En el fondo de una cantera de caolín agotada, cerca de St Austell (Cornualles, Reino Unido), no quedaba suelo. Ni un centímetro. Arena de lavado de caolín, paredes de roca inestable y un agujero de unas 15 hectáreas que se inundaba solo. Ahí se decidió a finales de los noventa construir el Proyecto Edén, y ese punto de partida —un sitio estéril, no un valle fértil— explica casi todo lo interesante del invernadero.

Edén abrió al público en marzo de 2001. Lo que se ve desde el borde del cráter son unas cúpulas transparentes agrupadas como pompas de jabón; dentro hay un bosque tropical de verdad, con árboles que superan los veinte metros y un microclima que hay que sostener a base de calor, agua y podas. No es una atracción con plantas de plástico: es una colección botánica viva, con jardineros, plagas, riego y muertes de ejemplares como cualquier otro jardín.

Cúpulas del Proyecto Edén en la antigua cantera de caolín de Cornualles

Por qué se eligió un agujero

La cantera parecía el peor solar posible y resultó ser el mejor por tres razones concretas.

La primera es térmica. El hueco está orientado al sur y sus paredes reciben sol durante buena parte del día; la masa de roca se calienta y devuelve calor por la noche. Un invernadero en llano pierde por radiación en todas direcciones. Metido en un cráter, con las paredes haciendo de pantalla frente al viento del norte y del oeste —que en Cornualles viene cargado de sal atlántica—, el gasto de calefacción baja de forma apreciable.

La segunda es hidráulica. Un pozo minero abandonado se llena de agua sin que nadie haga nada: recoge la lluvia de toda su cuenca y filtraciones del terreno. Edén capta esa agua y con ella riega y alimenta los sanitarios; el agua de red se reserva para lo que no admite otra cosa. En una instalación que mantiene un trópico húmedo, esto no es un detalle simbólico, es la diferencia entre viable e inviable.

La tercera es de relato, y para un jardín público cuenta: restaurar un sitio arrasado por la minería tiene más fuerza que ajardinar un prado que ya estaba bien.

Cómo se sostiene una cúpula de más de cincuenta metros

La cubierta no es de vidrio. Es ETFE (etileno-tetrafluoroetileno), una lámina plástica montada en cojines de dos o tres capas que se mantienen inflados con aire a baja presión mediante compresores. Cada cojín ocupa una celda hexagonal del entramado metálico, y algunos llegan a los nueve metros de diámetro.

Las ventajas frente al vidrio son de peso y de luz. Un cojín de ETFE pesa una fracción minúscula de lo que pesaría el mismo paño acristalado, así que la estructura portante se aligera muchísimo: el conjunto de acero y lámina de las cúpulas pesa aproximadamente lo mismo que el aire que encierran. Y en cuanto a luz, el ETFE deja pasar más del 90 % del espectro visible y transmite ultravioleta, mientras que el vidrio corriente corta casi todo el UV-B. Para las plantas eso se nota: los ultravioleta intervienen en la síntesis de pigmentos, en el porte compacto y en la coloración. Bajo vidrio, muchas especies se ahílan más.

El inconveniente del ETFE es que se raja, aunque se parchea con cinta del mismo material sin desmontar nada, y que su capacidad aislante depende del aire atrapado entre capas: si el compresor falla, el cojín se desinfla y el invernadero pierde aislamiento en horas. También hay que contar con que el granizo grande y las gaviotas dan trabajo.

El suelo hubo que fabricarlo

Este es el capítulo que más interesa a quien cultiva algo, y el que se suele pasar por alto delante de las cúpulas.

En el fondo de la cantera había residuo de caolín: una arena silícea sin materia orgánica, sin estructura, sin vida microbiana y con una capacidad de retención de nutrientes prácticamente nula. Plantar en eso es plantar en gravilla. La solución fue fabricar decenas de miles de toneladas de sustrato mezclando esa misma arena de mina con compost obtenido de residuos verdes de la zona y con corteza. La arena aportaba drenaje y esqueleto mineral; el compost, materia orgánica, capacidad de intercambio catiónico y biología.

La lección es trasladable a cualquier jardín peninsular con suelo pedregoso o subsuelo de obra: el material inerte no se tira, se corrige. Un suelo de relleno con 30 o 40 % de gravilla puede convertirse en un buen sustrato añadiendo compost maduro y dejándolo asentar una temporada, y va a drenar mejor que una tierra vegetal comprada de textura arcillosa. Lo que no funciona es lo contrario: excavar un hoyo en terreno compactado, rellenarlo de sustrato esponjoso y plantar. Ese hoyo se comporta como una maceta enterrada sin agujero, el agua entra y no sale, y el árbol se asfixia al segundo invierno.

Un detalle más: los sustratos de Edén se diseñaron distintos según el bioma. El tropical pide más materia orgánica y retención; el mediterráneo, más arena, menos fertilidad y drenaje libre, porque un Cistus o una Lavandula plantados en tierra rica y húmeda se pudren o se desmadran y luego se abren por el centro.

Dos climas bajo el mismo tejado

Las cúpulas forman dos invernaderos comunicados con condiciones distintas.

El bioma tropical húmedo es el grande: en torno a 55 metros de altura libre, unos 200 de largo y algo más de una hectárea y media de superficie, lo que permite alojar árboles que crecen de verdad y no arbolitos podados. Se mantiene entre unos 18 °C y más de 30 °C con humedad alta, y en verano el problema no es calentarlo sino evacuar calor: las aperturas de la cumbrera se abren y el aire caliente sale por convección. Dentro crecen Musa (plátanos), Coffea arabica, Theobroma cacao, Hevea brasiliensis, bambúes gigantes, palmeras y cultivos tropicales de uso cotidiano. Hay una pasarela elevada para ver el dosel desde arriba, que es donde de verdad se entiende un bosque tropical, y un mirador aún más alto donde el aire ronda los 40 °C y la visita se hace corta.

El bioma mediterráneo es menor y más bajo, y su clima es el que casi cualquier lector español tiene en la calle: veranos secos y calurosos, inviernos suaves sin heladas fuertes. Se mantiene por encima de los 9-10 °C en invierno y se ventila mucho en verano. Aquí están Olea europaea, Vitis vinifera, cítricos, Quercus suber, y sobre todo las otras tres regiones de clima mediterráneo del planeta: el fynbos sudafricano con Protea y Leucadendron, el chaparral californiano y la flora australiana. Ver juntas esas cuatro floras es la mejor clase posible sobre convergencia: plantas sin parentesco que han acabado con la misma hoja pequeña, dura y de color grisáceo porque el problema a resolver era el mismo.

Fuera de las cúpulas hay varias hectáreas ajardinadas al aire libre, con praderas de flor, cultivos, plantas tintóreas y colecciones que Cornualles admite sin cubierta gracias a la corriente atlántica: hortensias, camelias y otras acidófilas prosperan allí como en la cornisa cantábrica.

Interior del bioma tropical del Proyecto Edén con vegetación de gran porte

Mantener un trópico en el Atlántico norte

Calentar más de una hectárea de selva a 18 °C mínimos en un sitio donde llueve la mitad del año cuesta energía, y ese ha sido siempre el flanco débil del proyecto. La respuesta ha ido por dos vías: reducir la demanda con diseño pasivo (orientación, masa térmica de la roca, recuperación de calor) y buscar una fuente de calor propia. En los últimos años se ha perforado en el recinto un pozo geotérmico profundo, de varios kilómetros, para extraer agua caliente del granito de Cornualles y con ella climatizar los biomas. Es geotermia de roca seca, la misma idea que se ensaya en otros puntos de Europa; en España tiene menos recorrido para este uso, pero la geotermia somera de baja entalpía sí se usa ya para climatizar invernaderos comerciales.

La sanidad vegetal es el otro trabajo continuo. Un invernadero cerrado, cálido y húmedo es el paraíso de la mosca blanca, la cochinilla algodonosa y la araña roja. El control se hace con fauna auxiliarEncarsia formosa contra mosca blanca, Phytoseiulus persimilis contra araña roja, Cryptolaemus montrouzieri contra cochinilla— porque pulverizar insecticida sobre un público que pasea por debajo no es una opción. Exactamente la misma estrategia que se aplica en los invernaderos de Almería y del Poniente, donde la lucha biológica lleva años siendo el sistema estándar y no una rareza ecologista.

Lo de "el más grande" conviene matizarlo

Edén figura como el invernadero más grande del mundo, y es cierto con una condición: hablamos de invernaderos de colección botánica, es decir, estructuras destinadas a albergar plantas para su exhibición y estudio. En esa categoría el bioma tropical no tiene rival por volumen: ninguna otra cúpula acristalada aloja un bosque de veinte y pico metros de dosel.

Si el criterio es simplemente superficie cubierta para cultivar, la comparación cambia por completo. En Holanda hay explotaciones de tomate o pimiento bajo un solo techo continuo de vidrio que superan las 20 hectáreas, muy por encima de la superficie de los biomas de Edén. Y en la comarca del Poniente almeriense hay más de 30.000 hectáreas de invernadero, aunque ahí no se trata de una sola estructura sino de miles de parcelas contiguas. Un dato tampoco desmiente al otro: son cosas distintas con el mismo nombre.

Entre los grandes invernaderos de exhibición, los otros nombres que conviene conocer son la Flower Dome de Gardens by the Bay en Singapur, que es la mayor cúpula de vidrio sin columnas interiores, y la Temperate House de Kew, la mayor estructura victoriana de hierro y vidrio que sigue en pie tras su restauración.

Qué se puede copiar en un invernadero de aquí

Traducido a escala de un invernadero doméstico o de un pequeño productor en la Península, lo aprovechable de Edén es esto:

El problema en España es el verano, no el invierno. La calefacción se lleva toda la atención al montar el primer invernadero, y en Ávila o en Burgos con motivo; en Valencia, Sevilla o Murcia el invernadero se convierte en un horno de abril a octubre y las plantas se paran por encima de 35 °C. Sin ventilación suficiente no hay cultivo de verano. La regla práctica: la superficie total de aperturas de ventilación debe rondar el 20 % de la superficie de suelo, repartida entre laterales y cumbrera, porque el tiro vertical es el que de verdad renueva el aire. Solo con puertas y ventanas bajas no se consigue.

El sombreo importa tanto como el plástico. El encalado de la cubierta en mayo, retirado en septiembre, o una malla de sombreo del 30-50 % son medidas baratas que bajan varios grados la temperatura de hoja. Y una cubierta difusora reparte la luz hacia las hojas bajas en vez de quemar las de arriba.

Masa térmica gratis. Bidones de agua pintados de negro, un muro trasero de bloque o de piedra al norte, o simplemente el suelo húmedo, amortiguan la oscilación entre día y noche. Es la versión de garaje de las paredes del cráter de Cornualles, y en un invernadero pequeño la diferencia entre una noche a 2 °C y otra a 6 °C decide si el tomate cuaja o no.

Agrupar por necesidades, no por gusto. Meter en el mismo túnel cactus, orquídeas y plantas mediterráneas y regar todo con la misma programación termina con las tres mal: unas encharcadas y otras sedientas. Edén separa físicamente dos climas porque no hay un riego que sirva a la vez a Theobroma cacao y a Protea cynaroides. En un invernadero pequeño no se pueden hacer dos climas, pero sí dos zonas de riego, y con eso se salvan muchas plantas.

En resumen

El Proyecto Edén es un jardín botánico bajo cubierta construido en el fondo de una cantera de caolín agotada de Cornualles, abierto en 2001, con dos biomas: uno tropical húmedo de unos 55 metros de altura y más de una hectárea y media, y otro mediterráneo, más pequeño y templado. Su cubierta de cojines inflados de ETFE pesa una mínima parte de lo que pesaría el vidrio equivalente y deja pasar ultravioleta, y el suelo no existía: se fabricó mezclando arena de residuo minero con compost. La cantera aporta abrigo, masa térmica y agua de escorrentía, y el calor se está resolviendo con geotermia profunda.

Es el mayor invernadero del mundo entendido como estructura para exhibir plantas; en superficie cubierta pura hay explotaciones hortícolas holandesas y almerienses mucho mayores. Y de todo el proyecto, lo verdaderamente exportable a un jardín español no son las cúpulas, sino tres ideas: que un sustrato malo se corrige en vez de sustituirse, que aquí un invernadero se diseña para evacuar calor antes que para conservarlo, y que agrupar las plantas por exigencia de riego es lo que decide si la colección sobrevive.


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