió superficie cuando se edificó el Ministerio de Fomento en su borde sur, sufrió la desatención crónica de las arcas públicas y encajó un golpe brutal el 12 de mayo de 1886, cuando el ciclón que atravesó Madrid derribó cientos de árboles adultos de una tacada. Buena parte del arbolado que hoy vemos es reposición posterior a esa fecha, lo que explica que haya menos ejemplares del XVIII de los que cabría esperar en un jardín de 1781.
En 1942 fue declarado Jardín Artístico. A mediados de los setenta estaba en un estado tan malo que hubo que cerrarlo: la restauración, dirigida por el arquitecto Antonio Fernández Alba, devolvió la traza histórica de Villanueva y el jardín reabrió en 1981. Hoy depende del CSIC y funciona como instituto de investigación, no solo como espacio visitable.
La Terraza de los Cuadros, la más productiva
Es la terraza baja, la que se pisa nada más entrar por la Puerta Real, y la organizada en cuadros geométricos separados por setos recortados. Aquí están las plantas ordenadas por utilidad: la huerta con hortalizas de temporada, las medicinales, las aromáticas y una colección de frutales, además de arriates de ornamentales.
Para un aficionado es la parte más aprovechable de la visita, porque muestra el calendario hortícola de Madrid hecho de verdad y con las fechas reales: cuándo se siembran aquí las habas, cuándo entran los tomates, cuándo se levanta el cultivo de verano. Ir en abril y volver en septiembre a los mismos cuadros enseña más sobre el ciclo del huerto en clima continental que cualquier tabla impresa.
Las Escuelas Botánicas, o cómo se lee una familia
La terraza intermedia está dispuesta en cuadros concéntricos alrededor de fuentes, con las plantas agrupadas por familias siguiendo la clasificación filogenética actual. Es la parte que a primera vista parece más aburrida —arriates bajos, muchas etiquetas— y la que más rendimiento da si se recorre despacio.
Ver juntas veinte labiadas (Lamiaceae: salvias, lavandas, tomillos, mentas) o una tanda de umbelíferas (Apiaceae: hinojo, zanahoria, cicuta) educa el ojo para reconocer parentescos en el campo y en el vivero. Y tiene una consecuencia práctica directa: las plagas y las enfermedades siguen las familias botánicas, no los pasillos del centro de jardinería. Si se entiende que patata, tomate, berenjena y pimiento son todas solanáceas, se entiende de golpe por qué no hay que plantarlas seguidas en el mismo bancal año tras año.
El Plano de la Flor y el invernadero de Graells
La terraza alta cambia de lenguaje: caminos curvos, trazado de gusto romántico del siglo XIX, arbustos ornamentales, una pérgola y un estanque. En su parte superior está el invernadero de Graells, construido a mediados de la década de 1850 según proyecto de Mariano de la Paz Graells, con tres naves que permitían mantener tres ambientes distintos bajo un mismo techo. Es una pieza de arquitectura del hierro modesta comparada con las inglesas, pero muy bien resuelta para lo que se podía gastar entonces.
Al invernadero histórico se sumó después el invernadero de exhibición, dividido en tres zonas climáticas —tropical húmeda, templada y desértica— donde se concentra la colección de plantas que no soportan el invierno madrileño a la intemperie. La sección desértica, con cactáceas y suculentas de porte serio, es la más instructiva para quien colecciona ese grupo: se ve el tamaño que alcanzan los ejemplares cuando pasan décadas sin trasplantes chapuceros.
La terraza de los Laureles y los bonsáis
El nivel superior, recuperado en la restauración que terminó en 1981, alberga el pabellón de Villanueva —hoy sala de exposiciones— y la colección de bonsáis, con unos trescientos ejemplares. El núcleo procede de la donación que Felipe González hizo en 1996 al terminar su etapa de gobierno, ampliada después con otras aportaciones.
La colección merece tiempo aunque uno no cultive bonsái, porque es de las pocas ocasiones de ver en España árboles trabajados durante décadas, con especies mediterráneas —Olea europaea, Pinus halepensis, Quercus, Juniperus— y no solo los tópicos arces japoneses. Y sirve de aviso: el bonsái de supermercado que se vende como planta de interior suele ser un Ficus o un olmo chino que necesita luz directa y no un salón; muchas de esas plantas mueren en tres meses por eso y no por falta de agua.
Los árboles que hay que buscar
El arbolado adulto es, junto al archivo, lo más valioso del recinto. El ejemplar con nombre propio es el Pantalones, un olmo común (Ulmus minor) plantado en los primeros años del jardín y que ha sobrevivido a la grafiosis, la enfermedad fúngica transmitida por escolítidos que arrasó los olmos europeos durante el siglo XX. Que siga en pie es excepcional y hay tratamientos preventivos detrás; conviene verlo sabiendo lo que se está viendo.
Además hay ginkgos, cedros, cipreses de gran porte y un buen repertorio de caducifolios plantados a lo largo del XIX y el XX. Todo está etiquetado, y ahí está el uso más práctico de la visita: si un árbol lleva cincuenta años prosperando en el Botánico, aguanta el clima de Madrid, con heladas de varios grados bajo cero en enero y cuarenta grados en julio. Anotar nombres mientras se pasea es una forma barata y fiable de elegir especies para un jardín del interior peninsular, mucho más que fiarse del catálogo genérico de un vivero.
Lo que no se enseña: herbario y archivo
Detrás del jardín visitable hay un centro de investigación. El herbario MA supera el millón de pliegos y es el más importante de España. El archivo conserva los dibujos de las expediciones ilustradas, entre ellos la enorme colección de láminas de la expedición de Mutis a Nueva Granada, miles de ilustraciones en gran formato hechas por artistas americanos formados allí. Es un fondo de valor mundial, y se digitaliza y consulta en línea.
Del Botánico sale también Flora iberica, la obra de referencia que describe las plantas vasculares silvestres de la Península y Baleares, con sus claves de identificación. Es material técnico, pero está accesible en la web del proyecto y es la fuente correcta cuando hay que identificar de verdad una planta silvestre española, por delante de cualquier aplicación de móvil.
Horario, entrada y cuándo ir
Se entra por la Puerta Real, en la plaza de Murillo, frente al Museo del Prado, o por la puerta de la cuesta de Moyano. La estación de metro es Atocha, y Banco de España o Antón Martín quedan también a un paseo corto.
Abre todos los días del año salvo el 25 de diciembre y el 1 de enero, a partir de las diez de la mañana; el cierre se mueve con la estación, desde las seis de la tarde en pleno invierno hasta las nueve en los meses de verano. La entrada general cuesta pocos euros, hay tarifas reducidas y días de acceso gratuito, pero las condiciones cambian de un año a otro, así que conviene mirar la web oficial antes de ir.
Sobre la temporada: abril y mayo dan la floración fuerte y el mayor número de especies identificables a la vez; octubre da el color del arbolado y temperaturas cómodas; agosto a mediodía es una mala idea, como casi todo en Madrid en agosto, y además muchas herbáceas están agostadas. Dos horas bastan para verlo con calma, cuatro si se paran a leer las etiquetas, que es lo que recomiendo.
En resumen
El Real Jardín Botánico de Madrid se fundó en 1755 en Migas Calientes y se trasladó al Paseo del Prado en 1781 con proyecto de Sabatini y Villanueva. Sus ocho hectáreas se organizan en terrazas: los Cuadros, con huerta, medicinales y frutales; las Escuelas Botánicas, ordenadas por familias; el Plano de la Flor, de trazado romántico y con el invernadero de Graells; y la terraza alta de los Laureles, con el pabellón de Villanueva y unos trescientos bonsáis. Guarda unas 5.000 especies vivas, un herbario de más de un millón de pliegos y el archivo de las expediciones ilustradas, y de él salen obras como Flora iberica. Es además, para cualquiera que jardinee en el interior peninsular, la mejor lista disponible de especies que soportan de verdad el invierno y el verano de Madrid: basta con pasear leyendo etiquetas y tomar notas.