Una mata adulta de lavanda da, en un solo agosto, material suficiente para cuarenta o cincuenta plantas nuevas. No hace falta invernadero, ni nebulización, ni hormonas caras: el género Lavandula enraíza con una facilidad que sorprende a quien viene de pelearse con esquejes de camelia o de magnolio. Lo que sí hace falta es entender por qué fallan los esquejes de lavanda cuando fallan, porque casi siempre mueren de lo mismo y casi siempre por exceso de cuidados.

Por qué la lavanda se multiplica por esqueje y no por semilla

La lavanda produce semilla viable y germina razonablemente bien tras un mes de frío, pero la descendencia no se parece a la madre. Las lavandas de jardín son cultivares seleccionados —'Hidcote', 'Munstead', 'Rosea'— y al sembrar sus semillas salen plantas de porte irregular, floración desigual y color deslavado. Hay un caso todavía más claro: el lavandín (Lavandula x intermedia), híbrido entre L. angustifolia y L. latifolia del que salen los cultivares 'Grosso', 'Provence' o 'Dutch', es prácticamente estéril. Sus semillas, cuando las hay, casi nunca son viables. Los campos morados de lavandín que se fotografían en Brihuega o en la Provenza están plantados clon a clon, esqueje a esqueje.

El esqueje, además, acorta muchísimo el calendario. Una planta de semilla tarda dos años en dar una floración decente; un esqueje enraizado en septiembre florece el verano siguiente.

Espigas florales de lavanda en plena floración

Cuándo cortar: dos ventanas buenas y una mala

La mejor época en la Península es el final del verano, de mediados de agosto a finales de septiembre, cuando el brote del año ya ha perdido la blandura de la primavera pero todavía no se ha lignificado del todo. Es lo que se llama esqueje semileñoso: el tallo se dobla y recupera, no se parte como un palillo ni se aplasta como un tallo tierno. Enraíza en tres o cuatro semanas con temperaturas de 18 a 22 °C y llega al invierno con raíz hecha.

La segunda ventana es abril y mayo, con brotes tiernos de la nueva temporada. Enraízan más rápido, en dos o tres semanas, pero se deshidratan y se pudren con mucha más facilidad, así que exigen más vigilancia. Si es su primera vez, empiece por el esqueje de finales de verano.

La ventana mala es el pleno verano. Cortar en julio, con la planta en floración y treinta y tantos grados a la sombra, es condenar el esqueje: la planta está gastando toda su energía en la espiga y el ambiente evapora el agua de la hoja más rápido de lo que un tallo sin raíces puede reponerla. Espere a que la floración decaiga.

Qué tallo cortar exactamente

Este es el punto donde se decide la mitad del resultado. Busque brotes vegetativos del año en curso, es decir, tallos que no hayan sacado espiga. En una mata en flor están en la parte baja y en el interior, tapados por las varas florales, y suelen tener las hojas algo más juntas.

Descarte todo lo que tenga médula hueca o corteza gris y agrietada. La madera vieja de lavanda no enraíza: no tiene tejido meristemático capaz de generar raíz adventicia, y lo único que hace en el semillero es pudrirse y contagiar a los vecinos. Es el error más repetido cuando alguien intenta aprovechar los recortes de una poda de rejuvenecimiento.

Corte trozos de 8 a 12 cm. Si puede, tire del brote lateral hacia abajo en lugar de cortarlo, de modo que arrastre un pequeño talón de corteza de la rama madre; ese talón concentra tejido joven y sube bastante el porcentaje de enraizamiento. Luego iguale el talón con una cuchilla limpia para que no queden hilachas.

Quite las hojas del tercio o la mitad inferior, sin arrancar tiras de corteza. Deje cuatro u ocho pares de hojas arriba. Si el esqueje trae un botón floral incipiente, píncelo: la planta lo alimentará antes que a las raíces que aún no tiene.

Sustrato y recipiente

La lavanda es una labiada mediterránea de suelos pobres, pedregosos y muy drenantes, y el sustrato de enraizamiento debe imitarlo. Una mezcla que funciona bien es 50 % de perlita y 50 % de turba rubia o fibra de coco. Otra, todavía más segura contra la podredumbre, es arena silícea de río lavada con un tercio de sustrato. Lo que no debe usar es tierra de jardín, compost, humus de lombriz ni sustrato universal enriquecido: el exceso de materia orgánica y de sales retiene humedad y alimenta a Fusarium y Rhizoctonia.

Sirven bandejas de alveolos, macetas de 8-10 cm con tres o cuatro esquejes cada una, o una jardinera comunitaria. Lo importante es que haya agujeros de drenaje generosos y que el recipiente no sea muy profundo, porque el fondo permanentemente encharcado de una maceta alta es justo donde acaba la base del esqueje.

Haga el agujero antes con un lápiz e introduzca el esqueje unos 3-4 cm, sin forzar; si lo clava a presión, daña la base y arrastra hacia dentro la hormona, si la usa. Apriete el sustrato alrededor para que no queden bolsas de aire.

La hormona de enraizamiento: útil, no imprescindible

Las hormonas de enraizamiento comerciales llevan auxinas sintéticas, normalmente AIB (ácido indolbutírico) al 0,1-0,3 % en polvo. En lavanda suben algo la velocidad y la uniformidad, pero un esqueje semileñoso bien elegido enraíza sin nada en un porcentaje muy alto. Si la usa, moje la base, sacúdala para dejar solo una capa fina y no vuelva a meter el esqueje en el bote: contaminará todo el envase. Pasarse de dosis quema la base y produce el efecto contrario.

El error que mata más esquejes de lavanda que ningún otro

Aquí conviene corregir una idea muy extendida. La receta general del esqueje —bolsa de plástico transparente, mini invernadero cerrado, ambiente saturado— es contraproducente en lavanda. Las hojas de Lavandula están cubiertas de tricomas que retienen agua en la superficie; en aire saturado y sin ventilación, esa película de humedad permanente es un caldo de cultivo para Botrytis cinerea. El esqueje aparece un día con la base marrón y blanda, o con un moho gris entre las hojas, y ya no hay vuelta atrás.

Lo que funciona es lo contrario: sombra luminosa, aire en movimiento y sustrato apenas húmedo. Sitio muy iluminado pero sin sol directo del mediodía, ni bolsa ni tapa —o, como mucho, una campana levantada varias horas al día—, y riego solo cuando la superficie del sustrato se seque. Pulverizar las hojas una vez al día en los primeros días ayuda si hace calor seco, pero por la mañana, nunca al atardecer.

La otra creencia que conviene desmontar es la del vaso de agua. La lavanda puede llegar a emitir raíces en agua, pero son raíces acuáticas, frágiles y sin pelos radicales funcionales, que se rompen al trasplantar y dejan la planta muerta o parada durante meses. Y en un tallo semileñoso lo habitual es que la base se pudra antes. Enraícela en sustrato desde el principio.

Agua de riego: aquí sí puede usar la del grifo

A diferencia de las carnívoras, las azaleas o los arándanos, la lavanda es calcícola: prospera en suelos calizos y prefiere pH entre 6,5 y 8. El agua dura de buena parte de España, que en otros cultivos obliga a recurrir al agua de lluvia, aquí no supone ningún problema. Si tiene agua muy blanda o de ósmosis, tampoco pasa nada, pero no gaste en ella.

Del enraizamiento a la maceta definitiva

La señal de que ha enraizado no es que el esqueje siga verde —puede aguantar verde semanas y morir después—, sino que empuja brotes nuevos o que ofrece resistencia a un tirón muy suave. Con esquejes de septiembre, eso ocurre normalmente entre la tercera y la sexta semana.

Entonces páselo a maceta individual de 9-11 cm con un sustrato pobre y drenante: sustrato de plantas mediterráneas o de cactus, o una mezcla de tierra con un 30 % de arena gruesa. Nada de abono en ese momento; la lavanda abonada en exceso hace brote blando, se ahíla y florece peor. Como mucho, en primavera, un abono equilibrado de liberación lenta a media dosis.

Pince la punta de los brotes cuando la plantita tenga 10-12 cm. Ese pinzado obliga a ramificar desde la base y evita el defecto crónico de la lavanda mal formada: un cuello desnudo y leñoso con cuatro varas arriba.

Las plantas de esquejes de final de verano pasan el invierno en maceta, resguardadas de la lluvia continuada más que del frío —L. angustifolia aguanta bien por debajo de -10 °C, mientras que L. dentata y L. stoechas sufren por debajo de -5 °C—, y se plantan en el jardín en marzo o abril. En zonas de verano muy duro, plantar en otoño da mejor arraigo, pero solo si el esqueje ya tiene cepellón hecho.

Multiplicar por esqueje una lavanda del propio jardín para uso particular es perfectamente legítimo. Distinto es el caso de los cultivares registrados con título de obtención vegetal, que suelen llevar la etiqueta con el nombre comercial, un código de registro y la mención de prohibición de reproducción. Reproducir esos para venderlos, aunque sea en un mercadillo, infringe el derecho del obtentor. Los cultivares clásicos de jardinería suelen estar ya fuera de protección, pero conviene mirar la etiqueta antes de montar una producción.

En resumen

Corte a finales de agosto o en septiembre brotes vegetativos del año, de 8 a 12 cm, con talón si puede, sin madera vieja ni espiga floral. Deshoje la mitad inferior, clave en una mezcla mitad perlita mitad turba o en arena, y déjelo en sombra luminosa con aire y el sustrato apenas húmedo. Nada de bolsa cerrada, nada de vaso de agua y nada de sustrato rico. En tres a seis semanas tendrá raíz; entonces, maceta individual con sustrato pobre, pinzado para que ramifique y plantación definitiva en primavera. La hormona ayuda pero no decide; la elección del tallo y el control de la humedad, sí.


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