Seis especies, todas australianas, todas repartidas por la franja húmeda que va del sur de Nueva Gales del Sur hasta la península de Cabo York: eso es el género Archontophoenix al completo. Un género pequeño, de distribución muy concentrada, que sin embargo ha acabado plantado en jardines de medio mundo por una razón sencilla: tiene la silueta que la gente imagina cuando piensa en una palmera tropical, y crece rápido.
El nombre lo describieron Hermann Wendland y Oscar Drude en 1875 combinando el griego archon (jefe, gobernante) y phoinix (palmera). De ahí que en castellano se las llame palmeras reales australianas, aunque conviene no confundirlas con las palmeras reales americanas del género Roystonea, que son otra cosa: mucho más corpulentas, de tronco grueso y abombado, y con exigencias distintas.
Qué tienen en común
Todas comparten un mismo patrón, y quien reconoce ese patrón identifica el género de un vistazo:
Tronco único y esbelto, sin hijuelos, gris o pardo claro, con anillos muy marcados que son las cicatrices de las hojas caídas y un ligero ensanchamiento en la base. No hay especies cespitosas en el género: una semilla, un tronco.
Capitel bien definido. La parte alta del estípite queda envuelta en un cilindro liso formado por las vainas de las hojas vivas, de medio metro o más, de un verde brillante en la mayor parte de las especies y de un violeta llamativo en una de ellas. Ese contraste entre el capitel verde y el tronco gris es la firma visual del género.
Hojas pinnadas, de dos a cuatro metros, arqueadas, con los folíolos en un solo plano y una corona de entre 8 y 14 hojas, nunca más. Son palmeras autolimpiantes: la hoja vieja se desprende entera y cae sola, así que no forman falda de hojas secas ni piden poda.
Inflorescencia infrafoliar, es decir, que brota por debajo del capitel y no entre las hojas. Es muy ramificada, colgante, y lleva las flores en grupos de tres (dos masculinas flanqueando una femenina). Después vienen los frutos: drupas globosas de uno a dos centímetros que maduran a rojo intenso y forman racimos muy decorativos.
Y todas comparten hábitat: selva húmeda, fondos de valle, márgenes de arroyo, suelos frescos y ricos. Ninguna es planta de secano.
Las seis especies
Archontophoenix cunninghamiana. La palmera bangalow. Vive en el extremo sur del área del género, en Nueva Gales del Sur y el sureste de Queensland, y es por tanto la que procede del clima más fresco. Hojas verdes por las dos caras, flores lilas y tronco fino. Es la más cultivada en Europa y la única del género que se puede plantar con expectativas razonables en el litoral peninsular.
Archontophoenix alexandrae. La palmera de Alexandra, del centro y norte de Queensland, en cotas bajas y clima tropical. Se distingue enseguida por el envés plateado de los folíolos y por las flores blanco crema; además, la base del capitel suele estar más abultada y el tronco es algo más grueso. Es más rápida y más espectacular que la anterior, pero también bastante más friolera: sufre daños ya cerca de 0 °C. En España solo tiene sentido en Canarias y en enclaves muy protegidos del litoral sur.
Archontophoenix purpurea. De las montañas del norte de Queensland, alrededor de Mount Lewis y Mount Spurgeon, por encima de los 800 metros. Su capitel es de un violeta púrpura notable, y es la más buscada por coleccionistas por ese motivo. Al proceder de altitud tolera el fresco mejor que A. alexandrae, aunque no la helada; en cambio, lleva mal el calor seco.
Archontophoenix maxima. Del altiplano de Atherton, también en el norte de Queensland. Es la de mayor porte del género, con hojas grandes y folíolos anchos de envés algo blanquecino. Poco frecuente fuera de colecciones.
Archontophoenix tuckeri. De la península de Cabo York, en el extremo norte. Especie de tierras bajas, tropical estricta, poco vista en cultivo europeo.
Archontophoenix myolensis. La rareza del género: una población diminuta en las cercanías de Myola, en el norte de Queensland, con muy pocos ejemplares silvestres y grave riesgo de extinción. Su presencia en jardines es casi anecdótica.
De las seis, en la práctica el jardinero español se va a encontrar dos en el vivero: A. cunninghamiana y A. alexandrae. Y ahí hay un asunto que da bastantes disgustos.
La confusión de vivero, y cómo salir de ella
Las dos especies comunes hibridan con facilidad, y en los semilleros de producción, donde a menudo conviven ejemplares de ambas, la polinización cruzada es la norma más que la excepción. El resultado son plantas intermedias que se venden con la etiqueta de una u otra sin que nadie mienta necesariamente: simplemente la semilla venía de una madre de esa especie.
Para el comprador, la consecuencia práctica es una sola: la resistencia al frío del ejemplar que se lleva a casa puede no ser la que promete la etiqueta. Un híbrido con sangre de A. alexandrae etiquetado como cunninghamiana puede quemarse en la primera helada débil de enero en un jardín donde su hermana pura habría aguantado sin despeinarse.
Se puede afinar mirando la planta en vez de la etiqueta. Gire un folíolo: si el envés es claramente plateado o glauco, hay alexandrae de por medio; si es verde por las dos caras, apunta a cunninghamiana. En ejemplares que ya florecen, el color de la flor lo resuelve sin dudas: lila en cunninghamiana, blanco crema en alexandrae. Y a la vieja etiqueta Seaforthia elegans, que todavía asoma en algún catálogo, no hay que hacerle caso: es un nombre en desuso que se aplicó de forma equivocada a este grupo durante décadas.
Cuidados comunes al género
Clima. Ninguna es rústica en el sentido europeo del término. A. cunninghamiana, la más tolerante, aguanta heladas breves de en torno a -2 °C con quemaduras foliares y se recupera; hacia -4 °C entra en riesgo el ápice de crecimiento, que es único, y si ese ápice muere la palmera no rebrota. Las especies tropicales del norte de Queensland sufren mucho antes, en el entorno de 0 a 2 °C. En España eso limita el cultivo al exterior a Canarias, el litoral mediterráneo y suratlántico, y algunos enclaves resguardados del norte húmedo.
Luz. De jóvenes son plantas de sotobosque y necesitan sombra o media sombra; a pleno sol de verano en el primer año se abrasan. De adultas aceptan el sol pleno si tienen humedad y agua, y agradecen la media sombra en zonas de verano seco.
Suelo. Profundo, fértil, rico en materia orgánica, drenante pero fresco, y de pH ácido a neutro. Los suelos calizos y las aguas duras les provocan clorosis férrica con facilidad; en esos casos toca enmendar, acolchar y recurrir a quelato de hierro EDDHA, que es el que se mantiene estable a pH alto.
Riego. Abundante y regular en todo el periodo cálido, sin dejar que el cepellón se seque. Vienen de márgenes de arroyo y su tolerancia a la sequía es baja, por mucho que la palabra "palmera" sugiera lo contrario. Un acolchado bajo la copa hace más por ellas que subir el número de riegos.
Abonado. Crecen deprisa y consumen mucho. Abono específico de palmeras de liberación controlada, con potasio alto, magnesio y micronutrientes, tres o cuatro veces entre marzo y septiembre. Las carencias de potasio (moteado amarillo en hojas viejas), de magnesio (banda amarilla en los bordes de las hojas viejas) y de manganeso (cogollo rizado y chamuscado) son el motivo real detrás de buena parte de las palmeras "enfermas" de jardín.
Viento y sal. Los folíolos son finos y se deshilachan con el viento seco. La tolerancia salina del género es baja, así que primera línea de playa no es su sitio pese a su aire tropical.
Poda. Prácticamente ninguna, por ser autolimpiantes. Cortar hojas verdes solo resta a una corona que ya es corta, y cada herida fresca es una llamada para los barrenadores. Una precaución de seguridad: las hojas que se desprenden solas son largas y pesan varios kilos, y caen desde bastante altura, de modo que conviene no plantarlas sobre zonas de paso continuo, terrazas o aparcamientos.
Plagas. El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) prefiere con mucho a Phoenix canariensis, pero puede atacar a este género. Su presencia es de declaración obligatoria ante la administración autonómica y cualquier tratamiento debe hacerse con productos autorizados en el registro oficial y según etiqueta. La Paysandisia archon afecta poco a las Archontophoenix. En maceta, cochinilla y araña roja aparecen cuando el ambiente es seco.
Multiplicación
Solo por semilla, en todo el género: no producen hijuelos ni admiten esqueje. La semilla debe estar fresca, porque pierde viabilidad en pocos meses, y hay que limpiarla bien de pulpa antes de sembrar. En sustrato ligero, a 25-28 °C constantes y con humedad alta, germina en uno a tres meses. Las primeras hojas son enteras, en forma de lengua, y los folíolos no aparecen hasta la cuarta o quinta.
Un apunte que conviene tener presente: en Brasil, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Hawái estas palmeras se han naturalizado a partir de ejemplares de jardín, porque los pájaros dispersan las semillas con eficacia, y en la Mata Atlántica brasileña A. cunninghamiana está catalogada como invasora. El clima peninsular no reúne la humedad constante que haría falta para eso, pero si se vive junto a un enclave natural húmedo, retirar los racimos maduros es una precaución barata.
En resumen
Archontophoenix reúne seis palmeras australianas de tronco único y anillado, capitel liso muy marcado, hojas pinnadas arqueadas, inflorescencia por debajo del capitel y frutos rojos en racimo. Todas vienen de selva húmeda, todas crecen rápido y todas se limpian solas.
Para el jardín español la elección práctica es A. cunninghamiana, la más tolerante al fresco, con A. alexandrae reservada a Canarias y al litoral más benigno; las cuatro restantes son plantas de colección. Al comprar, mirar el envés del folíolo y el color de la flor vale más que fiarse de la etiqueta, porque los híbridos entre las dos especies comunes son frecuentes y la rusticidad heredada no es la anunciada.
Y los cuidados se resumen en cuatro palabras: agua, materia orgánica, abono de palmeras con potasio y magnesio, y abrigo frente al viento seco, la sal y la helada.