El Gran Canal de Versalles mide alrededor de 1,6 kilómetros de largo y se excavó a pico y pala entre 1668 y 1671, con miles de obreros y sin una sola máquina. Ese dato explica bastante bien qué es un gran jardín histórico: una obra de ingeniería hidráulica y de movimiento de tierras a la que después se le pusieron plantas encima.
Esta segunda entrega recorre otros seis jardines que merecen el viaje, pero con una condición: de cada uno interesa saber qué se puede traer de vuelta. Copiar un parterre de Le Nôtre en una parcela de 400 metros cuadrados no funciona. Copiar el principio que lo sostiene, sí.
Versalles y la lección de la escala
André Le Nôtre trabajó en los jardines de Versalles desde 1661 hasta su muerte en 1700, sobre unas 800 hectáreas de parque. Lo que allí se ve no es una colección de plantas, es una perspectiva forzada: el eje este-oeste está calculado para que el ojo recorra el terreno sin encontrar un final, y los bosquetes laterales funcionan como habitaciones cerradas que hacen que el eje central parezca todavía más amplio por contraste.
La Orangerie, obra de Jules Hardouin-Mansart, guarda cada invierno más de un millar de naranjos, limoneros, granados y adelfas en cajones de madera, a una temperatura que se mantiene por encima de los cero grados sin calefacción, solo con la masa de los muros. Es exactamente lo que hace cualquiera que meta sus cítricos en maceta a un porche cerrado en Burgos o en León: la idea es antigua y sigue siendo válida.
Qué llevarse: el eje y la simetría no requieren hectáreas. Un camino recto de doce metros que termina en un punto focal —una fuente, un banco, un ciprés aislado— organiza un jardín pequeño mejor que cualquier serpenteo. Y la vista se cierra donde tú decidas, no donde acaba la valla.
Un aviso sobre el boj. Los parterres franceses clásicos son de Buxus sempervirens, y ese material ya no es una recomendación automática. La oruga Cydalima perspectalis lleva desde 2014 extendiéndose por España y devora un seto de boj en dos semanas; el hongo Calonectria pseudonaviculata, la seca del boj, hace el resto en zonas húmedas. Si vas a plantar un recorte bajo hoy, mira Ilex crenata, Lonicera nitida, Teucrium × lucidrys o incluso Myrtus communis subsp. tarentina en clima mediterráneo. El resultado visual es casi idéntico y te ahorras una batalla anual perdida de antemano.
Nong Nooch, Tailandia: una colección disfrazada de parque temático
El jardín tropical de Nong Nooch, cerca de Pattaya, abrió al público en 1980 después de que Nongnooch Tansacha decidiera convertir en jardín botánico una finca comprada para plantar frutales. Ocupa más de doscientas hectáreas y a primera vista despista: hay topiaria geométrica, una réplica de Stonehenge, un jardín «francés» y espectáculos para turistas.
Debajo de eso hay trabajo botánico serio. Nong Nooch mantiene una de las colecciones de cícadas más completas del mundo, con especies de los géneros Cycas, Encephalartos, Dioon y Zamia, un grupo de plantas antiquísimo y hoy muy amenazado en la naturaleza, y una colección de palmeras que cubre buena parte de las subfamilias conocidas. Para un aficionado a las plantas es el motivo real de la visita, mucho más que la topiaria.
Qué llevarse: poco en cuanto a especies, porque una Encephalartos quiere un clima que en la península solo se aproxima en la costa de Málaga, Almería y Canarias. Sí se aprende otra cosa: un jardín puede ser un catálogo vivo y a la vez un sitio agradable donde pasear. La colección temática —todas las variedades de un mismo género agrupadas— es una forma de estructurar un jardín pequeño que en España se usa poco y que da mucho juego con Salvia, Cistus o Agave.
Villa d'Este, Tívoli: agua sin bombas
Encargada por el cardenal Ippolito II d'Este a mediados del siglo XVI, la Villa d'Este tiene centenares de surtidores, cascadas y juegos de agua, y todos funcionan por gravedad, alimentados por el río Aniene mediante un canal excavado bajo la ciudad. No hay bombas ni las hubo nunca. El Órgano de Agua, restaurado y de nuevo en funcionamiento, produce música con aire comprimido por la propia caída del agua.
Qué llevarse: el desnivel es un regalo, no un problema. Una parcela en pendiente permite un canalillo, una lámina de agua o una simple sucesión de rebosaderos que se mueve sola. Y el ruido del agua tapa el tráfico mejor que cualquier pantalla vegetal: dos metros de altura de caída en un patio urbano cambian por completo la sensación del espacio.
Keukenhof y por qué no puedes replicarlo aquí
Las treinta y dos hectáreas de Keukenhof, en Lisse, abren solo unas ocho semanas al año, de finales de marzo a mediados de mayo, y exhiben del orden de siete millones de bulbos. El detalle que no aparece en los folletos: esos bulbos se plantan nuevos cada otoño y se retiran al terminar la temporada. No es un jardín permanente, es una instalación anual a escala industrial.
Eso importa para el jardinero español, porque explica la frustración habitual con los tulipanes. Tulipa gesneriana y sus híbridos necesitan un periodo de frío invernal prolongado para volver a formar flor. En Madrid, Valladolid o Teruel pueden repetir un par de años; en Sevilla, Valencia o la costa mediterránea rara vez rebrotan con flor decente, y lo lógico es tratarlos como planta de temporada con bulbos prerrefrigerados, plantados en noviembre o diciembre cuando el suelo ya está fresco.
Si quieres bulbos que se queden y se multipliquen solos en clima peninsular, el camino es otro: Narcissus (incluidos los autóctonos N. bulbocodium y N. jonquilla), Muscari, Ipheion uniflorum, Scilla, Allium ornamentales y los tulipanes botánicos —Tulipa clusiana, T. sylvestris, T. saxatilis—, que sí naturalizan en suelos con buen drenaje y verano seco.
Kenroku-en, Kanazawa: el mantenimiento como parte del diseño
Kenroku-en figura entre los tres grandes jardines históricos de Japón y se desarrolló a lo largo de más de dos siglos desde el XVII. Su imagen más conocida es el yukitsuri: los conos de cuerdas que se montan cada noviembre desde postes centrales para sujetar las ramas de los pinos y que la nieve no las parta. Se instalan y se desmontan todos los años, uno por uno.
Conviene decirlo sin rodeos: el jardín japonés no es un jardín de bajo mantenimiento. Un pino Pinus densiflora conducido en nubes exige despunte manual de los brotes en primavera y limpieza de acículas viejas en otoño, planta por planta y mano a mano. El aspecto de quietud es el resultado de un trabajo constante, no de dejar hacer.
Qué llevarse: el concepto de shakkei, el paisaje prestado. Kenroku-en integra en su composición montañas que están a kilómetros. En una parcela cualquiera equivale a enmarcar con vegetación lo que hay más allá del muro —un campanario, una encina del vecino, una loma— y ocultar deliberadamente lo feo. Cuesta cero y multiplica la profundidad percibida.
Jardín Majorelle, Marrakech: el color como estructura
El pintor Jacques Majorelle empezó este jardín de Marrakech en los años veinte y patentó el azul ultramar saturado que lleva su nombre. Tras años de abandono lo compraron y restauraron Yves Saint Laurent y Pierre Bergé a finales de los setenta. Es un jardín pequeño, de menos de una hectárea, con colección de cactáceas, palmeras, bambúes y buganvillas.
Su interés técnico está en la relación entre volumen vegetal y muro pintado. Las siluetas espinosas y grises de las cactáceas necesitan un fondo plano y contrastado para leerse; contra un muro blanco desaparecen por exceso de luz, contra el azul intenso se recortan como dibujos. Es un recurso perfectamente trasladable a un patio andaluz o a una terraza levantina, donde además el muro pintado en color oscuro absorbe calor y beneficia a las suculentas en invierno.
Qué llevarse: en clima seco, la arquitectura y el color hacen la mitad del trabajo. Con doce especies bien elegidas y un muro con carácter se consigue más que con cincuenta plantas sedientas repartidas sin criterio.
Cómo visitar un gran jardín y sacarle partido
Ve fuera de temporada alta al menos una vez. Un jardín en febrero enseña sus huesos: los ejes, los setos, las cortezas, la topografía. Eso es lo que se copia. En plena floración solo se ve la capa superficial.
Fotografía los encuentros, no las flores. La unión entre pavimento y planta, el remate de un seto contra un muro, la altura exacta de un banco respecto al agua. Esos detalles resuelven problemas reales de obra.
Anota qué se está usando como fondo. En casi todos estos jardines la especie que más superficie ocupa es una planta verde sin flor llamativa: tejo, boj, laurel, bambú, césped. La flor es el uno por ciento.
Y comprueba el clima antes de enamorarte. Un jardín tailandés y uno holandés proponen soluciones que en Castilla o en el Levante fracasan sin remedio. Lo que viaja bien son los principios —eje, escala, contraste, agua, mantenimiento asumible—, no las listas de plantas.
En resumen
Versalles enseña que la geometría y un punto focal ordenan cualquier tamaño de parcela, y que el boj clásico hoy conviene sustituirlo por Ilex crenata, Teucrium o mirto por culpa de la oruga y la seca. Nong Nooch demuestra que una colección temática puede sostener un jardín entero. Villa d'Este recuerda que el desnivel es la mejor bomba que existe. Keukenhof aclara por qué los tulipanes no repiten en media España y qué bulbos sí naturalizan aquí. Kenroku-en desmonta el mito del jardín japonés sin trabajo y regala la idea del paisaje prestado. Y Majorelle prueba que en clima seco un muro de color bien elegido vale más que veinte plantas de más. Lo que se lleva uno a casa de estos sitios nunca es un catálogo de especies, sino una manera de mirar la parcela propia.