Corta la punta de una palmera y la planta se muere. No rebrota, no echa un chupón lateral, no hay recambio posible: toda la planta depende de una única yema situada en el ápice del tronco. Esa peculiaridad, que no comparte ningún árbol de los que crecen en un jardín español, explica por qué las palmeras se cultivan, se podan y se trasplantan con reglas propias.
Qué es una palmera
Las palmeras son las plantas de la familia Arecaceae, un grupo de unas 2.600 especies repartidas por las regiones tropicales, subtropicales y, en unos pocos casos, templadas del planeta. Son monocotiledóneas, es decir, parientes lejanas de las gramíneas, los lirios o los espárragos, y no de las encinas o los pinos.
La palabra procede del latín palma, que designaba a la vez la palma de la mano y la hoja abierta de la datilera, por el parecido entre los dedos extendidos y los segmentos de la hoja. En castellano conviven las dos formas: palma es el nombre tradicional del vegetal y de la hoja cortada, y palmera se ha impuesto para el ejemplar completo en pie.
Por qué una palmera no es un árbol
Aunque tenga porte arbóreo y varios metros de altura, una palmera no es un árbol en sentido botánico, y la diferencia no es un tecnicismo: cambia el manejo.
El tallo de una palmera se llama estípite, y carece de cámbium, el tejido que en un árbol añade cada año un anillo nuevo de madera y de corteza. Un estípite no engorda con los años. Alcanza su diámetro definitivo cuando la planta es todavía joven y a partir de ahí solo crece hacia arriba, con ese grosor fijo. De ahí una consecuencia práctica que sorprende: si el tronco de una palmera adulta se estrecha en un tramo, ese estrangulamiento es la cicatriz permanente de una sequía, un trasplante o una carencia sufrida años atrás, y no se corregirá nunca. Ni se puede engrosar de nuevo, ni tiene sentido intentarlo.
Tampoco hay corteza que cicatrice. Una herida en el estípite queda abierta de por vida y es puerta de entrada de hongos e insectos, motivo suficiente para no clavar nunca escarpias, cables ni guías en el tronco.
Y el punto crítico: el meristemo apical, la yema de crecimiento, es único y está en lo alto del estípite, protegido por la base de las hojas. Se llama palmito o cogollo. Si se pudre, se congela o se lo come una plaga, la palmera está sentenciada aunque las hojas sigan verdes durante meses.
Las hojas: la clave para clasificarlas
La primera división útil, y la que usan los propios botánicos, es la forma de la hoja. Con ella se identifica una palmera de un vistazo, incluso a distancia:
Hojas pinnadas o plumosas. Los segmentos salen a ambos lados de un raquis central, como en una pluma. Es el patrón de la palmera canaria (Phoenix canariensis), la datilera (Phoenix dactylifera), el cocotero (Cocos nucifera) o la kentia (Howea forsteriana).
Hojas palmadas o flabeladas. Los segmentos irradian desde un mismo punto, formando un abanico. Así son el palmito (Chamaerops humilis), las Washingtonia, el palmito elevado (Trachycarpus fortunei) o el género Pritchardia.
Hojas costapalmadas. Un caso intermedio: el abanico se prolonga en una nervadura central que lo pliega y lo curva, como en las Sabal y muchas Livistona.
Hojas bipinnadas. Solo las tiene el género Caryota, la palmera cola de pez, con folíolos triangulares y mordidos en el extremo.
Solitarias y cespitosas
La segunda gran división afecta directamente al espacio que hay que reservarles. Las solitarias tienen un solo tronco y, si se pierde la yema, se acabó: la canaria, la Washingtonia, la Jubaea. Las cespitosas emiten hijuelos desde la base y forman una mata con varios estípites: el palmito, la Rhapis excelsa, la areca (Dypsis lutescens). Estas segundas se recuperan de la pérdida de un tallo y, además, se multiplican separando los hijuelos, algo imposible en las solitarias, que solo se propagan por semilla.
Lo habitual es que una palmera florezca y fructifique muchas veces a lo largo de su vida, pero hay excepciones llamativas: las Caryota son hapaxánticas, florecen una sola vez de arriba abajo y el tallo muere después.
Tipos de palmeras para el jardín español
Lo que decide qué palmera puede vivir en un jardín no es tanto el calor del verano como el frío del invierno y la humedad. En orden aproximado de rusticidad:
Para el interior peninsular, con heladas. Trachycarpus fortunei es la más resistente de las cultivadas habitualmente y aguanta bien por debajo de -10 ºC; funciona incluso en el norte húmedo y en zonas de montaña media. El palmito (Chamaerops humilis), única palmera silvestre de la Europa continental, soporta en torno a -8 o -10 ºC y tolera la sequía como ninguna otra. Butia odorata, la palmera de la jalea, con hojas pinnadas muy arqueadas y glaucas, resiste alrededor de -10 ºC. Jubaea chilensis, la de tronco más grueso, es igual de rústica pero crece con una lentitud que exige paciencia de años. Brahea armata, azul y de porte contenido, aguanta el frío seco pero no los inviernos húmedos.
Para el litoral mediterráneo y el sur. Phoenix canariensis y Phoenix dactylifera toleran heladas ligeras, hasta unos -6 ºC, y son las que definen el paisaje de la costa levantina y del Elche. Washingtonia robusta y W. filifera, de crecimiento rápido y gran altura, aguantan entre -5 y -8 ºC. Syagrus romanzoffiana, la pindó, y Livistona o Sabal encajan bien en climas suaves sin heladas fuertes.
Solo en clima subtropical. El cocotero (Cocos nucifera) no prospera en la España peninsular, por mucho que se vendan plantones en tiendas: necesita mínimas por encima de 18 ºC durante todo el año. En el sur de Canarias sí. La Archontophoenix cunninghamiana o las Pritchardia del Pacífico están en la misma situación.
Para interior de casa. La kentia (Howea forsteriana) es la más agradecida con poca luz, seguida de la Chamaedorea elegans y la Rhapis excelsa. La areca (Dypsis lutescens) necesita más luz y humedad ambiental, y es la primera en llenarse de araña roja cuando se pone junto a un radiador.
Errores frecuentes con las palmeras
Podar en plumero. Cortar todas las hojas inferiores y dejar solo un penacho vertical es una moda estética, no una labor de mantenimiento. Cada hoja que se quita es alimento que la palmera deja de fabricar, y el estípite se estrecha en ese tramo para siempre. La regla razonable es eliminar únicamente las hojas secas o rotas, y no pasar nunca de la horizontal.
Podar en primavera y verano. Las heridas frescas de poda atraen al picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), que devora la yema apical y mata sobre todo a Phoenix canariensis, y al barrenillo Paysandisia archon. Si hay que podar, mejor en pleno invierno, y sellando los cortes.
Regar poco pensando que son plantas de desierto. La datilera vive en oasis, con la raíz en el freático. Salvo el palmito, la mayoría agradece riegos abundantes y espaciados en verano; lo que no toleran es el encharcamiento permanente en suelo pesado.
Comprar por el tamaño del tronco. Un ejemplar trasplantado con muchos metros de estípite arranca sin apenas raíces y tarda dos o tres años en recuperarse, si lo consigue. Un plantón joven en maceta se establece antes y acaba adelantándolo.
En resumen
Una palmera es una monocotiledónea de la familia Arecaceae, con un tronco que no engorda ni cicatriza y una única yema de crecimiento de la que depende toda la planta. Se clasifican por la forma de la hoja —pinnada, palmada, costapalmada o bipinnada— y por tener uno o varios troncos. Para elegir la adecuada, lo primero es mirar las mínimas invernales de la zona: Trachycarpus, Chamaerops y Butia para el interior con heladas; Phoenix y Washingtonia para el litoral; kentia y Chamaedorea para dentro de casa. Y una vez plantada, poda lo mínimo imprescindible y nunca en primavera.