El género Phoenix es, probablemente, el más importante de cuantos se cultivan en la jardinería mediterránea. Reúne unas catorce especies repartidas por África, Creta, Oriente Próximo y el sur y sureste de Asia, y entre ellas hay palmeras para casi cualquier situación: desde ejemplares monumentales de veinte metros hasta plantas de patio que caben en una maceta.
Todas comparten dos rasgos que conviene tener claros desde el principio. El primero es que sus hojas son pinnadas —tipo pluma, con folíolos a ambos lados del raquis— y que los folíolos de la base están transformados en espinas rígidas y afiladas llamadas acantofilos. No son un adorno: son capaces de atravesar un guante y provocar heridas que se infectan con facilidad. El segundo es que son dioicas: hay pies macho y pies hembra, y solo los femeninos dan fruto, y únicamente si hay un macho cerca.
Phoenix canariensis
La palmera canaria es endémica del archipiélago canario, donde está declarada símbolo vegetal de las islas, y es con diferencia la Phoenix más plantada en la España peninsular.
Alcanza de 10 a 15 metros, y excepcionalmente 20, con un estípite muy grueso —hasta un metro de diámetro— cubierto por las cicatrices romboidales de las hojas viejas, que dibujan un damero muy característico. La corona es densísima, con cien o más hojas de 5 a 6 metros arqueadas y de un verde intenso.
Es rústica: tolera hasta -8 o -10 °C en ejemplares adultos, resiste la sequía una vez establecida, aguanta suelos calizos y la brisa marina. Crece a velocidad moderada, más deprisa si se riega y abona.
Ahora la advertencia imprescindible: la palmera canaria es el hospedador preferido del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), el escarabajo asiático que desde 1994 ha arrasado el patrimonio palmero del litoral mediterráneo español. Si plantas una Phoenix canariensis, tienes que asumir un programa de vigilancia y tratamientos preventivos de por vida. También la ataca el barrenillo o Paysandisia archon, una mariposa sudamericana.
Y el otro problema es de escala. Una canaria adulta ocupa un círculo de ocho a diez metros de diámetro y sus hojas alcanzan una altura considerable. Es un árbol de parque, de plaza o de finca grande. En un jardín urbano de 100 m² se convierte en un problema en quince años.
Phoenix dactylifera
La palmera datilera es la especie cultivada desde hace más de cinco mil años en el norte de África y Oriente Próximo, y la que dio origen al palmeral de Elche, el mayor de Europa y declarado Patrimonio de la Humanidad.
Se distingue fácilmente de la canaria: es más alta y mucho más esbelta —hasta 25 o 30 metros—, con el estípite delgado y las hojas de un verde glauco azulado, más rígidas y erectas, formando una copa abierta y poco densa. Y sobre todo, emite hijuelos en la base, formando matas de varios troncos si no se eliminan.
Resiste hasta -8 o -10 °C, tolera la salinidad mejor que ninguna otra Phoenix —soporta riego con aguas salobres— y es extremadamente resistente a la sequía y al calor extremo, hasta el punto de que hay un refrán árabe que dice que quiere «los pies en el agua y la cabeza en el fuego del cielo».
Esa frase resume su cultivo. Para producir dátiles de calidad necesita veranos muy largos y muy calurosos —se habla de acumular más de 3.000 grados-día por encima de 18 °C— y humedad ambiental baja durante la maduración. En España eso solo se da de verdad en el sureste: Alicante, Murcia, Almería. En el resto de la Península la palmera vive perfectamente, pero los dátiles no llegan a madurar o lo hacen aguados. Y recuerda: como es dioica, necesitas un pie macho, y en cultivo comercial se poliniza a mano.
Phoenix loureiroi
Poco conocida y bastante infravalorada. Phoenix loureiroi —conocida también por los nombres antiguos P. humilis y P. hanceana— procede del sur de Asia: India, sur de China, Taiwán, Filipinas.
Es una palmera pequeña, de 2 a 4 metros en cultivo, de crecimiento lento y estípite corto y grueso, a veces casi ausente en las formas más enanas. Las hojas son de un verde oscuro, algo rígidas, de 1,5 a 2 metros. Según la variedad puede ser solitaria o formar matas con hijuelos.
Tolera en torno a -6 a -8 °C, lo que la hace utilizable en casi toda la mitad sur y en el litoral. Su gran virtud es la escala: aporta el aspecto de las Phoenix —incluida esa silueta plumosa inconfundible— en un jardín pequeño, sin comprometerse a un gigante. También acepta media sombra mejor que sus parientes.
Phoenix roebelenii
La palmera datilera enana o palmerita de Roebelen, originaria del sudeste asiático (Laos, norte de Tailandia, Vietnam, sur de China), es la más vendida del género en jardinerías.
No pasa de 2 o 3 metros —excepcionalmente 4— con un estípite fino, de 10-15 cm, cubierto de restos de peciolos que le dan una textura muy decorativa. Las hojas son las más finas y elegantes del género: arqueadas, de un metro y medio, con folíolos estrechos y flexibles de un verde brillante.
Su limitación es el frío: solo tolera de -2 a -4 °C, y los ejemplares jóvenes sufren ya a 0 °C. En el litoral mediterráneo y en Canarias vive fuera todo el año sin problema. En el interior peninsular hay que cultivarla en maceta y guardarla en invierno, o protegerla.
A cambio ofrece dos ventajas: es la única Phoenix que tolera bien la media sombra —incluso agradece protección del sol más duro— y es una excelente palmera de maceta para terrazas, patios y porches. También se comporta razonablemente como planta de interior muy iluminado, aunque en casa el aire seco de la calefacción le trae araña roja con bastante facilidad. Se vende a menudo con varios pies en la misma maceta, plantados juntos para dar volumen.
Phoenix rupicola
Para muchos aficionados, la Phoenix más bonita del género. Phoenix rupicola, la palmera datilera de los acantilados, procede de las estribaciones del Himalaya, en el noreste de la India y Bután, donde crece en laderas rocosas.
Llega a 6 u 8 metros con un estípite esbelto y limpio, de unos 25 cm, que se desprende de los restos foliares con la edad y queda liso y anillado. Pero lo que la distingue son las hojas: de 3 metros, extraordinariamente arqueadas y péndulas, con folíolos dispuestos en un solo plano —no en varios como en canariensis— y de un verde brillante. El resultado es una copa que parece una fuente y que carece de la pesadez de otras Phoenix.
Resiste alrededor de -5 o -6 °C. Prefiere suelos que drenen bien y agradece más humedad edáfica que la datilera, porque no viene de un desierto sino de una zona monzónica. Es la elección para quien busca elegancia en un jardín mediano y no la típica palmera de rotonda.
Phoenix theophrasti
La palmera de Creta tiene un interés especial: junto con el palmito (Chamaerops humilis), es una de las dos únicas palmeras nativas del continente europeo. Vive en Creta —el palmeral de Vai es el más conocido— y en algunos enclaves del suroeste de Turquía, casi siempre junto a cursos de agua o surgencias cerca del mar.
Forma matas de varios estípites por su tendencia a emitir hijuelos, alcanzando de 10 a 15 metros. Las hojas son más cortas y rígidas que las de la canaria, de un verde grisáceo, y los frutos son pequeños, amarillentos y no comestibles en la práctica.
Sus puntos fuertes son la resistencia al frío —en torno a -8 o -10 °C—, la tolerancia a la salinidad y al viento marino, que es excelente, y la resistencia a la sequía. Además, siendo una especie de nuestra propia región biogeográfica, encaja bien en jardines de estilo mediterráneo donde una canaria resultaría excesiva y exótica. Aun así, es igualmente sensible al picudo rojo.
Un aviso sobre los híbridos
Esto hay que decirlo porque afecta a cualquiera que compre una Phoenix en un vivero. Las especies del género se hibridan entre sí con muchísima facilidad, y como se propagan por semilla y suelen crecer varias especies juntas en los mismos viveros, buena parte del material comercial es de origen híbrido.
El cruce más frecuente es Phoenix canariensis × Phoenix dactylifera, y en el litoral hay poblaciones enteras de aspecto intermedio. Esto tiene dos consecuencias prácticas: la planta que compras puede no comportarse exactamente como dice la etiqueta —en tamaño final, en color y sobre todo en resistencia al frío—, y la hibridación está siendo un problema de conservación real para las poblaciones silvestres de P. canariensis en Canarias y de P. theophrasti en Creta.
Si te importa la identidad de la especie, compra en viveros especializados y con semilla de procedencia controlada.
Cultivo: lo que vale para todas
Exposición. Sol pleno, salvo P. roebelenii, que agradece sombra ligera en el interior peninsular.
Suelo. Poco exigentes, siempre que drene. Toleran caliza sin problema. En suelos muy compactos y encharcadizos sufren podredumbre de raíz.
Riego. Abundante los dos o tres primeros años, que es cuando se juega el establecimiento del sistema radicular; después son notablemente resistentes a la sequía. Un error muy repetido es plantar una palmera y tratarla como resistente desde el primer día: en los dos primeros veranos necesita agua de verdad, con riegos profundos y espaciados.
Plantación. Mejor de abril a junio, con el suelo ya caliente, porque las raíces de palmera solo se regeneran activamente con temperaturas altas. Plantar una palmera en noviembre en clima continental es condenarla a pasar el invierno sin raíces nuevas.
Abonado. De primavera a verano, con un abono equilibrado que incluya magnesio, hierro y manganeso. Las carencias de estos elementos son frecuentes en suelos calizos y se manifiestan como amarilleo característico: el magnesio da bandas amarillas en el borde de las hojas viejas, y el manganeso produce las hojas nuevas deformadas y rizadas, lo que se conoce como «cogollo rizado».
La poda, el picudo y por qué están relacionados
Aquí conviene desmontar una costumbre muy arraigada. Se poda demasiado y se poda mal.
Una palmera solo necesita que se le retiren las hojas completamente secas y, si molestan, los racimos de fruta. Nada más. El corte «en plumero» o «en mohicano», dejando solo las hojas verticales, es una moda estética que debilita gravemente la planta: la palmera pierde la superficie fotosintética con la que alimenta el crecimiento del año siguiente, y como no puede ramificar ni compensar, produce un estípite más estrecho a partir de ahí. Ese estrechamiento queda marcado para siempre.
Además, y esto es lo importante: las heridas de poda son el principal reclamo del picudo rojo. Los volátiles que emite el tejido cortado atraen a los adultos desde cientos de metros. De ahí las reglas básicas:
Podar solo en los meses fríos, entre noviembre y febrero, cuando el picudo está inactivo. Evitar absolutamente la poda entre marzo y octubre.
Desinfectar las herramientas entre palmera y palmera con lejía diluida o alcohol.
Sellar los cortes con pasta cicatrizante y aplicar un tratamiento insecticida autorizado tras la poda.
Destruir los restos vegetales, triturándolos o llevándolos a gestor autorizado, nunca amontonarlos en el jardín, porque son un criadero.
Las señales de ataque a vigilar son hojas centrales que se marchitan o se descuelgan de forma asimétrica, perforaciones en la base de los peciolos, serrín húmedo y de olor fermentado, y un crujido audible al acercar el oído al estípite. La detección temprana es lo único que salva a una palmera; cuando el cogollo se desploma, ya no hay nada que hacer. En muchas comunidades autónomas la aparición del picudo es de declaración obligatoria, así que conviene consultar la normativa autonómica antes de actuar por tu cuenta.
En resumen
Elige tu Phoenix en función del espacio y del frío de tu zona:
P. canariensis: monumental, rústica hasta -10 °C, pero necesita mucho espacio y es la favorita del picudo rojo.
P. dactylifera: esbelta, glauca, muy resistente a salinidad y calor; solo da dátiles buenos en el sureste español.
P. loureiroi: pequeña y lenta, la opción sensata para jardines reducidos, hasta unos -7 °C.
P. roebelenii: la más fina y la mejor para maceta, pero solo aguanta -2 a -4 °C.
P. rupicola: la más elegante, de hojas colgantes y estípite limpio, hasta unos -6 °C.
P. theophrasti: multitroncal, europea, imbatible frente al viento marino y la sal.
Para todas ellas: sol, suelo drenado, riego generoso los dos primeros años, plantación en primavera, abonado con magnesio y micronutrientes, y una poda mínima realizada solo en invierno, con herramienta desinfectada y cortes sellados. La poda excesiva no embellece una palmera: la debilita y le abre la puerta al picudo.