Riega menos de lo que crees y no la cambies de sitio: con esas dos costumbres se evita la mayor parte de lo que le pasa a una kentia de interior. El resto de sus cuidados son sencillos, pero se apoyan en entender de dónde sale la planta y por qué tolera tan bien vivir dentro de una casa, cosa que casi ninguna otra palmera hace.

Qué planta es exactamente

La kentia es Howea forsteriana, una palmera endémica de la isla de Lord Howe, en el mar de Tasmania. El nombre comercial "kentia" viene de un género antiguo ya en desuso, pero se quedó pegado y así se sigue vendiendo. En la misma isla vive la otra especie del género, Howea belmoreana, algo más pequeña y con las hojas dispuestas en V, más erguidas y arqueadas; la forsteriana tiene el pecíolo más largo y los folíolos colgantes, que es lo que le da ese aire de palmera relajada.

Tiene tronco único, delgado, con anillos marcados donde estuvieron las hojas viejas, y una copa de hojas pinnadas que en ejemplares grandes superan los dos metros de longitud. Al aire libre, en su isla, pasa de los quince metros. En una maceta de salón, sin embargo, es raro que pase de dos metros y medio en veinte años.

Howea forsteriana creciendo en su hábitat de la isla de Lord Howe

Por qué aguanta dentro de casa

En su hábitat crece bajo el dosel del bosque, sobre suelos arenosos de origen coralino y con la humedad estable del océano. Está adaptada a fotosintetizar con poca luz, a no sufrir cambios bruscos de temperatura y a crecer despacio. Traducido a un piso: soporta un rincón alejado de la ventana sin estirarse ni deformarse, no le molesta que la casa esté a 20 °C todo el año y no crece tanto como para que se te vaya de las manos.

Esa tolerancia es también la razón de que sea cara. Solo se multiplica por semilla, la germinación tarda meses y el crecimiento es de dos a cuatro hojas al año. Una kentia de metro y medio en un vivero lleva ocho o diez años de cultivo detrás. No es una planta que se reponga barato, lo cual es un argumento más para no matarla por exceso de riego.

Luz

Luz abundante pero indirecta. La posición ideal es a uno o dos metros de una ventana orientada al este o al norte, o junto a una ventana al sur o al oeste con visillo. Aguanta bastante bien la penumbra —una esquina de un pasillo bien iluminado, un recibidor con luz de rebote— aunque en esas condiciones crecerá todavía más despacio y las hojas nuevas saldrán más separadas.

El sol directo detrás de un cristal es otra historia. Un ejemplar acostumbrado a interior, colocado en verano donde le dé el sol de mediodía a través de la ventana, muestra en pocos días manchas decoloradas amarillentas en el haz que luego pasan a marrón seco. Esas hojas no se recuperan y la palmera tardará un año largo en sustituirlas.

Gira la maceta un cuarto de vuelta cada dos o tres semanas. La kentia crece hacia la luz, y sin girarla la copa se desequilibra hacia la ventana y el tronco acaba inclinado.

Riego: el punto donde se pierden

La raíz de la kentia necesita aire. Cuando el sustrato se mantiene saturado, las raíces se asfixian, se pudren y la planta empieza a mostrar hojas mates, sin brillo, con un tono grisáceo, y algún folíolo que amarillea entero desde la base. Para cuando el cogollo se afloja, el daño es irreversible.

La pauta práctica: meter el dedo dos o tres centímetros en el sustrato y regar solo cuando esa capa esté seca al tacto. En una casa con calefacción eso suele ser una vez por semana en verano y cada diez o quince días en invierno, pero el calendario no manda; manda el sustrato. Riega abundantemente hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, deja escurrir cinco minutos y vacía el plato. El agua estancada en el plato hace exactamente el mismo daño que regar de más.

Sobre el agua: en buena parte de España es dura, con mucha cal, y a la kentia le sienta mal a largo plazo. Las sales se acumulan en el sustrato, suben el pH y aparecen puntas secas y clorosis. Si el agua del grifo deja marcas blancas en la mampara de la ducha, merece la pena usar agua de lluvia, agua filtrada o dejar reposar la del grifo, y lavar el cepellón a fondo una vez al año regando con mucha agua para arrastrar las sales acumuladas.

Humedad ambiental y puntas marrones

Las puntas marrones de los folíolos responden a tres causas distintas, y el tratamiento cambia según cuál sea. Conviene separarlas antes de actuar:

Aire seco. Con calefacción, la humedad relativa de una casa baja del 30 %. La kentia viene de un ambiente que rara vez baja del 70 %. Resultado: los extremos de los folíolos se desecan y se vuelven pardos, con un borde amarillento de transición. Se corrige alejándola de radiadores y de la salida del aire acondicionado, agrupándola con otras plantas o poniendo la maceta sobre una bandeja con arcilla expandida húmeda —sin que la base toque el agua—. Pulverizar hojas ayuda poco y durante muy poco rato.

Exceso de sales. Punta seca, marrón oscura, a veces con costra blanquecina en la superficie del sustrato. Es acumulación de cal y de abono. Lavado del cepellón y cambio de agua de riego.

Falta de agua puntual. Si el cepellón llegó a secarse del todo alguna vez, la planta sacrifica los extremos. Aquí la turba muy seca repele el agua: hay que rehidratar sumergiendo la maceta en un barreño veinte minutos.

Si recortas las puntas secas por estética, hazlo dejando un milímetro de tejido marrón. Cortar por la parte verde abre una herida y el folíolo vuelve a secarse desde ahí.

Temperatura

Entre 18 y 24 °C está cómoda. Por debajo de 12 °C deja de crecer, y por debajo de 8 °C empieza a sufrir. Si la sacas a la terraza en verano —cosa que agradece, siempre en sombra— tienes que meterla antes de que las noches bajen de los 10 °C, es decir, en octubre en la mayor parte de la Península. Evita también las corrientes de aire frío de un recibidor con puerta a la calle: las hojas se marcan con manchas pardas irregulares.

Sustrato y trasplante

Sustrato suelto y drenante: dos partes de sustrato universal de calidad, una de fibra de coco o mantillo y una de arena gruesa o perlita. La kentia enraíza en profundidad, así que le va mejor una maceta alta que una ancha, y con buenos agujeros de drenaje.

Se trasplanta cada tres o cuatro años, en primavera, y subiendo solo un par de tallas de maceta. Pasarla de golpe a un macetero enorme es contraproducente: queda mucho sustrato sin raíces que lo consuman, permanece húmedo semanas y ahí es donde empieza la podredumbre. Al trasplantar, no deshagas el cepellón ni "peines" las raíces; las de palmera son gruesas, poco ramificadas y regeneran mal cuando se rompen. Se saca el bloque entero y se acomoda en la maceta nueva rellenando los lados.

Un detalle que descoloca a quien compra su primera kentia: los tres o cinco "troncos" que salen del mismo tiesto no son ramificaciones. La kentia no macolla ni emite hijuelos, así que en el vivero siembran varias plántulas juntas para dar volumen desde el principio. Se cultivan y se trasplantan como un solo bloque; separarlas obliga a desgarrar raíces entrelazadas y rara vez sobreviven todas.

Abonado

De marzo a septiembre, un abono líquido para plantas verdes o específico de palmeras cada tres o cuatro semanas, a la mitad de la dosis que indica el envase. De octubre a febrero, nada: la planta apenas crece y el abono que no consume se queda en el sustrato como sal.

Si aparecen bandas amarillas en los bordes de los folíolos de las hojas más viejas quedando el centro verde, es carencia de magnesio, frecuente en palmeras y fácil de corregir con un abono que lo incluya. Si las que amarillean son las hojas nuevas, con los nervios todavía verdes, el problema es hierro y suele ir asociado a un sustrato alcalinizado por el agua dura.

Limpieza, poda y lo que no hay que hacer

El polvo tapa los estomas y reduce la fotosíntesis, así que conviene pasar un paño húmedo por las hojas cada pocas semanas, sujetando el folíolo por debajo con la otra mano. Los abrillantadores foliares en aerosol dejan una película que obstruye los estomas y a la larga hacen más mal que bien; agua y paño bastan.

Poda: solo hojas completamente secas, cortando el pecíolo a un par de centímetros del tronco. Una hoja amarilleando todavía está cediendo potasio y magnesio a las hojas nuevas, y quitarla antes de tiempo agrava la carencia. Y nunca se toca el cogollo central: la palmera tiene un único punto de crecimiento y cortarlo la mata sin remedio, porque no rebrota desde la base.

Plagas de interior

Araña roja. La favorita de las kentias en pisos con calefacción. Deja un punteado fino y decolorado en el haz y una telaraña muy tenue en las axilas y el envés. Prolifera con aire seco y calor, así que subir la humedad ambiental es parte del tratamiento. Se combate con lavados a fondo del envés y, si hace falta, jabón potásico o acaricida autorizado, repitiendo cada semana porque los huevos van eclosionando por tandas.

Cochinilla. Aparece como bultitos pardos pegados al nervio central por el envés, o como algodones blancos en las axilas. En ejemplares pequeños se quita a mano con un bastoncillo mojado en alcohol; en grandes, aceite de parafina o jabón potásico.

Trips. Menos habituales, dejan zonas plateadas con puntitos negros de excrementos. Suelen entrar con plantas nuevas, motivo suficiente para tener en cuarentena unos días cualquier planta recién comprada.

Comprarla bien

Mira el envés de las hojas antes de pagar, revisa que el sustrato no esté encharcado ni desprenda olor agrio, y comprueba que el cogollo esté firme al tacto. Descarta ejemplares con muchas puntas marrones ya hechas, porque esas hojas seguirán ahí durante años. Y ten en cuenta el cambio de condiciones: una planta que viene de un invernadero con 80 % de humedad se instala en tu salón y suelta alguna hoja durante las primeras semanas. Es normal y no significa que la estés matando; lo que no es normal es que siga soltando hojas al tercer mes.

¿Y en el exterior?

En la franja litoral mediterránea, el sur atlántico y las islas, la kentia vive perfectamente plantada en tierra, siempre en sombra o semisombra y al abrigo del viento seco. Su límite de frío está en torno a −2 °C en ejemplares adultos y bien establecidos; una helada que alcance el cogollo la mata sin posibilidad de rebrote. Tierra adentro, en climas continentales, es planta de maceta.

Toxicidad

Howea forsteriana figura entre las plantas no tóxicas para perros y gatos, así que convive sin problema con animales en casa. Conviene no confundirla con la Cycas revoluta, que se vende como "palmera" sin serlo y cuyos tejidos, sobre todo las semillas, contienen cicasina y provocan intoxicaciones hepáticas graves en perros. Son plantas fáciles de distinguir: la cícada tiene hojas cortas, rígidas y punzantes sobre un tronco grueso y escamoso; la kentia, hojas largas, blandas y colgantes sobre un tronco fino y anillado.

En resumen

La kentia pide luz indirecta abundante, temperatura estable entre 18 y 24 °C, riego solo cuando los primeros centímetros del sustrato están secos y plato siempre vacío. El aire seco de la calefacción y el agua dura son las dos causas habituales de puntas marrones, y ambas se corrigen. Se trasplanta cada tres o cuatro años en maceta alta y sin deshacer el cepellón, se abona a media dosis de marzo a septiembre y se poda únicamente lo seco. No macolla, no rebrota si se daña el cogollo y crece dos o tres hojas al año, de modo que cada error se paga en tiempo. A cambio, bien tratada, es una planta que acompaña treinta o cuarenta años en la misma casa.


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