Mire primero la base del tronco, antes que la copa. Si de ahí salen brotes laterales con hojas propias, tiene delante una palmera datilera (Phoenix dactylifera). Si el tronco arranca solo, limpio, sin hijos alrededor, y es notablemente grueso para su altura, es una palmera canaria (Phoenix canariensis). Ese detalle resuelve la duda en diez segundos y sin necesidad de ver ni flores ni frutos.
Las dos pertenecen al mismo género, Phoenix, y comparten silueta general: tronco único y erguido —salvo por lo dicho—, hojas pinnadas de varios metros y espinas duras en la base de cada hoja. Pero en cuanto se sabe dónde mirar, se separan sin ambigüedad.
El tronco cuenta casi toda la historia
La datilera macolla: emite hijuelos en la base a lo largo de su vida, y de hecho así se propagan las variedades de dátil de calidad, porque la semilla no reproduce fielmente al ejemplar madre. Es habitual verla como grupo de troncos de distintas edades, aunque en jardinería se le suelan quitar los hijos para dejar un solo pie. La canaria no macolla nunca: un ejemplar, un tronco. Si ve varios troncos saliendo de un mismo punto, descarte la canaria de entrada.
El grosor es el segundo indicio. La datilera tiene un tronco relativamente esbelto, de unos 40 a 50 cm de diámetro, y puede estirarse hasta 20 o 30 metros en su tierra de origen. La canaria rara vez pasa de 15 metros, pero engorda mucho más: entre 60 y 90 cm de diámetro, a veces cerca del metro en la parte baja, con una silueta de columna maciza que se estrecha justo bajo la copa. Las cicatrices que dejan las hojas caídas también difieren: en la canaria dibujan un mosaico de rombos apretados y muy marcados; en la datilera quedan más espaciadas y desordenadas, y con los años el tronco se vuelve más liso y gris.
Hay un tercer matiz que se aprecia con ejemplares jóvenes: la canaria pasa varios años formando una roseta de hojas casi a ras de suelo antes de levantar tronco, mientras que la datilera empieza a hacer estípite antes y crece en altura más deprisa.
Copa abierta frente a copa compacta
Puestas una al lado de la otra, la diferencia salta a la vista. La datilera tiene una copa abierta y aireada, con relativamente pocas hojas, muy ascendentes, que dejan ver el cielo a través de ellas. La canaria forma una bola densa que puede acercarse al centenar de hojas o superarlo, con las inferiores arqueadas hacia abajo y sin apenas huecos. Esa copa llega a medir de 8 a 10 metros de diámetro, un dato que conviene tener presente antes de plantar una a tres metros de la fachada.
El color termina de confirmarlo. Las hojas de la datilera son glaucas, de un verde grisáceo o azulado con aspecto polvoriento; las de la canaria son de un verde vivo y algo brillante, más oscuro. Con luz de mediodía la distinción es evidente incluso a distancia.
Y luego están los foliolos. En la datilera se insertan separados entre sí y en varios planos, apuntando en direcciones distintas, lo que da a la hoja ese aire despeinado y transparente. En la canaria van muy juntos, numerosos, dispuestos de forma bastante regular en un mismo plano o casi, y con las puntas algo colgantes. Una hoja de canaria puede pasar de los 5 metros y pesa bastante más de lo que uno espera al verla caer.
Las espinas: las dos pinchan, y hay que tomárselo en serio
En ambas especies los foliolos basales de cada hoja están transformados en espinas rígidas (acantófilos) que pueden medir de 10 a 20 cm. En la canaria suelen ser más gruesas, amarillentas y agresivas; en la datilera, algo más finas y del mismo tono grisáceo que la hoja.
Esto no es un detalle estético. Un pinchazo de Phoenix es una herida punzante profunda que inocula restos vegetales y se infecta con facilidad; se han descrito casos de sinovitis y de reacciones inflamatorias persistentes que requieren tratamiento médico. Al podar o al manipular hojas caídas, guantes de cuero, manga larga y gafas. Si una espina se rompe dentro de la piel o el pinchazo va cerca de una articulación, conviene que lo vea un médico y no esperar a ver si se pasa.
Flores y frutos
Las dos son dioicas: hay pies macho y pies hembra, y sin un macho cerca —o sin polinización manual— una hembra no cuaja fruto normal. Es la razón por la que muchas palmeras aisladas de jardín no dan nada, o dan frutitos partenocárpicos sin semilla y raquíticos. Las flores, en ambos casos, salen en primavera en inflorescencias ramificadas que emergen de una espata leñosa entre las hojas.
El fruto separa las especies sin discusión. El de la datilera es el dátil: oblongo, de 3 a 7 cm, carnoso, con pulpa azucarada y hueso alargado. Para madurar bien necesita veranos largos y muy cálidos, del tipo del sureste peninsular; en Elche o en el Bajo Segura maduran, aunque la calidad depende mucho de la variedad y del año, y en el norte de España sencillamente no llegan a punto. El de la canaria es un datilito de apenas 2 cm, ovoide, anaranjado, con una capa de pulpa fina y fibrosa alrededor del hueso. No es tóxico, pero tampoco es comida: es forraje y comida de pájaros. En una acera, además, mancha, y una canaria hembra adulta suelta kilos de fruto cada otoño.
El lío de los híbridos
Aquí es donde falla la identificación de manual. Las especies del género Phoenix se cruzan entre sí con enorme facilidad, y dactylifera y canariensis producen descendencia fértil. En viveros y en calles se plantan ejemplares intermedios que reúnen caracteres de las dos: tronco grueso pero con algún hijuelo, hojas verdes pero con foliolos separados, frutos de tamaño medio. Si una palmera no encaja limpiamente en ninguna descripción, lo más probable es que no sea una cosa ni la otra.
No es un problema menor. En Canarias, la introducción masiva de datileras y de plantones de origen incierto ha provocado hibridación con las poblaciones silvestres de Phoenix canariensis, que está declarada símbolo vegetal del archipiélago y cuya pureza genética se intenta preservar. Si va a plantar en las islas, o cerca de palmerales naturales, pida material certificado de procedencia conocida y no se conforme con la etiqueta genérica del vivero.
Una precaución más: en el comercio también circulan Phoenix sylvestris y Phoenix theophrasti, que a un ojo poco entrenado pasan por cualquiera de las dos. La primera tiene el tronco cubierto de bases de hoja recortadas en diamante y hojas muy glaucas; la segunda macolla como la datilera pero se queda mucho más baja y es la más resistente al frío del género.
Qué implica cada una en el jardín
En rusticidad al frío se parecen bastante: un ejemplar adulto bien establecido de cualquiera de las dos aguanta heladas cortas de -6 a -9 °C con daño en las hojas más expuestas. Los ejemplares jóvenes, con el cogollo cerca del suelo, sufren mucho antes. Esto cubre casi todo el litoral mediterráneo, el valle del Guadalquivir y buena parte del interior templado; en zonas con heladas fuertes y prolongadas, ninguna de las dos es una apuesta razonable.
Donde se separan de verdad es en la tolerancia a la salinidad del suelo y del agua de riego. La datilera es una de las palmeras más resistentes a suelos salinos y admite riegos con agua de mala calidad que tumbarían a otras especies; la canaria aguanta bien el viento marino y la salpicadura, pero es más sensible a la sal acumulada en el suelo. En huertas del sureste con agua salobre, la datilera es la elección lógica.
Las dos quieren sol directo, suelo profundo y buen drenaje, y ambas son muy resistentes a la sequía una vez enraizadas, aunque agradecen riego en verano si se les pide crecimiento. La datilera, en cambio, quiere pies frescos y cabeza al sol: en cultivo para fruto se riega en abundancia pese a su fama de planta del desierto.
Picudo rojo: no las ataca por igual
El Rhynchophorus ferrugineus tiene una preferencia marcadísima por Phoenix canariensis, que es la especie que más ejemplares ha perdido en España desde su entrada. La datilera también es hospedante y también muere, pero cuando hay canarias cerca el picudo va primero a por ellas.
Tres consecuencias prácticas. Primera: no pode en los meses cálidos. Los cortes frescos emiten volátiles que atraen a las hembras, y la época de vuelo se extiende de primavera a otoño. Si hay que quitar hojas secas, hágalo en pleno invierno y trate las heridas. Segunda: olvide el corte «en punta de lápiz» o «en piña», ese perfilado del cogollo que se ve en algunas podas comerciales; deja el tejido tierno expuesto y debilita la palmera, que necesita sus hojas verdes. Se retiran las hojas totalmente secas y poco más. Tercera: la sospecha de picudo debe comunicarse a la administración autonómica competente en materia de sanidad vegetal, porque es una plaga sometida a medidas oficiales, y el traslado de palmeras exige documentación fitosanitaria. Arrancar y llevarse al vertedero por cuenta propia una palmera afectada es una forma eficaz de repartir el problema por el barrio.
Las señales tempranas son sutiles: hojas centrales que se acortan o se abren en abanico asimétrico, hojas del cogollo que ceden y quedan colgando, serrín rojizo y olor a fermentado en la corona. Cuando la copa se desploma entera, ya no hay nada que hacer.
En resumen
Para distinguirlas en campo, por orden de fiabilidad: hijuelos en la base (los tiene la datilera, nunca la canaria); grosor del tronco respecto a la altura (mucho mayor en la canaria); densidad y color de la copa (abierta y glauca en la datilera, densa y verde intenso en la canaria); y el fruto, dátil grande y carnoso frente a fruto anaranjado de 2 cm sin apenas pulpa.
En el jardín, la canaria pide espacio de sobra y es la víctima favorita del picudo rojo; la datilera tolera mejor la sal del suelo y el agua salobre, y solo dará dátiles decentes si hay un macho cerca y el verano es largo y caluroso. Y si el ejemplar que tiene delante mezcla rasgos de las dos, lo más probable es que sea un híbrido: en jardinería da igual, pero cerca de palmerales canarios importa, y mucho.