La Washingtonia robusta es, probablemente, la palmera que más ha cambiado el paisaje urbano del litoral mediterráneo español en el último siglo. Esbelta, de tronco fino y copa alta, se ha plantado por millares en paseos marítimos, rotondas y jardines particulares desde Cataluña hasta Andalucía. Y también es la palmera que más problemas da cuando se planta sin pensar en cuánto va a crecer.
Conviene tener claro desde el principio de qué hablamos: es una palmera de abanico originaria del noroeste de México, en concreto de Baja California Sur y Sonora, donde crece en cañones y oasis con agua freática cerca. No es una planta de interior, no es una palmera pequeña y no es lo mismo que su prima Washingtonia filifera, con la que se confunde constantemente en los viveros.
Cómo distinguirla de la Washingtonia filifera
Esta es la primera duda que hay que resolver, porque las dos especies se venden mezcladas y sus necesidades no son idénticas. Los rasgos que de verdad sirven para separarlas son estos:
El tronco. El de la robusta es delgado (de 25 a 40 cm de diámetro en la parte media), claramente más ancho en la base, y se estrecha hacia arriba. El de filifera es macizo y columnar, puede superar el metro de grosor y mantiene un calibre parecido en toda su altura. Si ves una palmera de abanico con tronco de columna gruesa y aspecto pesado, es filifera.
La altura. La robusta alcanza 20-25 metros y en cultivo con riego llega a los 15 metros sin dificultad. La filifera se queda alrededor de los 15 metros y crece bastante más despacio.
El color del pecíolo y las hojas. La robusta tiene el pecíolo teñido de rojizo o pardo en la base, especialmente visible en la cara superior, y hojas de un verde más intenso y brillante. La filifera tira a verde grisáceo o glauco, con pecíolos verdes.
Los filamentos. Contra lo que sugiere el nombre, los hilos blancos entre los segmentos de la hoja no son exclusivos de filifera: la robusta joven también los produce. La diferencia es que en filifera persisten durante toda la vida de la planta, mientras que en robusta desaparecen casi por completo en los ejemplares adultos.
Las hojas
Las hojas son palmadas (de ahí lo de palmera de abanico) y costapalmadas para ser precisos: el raquis se prolonga un poco dentro del limbo, lo que hace que el abanico se pliegue ligeramente en lugar de quedar plano. Cada hoja mide alrededor de un metro a metro y medio de ancho y se divide en 50-70 segmentos, unidos entre sí en la base y libres y colgantes en el extremo, con las puntas caídas.
Una palmera adulta mantiene entre 20 y 30 hojas vivas en la copa. Cuando una hoja se seca no se desprende: queda colgando hacia abajo, pegada al tronco. Si no se poda, esas hojas muertas se van acumulando y forman la característica falda o enagua, una masa de hojas secas que puede cubrir varios metros de tronco.
Aquí conviene decir algo poco popular: la falda no es suciedad, es hábitat. En el hábitat natural cobija murciélagos, aves e insectos. En un jardín particular sí que es un problema real de incendio en zonas secas y un refugio para ratas, por lo que se retira; pero no hay ninguna razón fisiológica para quitarla. Se retira por seguridad, no por salud de la planta.
El pecíolo
El pecíolo mide entre 1 y 1,5 metros y tiene espinas curvas y afiladas en ambos bordes, sobre todo en el tercio inferior y en las hojas jóvenes. No son un detalle menor: son capaces de producir cortes profundos y son la razón número uno por la que hay que podar con guantes de cuero y manga larga, nunca a mano desnuda.
En la base, el pecíolo se ensancha y se prolonga en una vaina de fibras entretejidas de aspecto pardo que abraza el estípite. Cuando se corta una hoja, esa base queda adherida al tronco y forma los característicos triángulos que se ven en las palmeras recién limpiadas.
El tronco
Lo correcto en botánica es llamarlo estípite, no tronco: las palmeras son monocotiledóneas y no tienen cámbium ni crecimiento secundario en grosor. Esto tiene una consecuencia práctica muy importante que mucha gente desconoce: una palmera no engorda con los años. El grosor del estípite lo determina el tamaño del meristemo apical (la yema única del ápice) en el momento en el que se formó ese tramo. Si una palmera pasa unos años de sequía o hambre, produce un tramo de tronco más estrecho, y ese estrangulamiento se queda ahí para siempre. Es un registro permanente de cómo se ha cuidado la planta.
La segunda consecuencia: una palmera tiene un solo punto de crecimiento. Si se daña el cogollo, la planta muere. No rebrota, no emite chupones, no hay recuperación posible. Por eso una plaga que ataque el ápice (el picudo rojo, sin ir más lejos) es una sentencia y no un contratiempo.
El estípite de la robusta es gris claro, con anillos poco marcados y una base ensanchada notoria. En ejemplares muy altos y expuestos al viento, esa esbeltez puede jugar en contra: son palmeras flexibles, pero un ejemplar de 15 metros con la copa cargada y las raíces limitadas por pavimento es candidato a vencerse en un temporal.
Qué cuidados necesita
Ubicación. A pleno sol, siempre, y desde pequeña. Es una planta de exterior sin matices: en interior se debilita, se estira y acaba llenándose de araña roja. Necesita además espacio en vertical y distancia respecto a fachadas, cornisas y tendidos eléctricos. Plantar una Washingtonia a dos metros de la casa es un error que se paga a los diez o quince años.
Suelo. Se adapta a casi todo, incluidos suelos calizos, pedregosos y pobres, siempre que drenen. Tolera bien la salinidad, tanto del suelo como del viento marino, lo que explica su omnipresencia en primera línea de playa. Lo que no soporta es el encharcamiento permanente en terrenos arcillosos compactados.
Riego. Aquí está el malentendido más extendido. Al ser una palmera desértica, se asume que hay que regarla poco. Falso: en su hábitat crece en cañones y oasis con agua subterránea a poca profundidad. Es tolerante a la sequía (no se muere si le falta agua), pero crece mucho mejor y luce mucho más con riego regular. En verano, en clima mediterráneo, un riego profundo cada 4-7 días en ejemplares jóvenes y cada 10-15 días en adultos bien establecidos da resultados muy superiores. En invierno, con las lluvias suele bastar. Ejemplares plantados hace más de cinco años en zonas costeras pueden sobrevivir sin riego, pero se ven con menos hojas y más pálidas.
Abonado. De marzo a octubre, con un abono específico para palmeras. Lo que hay que buscar es un fertilizante con magnesio, manganeso y hierro, no solo NPK. Las carencias de manganeso y magnesio son la causa más común del aspecto amarillento o achaparrado en palmeras de jardín español, sobre todo en suelos calizos, donde el pH alto bloquea la absorción de micronutrientes. La carencia de manganeso se reconoce porque las hojas nuevas salen pequeñas, deformadas y con las puntas quemadas (lo que los palmicultores llaman "cogollo rizado"); la de magnesio, porque las hojas viejas amarillean por los bordes manteniendo el centro verde. Son dos cuadros distintos y se corrigen con productos distintos: sulfato de manganeso en el primer caso, sulfato de magnesio en el segundo.
Poda. El error más grave y más frecuente es la poda en plumero o "poda de mástil": dejar solo las hojas que apuntan hacia arriba y cortar todas las demás. Se hace por estética y porque supuestamente reduce el riesgo de caída de hojas, pero debilita la planta (le quitas superficie fotosintética activa), agrava las carencias nutricionales porque la palmera empieza a canibalizar sus propias hojas viejas, y aumenta el riesgo de que el estípite se estreche. La regla correcta es no cortar ninguna hoja que esté por encima de la horizontal. Es decir, si imaginamos la copa como un reloj, se retiran solo las hojas por debajo de las 9 y las 3.
Además, la poda debe hacerse con herramienta desinfectada y, en zonas con presencia de picudo rojo, evitando los meses de máxima actividad del insecto. Cada corte emite compuestos volátiles que atraen al adulto de Rhynchophorus ferrugineus a distancia. Si hay que podar en zona afectada, lo ideal es hacerlo en pleno invierno y tratar la herida.
Resistencia al frío. Aguanta hasta unos -5 ºC de forma puntual en ejemplares adultos y bien establecidos, con daño foliar por debajo de -3 ºC. Es menos rústica que la filifera, que llega a soportar -8 ºC o -10 ºC. En la meseta, con heladas repetidas y prolongadas, la robusta sufre; en el litoral mediterráneo y atlántico sur no tiene ningún problema.
Plagas: el picudo rojo y el barrenillo
El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) ataca preferentemente al género Phoenix, pero puede afectar a Washingtonia, sobre todo si está debilitada o herida. El barrenillo de la palmera (Paysandisia archon), en cambio, sí muestra clara predilección por Washingtonia y Trachycarpus. Su síntoma clásico son perforaciones circulares alineadas en el abanico de las hojas nuevas: cuando la hoja se despliega, aparece agujereada de forma simétrica, como si le hubieran hecho una perforadora.
La detección temprana lo es todo. Una palmera con el cogollo caído, con las hojas centrales inclinadas o que se desprenden con un tirón suave, es una palmera con una infestación avanzada y con muy pocas opciones. Merece la pena revisar la copa un par de veces al año y aplicar tratamientos preventivos si en la zona hay focos declarados.
Multiplicación
Solo por semilla; no admite división ni esqueje porque tiene un único meristemo. Y es de las palmeras más agradecidas para sembrar. Los frutos son drupas negruzcas del tamaño de un guisante que maduran a finales de verano. Se limpian de pulpa, se ponen en remojo 24 horas y se siembran en primavera en un sustrato suelto, a 25-30 ºC. Germinan en dos o tres semanas, con porcentajes altísimos.
De hecho germina tan bien que en muchas zonas del levante español se ha convertido en planta invasora: las aves dispersan las semillas y aparecen plantines espontáneos en solares, cauces, ramblas y grietas de muros. Si tienes una hembra adulta en el jardín, conviene recoger los frutos caídos si el jardín linda con espacios naturales.
En resumen
La Washingtonia robusta es una palmera fácil, rápida y muy adaptada al clima español costero: sol directo, suelo drenante, tolerancia a la salinidad y al calor. Sus dos exigencias reales son el espacio, porque va a llegar a los 15 metros y no hay forma de detenerla, y un abonado con micronutrientes en los suelos calizos que dominan buena parte de la península.
Los dos errores que arruinan más ejemplares son la poda en plumero, que la debilita y la afea de por vida, y plantarla demasiado cerca de un edificio. Riégala más de lo que su fama de desértica sugiere, pódale solo las hojas ya caídas por debajo de la horizontal y revísale el cogollo dos veces al año buscando picudo. Con eso tendrás palmera para décadas.