Las espinas negras que recubren el tronco de una Aiphanes horrida adulta llegan a los diez o quince centímetros, son duras, quebradizas y se clavan con una facilidad desagradable. Se parten dentro de la piel, cuesta sacarlas y la herida se inflama durante días. Es lo primero que hay que saber antes de comprar una: no es una palmera problemática por su cultivo, sino por dónde se planta. Con esa advertencia por delante, el género Aiphanes reúne algunas de las palmeras más llamativas del trópico americano, y en España se puede cultivar, aunque casi siempre bajo cristal.

Qué es exactamente una Aiphanes

Aiphanes es un género de la familia Arecaceae con alrededor de una treintena de especies, repartidas desde las Antillas menores y Centroamérica hasta Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Pertenece a la subtribu Bactridinae, el mismo grupo que Bactris, Astrocaryum y Acrocomia. Todos comparten un rasgo: están armados de espinas en el tronco, en los pecíolos, en las nervaduras de las hojas y hasta en los raquis de las inflorescencias.

Buena parte de las especies son palmeras de sotobosque, de porte modesto, que viven a la sombra de la selva húmeda entre el nivel del mar y unos 2.000 metros de altitud en las laderas andinas. Unas pocas alcanzan tamaño de árbol. Son monoicas: flores masculinas y femeninas separadas pero en la misma planta y en la misma inflorescencia, que sale entre las hojas.

La hoja es el detalle que las distingue de un vistazo. Los folíolos son cuneiformes y con el ápice dentado o mordido, como si alguien los hubiera recortado a tijeretazos, muy distintos del folíolo lanceolado y liso de una Phoenix o una Howea. De ahí el antiguo nombre caryotifolia, por el parecido con las hojas de la palmera cola de pez (Caryota).

Ejemplar de Aiphanes horrida con el tronco cubierto de espinas negras

Las especies que se ven en cultivo

Aiphanes horrida es la que se cultiva casi siempre. Procede de Colombia, Venezuela, Perú y Bolivia, forma un tronco solitario de 10 a 15 metros y unos 10-15 cm de grosor, con anillos muy marcados y espinas planas y negras en toda su longitud. La corona lleva de diez a quince hojas arqueadas de dos a tres metros. Los frutos son globosos, de 1,5 a 2 cm, de un rojo coral intenso, y cuelgan en racimos muy vistosos. La pulpa es comestible y la almendra del interior también, aceitosa y dulce; en Colombia y Venezuela se conoce como corozo, mararay o palma de chonta según la zona.

Aquí conviene aclarar un lío de etiquetas. En viveros y catálogos todavía se vende como Aiphanes caryotifolia, y también aparece bajo Aiphanes aculeata. Son la misma planta: el nombre aceptado hoy es Aiphanes horrida, y los otros dos son sinónimos. Si compra usted una y otra con nombres distintos, es muy probable que acabe con dos ejemplares idénticos.

Aiphanes minima es la especie antillana, presente en Puerto Rico, Barbados, Dominica o Martinica, donde se llama grigri o coyure. Es más contenida, con troncos de cinco a ocho metros, y aguanta algo mejor la exposición al sol directo y el aire marino. Otras, como Aiphanes erinacea o Aiphanes lindeniana, son plantas de coleccionista que rara vez salen de colecciones especializadas y jardines botánicos.

El clima manda: por qué no es palmera de exterior en la Península

Existe la idea de que, como muchas Aiphanes viven en los Andes, deben ser resistentes al frío. No lo son. Las poblaciones andinas del género ocupan bosques nublados de ladera, con temperaturas suaves todo el año y sin heladas: no hay invierno, hay estación seca. El resultado es una planta que no tolera heladas de ningún tipo.

En la práctica, una Aiphanes horrida empieza a sufrir por debajo de los 10 °C y se daña seriamente cerca de los 4-5 °C. Un solo episodio de helada, aunque sea de una hora, quema el cogollo y la palmera muere semanas después, cuando ya parecía que se había salvado. Eso descarta el cultivo al aire libre en toda la Península salvo, con suerte y protección, en puntos muy concretos del litoral sur y de las islas.

Dónde sí funciona: Canarias en zonas de costa, invernadero templado o cálido, jardines de invierno y galerías acristaladas con calefacción en invierno. En la Costa del Sol, Almería o el sur de Alicante puede sobrevivir años en microclimas resguardados junto a un muro cálido, hasta que llega una entrada fría de esas que se dan cada década y acaba con ella. Vale la pena saberlo antes de plantarla en el suelo.

Sustrato, luz y riego

Luz. De joven es una planta de sotobosque y quiere sombra luminosa: mucha claridad, ningún rayo directo del mediodía. A pleno sol en un verano de Sevilla, un ejemplar en maceta se abrasa en una tarde. Con el tiempo, según va ganando altura, admite bastante más sol, siempre que las raíces estén frescas y haya humedad ambiental. Dentro de casa, junto a una ventana orientada al este o a un metro de una ventana al sur.

Sustrato. Rico en materia orgánica, mullido y con drenaje impecable. Una mezcla que funciona bien es un tercio de fibra de coco o mantillo, un tercio de turba rubia y un tercio de perlita o arena gruesa de río lavada. Prefiere reacción ligeramente ácida a neutra, entre pH 5,5 y 6,8. En suelos calizos y en riego con agua muy dura aparecen clorosis férricas: hojas nuevas amarillas con los nervios verdes.

Riego. Es una planta de selva húmeda y quiere el sustrato constantemente fresco, nunca encharcado. En maceta, riegue cuando los dos primeros centímetros del sustrato se hayan secado; en verano dentro de un invernadero puede tocar cada dos o tres días, y en invierno bajará mucho la frecuencia porque la planta prácticamente se detiene. El agua estancada en el plato es lo que arruina más ejemplares: la raíz se pudre, la palmera aguanta un mes con buen aspecto y luego colapsa de golpe.

Humedad ambiental. Este es el punto que la mayoría pasa por alto en cultivo de interior. Por debajo del 50 % de humedad relativa las puntas de los folíolos se secan y aparece la araña roja. Un humidificador, una bandeja con grava y agua bajo la maceta o agruparla con otras plantas ayuda más que pulverizar las hojas dos veces al día.

Abonado. De marzo a septiembre, abono específico para palmeras con potasio y magnesio, cada quince días si es líquido o dos aplicaciones de granulado de liberación lenta. En invierno, nada.

Manejo, poda y seguridad

Las espinas de Aiphanes no son venenosas, pero producen heridas punzantes que se infectan con facilidad y astillas que quedan bajo la piel. Cualquier manipulación se hace con guantes de cuero grueso, manga larga y gafas, y sujetando la hoja por el envés, nunca a ciegas.

Esto condiciona la ubicación más que cualquier otra consideración estética. No la plante junto a un paso estrecho, en el borde de un camino, cerca de una zona de juego infantil ni al lado de una piscina, donde la gente circula descalza y con poca ropa. En invernadero, déjela con espacio libre alrededor: al pasar rozando se rompen las espinas y se quedan clavadas.

La poda se limita a retirar hojas completamente secas, cortando el pecíolo a unos centímetros del tronco. Quitar hojas verdes porque «afean» es un error que se paga: la palmera moviliza el potasio de las hojas viejas hacia las nuevas y, si se las va cortando, aparecen necrosis en las puntas de los folíolos y la corona se empequeñece año tras año.

Plagas y problemas frecuentes

Araña roja (Tetranychus urticae). El problema número uno en interior y en invernadero seco. Punteado amarillento en el haz, telillas finas en el envés y en las axilas. Se combate subiendo la humedad ambiental y lavando el envés con agua a presión suave; en ataques instalados, con acaricida autorizado o sueltas de Phytoseiulus persimilis si es invernadero.

Cochinillas, algodonosa y de escudo, en las axilas foliares. Se limpian con un algodón mojado en alcohol diluido, tarea que aquí exige guantes por razones evidentes.

Puntas secas sin plaga a la vista: casi siempre es aire seco, agua muy salina o fluoruros del agua del grifo. Hoja nueva que sale pálida y débil: falta de luz o carencia de manganeso, típica en sustratos con pH alto.

Sobre el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus): su hospedante preferido en España es Phoenix canariensis, y las Aiphanes no figuran entre los objetivos habituales. Aun así, si cultiva ejemplares al aire libre en zona con focos declarados, la vigilancia del cogollo no sobra.

Multiplicación

Solo por semilla; no emite hijuelos y no se puede dividir. La semilla debe estar fresca: pierde viabilidad en pocos meses, y las que llevan un año en un sobre no germinan. Hay que despulpar el fruto por completo, porque los restos de pulpa fermentan y enmohecen la siembra.

Se siembra en fibra de coco o vermiculita húmeda, tapada con un centímetro de sustrato, y se mantiene a 28-30 °C constantes con humedad alta, dentro de una bolsa o un propagador. La germinación es lenta y desigual: entre dos y seis meses, a veces más. La plántula pasa los primeros años sin espinas apreciables y a media sombra; el crecimiento es lento en las primeras temporadas y se acelera cuando empieza a formar tronco.

En resumen

Aiphanes es un género de palmeras tropicales americanas, espinosas y de folíolos con el borde dentado, cuyo representante habitual en cultivo es Aiphanes horrida, la misma planta que muchos viveros siguen vendiendo como A. caryotifolia o A. aculeata. Quiere calor sin heladas, sombra luminosa de joven, sustrato ácido y drenante siempre fresco y una humedad ambiental que en interior hay que provocar a propósito. En la España peninsular es planta de invernadero o de galería acristalada, viable al aire libre solo en costas canarias y microclimas muy concretos del sur. Y su condicionante decisivo no es el cultivo, sino las espinas: elija la ubicación pensando en quién va a pasar cerca, y maneje siempre con guantes de cuero.


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