Corta el cogollo de una palmera de tronco único y la planta muere. No hay yemas de repuesto en el estípite, no rebrota por la base y no sirve de nada dejarla un año «por si acaso». Ese detalle anatómico explica buena parte de lo que se puede y no se puede hacer para multiplicar una palmera: la vía normal es la semilla, la excepción son los hijuelos de las especies cespitosas, y todo lo demás —esquejes de tronco, hojas enraizadas, acodos— no existe.

Por qué una palmera no se multiplica como el resto de las plantas

Las palmeras son monocotiledóneas y carecen de cámbium, el tejido que en un rosal o en un ficus permite que un trozo de tallo genere raíces nuevas y cierre la herida. El estípite —el tronco— no engorda por crecimiento secundario: alcanza su diámetro definitivo en la fase juvenil, cuando la planta todavía es un cono de hojas a ras de suelo, y a partir de ahí solo se alarga. De ahí que una palmera estrangulada por un alcorque estrecho quede con el tronco embotellado para siempre.

Todo el crecimiento sale de un único meristemo apical alojado en el centro de la corona, lo que en la palmera datilera se conoce como palmito o yema terminal. Si ese punto se pierde por un corte, un golpe, un ataque de Rhynchophorus ferrugineus —el picudo rojo— o una podredumbre, no hay recambio. Por eso la propagación vegetativa solo es posible cuando la especie produce varios meristemos, es decir, cuando emite hijuelos desde la base.

La semilla es la vía principal

Sembrar es como se obtienen prácticamente todas las palmeras de vivero. Tiene dos consecuencias que conviene entender antes de empezar.

La primera es el sexo. Hay especies dioicas, con pies macho y pies hembra separados: Phoenix dactylifera, Phoenix canariensis, Trachycarpus fortunei o Chamaerops humilis. Si solo tienes un ejemplar y resulta ser macho, no habrá semillas; y si es hembra sin ningún macho a distancia de polinización, dará frutos vanos, sin embrión. Otras son monoicas y llevan flores de ambos sexos en la misma inflorescencia, como Washingtonia robusta, Syagrus romanzoffiana o Cocos nucifera, y ahí el problema no se plantea.

La segunda es que la semilla no reproduce fielmente la variedad. Si siembras el hueso de un dátil Medjoul obtendrás una datilera, sí, pero con un 50 % de probabilidad de que sea macho y sin ninguna garantía de que los frutos se parezcan al original. Para conservar un cultivar concreto solo valen los hijuelos o el cultivo in vitro.

Recoger y limpiar la semilla

Recolecta el fruto completamente maduro, con su color final: naranja intenso en Phoenix canariensis, negro azulado en Washingtonia, amarillo-anaranjado en Syagrus. En la Península, esa madurez llega entre septiembre y diciembre según la especie y la zona.

Después hay que eliminar toda la pulpa, sin dejar restos. El mesocarpo contiene inhibidores de la germinación y, sobre todo, es alimento de hongos: una semilla mal limpia se enmohece en el semillero y arrastra a las vecinas. Deja los frutos en remojo dos o tres días para ablandarlos, frota con un estropajo o con arena bajo el grifo y aclara bien. Aprovecha para descartar semillas: las que flotan tras 24 horas en agua suelen estar vacías, aunque no es una prueba infalible y merece la pena sembrar también alguna dudosa.

El punto crítico es la frescura. Las semillas de palmera suelen ser recalcitrantes: no toleran la desecación y pierden viabilidad en semanas o pocos meses. Phoenix, Washingtonia, Chamaerops y Trachycarpus aguantan razonablemente medio año en frío y seco; Howea, Archontophoenix, Dypsis o Cocos caen en picado en pocas semanas. Un sobre comprado por internet con semillas de dos temporadas es la explicación más habitual de una siembra que no germina nada.

En las especies de cubierta muy dura y gruesa —Butia capitata, Jubaea chilensis, Phoenix en menor medida— viene bien una escarificación suave: lijar un lateral del endocarpo hasta que se aclare, sin llegar al embrión, y remojar después 48 horas en agua templada renovada a diario.

Sembrar: sustrato, temperatura y paciencia

El sustrato tiene que ser estéril, aireado y de retención media: mitad fibra de coco o turba rubia y mitad perlita o vermiculita funciona bien con especies muy distintas. La tierra de jardín, aquí, es una fuente de hongos y nada más.

Hay dos formas de hacerlo. En maceta, enterrando la semilla a una profundidad equivalente a su propio diámetro y regando para mantener la mezcla húmeda como una esponja escurrida, nunca encharcada. O con el método de la bolsa, que es más limpio y controlable: semillas mezcladas con vermiculita apenas humedecida dentro de una bolsa de congelación cerrada, en un sitio cálido, revisando cada semana para ventilar y retirar lo que se enmohezca; en cuanto asoma la raíz se pasa a maceta individual.

La temperatura es la variable que más manda. El grueso de las palmeras germina entre 28 y 32 °C de forma constante, incluyendo las noches. Por debajo de 20 °C las tropicales se quedan paradas indefinidamente sin llegar a pudrirse, y luego germinan cuando llega el calor. En España esto significa sembrar en primavera, de marzo a mayo, si se va a hacer con temperatura ambiente en galería o invernadero; con un cable o una manta calefactora de semillero, la época deja de importar. La excepción son las especies de clima templado, como Trachycarpus fortunei o Chamaerops humilis, que germinan bien entre 18 y 24 °C.

Un detalle técnico que ahorra disgustos: muchas palmeras tienen germinación remota, es decir, emiten primero un pecíolo cotiledonar que se hunde varios centímetros en el sustrato y solo a cierta profundidad forma la plúmula y la raíz. En una bandeja de alveolos poco profunda ese pecíolo choca con el fondo y se deforma. Usa contenedores forestales o macetas altas y estrechas, de 15 cm de profundidad como mínimo, y te ahorrarás plántulas retorcidas.

Plántulas de palmera recién germinadas en semillero

Cuánto tarda cada especie

Los plazos varían muchísimo entre especies, y ahí es donde se abandona antes de tiempo. Con temperatura adecuada y semilla fresca, órdenes de magnitud aproximados:

Washingtonia robusta y W. filifera, de 2 a 6 semanas y con germinación muy alta, casi de mala hierba. Phoenix dactylifera y P. canariensis, de uno a tres meses. Trachycarpus fortunei, de uno a tres meses, muy escalonada. Chamaerops humilis, de dos a seis meses e irregular. Syagrus romanzoffiana, de tres a seis meses. Cocos nucifera, de dos a seis meses a 30 °C. Y en el otro extremo, Butia y Jubaea chilensis, que pueden tardar de seis meses a dos años y germinar de forma tan dispersa que el semillero hay que dejarlo montado y olvidarse de él.

Otra sorpresa frecuente: la primera hoja no es palmeada ni pinnada, sino una lengüeta simple y entera llamada eófilo. Muchos principiantes la confunden con una hierba y la arrancan. Las hojas con la forma característica de la especie llegan al cabo de dos, tres o incluso cinco hojas, según el caso.

De la plántula a la maceta definitiva

No trasplantes hasta que tenga dos o tres hojas bien formadas. Las raíces de las palmeras son adventicias y, cuando se rompen, no ramifican desde el corte como en un árbol dicotiledóneo: la planta tiene que emitir raíces nuevas desde la base del tallo, lo que consume mucha reserva. Manipula el cepellón entero, sin descalzar.

Las plántulas piden luz abundante pero filtrada el primer año —una malla de sombreo del 50 % es lo suyo—, humedad constante y ninguna prisa con el abono: espera al mes o mes y medio desde el trasplante y usa entonces dosis bajas de un fertilizante equilibrado. El enemigo de esta fase es el damping off, la caída de plántulas por hongos del suelo; se previene con sustrato limpio, riego moderado y buena ventilación, no con más agua.

Hijuelos: la única multiplicación vegetativa real

Las palmeras cespitosas —las que forman mata con varios troncos— sí se pueden dividir, porque cada vástago tiene su propio meristemo y, con suerte, sus propias raíces. Es el caso de Chamaerops humilis, Rhapis excelsa, Dypsis lutescens, Chamaedorea seifrizii, Caryota mitis y, de forma muy particular, de la datilera joven.

El procedimiento es el mismo en todas: en primavera, entre abril y junio, se descalza la base para localizar la unión del hijuelo con la planta madre y se comprueba que tenga raíces propias. Ese es el factor que decide el resultado; un vástago separado sin raíces prende en muy contadas ocasiones. Se corta con una sierra o un cuchillo bien afilado y desinfectado, lo más cerca posible de la madre pero sin dañarla, se deja orear la herida unas horas, se espolvorea con fungicida y se planta en un tiesto ajustado con sustrato arenoso. Después, sombra, ambiente húmedo y riego contenido durante dos o tres meses: la planta separada tiene pocas raíces para muchas hojas, así que conviene recortar un tercio del follaje para reducir la transpiración.

En Rhapis excelsa, que se cultiva en España como planta de interior, la división se hace por el rizoma y funciona bien siempre que cada porción se quede con tres o cuatro cañas y un buen bloque de raíces. Trocearla en cañas sueltas es la forma más eficaz de perderla entera.

Rhapis excelsa, palmera cespitosa que se multiplica por división de mata

Un matiz sobre la areca (Dypsis lutescens): lo que se vende en los centros de jardinería no suele ser una mata adulta sino un puñado de plántulas de semilla metidas en el mismo tiesto. Separarlas es posible, pero las raíces están entrelazadas y el estrés es alto; si la planta te importa, déjala como está.

La datilera es el caso más interesante. Emite hijuelos basales solo durante sus primeros diez o quince años de vida, y esa ventana es la única oportunidad de clonar una variedad. En cultivo profesional se separan hijuelos de entre 10 y 25 kg con su masa de raíces, en primavera, y se plantan con riego abundante bajo sombreo. Pasada esa edad, la palmera deja de producirlos y el cultivar solo se puede mantener por micropropagación in vitro, que es como se multiplican hoy a escala comercial variedades como 'Medjoul' o 'Barhee'. En casa no es una opción: requiere laboratorio, medios estériles y hormonas.

Lo que no funciona, por mucho que se lea

Conviene decirlo sin rodeos, porque circula mucha información equivocada:

Esquejes de tronco. Imposible. Un trozo de estípite no tiene meristemo ni cámbium; solo se pudre. Lo mismo vale para el «tocón» que queda tras cortar una palmera de tronco único: no rebrota nunca.

Esquejes de hoja. Un fronde cortado no genera yemas. Se mantiene verde unas semanas en agua y luego se descompone.

Acodo aéreo. Sin cámbium no hay formación de callo ni de raíces adventicias en el tronco. La técnica no tiene ningún sentido en este grupo.

Enraizar la corona. Cortar la parte alta de una palmera y plantarla no funciona: aunque el meristemo va ahí, la corona sin base radicular ni tejido conductor suficiente se seca.

Y un caso concreto que genera muchas decepciones: el cocotero. Germina sin dificultad enterrando el fruto por la mitad, tumbado y con el extremo de los tres poros hacia un lado, a 28-30 °C. El problema viene después: Cocos nucifera necesita calor constante, humedad ambiental alta y no tolera temperaturas por debajo de unos 15 °C durante periodos prolongados. En la Península, incluso en interior, rara vez pasa de los dos o tres años. Es un experimento divertido, no una planta de cultivo.

Cocos nucifera, el cocotero, germinado a partir del fruto

En resumen

Las palmeras se reproducen por semilla en la práctica totalidad de los casos, y por hijuelos solo cuando la especie es cespitosa o cuando la datilera todavía es joven. Para sembrar: fruto maduro, pulpa eliminada por completo, semilla fresca, sustrato estéril, contenedor profundo y entre 28 y 32 °C sostenidos, con la excepción de Trachycarpus y Chamaerops, que se conforman con menos. Los plazos van de tres semanas en una Washingtonia a dos años en una Jubaea, así que el semillero no se desmonta a la primera decepción. Y de los esquejes de tronco, las hojas enraizadas y los acodos, olvídate: la anatomía de estas plantas no lo permite.


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