Conviene separar dos cosas que en español llamamos igual. Un trazado de camino único, sin bifurcaciones, que serpentea hasta el centro y del que es imposible perderse, es lo que en inglés distinguen como labyrinth: el de los pavimentos de las catedrales medievales, como el de Chartres, pensado para caminarlo despacio. Un trazado con encrucijadas, callejones sin salida y decisiones en cada esquina es un maze, y ese es el que se construye con setos desde el Renacimiento. Los siete que vienen a continuación son casi todos del segundo tipo, y lo que los hace interesantes desde el punto de vista del jardín no es el dibujo sobre plano, sino la especie elegida y el trabajo de tijera que exige mantenerlos.

Laberinto vegetal de setos recortados visto desde arriba

Parc del Laberint d'Horta, Barcelona

El jardín más antiguo que se conserva en Barcelona lo mandó hacer Joan Antoni Desvalls, marqués de Llupià y de Alfarràs, a partir de 1791, con proyecto del italiano Domenico Bagutti. El laberinto ocupa la terraza inferior de un jardín neoclásico organizado en tres niveles, con el amor —una estatua de Eros— esperando en el centro.

El seto es de ciprés común (Cupressus sempervirens), recortado en muros compactos que superan la altura de una persona. Esa elección tiene todo el sentido en el clima mediterráneo: el ciprés aguanta la sequía estival sin riego una vez asentado, se recorta muy denso y no pierde hoja. Tiene una contrapartida seria, y es que el ciprés no rebrota de madera vieja. Si un año se descuida y el seto crece de más, ya no se puede recuperar la línea original cortando hacia dentro: donde solo hay madera sin hojas, queda un hueco marrón para siempre. De ahí que estos setos exijan disciplina anual, sin excepciones.

Los cipreses del Laberint han pasado además por episodios de seiridium, el chancro del ciprés, que en setos densos y mal ventilados se propaga con las tijeras si no se desinfectan entre plantas.

Hampton Court Palace, Londres

Plantado hacia 1690 para Guillermo III, es el laberinto de setos más antiguo que sigue en pie en el Reino Unido. Ocupa poco: alrededor de 1.300 metros cuadrados, en una parcela trapezoidal. Lo que sorprende al visitante es cuánto se tarda en algo tan pequeño; ese es el mérito del diseño, que multiplica los recorridos falsos en muy poca superficie.

Se plantó originalmente con carpe (Carpinus betulus), y en replantaciones posteriores se ha usado sobre todo tejo (Taxus baccata). El carpe es marcescente: se seca en otoño pero mantiene la hoja parda pegada a la rama todo el invierno, de manera que el seto sigue siendo opaco en enero. Es una virtud que se le atribuye popularmente al haya (Fagus sylvatica) y que ambos comparten, aunque el carpe tolera bastante mejor los suelos pesados y encharcadizos que el haya, que ahí sencillamente se muere.

Jerome K. Jerome dedicó a este laberinto una de las páginas más divertidas de Tres hombres en una barca, con un guía que acaba tan perdido como el grupo al que iba a rescatar.

Longleat, Wiltshire

Abierto en 1975 y diseñado por Greg Bright, es el que suele citarse como el laberinto de setos más largo del mundo: unos 2,4 kilómetros de recorrido formados con alrededor de 16.000 tejos. Su particularidad es que no es plano. Tiene puentes de madera elevados que permiten ver por encima de los setos, lo que introduce un elemento tridimensional: puedes localizar el centro y seguir sin saber cómo llegar hasta él. Se tarda alrededor de hora y media.

El tejo es la especie reina para esto por un motivo botánico poco conocido: es prácticamente la única conífera que rebrota bien desde madera vieja. Un tejo abandonado durante veinte años se puede rejuvenecer cortando una cara del seto hasta el tronco, y en dos o tres temporadas vuelve a vestirse. Prueba a hacer eso con un ciprés, una tuya o un Cupressocyparis y tendrás un esqueleto permanente.

Ahora la advertencia, que aquí importa: el tejo es tóxico. Hojas, ramas, corteza y la semilla contienen alcaloides del grupo de la taxina; solo el arilo rojo carnoso que rodea la semilla está libre de ellos. La intoxicación es grave en personas y con frecuencia mortal en caballos, vacas y ovejas, y los recortes secos son igual de venenosos que la planta fresca, o más apetecibles. Si podas un seto de tejo, no tires jamás los restos por encima de la valla de un prado ni los dejes al alcance del ganado o de un caballo.

El laberinto de Marlborough, en Blenheim Palace

No es antiguo, aunque lo parezca: se plantó en 1991 sobre un diseño de Adrian Fisher y Randoll Coate en el huerto amurallado del palacio de Woodstock, con unos 3.000 tejos. Es un laberinto simbólico, es decir, su planta dibuja algo reconocible desde el aire —cañones, banderas, trompetas— tomado de las tallas de Grinling Gibbons que celebran la victoria del primer duque de Marlborough en Blenheim.

Se le atribuyen títulos de "el segundo más largo" o "el mayor laberinto simbólico", y conviene tomárselos con calma: esas listas cambian según se mida la longitud de los pasillos, la superficie o el número de decisiones, y cada jardín usa el criterio que mejor le viene. Lo que sí es objetivamente notable es la altura de los setos y el ritmo de mantenimiento: un seto de tejo formal se recorta una vez al año, a finales de verano —agosto o principios de septiembre—, para que el corte no rebrote antes del invierno y la silueta llegue nítida a la primavera.

Glendurgan, en Cornualles

Está cerca de Falmouth, en un valle subtropical que baja hasta el estuario del Helford, y se escribe Glendurgan, no "Glendurban". Alfred Fox plantó allí su laberinto en 1833, y hoy lo cuida el National Trust. Se ve entero desde lo alto de la ladera, lo cual añade el placer particular de mirar a la familia dando vueltas abajo.

La especie es laurel cerezo (Prunus laurocerasus), y la elección se explica por el clima suave y húmedo de Cornualles, donde crece a una velocidad que en el interior peninsular sería impensable. Aquí también hay que decirlo claro: el laurel cerezo es tóxico. Sus hojas y semillas contienen glucósidos cianogénicos que liberan cianuro de hidrógeno cuando el tejido se tritura o se machaca. Por eso los recortes frescos huelen a almendra amarga, y por eso no deben meterse en un espacio cerrado —el maletero del coche, un contenedor hermético, un invernadero pequeño— ni dejarse donde puedan comerlos perros, cabras u ovejas. Compostados al aire libre y en capa fina no dan problema; el riesgo está en la acumulación en sitio cerrado.

Un apunte de vivero que evita disgustos: el laurel cerezo se vende a menudo simplemente como "laurel", y quien lo compra pensando en el laurel de cocina (Laurus nobilis) acaba con un arbusto de hoja mucho más grande, brillante y blanda, que no sirve para guisar y que además no conviene tener al alcance de un animal. Se distinguen sin dudar por el olor: el Laurus nobilis huele a laurel al frotar la hoja; el Prunus laurocerasus, a almendra.

Villa Pisani, en Stra (Véneto)

El laberinto de la Villa Pisani, junto al Brenta, data de 1721 y es de los pocos de trazado histórico italiano que se conservan completos. Los setos, bajos comparados con los ingleses, rodean una torreta central con escalera de caracol coronada por una estatua de Minerva: la recompensa por llegar al centro es ver a los demás fracasar. Circula la anécdota de que Napoleón se perdió en él; es de esas historias que los jardines cuidan tanto como los setos.

Su interés jardinero está en lo que representa: el laberinto de seto bajo, de tradición renacentista italiana, donde el trazado se ve entero desde arriba y el juego consiste en resolverlo, no en la angustia de no ver nada. En España, ese modelo de parterre recortado se adapta mucho mejor que el seto alto de tejo, que en climas continentales secos sufre en verano.

El laberinto de maíz de Edmonton, Alberta

Al oeste de Edmonton, en Parkland County, se siembra cada primavera un laberinto de varias hectáreas de maíz (Zea mays) con un diseño distinto cada año, que abre de agosto a octubre y se cosecha después. Es el extremo opuesto a Longleat: donde el tejo tarda quince años en formar un seto, el maíz levanta una pared de dos metros y medio en un solo verano.

Es también la fórmula más viable si alguien quiere probar en casa, y hay que hacerlo bien. En clima peninsular, el maíz se siembra de abril a mayo, cuando el suelo pasa de 12 °C, a un marco de unos 70 cm entre líneas y 15-20 cm entre plantas. Los pasillos se abren cuando las plantas tienen 20-30 cm, segándolos o pasando la desbrozadora sobre el trazado marcado con estacas y cuerda; después ya no se puede corregir sin que se note. Necesita riego —el maíz consume mucha agua en julio, justo en floración— y una tierra con fondo de nitrógeno, porque una planta raquítica de metro y medio no tapa nada. Y hay que contar con el taladro (Sesamia nonagrioides, Ostrinia nubilalis), que en el interior peninsular tumba cañas enteras y abre boquetes en las paredes del laberinto justo cuando ya está en pie.

Si quieres uno en tu jardín: qué plantar en España

La lección común de los siete es que un laberinto no se diseña, se mantiene. Antes de elegir el dibujo, elige la planta:

  • Ciprés (Cupressus sempervirens) o tuya para seto alto en zona mediterránea, con la condición de no saltarse la poda ni un año: no rebrotan de madera vieja.
  • Tejo (Taxus baccata) donde haya humedad y verano suave —cornisa cantábrica, montaña—; lento, unos 20-30 cm al año, pero recuperable y de una densidad insuperable. Tóxico: descarta si hay ganado o niños muy pequeños sin supervisión.
  • Boj (Buxus sempervirens) para seto bajo tipo Villa Pisani. Aquí hay que avisar: desde 2014 la oruga del boj (Cydalima perspectalis) ha arrasado bojedales enteros en el norte de España, y a eso se suma el hongo Calonectria pseudonaviculata. Plantar hoy cientos de metros de boj es asumir tratamientos y revisiones constantes.
  • Alternativas al boj: Ilex crenata, de hoja pequeña y aspecto casi idéntico; Lonicera nitida, mucho más rápida y barata aunque exige dos o tres cortes al año; y en clima seco, Teucrium fruticans, Myrtus communis o incluso romero para trazados bajos.
  • Maíz si quieres resultado en un año y no te importa empezar de cero cada primavera.

Dos cifras que conviene tener antes de coger la pala: un pasillo cómodo mide 90-120 cm de ancho y hay que sumarle el crecimiento del seto por ambos lados, así que la separación entre líneas de plantación no baja de 1,5 m. Y un seto formal de cierta altura se recorta una o dos veces al año con cordel y nivel; con la mano alzada, en el segundo verano el laberinto está torcido. Ese es el trabajo real, y es la razón de que haya tan pocos laberintos históricos en pie: no cuesta plantarlos, cuesta sostenerlos durante doscientos años.

En resumen

El Laberint d'Horta enseña qué se puede hacer con ciprés en clima mediterráneo; Hampton Court, la utilidad del carpe marcescente; Longleat y Blenheim, por qué el tejo es la especie clásica para setos altos —rebrota de madera vieja, cosa rara en una conífera— y por qué sus recortes no deben acercarse al ganado; Glendurgan, que el laurel cerezo crece rápido pero es tóxico y no tiene nada que ver con el laurel de cocina; Villa Pisani, que el seto bajo también funciona; y el maíz de Edmonton, que hay una versión de todo esto que cabe en una sola temporada. Si te animas con uno propio, la especie y el calendario de poda importan más que el trazado: pasillos de 90-120 cm, líneas separadas metro y medio, y la tijera cada verano sin falta.


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