Una hoja seca de Archontophoenix cunninghamiana pesa entre dos y cuatro kilos, mide más de dos metros y se desprende sola, sin previo aviso, desde ocho o diez metros de altura. Ese detalle, que rara vez aparece en las fichas de vivero, condiciona dónde conviene plantarla más que cualquier otra consideración estética. Es una palmera magnífica, de crecimiento rápido y silueta muy limpia, pero conviene saber con qué se está tratando antes de meterla junto a la piscina o encima de la plaza de aparcamiento.
Se la conoce como palmera real australiana o palmera bangalow, y pertenece a la familia de las arecáceas. El nombre del género viene del griego archon, jefe o gobernante, y phoenix, palmera: la palmera de los jefes. Fue descrita en 1875, aunque durante décadas circuló en el comercio con el nombre erróneo de Seaforthia elegans, una etiqueta que todavía se ve en catálogos antiguos y en algún vivero despistado.
De dónde viene y por qué eso importa
Su área natural es una franja estrecha de la costa este de Australia, desde el sur de Nueva Gales del Sur hasta el sureste de Queensland. Allí crece en el interior de la selva subtropical húmeda, casi siempre en el fondo de los valles, al borde de arroyos y en suelos permanentemente frescos y ricos en materia orgánica. Es una planta de ribera, no de duna ni de secarral.
Ese origen explica de una vez casi todo su comportamiento en el jardín. Tolera mal la sequía, agradece la humedad ambiental, se resiente de los suelos muy calizos y del viento seco, y en cambio soporta sin problema la sombra parcial y el suelo encharcado unos días. Quien la trate como si fuera una Washingtonia o una Phoenix dactylifera obtendrá una planta desmedrada, con las hojas quemadas por los bordes y crecimiento detenido.
Cómo es la planta
Tronco único, sin hijuelos, gris claro, muy esbelto: entre 15 y 25 cm de diámetro, con anillos marcados que son las cicatrices de las hojas caídas y un ensanchamiento evidente en la base. En su hábitat pasa de los 20 metros; en cultivo en España lo habitual es que se quede entre 8 y 14, según el sitio y la edad.
Lo que la identifica de lejos es el capitel (la vaina foliar que envuelve la parte alta del tronco): un cilindro liso, verde brillante, de medio metro largo, perfectamente delimitado sobre el gris del estípite. De él salen entre 8 y 12 hojas pinnadas de dos a tres metros, arqueadas, con los folíolos dispuestos en un solo plano y de un verde medio por las dos caras. Esta última característica sirve para distinguirla de su pariente Archontophoenix alexandrae, que tiene el envés claramente plateado.
La inflorescencia brota por debajo del capitel, no entre las hojas, y es muy ramificada. Las flores son de un lila pálido inconfundible, otro rasgo diferencial frente a A. alexandrae, que las tiene blanco crema. Después vienen los frutos: drupas globosas de poco más de un centímetro que pasan del verde al rojo intenso en racimos colgantes muy vistosos. No son comestibles, aunque tampoco son un problema de toxicidad; el inconveniente práctico es que manchan el pavimento y que a los pájaros les encantan, con las consecuencias que eso tiene para las tumbonas de debajo.
Conviene decirlo: en Brasil, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Hawái esta palmera se ha naturalizado a partir de ejemplares de jardín justamente por esa dispersión de semillas por aves, y en la Mata Atlántica brasileña se considera invasora. En la Península no hay indicios de ese comportamiento —el clima mediterráneo no le da la humedad continua que necesitaría para colonizar—, pero es un buen argumento para recoger los racimos maduros si se vive junto a un espacio natural húmedo.
Dónde plantarla en España
El mapa es bastante estrecho. Se cultiva bien en Canarias, en la costa de Málaga, Granada y Almería, en la franja litoral de Cádiz y Huelva, en el litoral de Valencia y Alicante, en el Maresme y en zonas resguardadas de la costa gallega y cantábrica, donde la humedad la favorece aunque el crecimiento sea más lento. En el interior peninsular, en la meseta, en Aragón o en Extremadura no es planta de exterior: el frío invernal y sobre todo el aire seco del verano la castigan.
Sobre rusticidad, hay que ser preciso porque circulan cifras muy optimistas. Un ejemplar adulto y bien establecido aguanta heladas cortas de hasta unos -2 °C con daño foliar (puntas y folíolos quemados) y se recupera. Por debajo de -4 °C el riesgo pasa al meristemo apical, y si ese ápice muere la palmera muere entera: no rebrota, porque no tiene más yema de crecimiento que esa. Los ejemplares jóvenes, en maceta o recién plantados, son bastante más sensibles y sufren ya cerca de 0 °C. Es, con diferencia, la especie más resistente al frío de su género, lo que no es lo mismo que ser resistente al frío.
La tolerancia a la salinidad es baja. Aquí hay una idea extendida que conviene desmontar: que toda palmera de aspecto tropical es planta de primera línea de playa. Esta no lo es. La salpicadura directa de agua de mar y el viento salino le queman los folíolos con rapidez. En la costa hay que plantarla en segunda línea o detrás de una pantalla vegetal.
Luz, viento y ubicación
De joven necesita sombra o media sombra: en su hábitat germina bajo el dosel de la selva y sube buscando la luz. Un ejemplar comprado en vivero, criado bajo malla de sombreo, y plantado a pleno sol en julio se quema en cuestión de días. Se aclimata de forma gradual, dándole sombra las horas centrales durante el primer verano.
De adulta acepta el sol pleno siempre que haya humedad ambiental y riego suficiente. En zonas de verano seco y caluroso —el interior de Andalucía, el valle del Ebro— rinde mejor a media sombra, con sol de mañana. El viento seco es su enemigo declarado: el terral en la costa malagueña o el poniente en el Levante le deshilachan los folíolos y le queman las puntas. Un rincón resguardado por muros, otras plantas o la propia casa vale más que la mejor tierra.
Suelo y agua
Quiere suelo profundo, fértil, con buen drenaje pero capaz de retener humedad, y de reacción ácida a neutra, entre pH 5,5 y 7. En los suelos calizos de buena parte del territorio español aparece pronto la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios verdes en las hojas nuevas. Si el terreno es calizo, lo práctico es enmendarlo generosamente con materia orgánica, acolchar todos los años y estar dispuesto a aplicar quelato de hierro (preferentemente EDDHA, el único que se mantiene estable a pH alto) una o dos veces al año.
El agua de riego también cuenta. Regar con agua muy dura y calcárea acaba subiendo el pH del cepellón y produce el mismo cuadro. Donde se pueda, agua de lluvia o agua de menor conductividad.
En cuanto al riego, es exigente. Un ejemplar establecido en la costa mediterránea pide riegos abundantes y profundos dos o tres veces por semana en julio y agosto, uno por semana en primavera y otoño, y riegos ocasionales en invierno si el tiempo se pone seco. No le va el goteo escaso: mejor pocos riegos pero copiosos, que mojen el bulbo de raíces entero. En maceta la frecuencia sube y el sustrato nunca debe llegar a secarse del todo. Un acolchado de corteza o de compost de cinco a diez centímetros bajo la copa reduce el gasto de agua de forma notable y mantiene fresca la zona radicular, que es exactamente lo que la planta busca.
Abonado y carencias típicas
Crece deprisa —30 a 60 cm de tronco al año en buenas condiciones— y esa velocidad se paga en nutrientes. Lo adecuado es un abono específico de palmeras de liberación controlada, con relación del tipo 8-2-12 más magnesio y con micronutrientes (hierro, manganeso, cinc, boro) en forma quelatada. De tres a cuatro aplicaciones repartidas entre marzo y septiembre, esparcidas bajo la copa y regadas después.
Las carencias tienen síntomas bastante reconocibles y merece la pena aprenderlos, porque se confunden con enfermedades:
Potasio. Moteado amarillo o anaranjado translúcido en las hojas más viejas, que acaban con las puntas necrosadas. Es la carencia más frecuente en palmeras de jardín y la que más se confunde con "la palmera se está secando". Se corrige con sulfato potásico de liberación lenta y tarda meses en verse.
Magnesio. Banda amarilla ancha en los bordes de las hojas viejas, con el centro todavía verde. Sulfato de magnesio al suelo.
Manganeso. Hojas nuevas pequeñas, rizadas y con aspecto de estar chamuscadas, el cuadro que en inglés llaman frizzle top. Aparece sobre todo en suelos alcalinos, afecta al cogollo y, si no se corrige, mata la planta. Sulfato de manganeso, al suelo y en aplicación foliar.
Un fallo habitual es abonar el césped de alrededor con un abono muy nitrogenado y no abonar la palmera: el exceso de nitrógeno acelera el crecimiento y agrava justamente las carencias de potasio y magnesio.
La poda: casi nada que hacer
Esta palmera es autolimpiante. Cuando una hoja envejece, la vaina se desprende entera del capitel y cae por su propio peso, dejando el tronco liso y el anillo marcado. No hay que subirse a cortar nada ni queda esa falda de hojas secas que sí forman otras especies.
Lo que no conviene hacer es podar hojas verdes para "despejar" la copa. Cada corte innecesario resta capacidad fotosintética a una planta que solo tiene una docena de hojas, y además abre una herida fresca cuyos volátiles atraen a los insectos barrenadores. Si hay que retirar algo, que sea una hoja ya seca o colgante, con herramienta desinfectada, y preferentemente fuera del periodo de máximo vuelo de plagas (de marzo a noviembre en el litoral mediterráneo).
Vuelvo al principio: las hojas que caen solas son grandes y pesadas, y los racimos de fruta maduros también. Plantarla justo encima de una zona de paso, de una terraza de uso continuo o de donde se aparca el coche es pedirse un disgusto que no tiene por qué llegar nunca, pero que llega.
Plagas y enfermedades
El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) es el problema serio de las palmeras en España. Su hospedante preferido con diferencia es Phoenix canariensis, y Archontophoenix se ve atacada mucho menos, pero no es inmune. Los síntomas iniciales son sutiles: hojas centrales torcidas o con muescas simétricas en los folíolos, cogollo asimétrico, un sonido de roído audible al acercar el oído al tronco, serrín húmedo o exudado en las axilas. Cuando la copa se desploma ya no hay nada que hacer.
Dos cosas prácticas. Primera: la presencia de picudo rojo es de declaración obligatoria a la administración autonómica correspondiente, y en muchas comunidades hay planes de acción y zonas demarcadas con obligaciones concretas para el propietario. Si se sospecha, se avisa. Segunda: cualquier tratamiento debe hacerse con productos inscritos en el Registro de Productos Fitosanitarios del MAPA para ese uso y respetando la etiqueta; los tratamientos de endoterapia y las aplicaciones profesionales requieren aplicador con carné. La prevención más eficaz sigue siendo no podar en época de vuelo y sellar cualquier herida.
La Paysandisia archon, el otro barrenador introducido, se ceba sobre todo en Trachycarpus, Chamaerops, Butia y Washingtonia, y afecta poco a este género.
Los demás problemas son, casi siempre, de origen cultural. Cochinillas y arañas rojas aparecen en ejemplares en maceta, en interior o en ambientes secos, y se controlan con jabón potásico o aceite de parafina y, sobre todo, subiendo la humedad. Las podredumbres de raíz aparecen en suelo compactado con encharcamiento permanente. Y las puntas secas, que es la consulta más repetida, casi nunca son un hongo: son sequía, viento seco, agua salina o falta de potasio.
Multiplicación
Solo por semilla. Al no producir hijuelos ni admitir esqueje, no hay atajo. La buena noticia es que germina con facilidad si la semilla es fresca; pierde viabilidad rápido, en cuestión de pocos meses.
El procedimiento es sencillo: recoger los frutos bien rojos, macerarlos en agua un par de días y limpiar toda la pulpa (contiene inhibidores de la germinación y además atrae hongos), y sembrar enseguida en una mezcla ligera de turba y perlita a partes iguales, enterrando la semilla a un centímetro. A 25-28 °C constantes y con humedad alta germina en uno a tres meses; con temperaturas más bajas puede irse a medio año o no germinar. Semillero a la sombra, sustrato siempre húmedo y paciencia: la primera hoja es entera, con forma de lengua, y hasta la cuarta o quinta no empiezan a aparecer los folíolos.
Del semillero al jardín pasan tres o cuatro años; ponerla en el suelo demasiado pequeña rara vez sale bien, porque cualquier ola de frío o de sequía se la lleva.
Cultivo en maceta
Funciona bien en maceta grande durante los primeros años, y es la vía razonable para tenerla en zonas con inviernos algo frescos, entrándola a un porche o invernadero fresco y luminoso cuando se anuncien heladas. Sustrato de calidad con un tercio de material drenante, contenedor profundo (la raíz tira hacia abajo) y trasplante cada dos o tres años en primavera.
Como planta de interior permanente da mal resultado a medio plazo: la falta de luz la estira y la sequedad del aire de una casa con calefacción le pone las puntas marrones y le trae la araña roja. Si se tiene dentro, cuanto más cerca de una ventana muy luminosa y con más humedad alrededor, mejor.
En resumen
Archontophoenix cunninghamiana es una palmera de selva húmeda subtropical australiana, de tronco fino y anillado, capitel verde brillante, flores lilas y frutos rojos, que crece rápido y se limpia sola. En España se cultiva bien en el litoral mediterráneo, el suroeste, la cornisa cantábrica resguardada y Canarias, y no es planta de interior peninsular.
Sus cuatro exigencias reales son suelo fértil y ácido o neutro, riego generoso y constante, protección frente al viento seco y a la sal, y abonado específico de palmeras que cubra potasio, magnesio y micronutrientes. Aguanta -2 °C con daño foliar y no mucho más: el ápice es único y su muerte es la de la planta.
Podar, prácticamente nada; vigilar el picudo rojo aunque no sea su hospedante favorito y declararlo si aparece; y pensar dos veces dónde se planta, porque las hojas y los racimos que caen solos pesan y caen desde muy arriba.