A finales de agosto el suelo bajo una butia adulta amanece cubierto de frutos naranjas del tamaño de una ciruela pequeña, dulces y con un punto ácido resinoso. De ahí viene su nombre popular, palmera de la jalea, y de ahí viene también el primer consejo práctico de este artículo: piensa dos veces antes de plantarla junto a la piscina o sobre el pavimento de la terraza.

Es, junto a Trachycarpus fortunei y Chamaerops humilis, la palmera que mejor resuelve el problema de querer una palmera en un sitio donde hiela. Y tiene, además, una hoja de un azul grisáceo curvado hacia el suelo que no se parece a ninguna otra cosa en un jardín español.

Palmera Butia capitata con sus hojas arqueadas de color glauco

El nombre de la etiqueta y la planta de la maceta

Empecemos por el lío taxonómico, porque condiciona todo lo que viene después. En el vivero la etiqueta pondrá Butia capitata. La palmera que hay dentro de esa maceta, en nueve de cada diez casos, corresponde a Butia odorata (Barb. Rodr.) Noblick, especie del sur de Brasil y de Uruguay que se segregó de la anterior hace poco más de una década.

La Butia capitata en sentido estricto vive en el cerrado del interior de Brasil, en Minas Gerais y Goiás, es más pequeña, de tronco más fino y bastante menos resistente al frío. La que se plantó por millares en jardines y paseos marítimos de España es la uruguaya. La diferencia importa: si te fías del dato de rusticidad que corresponde a la especie del cerrado te quedarás corto, y si compras semillas del interior de Brasil pensando que aguantarán tu invierno castellano, no lo harán.

El comercio no ha actualizado el nombre y probablemente no lo haga. En la práctica, cuando en un vivero español se habla de butia se habla de Butia odorata, y todo lo que sigue se refiere a ella. También verás Butia yatay, más alta y de tronco más grueso, y Butia eriospatha, con la bráctea floral cubierta de una pelusa parda muy característica.

Origen y aspecto

Es una palmera solitaria, sin hijuelos, de crecimiento lento. Alcanza entre 4 y 6 metros de altura con el paso de las décadas, sobre un estípite grueso, de 40 a 50 cm de diámetro, que durante mucho tiempo conserva las bases foliares antiguas dispuestas en espiral. Ese tronco recubierto de tocones es parte de su encanto y no debe rasparse a cuchillo para dejarlo liso: cada raspado es una herida.

Las hojas son pinnadas y fuertemente arqueadas, tanto que en un ejemplar bien formado las puntas apuntan al suelo y la copa dibuja una especie de fuente. El color va del verde glauco al azul plateado según el clon y la insolación. Miden entre 1,5 y 2,5 metros, y el pecíolo lleva en los márgenes unos dientes fibrosos rígidos que arañan de verdad; usa guantes y manga larga al manipularlas.

Es monoica. La inflorescencia sale de una bráctea leñosa en forma de canoa y da flores amarillentas o rojizas en primavera. Los frutos maduran a lo largo del verano, entre julio y septiembre en la Península, y son comestibles: pulpa fibrosa, jugosa, con un sabor entre albaricoque, piña y mango. Se usan para mermelada, jalea y licores caseros. No hay ninguna toxicidad asociada a la planta ni a sus frutos.

Ahora bien, un ejemplar productivo suelta muchos kilos de fruto. Al caer manchan el pavimento de naranja, fermentan y atraen avispas. Si vas a plantarla en una zona de estar, cuenta con recogerlos o desplaza la ubicación unos metros.

Frío: dónde llega y dónde no

Un ejemplar adulto y bien establecido de Butia odorata soporta en torno a -10 °C en episodios cortos, con daño foliar pero recuperación posterior. Eso la sitúa por debajo de Trachycarpus fortunei y por encima de casi todo lo demás que tenga aspecto de palmera pinnada.

Ese número tiene tres letras pequeñas. La primera: se refiere a plantas adultas y asentadas. Un ejemplar recién plantado, de dos o tres años, no pasa de -5 °C sin protección. La segunda: el frío seco se lleva mucho mejor que el frío húmedo. Una helada de -8 °C en Zaragoza o Valladolid, con suelo seco, hace menos daño que -4 °C con el sustrato empapado, porque en el segundo caso el punto débil no es la hoja sino el cogollo, que se pudre. La tercera: necesita verano. Es una planta que crece con calor, y en un sitio de inviernos fríos pero veranos frescos y cortos se queda estancada aunque no muera.

Con eso, funciona bien en todo el litoral mediterráneo y atlántico, en el valle del Ebro, en Madrid y en las dos mesetas. En los puntos más fríos del interior norte conviene plantarla resguardada y proteger el cogollo con velo térmico los primeros inviernos. En jardines de montaña ya es forzarla.

Ubicación y suelo

Sol directo, cuanto más mejor. A media sombra se ahíla, pierde el tono azulado y la copa queda desmadejada. Tolera bien el viento y una exposición marítima moderada, con salpicaduras de salitre, aunque no la primera línea de duna.

Necesita drenaje por encima de cualquier otra consideración edáfica. En origen crece sobre suelos arenosos y pobres, así que la fertilidad le importa poco y el encharcamiento la mata. En terreno arcilloso compacto, planta en montículo elevado o abre un hoyo grande y enmiéndalo con arena gruesa y grava, nunca solo con turba, que retiene aún más agua.

El pH ideal es de ligeramente ácido a neutro. En suelos muy calizos, frecuentes en buena parte de España, tiende a mostrar clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios todavía verdes. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que sigue siendo estable a pH alto, aplicado en riego a principios de primavera. Los quelatos EDTA baratos no sirven en suelo calizo.

Sobre el trasplante: la butia regenera raíces peor que una Phoenix y los ejemplares grandes trasplantados a raíz desnuda se pierden con facilidad. Compra planta en contenedor y planta pequeño. Es más lento, pero el porcentaje de éxito no se parece. La época buena es de abril a junio, con el suelo ya caliente.

Riego y abonado

Durante los dos primeros años, riego regular para que enraíce: en verano cada tres o cuatro días en clima seco, espaciando en cuanto refresque. Una vez establecida es notablemente resistente a la sequía y en el litoral mediterráneo puede vivir casi sin aportes, aunque con riegos ocasionales de verano crece más y mantiene mejor color.

En invierno, riego mínimo o ninguno. Aquí es donde más butias se pierden en jardines de goteo automático mal programado: el sistema sigue soltando agua en enero, el suelo no seca nunca y el cogollo acaba podrido. Si tienes riego automático, cierra el sector de las palmeras en invierno.

El abonado se hace de marzo a septiembre con un fertilizante específico de palmeras, preferiblemente de liberación lenta, dos o tres aplicaciones repartidas. Estos productos aportan más potasio y magnesio de lo habitual porque las palmeras son grandes consumidoras de ambos. La carencia de potasio es la más común y se reconoce por un moteado amarillo-anaranjado translúcido y puntas necróticas en las hojas más viejas; la de magnesio, por bandas amarillas en los bordes de esas mismas hojas con el centro verde. Ojo con la reacción instintiva: esas hojas no se cortan, porque la planta está reciclando nutrientes desde ellas y quitarlas agrava la carencia. Se corrige el abonado y se espera a que las nuevas salgan bien.

Poda: menos es más

Se retiran únicamente las hojas completamente secas, y con eso está todo dicho. La poda "en plumero" o "cola de gallo", esa que deja media docena de hojas apuntando al cielo y un tronco pelado, es un desastre en las tres direcciones: debilita a la planta al quitarle órganos fotosintéticos y reservas, la deja menos resistente al frío del invierno siguiente, y abre decenas de heridas frescas cuyos volátiles atraen precisamente a los dos perforadores que más daño hacen en España.

Si tienes que podar, hazlo en primavera o principios de verano, con herramienta desinfectada entre plantas, y no cortes al ras del estípite. Los frutos y las inflorescencias secas sí pueden eliminarse sin problema.

Plagas: el punto crítico

La butia no tiene problemas fitosanitarios ordinarios dignos de mención. Tiene dos, y ambos son serios.

Adulto de Paysandisia archon, el barrenador de las palmeras

Paysandisia archon, el barrenador de las palmeras, es una mariposa grande y diurna, de alas anteriores pardas y posteriores rojas con bandas blancas y negras. Llegó a Europa con importaciones de palmeras sudamericanas y aquí hay un dato que suele ignorarse: en su área de origen, en Argentina y Uruguay, sus hospedadores naturales son precisamente los géneros Butia y Trithrinax. No es una plaga que "también" ataque a la butia; la butia es su planta preferida. Las larvas excavan galerías en el cogollo y en la base de los pecíolos. Se detecta por hojas nuevas que salen perforadas con agujeros alineados en fila, serrín fibroso en la corona, hojas centrales dobladas y, más adelante, capullos de seda y fibras en la axila de las hojas.

Rhynchophorus ferrugineus, el picudo rojo, prefiere con mucho Phoenix canariensis, pero está citado sobre Butia. Su síntoma inicial es el desmoronamiento asimétrico de la corona, y cuando se ve ya suele ser tarde.

Los dos son organismos de cuarentena en la Unión Europea, y en España existe obligación legal de comunicar la sospecha al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma. No es un trámite decorativo: las medidas de erradicación y las condiciones para mover o destruir material vegetal afectado están reguladas y varían por territorio.

En prevención, lo que sí puedes hacer sin depender de autorizaciones cambiantes: no podar hojas verdes, no dejar heridas abiertas en verano, mojar bien el cogollo cuando riegues por aspersión en la época de vuelo, e inspeccionar la corona cada pocas semanas de mayo a septiembre. El tratamiento con nematodos entomopatógenos Steinernema carpocapsae aplicados sobre la corona en varias pasadas es la vía biológica más extendida. Para productos químicos, consulta el registro oficial de fitosanitarios del ministerio antes de comprar nada: las autorizaciones en palmeras ornamentales cambian de un año a otro y un producto que un vecino usó hace tres años puede estar retirado.

Multiplicación

Solo por semilla. Al no emitir hijuelos, no hay división ni esqueje posibles, y ese es el motivo de que el precio de un ejemplar de cierto porte sea el que es.

La semilla va dentro de un endocarpo leñoso muy duro con dos o tres embriones. La germinación es lenta y muy escalonada: de seis meses a dos años, con nascencias que van apareciendo poco a poco. Lo que mejora las cifras es limpiar bien toda la pulpa —fermenta y enmohece el semillero—, remojar el hueso varios días cambiando el agua, y mantener el sustrato a 30-35 °C de forma constante, con un ciclo de calor y humedad estables. Sustrato inerte y drenante, tipo turba y perlita a partes iguales, en bolsa cerrada o propagador.

Y el consejo que más semilleros salva: no tires el tiesto. La causa habitual de fracaso no es la técnica, es haber dado el lote por perdido a los cinco meses.

En resumen

La palmera etiquetada como Butia capitata en los viveros españoles es casi siempre Butia odorata, y esa es la que aguanta en torno a -10 °C una vez adulta, lo que la convierte en la mejor opción de palmera pinnada para jardines con heladas. Pide sol pleno, suelo muy drenado, poco riego una vez establecida y abono específico de palmeras rico en potasio y magnesio entre marzo y septiembre. En suelos calizos hay que vigilar la clorosis férrica y corregirla con quelato EDDHA. Se poda solo lo seco, porque las heridas atraen a Paysandisia archon —cuya planta hospedadora preferida es justamente el género Butia— y al picudo rojo, ambos de declaración obligatoria. Se multiplica únicamente por semilla, con germinación de seis meses a dos años y calor constante de 30-35 °C. Sus frutos son comestibles y excelentes para jalea, pero ensucian el pavimento: tenlo en cuenta al elegir el sitio.


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