La familia de las orquídeas (Orchidaceae) es la más numerosa del reino vegetal, con más de 25.000 especies descritas. Esa cifra intimida, pero en la práctica el aficionado español se encuentra una y otra vez con los mismos cinco géneros en viveros, centros de jardinería y grandes superficies. Conocerlos bien vale más que memorizar listas interminables: cada uno pide una cosa distinta y casi todos los fracasos vienen de tratarlos a todos por igual.

Antes de entrar en materia conviene desmontar la creencia más extendida: la mayoría de las orquídeas de interior no son plantas de tierra. Son epífitas, es decir, viven agarradas a la corteza de los árboles, con las raíces al aire y expuestas a lluvias que escurren en minutos. Por eso se cultivan en corteza de pino, no en sustrato universal, y por eso el error número uno es el exceso de riego. Si entiendes esto, ya tienes la mitad del trabajo hecho.

Phalaenopsis, la puerta de entrada

La Phalaenopsis u orquídea mariposa es la que casi todo el mundo tiene en casa, y con razón: es la más tolerante con las condiciones de un piso español. Vive bien entre 18 y 28 ºC, no soporta bajar de 15 ºC de forma sostenida y florece durante meses, a veces medio año seguido sobre la misma vara.

Quiere luz abundante pero filtrada: una ventana orientada al este, o al sur con visillo. El sol directo del mediodía en verano le quema las hojas en cuestión de horas, dejando manchas irreversibles. La hoja sana es verde media, algo carnosa; si está verde oscuro casi negro, le falta luz y no volverá a florecer.

Riego: sumergir la maceta transparente en agua diez minutos y dejar escurrir bien, cada 7-10 días en invierno y cada 4-5 en verano. Las raíces te lo dicen sin ambigüedad: verdes brillantes significa hidratadas, gris plateado significa sed. Nada de plato con agua permanente.

Un detalle que casi nadie aplica: para forzar una nueva vara floral basta con darle un descenso nocturno de temperatura de 6-8 ºC durante dos o tres semanas a finales de otoño. Sacarla a una galería fresca en octubre suele bastar.

Cattleya, la orquídea de las flores grandes

Si la Phalaenopsis es la discreta, la Cattleya es la exuberante. Flores de hasta 15 cm, labelo ondulado y, en muchas especies e híbridos, perfume intenso que se libera sobre todo por la mañana. Fue la orquídea de corsage por excelencia durante décadas.

Es una epífita simpodial: crece emitiendo pseudobulbos sucesivos sobre un rizoma horizontal. Cada pseudobulbo florece una sola vez, así que una planta que no engorda pseudobulbos nuevos es una planta que no volverá a florecer.

Necesita bastante más luz que la Phalaenopsis, incluso algo de sol directo suave a primera hora. En interiores españoles suele quedarse corta de luz; una terraza cubierta orientada al este funciona mucho mejor que el salón. Y quiere una estación seca: entre riego y riego el sustrato debe secarse casi por completo, porque en la naturaleza estas plantas alternan lluvias con semanas sin agua. Regarla como si fuera un ficus la pudre en un par de temporadas.

Cymbidium, la que aguanta el frío

Cymbidium en flor de tono rosado

El Cymbidium es la excepción a casi todo lo dicho hasta ahora, y por eso es la orquídea más interesante para quien vive en el litoral mediterráneo o en el norte húmedo. Tiene hojas largas y acintadas, pseudobulbos gruesos y varas florales que pueden llevar quince o veinte flores cerosas que duran dos o tres meses abiertas.

Es la más rústica del grupo: los híbridos de tipo estándar toleran mínimas de 5 ºC sin problema y muchos aguantan roces con 0 ºC si están secos. Se cultiva perfectamente en el exterior, a media sombra, de primavera a otoño en buena parte de la península. En Galicia, Cantabria o la costa de Valencia hay Cymbidium viviendo todo el año en el patio.

Aquí está la clave que explica por qué tanta gente tiene Cymbidium que nunca florece: necesita el frío de finales de verano y otoño para inducir la floración. Un contraste térmico día-noche de unos 10 ºC durante septiembre y octubre es lo que dispara las varas. Una planta que pasa el otoño en un salón calefactado a 22 ºC constantes hará hojas magníficas y ni una sola flor. Sácala fuera y déjala pasar frío.

Dendrobium, un género con dos comportamientos

Dendrobium es un género enorme, con más de mil especies, y ahí está su trampa: bajo el mismo nombre comercial se venden plantas con exigencias opuestas.

Por un lado están los tipo phalaenopsis (derivados de Dendrobium bigibbum), los que se ven en floristerías con cañas verticales y flores planas en la punta. Son de clima cálido, no quieren bajar de 15 ºC y se riegan de forma bastante regular todo el año.

Por otro están los tipo nobile (de Dendrobium nobile), de origen himalayo, que pierden parte de las hojas en invierno y exigen un reposo severo: de noviembre a febrero, frío (8-12 ºC), mucha luz, riego casi nulo y cero abono. Sin ese reposo no florecen y, lo que es peor, emiten keikis (plantitas hijas) en lugar de flores, que es exactamente lo que le pasa a mucha gente que las trata bien todo el año.

Mención aparte para Dendrobium kingianum, australiano, litófito, prácticamente indestructible y con flores pequeñas muy perfumadas. Aguanta el exterior en gran parte de España y es excelente para empezar.

Vanda, la más exigente y la más espectacular

Vanda Rothschildiana de flores azuladas

La Vanda se vende colgada en cestas de listones o directamente sin nada de sustrato, con un manojo de raíces gruesas al aire. No es una excentricidad decorativa: es que sus raíces necesitan aire y se pudren en cuanto las encierras en una maceta con corteza compacta.

Es de crecimiento monopodial (un solo tallo que se alarga indefinidamente emitiendo hojas alternas) y produce flores grandes y planas, con la particularidad de que en este género existen tonos azules y violetas auténticos, rarísimos entre las orquídeas. Vanda Rothschildiana es el híbrido clásico de ese color.

Sus dos exigencias son duras de cumplir en un piso: luz muy intensa, casi de pleno sol filtrado, y humedad ambiental alta, por encima del 60-70 %. En verano hay que rociar las raíces cada mañana, a veces dos veces al día, hasta que pasan de plateadas a verdes. En un interior seco con calefacción, la Vanda se deshidrata y va perdiendo hojas por la base. Es una planta de invernadero, galería húmeda o patio protegido, no de estantería de salón.

Cómo elegir la tuya en el vivero

Independientemente del género, hay señales que se leen en treinta segundos delante de la planta:

Mira las raíces antes que las flores. En maceta transparente deben verse firmes y de color claro, no marrones ni blandas. Unas raíces podridas no se recuperan y esa planta morirá en casa aunque llegue cargada de flores.

Prefiere las varas con capullos sin abrir. Disfrutarás la floración entera en lugar de comprar el final de la fiesta.

Descarta las plantas con hojas arrugadas o acordeonadas. Indican que ha pasado sed o que las raíces ya no funcionan.

Y un último apunte: nada de trasplantar recién llegada. Espera a que termine de florecer y a que el sustrato lleve dos o tres años, cuando la corteza se descompone y retiene demasiada agua. Ese momento, no antes, es el del cambio de maceta.

En resumen

Para empezar sin sobresaltos, Phalaenopsis. Para tener flores durante meses en el exterior y aprovechar el clima español, Cymbidium. Para flores grandes y perfumadas si dispones de mucha luz, Cattleya. Para variedad y facilidad, Dendrobium, comprobando siempre si es de tipo cálido o de tipo nobile. Y Vanda solo si puedes darle luz intensa y humedad alta.

Lo que todas comparten: sustrato aireado, riego por inmersión con secado completo entre riegos, nada de platos con agua estancada y un descenso de temperatura estacional para inducir la floración. Riega menos de lo que crees y dales más luz de la que les estás dando; con esos dos ajustes se arregla el 80 % de los problemas.


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