Tres especies componen el género Latania, y cada una vive de forma natural en una sola isla del océano Índico: Latania loddigesii en Mauricio, Latania lontaroides en La Reunión y Latania verschaffeltii en Rodrigues. Las tres están amenazadas en estado silvestre, con poblaciones naturales reducidas a unos pocos centenares de ejemplares, y las tres se cultivan sin dificultad en jardines de clima cálido. La botánica insular está llena de paradojas así: plantas al borde de la desaparición en su isla y perfectamente corrientes en viveros de medio mundo.
En la Península se ven sobre todo en el litoral mediterráneo templado y en Canarias, donde alcanzan porte adulto. Fuera de ahí, la latania es planta de maceta grande e invernadero, y conviene saberlo antes de comprarla.
Cómo es y qué la diferencia de sus parecidas
Tronco único, gris, anillado, ligeramente ensanchado en la base, que llega con los años a los 8-12 metros. Encima, una corona de hojas costapalmadas —abanicos con una nervadura central marcada que las curva hacia abajo— de 1,5 a 2 metros de anchura, sostenidas por peciolos rígidos de cerca de un metro. La corona nunca es muy poblada: veinte o treinta hojas como mucho, lo que le da un aspecto escultórico y despejado.
El color de los ejemplares jóvenes es lo que más llama la atención y también lo que más confunde. Los plantones de L. lontaroides (latania roja) tienen peciolos, nervios y bordes de hoja teñidos de rojo intenso; los de L. verschaffeltii (latania amarilla), de amarillo anaranjado; los de L. loddigesii (latania azul), tonos rojizos en el margen sobre una lámina glauca cubierta de un fino tomento blanquecino. Con la edad esos colores se atenúan y los adultos de las tres tienden a un verde grisáceo azulado. Quien compra un ejemplar joven por su color rojo y espera conservarlo veinte años se va a llevar una decepción: el color es un carácter juvenil.
La confusión más habitual en vivero es con Bismarckia nobilis, que también tiene hojas azuladas en abanico. Se separan por tamaño y por detalle: la bismarckia hace hojas mucho mayores, de hasta 3 metros, tiene una lígula prominente en la unión del peciolo con la lámina y crece bastante más deprisa. También se confunde con especies de Livistona, que tienen las puntas de los segmentos colgantes y flácidas y peciolos armados de dientes fuertes en toda su longitud. En la latania adulta el peciolo es prácticamente inerme, con dientecitos solo en los ejemplares juveniles, lo que la hace apta para plantar junto a un paso sin arañar a nadie.
Como todas las del género, es dioica: hacen falta un pie macho y uno hembra para tener semilla. Los frutos son drupas ovoides de 3 a 5 cm con tres huesos leñosos de superficie tallada, con crestas y relieves, casi objetos de coleccionista. No son comestibles ni se les conoce toxicidad relevante.
Hasta dónde aguanta el frío
Este es el punto que decide si la latania es viable donde usted vive. Es una palmera tropical, no mediterránea. Por debajo de 0 °C empiezan las quemaduras foliares; un ejemplar adulto y bien establecido puede sobrevivir a una helada corta de -2 °C, pero saldrá con las hojas destrozadas y tardará una temporada entera en recomponer la corona. Los ejemplares jóvenes, con el cogollo cerca del suelo, mueren con menos que eso.
En la práctica, en España se planta en tierra con garantías en Canarias y en enclaves muy suaves del litoral: Costa del Sol, costa de Granada y Almería, puntos abrigados del litoral alicantino y murciano, y zonas de la costa gaditana. En el interior peninsular y en toda la mitad norte, cultivo en maceta con invernada bajo cubierto a más de 8-10 °C.
El frío húmedo la castiga más que el frío seco. Si en su zona hay riesgo de una helada puntual, ayuda mucho mantener el sustrato relativamente seco en invierno y proteger el cogollo con malla antiheladas durante los episodios de frío, retirándola después. La combinación de raíces empapadas y aire a cero grados es la que mata.
Sol, suelo y riego
Sol directo, cuanto más mejor, salvo en los primeros dos o tres años, cuando agradece media sombra en las horas centrales del verano. A la sombra no muere, pero se ahíla: hace peciolos larguísimos, pocas hojas y pierde la compacidad que la hace atractiva.
Quiere suelo suelto y con drenaje real. Tolera arenas costeras, terrenos calizos y la salpicadura salina del mar, lo que la convierte en buena candidata para jardines de primera línea. Lo que no perdona es el encharcamiento: en suelos arcillosos pesados hay que plantarla sobre un caballón o corregir con arena gruesa y grava en un hoyo amplio, no en un agujero justo del tamaño del cepellón, que actúa como una maceta de barro dentro de la arcilla.
En riego, es exigente durante la temporada cálida y austera en invierno. Un ejemplar recién plantado en verano necesita agua cada dos o tres días; uno establecido, un riego profundo y espaciado cada siete o diez días entre mayo y septiembre. De noviembre a febrero, con el frío, la planta apenas absorbe agua: regar entonces con la misma frecuencia que en agosto pudre las raíces sin que se vea nada por fuera hasta que el cogollo cede de golpe en primavera.
El mejor momento para plantarla o trasplantarla es finales de primavera y principios de verano, con el suelo ya caliente. Las palmeras regeneran raíces solo por encima de cierta temperatura de suelo; un trasplante en octubre deja a la planta meses sin capacidad de reponer lo que se cortó.
Abonado y las carencias que la afean
Use un abono específico para palmeras, con potasio y magnesio altos y micronutrientes (manganeso, hierro, boro), repartido en tres o cuatro aplicaciones entre marzo y septiembre. Los abonos universales de jardín, muy nitrogenados, dan hojas grandes y blandas y agravan las carencias de potasio.
Dos síntomas hay que saber leer:
Carencia de potasio. Aparece en las hojas más viejas: punteado amarillo anaranjado translúcido y necrosis desde las puntas de los segmentos hacia dentro. Aquí va el consejo que suele sorprender: no corte esas hojas feas. La palmera está retirando potasio de las hojas viejas para alimentar a las nuevas; si se las quita, acelera la carencia y el problema sube al cogollo. Se corrige aportando sulfato potásico de liberación lenta, junto con magnesio para no desequilibrar, y se espera. Las hojas dañadas no se recuperan nunca, pero las nuevas salen limpias en uno o dos años.
Carencia de manganeso. Aparece en las hojas nuevas: salen pequeñas, arrugadas, con los segmentos necrosados y rizados. Es típica de suelos calizos y de riegos con agua muy dura, que bloquean la absorción. Se trata con sulfato de manganeso al suelo y, en casos claros, con aplicaciones foliares. Si no se corrige, el cogollo se degrada hasta que la planta muere, así que no es un problema estético.
De poda, lo mínimo: solo hojas completamente secas. Cortar hojas verdes o amarilleantes le quita reservas a una palmera que no tiene muchas, dado el escaso número de hojas de su corona.
En maceta
Funciona bien en contenedor durante años, siempre que el recipiente sea grande y hondo: la latania hace raíz pivotante inicial y sufre en macetas anchas y bajas. Mínimo 40-50 litros para un ejemplar de metro y medio, y un sustrato a base de tierra de jardín o mantillo con un 40-50 % de arena gruesa, pómice o picón. Trasplante cada dos o tres años a comienzos de primavera, subiendo un tamaño de maceta.
Si inverna dentro de casa, colóquela en la ventana más luminosa que tenga y baje el riego a la mitad. El aire seco de la calefacción trae araña roja: puntos amarillos difusos en el haz y telaraña fina en el envés y en las axilas. Pulverizar agua sobre el follaje y mantenerla lejos del radiador previene más que cualquier tratamiento posterior. Vigile también las cochinillas algodonosas en la base de los peciolos, donde se esconden bien.
Semillas: la única forma de multiplicarla
No emite hijuelos ni admite esqueje. Todo ejemplar nuevo sale de semilla, y la semilla de latania es dura y lenta. El proceso que funciona: retirar bien los restos de pulpa (contienen inhibidores de la germinación), remojar los huesos en agua templada durante tres o cuatro días cambiándola a diario, y sembrarlos en un sustrato muy poroso, a temperatura constante de 28-30 °C, con humedad estable. Sin calor de fondo, no germinan.
La emergencia tarda de dos a seis meses, y no es raro que se escalone durante un año. La germinación es remota: la plántula emite primero un cordón que se hunde en el sustrato y solo después aparece la primera hoja, entera y no dividida. Por eso conviene sembrar en macetas altas tipo forestal, no en bandejas planas, y trasplantar con cuidado de no romper ese cordón.
Plagas y precauciones
La latania no figura entre los hospedantes preferidos del Rhynchophorus ferrugineus, el picudo rojo, que en España se ceba sobre todo con Phoenix canariensis. Aun así, en zonas con presencia declarada de la plaga vale la pena aplicar la misma regla básica que a cualquier palmera: no podar de primavera a otoño, porque los cortes frescos atraen a las hembras, y dejar esa tarea para pleno invierno. Cualquier sospecha de picudo, en la especie que sea, debe comunicarse a la administración autonómica de sanidad vegetal.
Lo demás son problemas de cultivo más que de plaga: pudrición del cuello por exceso de agua, clorosis por suelo demasiado calizo y quemaduras de sol en ejemplares recién sacados de invernadero y plantados en pleno julio sin aclimatación previa.
En resumen
La latania es una palmera de porte medio, tronco solitario y hojas en abanico azuladas, con tres especies procedentes de Mauricio, La Reunión y Rodrigues. Su límite es el frío: en tierra solo prospera en Canarias y en el litoral más benigno, y a partir de -2 °C hay daños graves. En el resto del país es planta de maceta grande con invernada protegida.
Necesita sol pleno, drenaje impecable, riego generoso en verano y muy escaso en invierno, y un abono de palmeras con potasio, magnesio y micronutrientes. Las hojas viejas amarilleando por falta de potasio no se cortan, se corrige la carencia. Se multiplica solo por semilla, con calor de fondo y paciencia de meses. Y a cambio de todo eso, da un ejemplar de silueta limpia que aguanta el viento y la sal del mar mejor que buena parte de las palmeras ornamentales.