Entre 40 y 100 centímetros de lámina de agua: esa es la franja en la que trabajan las plantas de aguas profundas de un estanque. Están enraizadas en el fondo, o en una cesta apoyada en el fondo, y suben las hojas hasta la superficie con peciolos que pueden medir más de un metro. No son las de la orilla, que solo quieren los pies mojados, ni las oxigenadoras sumergidas, que viven enteras bajo el agua. Son el grupo que da al estanque su imagen: hojas redondas flotando y flores que abren a media mañana.
Elegirlas bien es sobre todo una cuestión de aritmética. Cada especie necesita una profundidad concreta y ocupa una superficie concreta, y equivocarse en cualquiera de las dos cosas se paga con años de planta sin flor o con un estanque tapado por completo.
Qué entra en esta categoría
La clasificación de las plantas de estanque es funcional, no botánica: se ordena por la profundidad a la que vive la corona de la planta. Las marginales ocupan de 0 a 30 cm, las de aguas profundas de 30 a 120 cm, y las oxigenadoras y flotantes libres no tienen profundidad fija porque no dependen del fondo.
El grupo de aguas profundas incluye a los nenúfares del género Nymphaea, al nenúfar amarillo Nuphar lutea, al loto Nelumbo nucifera, a la espiga de agua Aponogeton distachyos, al pequeño Nymphoides peltata y a un puñado de especies menos frecuentes en vivero como Orontium aquaticum o Hydrocleys nymphoides. Todas comparten la misma estrategia: rizoma o tubérculo enterrado en el barro, protegido de la helada por la masa de agua, y aparato foliar en la superficie, donde hay luz y CO2 atmosférico.
Conviene deshacer de entrada una idea muy extendida: los nenúfares no oxigenan el estanque. Hacen lo contrario de lo que se les atribuye, porque sus hojas tapan la superficie y reducen el intercambio de gases entre el agua y el aire, y de noche respiran como cualquier otra planta. Su aportación real es la sombra —que frena las algas verdes al quitarles luz— y el refugio para los alevines. El oxígeno lo ponen las sumergidas, Ceratophyllum demersum o Myriophyllum spicatum, y sobre todo el movimiento del agua.
Nenúfares: primero el vigor, después el color
Hay cientos de cultivares de Nymphaea rústicos, casi todos descendientes del trabajo de Latour-Marliac a finales del siglo XIX. La foto del catálogo enseña la flor, pero el dato que hay que mirar es el vigor, porque determina la profundidad mínima y la superficie que va a ocupar la planta en tres años.
- Enanos (Nymphaea tetragona, 'Pygmaea Helvola'): de 15 a 30 cm de agua sobre la cesta, 0,2 a 0,5 m² de superficie. Son los únicos válidos para un barreño, una tinaja o un estanque de menos de 1 m².
- Pequeños ('Laydekeri Fulgens', 'Froebelii'): de 25 a 45 cm, alrededor de 1 m².
- Medianos ('James Brydon', 'Gonnère', 'Chromatella', 'Marliacea Rosea'): de 40 a 70 cm, de 1 a 1,5 m².
- Vigorosos ('Attraction', 'Escarboucle', 'Gladstoniana' y el nenúfar blanco silvestre Nymphaea alba): de 60 a 120 cm, de 2 a 4 m² cada ejemplar.
La profundidad se mide desde el borde superior de la cesta hasta la superficie del agua, no desde el fondo del estanque. Es un matiz que se salta mucha gente y que cambia el resultado: colocar un 'Pygmaea Helvola' a 70 cm no lo hace crecer más, lo agota. La planta gasta sus reservas en fabricar peciolos que no llegan arriba, no despliega hoja, no fotosintetiza y se pudre en un par de temporadas.
Al revés también falla. Un 'Escarboucle' a 25 cm saca las hojas fuera del agua, se amontonan unas sobre otras formando un montículo verde y la floración se resiente. Y en verano, con 30 cm de agua en el interior peninsular, el rizoma se cuece: la temperatura del agua supera los 30 °C durante días y la planta se para.
Los nenúfares tropicales (Nymphaea capensis, 'Director George T. Moore', y los nocturnos del grupo de Nymphaea lotus) son otra cosa. Levantan la flor 20 o 30 cm sobre el agua, huelen mucho más y florecen sin parar mientras el agua pase de 20 °C, pero no resisten el invierno a la intemperie salvo en la costa más cálida del sur. O se tratan como planta de temporada o se saca el tubérculo en octubre y se guarda en arena ligeramente húmeda a 10-13 °C.
El loto es otra planta
Llamar loto a un nenúfar es un error de bulto que arrastran muchas tiendas. Nelumbo nucifera pertenece a otra familia, las nelumbonáceas, y se distingue a simple vista: la hoja es peltada, con el peciolo insertado en el centro, y sobre todo se levanta por encima del agua, hasta un metro o más, en lugar de flotar. El fruto es esa especie de alcachofa cónica agujereada que se vende seca para decoración.
Sus exigencias tampoco son las del nenúfar. El loto necesita calor sostenido: sin varias semanas seguidas con el agua por encima de 21-23 °C no florece, solo hace hoja. En Andalucía, Extremadura, el valle del Ebro o el interior de Levante funciona bien; en la cornisa cantábrica y en zonas de montaña rara vez llega a floración. Quiere sol pleno absoluto, un recipiente ancho y bajo —el rizoma corre en horizontal y choca contra las paredes de una maceta estrecha— y solo de 5 a 25 cm de agua sobre el sustrato durante el crecimiento. En invierno interesa bajarlo o cubrirlo con más agua para que el rizoma no llegue a congelarse.
Advertencia doméstica útil: los rizomas de Nelumbo son un alimento habitual en Asia, pero los de Nymphaea y Nuphar no lo son. Contienen alcaloides y no deben comerse. Como el parecido entre las hojas confunde, en un jardín con niños conviene tener claro qué hay plantado.
Cuando el nenúfar no encaja
Hay situaciones en las que Nymphaea no es la respuesta, y ahí entran las demás especies del grupo.
Nuphar lutea, el nenúfar amarillo autóctono, tolera lo que ningún nenúfar de jardín tolera: media sombra, agua turbia y corriente suave. Es la planta para un estanque grande a la sombra parcial de unos árboles o para un tramo remansado de arroyo. A cambio es muy vigoroso, funciona en profundidades de 50 a 200 cm y no es planta para superficies pequeñas: su rizoma acaba ocupándolo todo.
Aponogeton distachyos merece mucha más difusión de la que tiene en España, porque su ciclo encaja con nuestro clima al revés que el del nenúfar. Es una planta de El Cabo con calendario mediterráneo invertido: brota en otoño, florece de noviembre a abril con espigas blancas que huelen a espino albar, y en pleno verano entra en reposo y desaparece. Plantada a 30-60 cm junto a un nenúfar, cada una cubre la mitad del año que la otra deja vacía. Aguanta heladas moderadas si el tubérculo está bajo suficiente agua.
Nymphoides peltata es autóctona de la península y hace un excelente sustituto en profundidades intermedias, de 30 a 60 cm, con hojas pequeñas y flores amarillas flecadas de mayo a septiembre. Corre por estolones y coloniza deprisa, así que va en cesta y con revisión anual, no suelta en el barro del fondo.
Orontium aquaticum, la pluma dorada, es una arácea de hoja azulada aterciopelada e inflorescencias en forma de vara blanca con la punta amarilla. Se adapta de 5 a 45 cm y prefiere aguas ácidas y blandas; en aguas muy calizas del interior peninsular vegeta mal.
La plantación: cesta, tierra pesada y grava
La época es de abril a junio, cuando el agua ya pasa de 15 °C y la planta arranca. Plantar en octubre significa dejar un rizoma inactivo pudriéndose seis meses en agua fría.
Salvo en estanques naturalizados de gran tamaño, se planta en cesta de rejilla y no directamente en el fondo. La cesta permite sacar la planta para dividirla, controla su expansión y evita que el sustrato se disperse. Para un nenúfar mediano, cesta de 25-30 cm de lado; para uno vigoroso, de 35-40 cm. Si la malla es ancha, se forra con arpillera o con fieltro geotextil.
El sustrato debe ser tierra franca o franco-arcillosa de jardín, pesada, sin materia orgánica fresca. Aquí se comete el fallo que arruina el agua de un estanque nuevo: llenar la cesta con sustrato de saco. La turba y el compost flotan, se escapan por la malla, tiñen el agua de marrón durante semanas y liberan un chorro de nutrientes que las algas aprovechan antes que el nenúfar. Una tierra arcillosa retiene el abono en el complejo de cambio y lo va soltando junto a la raíz, que es exactamente lo que interesa.
El rizoma se coloca según su tipo. Los de tipo marliacea, gruesos y horizontales, se tumban en el centro con la corona a ras de superficie; los de tipo odorata, más finos y rastreros, se apoyan junto a un borde de la cesta apuntando hacia el centro. En ambos casos la corona y el punto de crecimiento quedan descubiertos: enterrar la yema es la forma más rápida de perder la planta. Encima, de 2 a 3 cm de grava lavada de 5 a 10 mm, que sujeta la tierra y evita que los peces la escarben.
Al principio la cesta se sube sobre ladrillos para que las hojas nuevas, con peciolos aún cortos, alcancen la superficie. Cada dos o tres semanas se baja un escalón, según van saliendo hojas con peciolo más largo, hasta dejarla a su profundidad definitiva a finales de verano.
Abonado, sol y corriente
El abono en un estanque se administra siempre en forma sólida y enterrada: tabletas o conos de liberación lenta específicos para acuáticas, hincados en el sustrato junto al rizoma. Una tableta por cada 2-4 litros de sustrato, repuesta cada seis u ocho semanas entre abril y agosto. Un abono soluble echado al agua no llega a la planta, llega al alga: en cuestión de días el estanque se pone verde como una sopa de guisantes.
De luz, un nenúfar rústico quiere cinco o seis horas de sol directo como mínimo. Por debajo de cuatro horas hace hoja abundante y ninguna flor, y es la causa número uno de la queja «mi nenúfar no florece». Antes de sospechar de plagas o de abono, cuente las horas de sol que recibe el punto donde está la cesta en junio.
Y la corriente: los nenúfares no la soportan. Ni la corriente ni la salpicadura. Una hoja que permanece mojada por encima se pudre por el borde y acaba amarilleando. Si el estanque tiene cascada, surtidor o retorno de bomba, la cesta va en el extremo opuesto, en la zona de agua quieta. Esa es la razón por la que muchos estanques pequeños con fuente decorativa no consiguen mantener un nenúfar, y la solución no es cambiar de variedad sino apagar el chorro o mover la planta.
En cuanto a superficie, el objetivo razonable en verano es tener cubierto entre un tercio y dos tercios de la lámina. Menos, y las algas tienen luz de sobra; más del 70 u 80 %, y el intercambio de oxígeno cae justo cuando la temperatura del agua lo hace más necesario. En agosto, con el agua a 28 °C y la superficie tapada del todo, los peces boquean al amanecer.
El año de un nenúfar
El mantenimiento es poco, pero constante. Las hojas que amarillean se cortan por el peciolo, lo más abajo posible y bajo el agua, con tijera; dejarlas descomponerse en el estanque carga el agua de nutrientes y alimenta a las algas del verano siguiente.
Cada tres o cuatro años toca dividir, en marzo o a primeros de abril, cuando asoman los primeros brotes. Se saca la cesta, se lava el cepellón, se descarta la parte central vieja y leñosa y se conservan trozos de rizoma de 10 a 15 cm con un punto de crecimiento sano cada uno. Se recorta la raíz vieja y se replanta en tierra nueva. La señal de que hace falta es inequívoca: hojas cada vez más pequeñas, amontonadas y emergidas, y menos flores que el año anterior.
De plagas hay dos habituales. El pulgón del nenúfar (Rhopalosiphum nymphaeae) coloniza hojas y capullos en verano; se resuelve mojándolos con un chorro de manguera para que caigan al agua, donde los peces dan cuenta de ellos, o hundiendo la hoja un rato con un palo. La galeruca del nenúfar (Galerucella nymphaeae) deja surcos raspados en las hojas y se controla retirando a mano las hojas con puestas de huevos. En un estanque no se pulveriza insecticida: casi todo lo autorizado para jardín es tóxico para peces e invertebrados acuáticos y en un volumen de agua cerrado no hay dilución que valga.
El invierno rara vez es un problema en España para las especies rústicas. Basta con que el rizoma no llegue a congelarse, y con 50-60 cm de agua encima está resuelto incluso en la meseta. Lo que sí conviene es retirar la hojarasca de los árboles caducos antes de que se hunda, porque su descomposición bajo el hielo o bajo una superficie tapada consume el oxígeno del fondo.
Lo que no debe entrar en el estanque
Varias acuáticas que aún circulan de mano en mano están catalogadas como invasoras y su venta, tenencia y transporte son ilegales en España: la lagunilla Ludwigia grandiflora y Ludwigia peploides, la pluma de loro Myriophyllum aquaticum y el jacinto de agua Eichhornia crassipes (hoy Pontederia crassipes), entre otras. No es una recomendación estética: son plantas que han taponado tramos enteros del Guadiana y del Ebro y cuyo control cuesta millones de euros al año. Si alguien le ofrece un esqueje «que crece muchísimo», desconfíe.
Tampoco se recolectan ejemplares silvestres. Nymphaea alba y Trapa natans están en fuerte regresión en la península y figuran como protegidas en varias comunidades autónomas. Se compran propagadas en vivero, y punto.
En resumen
Las plantas de aguas profundas se eligen por dos números antes que por la foto: la profundidad de agua sobre la cesta y la superficie que van a ocupar. Un enano en un barreño y un 'Escarboucle' en un estanque de tres metros son plantas distintas para problemas distintos, y cruzarlas no funciona.
Se plantan de abril a junio, en cesta, con tierra franca pesada y grava por encima, nunca con sustrato de turba, y se abonan solo con tabletas enterradas. Necesitan cinco o seis horas de sol y agua quieta: la cascada y el nenúfar están reñidos. Cubra entre un tercio y dos tercios de la lámina, divida cada tres o cuatro años en marzo y retire las hojas amarillas según salgan.
Y si el nenúfar clásico no encaja —poca luz, corriente, agua turbia, o el vacío estético del invierno—, el catálogo es más ancho de lo que parece: Nuphar lutea para la sombra, Aponogeton distachyos para florecer cuando todo lo demás duerme y Nymphoides peltata para las profundidades intermedias.